Estado vs. Mercado; Una lectura

La confrontación entre el Estado y el Mercado es la imagen de una vieja lucha que se ha manifestado a lo largo de la historia. Esta contradicción se materializa en términos de múltiples tipos de conflictos entre los representantes del poder político a sus distintos niveles, por un lado, y los grupos económicos y financieros, asociados a la iniciativa privada, por otro. Esa contienda, que nació con el inicio de la producción mercantil y del comercio, se ha desarrollado con especial fuerza a partir del surgimiento del Sistema Capitalista, en la Inglaterra del siglo XVI, y parece no tener fin. Presenta, al mismo tiempo, muchas lecturas e interpretaciones. En estas notas se ofrece uno de esos posibles enfoques.

El entorno general del enfrentamiento

El choque entre los intereses públicos y privados se presenta como una contienda política, con una  expresión jurídica o legal, que arranca desde las constituciones de los Estados hasta las regulaciones en materia del funcionamiento de las leyes mercantiles o laborales. Entre estas últimas se insertan, en un lugar fundamental,  las políticas proteccionistas contra la libertad productiva o comercial. Tales políticas pueden llegar a los extremos de ambas concepciones; y presentar infinidad de posibles combinaciones, que van desde el proteccionismo total por parte del Estado – práctica de los gobiernos absolutistas de las principales potencias europeas coloniales, principalmente entre los siglos XV y XVIII – hasta el liberalismo económico, promovido por los clásicos Adam Smith y David Ricardo, en el naciente capitalismo de la Inglaterra de finales del siglo XVIII  e inicios del XIX.   

Tales conflictos entre el poder político y los intereses privados – representados por el Estado y el Mercado- han tenido diferentes intensidades en el enfrentamiento entre grupos humanos, en muchos lugares y momentos históricos. Esas pugnas han asumido diversas formas; revoluciones, golpes militares, luchas de liberación nacional y por la independencia política, hasta llegar a las guerras; una parte de las cuales han alcanzado la categoría de conflagraciones mundiales. En cada caso, los desenlaces de tales enfrentamientos han estado determinados por la correlación de fuerzas. En la mayoría de las circunstancias, la parte victoriosa en estos encuentros la representan los Estados, que son los que comúnmente cuentan con el mayor potencial político y militar, incluyendo a las fuerzas armadas de las naciones, las cuales se han utilizado, casi siempre, por y en favor de los grupos políticos dominantes en cada lugar y momento.

Detrás de esas pugnas, y bajo cualesquiera circunstancias, ha estado presente casi siempre una batalla entre intereses económicos o comerciales dispares, los cuales se caracterizan por infinidad de atributos o justificaciones políticas o ideológicas, y aún se han presentado bajo el manto de luchas religiosas. Las confrontaciones se exteriorizan como desafíos entre grupos políticos cuando en la realidad, en su inmensa mayoría, han sido batallas entre diferentes posiciones económicas; comerciales o financieras.   

Aunque siempre se menciona la confrontación del Mercado vs. el Estado, en la práctica lo usual son las diferentes formas de ataque del poder público contra los mecanismos del mercado y sus principales representantes, es decir las empresas o la iniciativa privada. En diferentes circunstancias, algunas con motivos justificados y en otras no, el Estado siente y se declara amenazado o agredido por los intereses privados y reacciona ante esto. Las respuestas del Estado pueden ir desde la nacionalización, la confiscación o la estatalización de empresas, hasta un enfrentamiento silencioso y continuado a los intereses de la iniciativa privada, en beneficio de la gestión pública, mediante múltiples medios.

La máxima expresión de tales políticas estatales contra la gestión particular han sido diversos modelos de gobierno que, a lo largo de la historia, han diseñado políticas, mecanismos y prácticas de dirección que declaran y priorizan, con fuerza, los intereses del Estado por encima de empeños individuales o personales. Tales patrones han tenido siempre una justificación ideológica y en ellos los conceptos tradicionales de democracia o de sociedad civil se “ajustan” a los requerimientos y necesidades del funcionamiento de esos paradigmas, tanto desde el punto de vista político como jurídico, y siempre bajo la justificación de la defensa de supuestos “intereses máximos de la patria” y una inspiración transformadora o revolucionaria.

Un elemento común presente en esas formas de gobierno que descansan en el predominio de una visión estatista sobre los mecanismos de mercado es su carácter centralizado, paternalista y populista. Casi todas, por no decir su generalidad, se apoyan en su momento en la presencia de una figura o líder que encarna “las aspiraciones y deseos del pueblo”. Ese lider llega al panorama político y se mantiene, en muchas ocasiones en los tiempos actuales, gracias a la voluntad y al voto popular, y sigue el tipo de liderazgo que Marx Weber denominara “lider de la vertiente del poder” *; es decir, un mandato ejercido por imposición, inspirado en el temor, que llega a ser terror, más o menos masivo. Otro rasgo caracteristico de tal forma de gobierno es lograr, al máximo posible, la división o polarización de un pueblo, nación o país, en torno a la defensa de dos posiciones extremas.Tales figuras han estado – y están- presentes tanto en la llamada Derecha como en la Izquierda, y se dan en todas partes. Sus nombres en la historia son tantos que no vale la pena mencionar a ninguno, en particular.

La experiencia también demuestra que los resultados económicos finales de esos sistemas basados en posiciones de confrontación extrema no lograron pasar la prueba del tiempo; o bien desaparecen, o se transforman hasta un punto en que sus propios “creadores” no serían capaces de reconocerlos. En muchos casos, y aún con diversos elementos criticables o censurables, tanto desde un punto de vista social como económico, las evidencias del devenir histórico muestra que, a la larga, las fuerzas del Mercado han ganado la batalla a una buena parte de las variantes en que se impuso un modelo de predominio absoluto del Estado.

Los antecedentes generales del problema en América Latina

En el caso de la América Latina este conflicto del Estado vs. el Mercado arrastra una parte importante de una historia de cuatro siglos; un pasado colonial dependiente de potencias europeas proteccionistas, esclavistas y centralizadoras. Situación diferente a la de Europa. Los efectos políticos renovadores de la Primera Revolución Industrial no llegaron, en su momento, a tierras latinoamericanas con suficiente fuerza e intensidad.

Es decir, y para expresarlo más claramente, la Modernidad y el Capitalismo arribaron tarde a América Latina. Y, aun así, cuando lo hicieron, especialmente durante los siglos XIX y primera parte del XX -una vez alcanzada la independencia política de los imperios coloniales europeos- llegaron en una versión “mutilada”, adaptada, y montada sobre estructuras políticas rurales, agrarias y atrasadas, que eran las que existían, y que habían sido diseñadas durante la larga etapa colonial, pero que no se ajustaban a los estilos y patrones del funcionamiento de la Modernidad y del Capitalismo contemporáneo. 

Tales formaciones socioeconómicas e institucionales que “recibieron al Capitalismo” en las tierras latinoamericanas no podían ser de otra manera. Se basaban, esencialmente, en formas y estilos de gobierno proteccionistas, centralizadores, estatalistas, de cacicazgos, corruptos y dependientes de las metrópolis. Por supuesto, los primeros esfuerzos de desarrollo del Capitalismo para nada contaban, en ninguna parte de América Latina, con una población autóctona con un mínimo de educación, organización, ni preparación laboral para enfrentar el inicio de la construcción de una sociedad industrial, urbana y moderna. No hubo, como en Europa o en los Estados Unidos, una etapa de transición.

Tales condicionantes iniciales, en mi opinión, con algunos pocos e insuficientes cambios en algunas regiones y puntos geográficos del subcontinente latinoamericano, se han transportado hasta nuestros días. Y esto determina, lamentablemente, el panorama socioeconómico y político del enfrentamiento Mercado vs Estado en grandes porciones del extenso espacio latinoamericano y de su actual contexto.

Al igual que en otras partes del mundo, en la América Latina los años setenta y ochenta del pasado siglo XX trajeron la nueva ola del Neoliberalismo; que no fue más que el viejo Liberalismo remozado. Y fue así que, durante ese período, buena parte de la región sirvió de “polígono de prueba y ensayo” del nuevo Modelo Neoliberal que, con su pretendido halo de Modernidad, trataría de sustituir el viejo orden de predominio del Estado controlador, centralizador y proteccionista, presente antes, durante y después de la etapa colonial en la inmensa mayoría de la región latinoamericana.

Como se podrá suponer, el “montaje” del andamiaje neoliberal, desregulador, mercantil, descontrolado, encima del viejo orden del tejido estatal atrasado de las instituciones latinoamericanas no podía dar otro resultado que un verdadero desastre. Esto se tradujo en más pobreza para la inmensa mayoría de la población y la así llamada por la CEPAL “Década Perdida” de los años 80 para toda América Latina, con la elevación de las ya muy grandes desigualdades en los niveles de ingreso de la población y la consolidación de una enorme deuda y de una corrupción generalizada. Es decir, lejos de mejorar el orden y la relación Estado-Mercado en el caso latinoamericano, este empeoró a finales del siglo XX y durante el inicio del XXI.

En mi opinión, no es sólo que el Modelo Neoliberal haya fracasado en América Latina, como muchas veces se afirma, y que fue así, sino que el estilo de Capitalismo que, en general, se desarrolló en la región a lo largo del siglo XX, no propició la modernización ni las transformaciones estructurales, funcionales y educacionales imprescindibles para garantizar un verdadero proceso de desarrollo; incluyendo aquí, en primer plano, a las instituciones estatales y a las organizaciones y partidos políticos. Un ejemplo de esto en cuanto a deficiencias e insuficiencias en el funcionamiento económico de América Latina durante buena parte del siglo XX, y en prácticamente casi todos los países de la región, fue el llamado modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones, ISI, el cual tenía un fuerte sesgo de programación y dirección económica por parte de los Estados y que poco contribuyó a los propósitos originales del desarrollo. Esa experiencia se produjo a inicios del siglo XX, es decir, mucho antes del “experimento neoliberal”, y se encuentra ampliamente referenciada en documentos de la CEPAL. **  

Resultó entonces que, cuando sobre ese sistema arcaico, insuficiente y deficiente de funcionamiento en lo político, lo económico y lo social se encajaron prácticas desregulatorias y de funcionamiento del mercado, propias de la concepción Neoliberal, se hizo aún más evidente el fracaso no ya sólo del Neoliberalismo, sino de las bases mismas y de las estructuras de la generalidad de las economías latinoamericanas, incluyendo las mayores naciones de la región.

Las respuestas de América Latina a la confrontación Estado-Mercado

Como reacción ante los insuficientes resultados económicos que, en general, se obtuvieron en América Latina durante la mayor parte del siglo XX -y en lo que va del XXI- han proliferado modelos políticos nacionales que, con diferentes nombres y matices, han procurado asentar diversas formas de reforzamiento del poder del Estado Nacional y un determinado rechazo y desconfianza generalizada a la actuación de las fuerzas del Mercado, a las cuales, conjuntamente con el “enemigo externo,” -usualmente los EUA- se les atribuyen el origen de todos los males.

Esas variantes, usualmente, han sido impulsadas por dos posiciones o fuerzas políticas que aparecen como opuestas. Por una parte, las manifestaciones, partidos y movimientos de la llamada Izquierda que, primero desde la oposición, y luego en ocasiones desde el poder, han dado respuestas estatistas a las corrientes de los mercados liberales o neoliberales que se impusieron en buena parte de la región a lo largo de este período. La segunda dirección, totalmente diferente a la anterior, es la que agrupa las fuerzas de la Derecha que, muchas veces vestida de militar y bajo la forma de golpes de estado, se han hecho con el poder y establecido dictaduras también estatistas, pero de carácter castrenses, de mayor o menor intensidad, grado de represión y duración.

En el primer grupo se pueden mencionar, entre otros, las experiencias del Peronismo o Justicialismo en Argentina; de Castro en Cuba; de Allende en Chile; de Lula en Brasil; de Morales en Bolivia; de Ortega en Nicaragua; de Chávez, en Venezuela, y en estos momentos, de López Obrador, en México.

En el segundo grupo se encuentran los propios movimientos, golpes y dictaduras militares que, en su momento, derrocaron a Perón, a Allende, a la sucesión de Lula y Dilma por Bolsonaro, a Morales, y a la sustitución del chavismo original, que llegó al poder por las urnas, por un régimen castrense encabezado actualmente por Maduro.

En resumen

Puede ser que estas formas peculiares de alternancia del poder de las fuerzas de la Izquierda y de la Derecha en América Latina, durante todo este largo período, hayan determinado rasgos del funcionamiento de Estados y Mercados latinoamericanos que podrían ser caracterizados, en sentido muy general, de la siguiente forma:

  • Casi todos los regímenes, tanto de Derecha como de Izquierda, han tenido un carácter populista, en el sentido de que se han apoyado, al menos originalmente, en movimientos políticos con amplio soporte popular, pero que no han llegado a concebir y completar verdaderas transformaciones profundas, suficientemente eficientes y efectivas, del orden de dominación existente previamente, ni en cuanto al Estado ni al Mercado. Es decir, se han quedado a mitad de camino en los dos órdenes, cuando no que han retrocedido.
  • El funcionamiento adecuado de la democracia, con el significado que normalmente se le da a este término, no ha sido precisamente un rasgo que haya caracterizado el desempeño de las sociedades latinoamericanas en este largo período. Están por crearse, en la mayoría de los países, las bases institucionales de funcionamiento democrático.
  • A diferencia de muchos ejemplos recientes de naciones de Asia, prácticamente no se puede mencionar un sólo caso latinoamericano exitoso en cuanto a lograr estándares económicos y sociales permanentes de un país desarrollado. El desgaste se ha impuesto sobre el avance y el progreso.
  • Los niveles alcanzados en cuanto al funcionamiento y organización, tanto de los Estados como los Mercados latinoamericanos, no ha posibilitado garantizar una mejora sustancial, ni a mediano ni a largo plazo, de las condiciones de vida y del desarrollo humano de sus pueblos. Sigue siendo una tarea pendiente.

En este contexto, están aún por concebirse e implementarse verdaderas estrategias de transformación en la mayoría de las naciones de América Latina que, sin destruir las instituciones y mecanismos y sin caer en “los extremos”, sean capaces de articular la marcha tanto de los Estados como de los Mercados, en función de los intereses legítimos de los ciudadanos de los países y que aseguren un verdadero y sostenido progreso, a mediano y largo plazo, de las naciones. 

  * Weber, M. “Sociología del poder: los tipos de dominación”; Alianza (2012)  ISBN 978-84- 206-6947-2

** Ver, entre muchos otros, de Valpy Fitzgerald, “La CEPAL y la teoría de la industrialización”,  Revista de la CEPAL número extraordinario, 1998, tomado del sitio Web https://www.cepal.org/es, 12-12-2007.

¿Qué podría ser “casi” seguro para el 2021?

Hace un año, en un trabajo para este propio blog, exponía lo que consideraba podían ser las direcciones económicas y políticas mundiales y para América Latina y México para el año 2020 y apuntaba que: “Las señales de cuáles podrían ser las principales tendencias resultan tan contradictorias, imprecisas y confusas…” que en ese momento no recomendaban realizar una proyección de estas. La vida superó, en gran medida, las expectativas de incertidumbre para el año 2020. En verdad, nadie esperaba que llegara a ocurrir lo que sucedería a escala mundial en ese año; dos grandes crisis simultáneas.

Partiendo de esta realidad se pudiera preguntar: ¿Y qué podría considerarse entonces como “casi” seguro que pueda pasar en el nuevo año que recién comienza? La respuesta más responsable que en este momento pudiera dar sería algo así como:  Continuarán y se profundizarán, en todas partes, los profundos cambios que han producido las dos “crisis gemelas”; la pandémica y la económica.

De aquí surge una pregunta: ¿Estaremos mejor preparados para enfrentar sus consecuencias? La respuesta: Eso dependerá de muchos factores. Seleccionemos entonces sólo algunas de esas posibles cuasi verdades para el 2021, que son quizás de las más evidentes, pero también de las más importantes.

Lo más general es que ya no habrá muchas verdades generales sobre la Pandemia

Quizás lo primero a comprender es que, en la situación actual y hacia el futuro inmediato, la evolución de los cambios será tan específica en cada lugar que resultará cada vez más difícil, por no decir innecesario, hablar “en términos generales. Sus efectos son, y continuarán siendo, diferentes en los distintos lugares y afectarán, en disímil medida, a cada grupo humano, e inclusive a cada persona, durante el 2021.

Ya durante el 2020 la pandemia produjo resultados muy distintos, en dependencia de la situación de cada cual. Muchos millones de personas fueron afectadas por la enfermedad en todo el mundo y de ellas 1.73 millones fallecieron durante el 2020. En términos absolutos, el 45% de las muertes ocurrió en sólo cuatro países; EUA, India, Brasil y México. Pero, en términos relativos, los índices de muertes por habitante los mayores correspondieron a Bélgica, Eslovenia, Bosnia, Italia, Perú y España. Es decir, según los registros (por cierto, no tan precisos) de las quince naciones con más fallecidos, en términos relativos, nueve son europeas.

Más aún, cuando se examinan los datos al interior de los países se comprueba que los resultados se encuentran muy desigualmente distribuidos. En un estudio realizado a mediados del 2020 por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM),* a partir de datos oficiales de mortalidad de la Secretaría de Salud Pública mexicana, se indica que el 74% de los fallecidos en México por Covid-19 tenía como escolaridad máxima sólo la  educación primaria o ningún grado de estudio. Igualmente, en ese propio documento se plantea que el 84% de los decesos, hasta ese momento, correspondía a personas que se desempeñaban como amas de casa, jubilados, empleados del sector público, conductores y no ocupados y que, a su vez, el 55,7% de las muertes ocurrieron en Ciudad y Estado de México.

Esto es sólo una muestra de que la pandemia, y sus efectos más nefastos, se encuentran bastante irregularmente distribuidos. Y que estos resultados obedecen no sólo -como se ha afirmado con mucha insistencia- a factores individuales de comorbilidad en las personas, esto es, edades avanzadas, enfermedades crónicas y otras causas naturales, que ciertamente están presentes, pero también, y con mucha importancia, a las diferencias en el grado de preparación y de efectividad de las políticas públicas en materia de Salud en cada lugar, a la diferente responsabilidad y seriedad con que han asumido este asunto las autoridades locales y la propia población.  Igualmente, tiene un gran peso los factores de concentración de grupos poblacionales en determinadas ciudades y áreas urbanas y suburbanas y los índices educacionales y de pobreza de los ciudadanos en cada sitio. Es decir, el impacto de la pandemia depende de un conjunto muy complejo y amplio de circunstancias presentes en los diferentes componentes sociales de cada entorno.

Así resulta que, en algo tan poco conocido e invisible como este padecimiento, y aunque existe un riesgo siempre latente, cada grupo humano se encuentra en un grado de peligro distinto frente a este mal, en dependencia de muchas circunstancias diferentes. O, como decía alguien hace poco: “Todos estamos en el mismo mar, pero no en el mismo barco”.  

Por supuesto que es fundamental prestar toda la atención posible a la búsqueda de soluciones efectivas para la prevención y solución de esta pandemia. Una parte de este esfuerzo será la continuidad de las medidas de carácter global que se han venido tomando en casi todos los países; control de fronteras, realización de pruebas, aislamiento, sana distancia, mascarillas, desarrollo de vacunas, entre otras, pero no menos importante es la atención puntual y específica, en dependencia de las condiciones sociales en cada nación, región y grupo humano. Es decir, lograr una adecuada combinación entre fórmulas o soluciones generales y medidas diseñadas para cada lugar.

Por ejemplo, puede no ser suficiente, para una solución a fondo de la pandemia, aplicar los mismos esquemas de prevención y/o vacunación para poblaciones urbanas y rurales, con distintos niveles de concentración humana, diferentes niveles educacionales, de ingresos familiares, etc. Es decir, el establecimiento de posibilidades de acceso debe ir más allá de criterios centralizados sobre grupos de edades, comorbilidades o riesgos, decididos desde la cúpula de gobierno.

Se puede esperar una recuperación económica, pero también a ritmos muy desiguales

Algo similar ha ocurrido con la crisis económica. Cierto es que la misma es un fenómeno natural, inherente al funcionamiento del Capitalismo, y que las crisis continuarán existiendo. También es verdad que siempre ha habido dispersiones en los valores de los principales indicadores, pero la actual crisis indica que se agudizan las grandes disparidades en el comportamiento de la economía entre las naciones del mundo y con ello se amplían las brechas entre riqueza y pobreza.

 En un artículo anterior a este **, publicado en este propio blog, se señalaba que: De acuerdo con el último pronóstico del Fondo Monetario Internacional, publicado a mediados de octubre de este año, la producción mundial de bienes y servicios habría caído en 4.4% terminando 2020. Pero, en ese contexto, se mencionaba también que algunas naciones de Europa Occidental caerían entre un 10 y un 13%, México en el orden del 9%, mientras que naciones asiáticas y africanas se reducirían sus economías en una cifra sólo sobre el 3%, al tiempo que China podría inclusive acumular un ligero crecimiento, en torno al 1%.

Igualmente, al interior de los países se produce una notable dispersión de los resultados económicos del 2020, aún bajo el predominio del decrecimiento global de las economías nacionales. Así en México, por ejemplo, según informaciones de su órgano estadístico nacional, sólo cinco (de los treinta y dos estados del país) concentraron más de la mitad del total de las exportaciones mexicanas en ese pasado año y aunque la economía en su conjunto cayó en un 9% respecto al año anterior, algunos estados se contrajeron en un 5-6% y otros alcanzaron las dos cifras de reducción. En el caso mexicano fueron precisamente las exportaciones, y no el consumo ni la inversión, el único elemento dinámico en el comportamiento económico del país durante el 2020. Los demás agregados se desplomaron, en gran medida.

En síntesis, las dispersiones en cuanto a estimaciones generales continuarán siendo tan altas también durante el 2021 que “los indicadores globales” perderán, aún más, valor o sentido orientativo. Para el presente año, cada cual tendrá su propia realidad diferente y deberá ir construyendo su “nueva normalidad” específica, en dependencia de las circunstancias y condiciones particulares que le toque vivir. 

Muchos de los cambios que se produjeron en el 2020 no tienen marcha atrás

Una consecuencia del panorama descrito en los epígrafes anteriores para el 2021 es que es necesario comprender que se consolidará la mayor parte de las nuevas tendencias y realidades que se crearon en el pasado año. Es decir, sectores y subsectores completos de la actividad económica, especialmente de la esfera de los Servicios, que se modificaron, transformaron, o aún desaparecieron en el 2020, no renacerán “tal como eran” durante el presente año y, posiblemente, la mayor parte de ellos tampoco en períodos posteriores a éste, con la consiguiente pérdida definitiva de millones de puestos de trabajo y de millones de empresas, en todas partes. Lamentablemente, suponer lo contrario es puro espejismo.

Esto implica que negocios que eran lucrativos y prósperos dejaron de serlo y, simplemente, se esfumaron. Dentro de esta categoría se encuentra una parte de la actividad gastronómica, del comercio minorista, de la recreación, del turismo, de los viajes, de la educación tradicional, entre otras. Afecta, especialmente, a todas aquellas actividades económicas caracterizadas por una necesaria y habitual cercanía física entre las personas durante el proceso de su ejecución. Esas labores se han visto profundamente afectadas y requerirán de un rediseño o una reconceptualización, en particular a partir del actual año, para que puedan seguir existiendo, aunque de manera diferente.

Como contrapartida de lo anterior y que, a su vez, resulta una buena noticia, es que la aparición de “nuevas formas de hacer las cosas” ha conllevado la apertura de posibilidades de actividades económicas y de generación de empleos que antes no existían, aún en estos propios “sectores en crisis”, o era muy reducido su alcance. La cuestión estriba en poder crear las capacidades y condiciones para la transición de las actividades tradicionales hacia la nuevas maneras y tecnologías para su desempeño.

Esta no es una situación nueva dentro de la historia de la Economía. Cada vez que se ha producido una Revolución Tecnológica ha sucedido algo similar ; de la Revolución Industrial a la del Motor de Combustión Interna y la Electricidad y de ahí a la Microelectrónica, Internet, Telecomunicaciones…. Siempre ha sido necesario grandes cambios sociales e individuales. Lo nuevo ahora es que este proceso se ha intensificado, con gran fuerza, en un tiempo muy corto; durante el pasado año y continuará, al menos, en este.

Por tanto, en las condiciones de la “nueva normalidad” lo más importante para las personas, grupos sociales, profesiones, regiones, sectores, países…. será desarrollar capacidades de adaptación y de ejercicio de actividades sobre nuevas bases tecnológicas, organizativas, de funcionamiento y de modalidades nuevas y diferentes. Por supuesto que esto no es tarea fácil e impone serios retos a todos. En este camino se abren muchas oportunidades y habrá ganadores, pero también perdedores. Algunos podrán lograrlo y otros, lamentablemente, no. Y, además, habrá que hacerlo muy rápido y de manera suficientemente eficiente.

La transición de la Educación hacia un nuevo esquema de alcance mundial

Un buen ejemplo de esto último se tiene en el sector educacional. Las circunstancias de la pandemia obligaron, en prácticamente todo el planeta, a que durante los meses de febrero-marzo del 2020 se produjera un rediseño forzado, en el transcurso de muy pocas semanas, de todo el proceso de concepción, impartición de clases y evaluación, desde los niveles de la educación primaria hasta la profesional y posgrado. Esto no quiere decir que la Educación a Distancia no existiera desde antes, sino que lo nuevo fue la transformación tan inmediata y completa de todos los sistemas presenciales de educación, que estaban funcionando, a las formas de educación a distancia. Tal evolución se produjo, en mayor o menor medida y con diferentes intensidades, en cada lugar, en dependencia de condiciones técnicas y humanas que se dispusieran, y esto arrastró a muchos millones de escuelas, profesores, técnicos y estudiantes en todo el mundo; una verdadera Revolución. 

Así, al menos en países no desarrollados, como México, tal transformación obligada fue realizada, pero su mayor éxito relativo se obtuvo en una parte de la educación privada, en sus distintos niveles. Es decir, se pudo lograr a cabalidad en aquellos lugares en que existían, tanto dentro de las escuelas como en las casas de los estudiantes, los recursos técnicos indispensables; en particular, la organización, las computadoras, el acceso a internet, así como el manejo por parte de profesores y alumnos – aunque fuera en una escala básica o elemental- de esas tecnologías indispensables para la impartición, transmisión, recepción de clases y realización de evaluaciones, con un sentido bidireccional.

En relación con esto último ocurre que, según datos oficiales del INEGI ,*** en el año 2019 en México un 92,5% de los hogares disponía de televisión, lo cual es un índice relativamente aceptable, que permite la transmisión de clases, pero en una sola dirección. Al propio tiempo, la proporción de hogares con computadoras en relación con el total era de sólo un 44,3% y el porcentaje de hogares con conexión a internet de poco más de la mitad de ellos, es decir, de un 56,4%. Igualmente, en la propia fuente estadística mencionada, se recoge que el porciento de la población mexicana que utiliza la computadora. como apoyo escolar, en relación con el total de usuarios de las computadoras era, hace dos años, de sólo de un 44,6%. Es decir, el alcance de esta transformación está obligadamente limitado por las condiciones socio-económicas de cada lugar.

Como podrá suponerse, es en esos hogares con los más bajos índices de disponibilidad de computadoras e internet, donde obviamente se concentra la mayor parte de la población en situación de pobreza y, correspondientemente, de su población en edad escolar. Como resultado de la crisis económica, lamentablemente, todo indica que tales índices de pobreza continuarán elevándose durante el 2021, lo cual conllevará, además de todo, a un agravamiento del panorama educacional, ya seriamente comprometido desde antes de la pandemia.

Siendo esto así, se puede suponer el reto que significará crear las condiciones necesarias para alcanzar verdaderos estándares de educación a distancia, en todos los niveles, que logren brindar y mantener, en el tiempo, una educación de suficiente calidad, tanto por el sector privado como público, a las decenas de millones de niños, niñas y jóvenes que forman la masa estudiantil. Según todo parece indicar, la transformación masiva hacia una Educación a Distancia generalizada es una tendencia que llegó para quedarse, aún en la etapa post-pandemia en todas partes. No obstante, cada nivel de educación requerirá de un diseño e implementación especifico, en dependencia de las características de cada grado estudiantil.

Y esto, por supuesto, no es sólo un problema para México o para unos pocos países no desarrollados, sino para decenas de naciones en todos los continentes. Es un tema mundial, global, y del tipo que no desaparecerá en el 2021, sino  que se profundizará y agravará y que, aunque complejo de solucionar, implica también grandes oportunidades de cambio, transformación y desarrollo. De los gobiernos y las sociedades en cada lugar dependerá su solución. La Educación es, como se sabe, una inversión a largo y muy largo plazo y lo que se deje de hacer hoy ya no será posible recuperarlo en el futuro. De esto dependerá, en última instancia y en buena medida, el tipo de mundo en que se vivirá en las próximas décadas.

En el informe realizado por la CEPAL y la UNESCO,” La Educación en tiempos de la pandemia de COVID-19”, publicado en agosto del 2020, se señala que: “La desigualdad en el acceso a oportunidades educativas por la vía digital aumenta las brechas preexistentes en materia de acceso a la información y el conocimiento, lo que —más allá del proceso de aprendizaje que se está tratando de impulsar a través de la educación a distancia— dificulta la socialización y la inclusión en general.” (CEPAL-UNESCO, 2020) ****

En resumen, la percepción generalizada que se tiene en casi todo el mundo fue que el 2020, por distintas razones, resultó un año no favorable, excepto para un pequeño grupo de personas que se beneficiaron de “situaciones no normales”. Algunos pocos ricos se volvieron aún mucho más ricos y muchos pobres, y otros no tan pobres, se vieron descender en la escala de la prosperidad. Lamentablemente, el 2021 no parece será muy diferente en este sentido. La lección aprendida deberá ser que cada cual tendrá que procurar, en la medida de sus posibilidades, colocarse en posición de un posible ganador, en este mundo que se encuentra en proceso de grandes transformaciones.

* Publicado por Forbes Staff, julio 10/ 2020

** Ver “El Virus, la Economía y el Mundo Post-Pandemia”; Dirmoser, D. y Fernández M.; noviembre 7 2020;  Blog: mfernandezfont.com

*** Ver: https://www.inegi.org.mx/temas/ticshogares/

**** https://www.ses.unam.mx/curso2020/materiales/Sesion7/CEPAL_UNESCO2020_

El virus, la economía y el mundo post pandemia

Dietmar Dirmoser *                                 Mario Fernández     

* Dietmar Dirmoser, alemán, doctor en Sociología; ha sido funcionario de una ONG internacional en América Latina y Europa. Ha dirigido durante 12 años revistas dedicadas al análisis de las relaciones internacionales. Actualmente se desempeña como analista político.              

Hace un año vivíamos en un mundo completamente diferente. Teníamos otras certezas, expectativas y planes. En los meses transcurridos del año 2020 la crisis inducida por el virus Sars-CoV-2 ha destruido bienestar, capital, modelos de negocio e hizo inviable las estrategias de supervivencia de millones de personas. Comentaristas hablan de un acontecimiento de dimensiones enormes. Hay los que califican la crisis como el choque más fuerte del siglo en curso, o aún de los últimos 100 años. El historiador Adam Tooze considera que experimentamos un impacto tan profundo y brutal que no tiene precedentes en la mayor parte de los países. El economista Robert Shiller percibe una atmósfera de tiempos de guerra. La revista The Economist habla de la recesión más brutal en la memoria viva.   

La Caída Profunda

Mirando el PIB, constatamos una caída marcadamente más fuerte que en la crisis del 2008-2009 pero algo menor que en la crisis económica mundial de los años 30 del siglo pasado. De acuerdo con el último pronóstico del Fondo Monetario Internacional, publicado a mediados de octubre de este año, la producción mundial de bienes y servicios habría caído en 4.4% terminando 2020. Hay países donde el desplome es más fuerte como Francia, Italia, España (entre -10% y -13%) y México (- 9%). Otros registran una caída más baja, como los estados miembros del grupo ASEAN (-3,4%), o los países de África Subsahariana (- 3%). Prácticamente ningún país – con la excepción de China – escapó de la fuerte recesión internacional. La consecuencia es que casi todas las naciones han retrocedido y han perdido varios años de crecimiento.

Desde su aparición en China, en diciembre pasado, el virus ha infectado ya casi 38 millones de personas y matado más de un millón. Una referencia al significado de estas cifras se tiene en su relación con la última gran pandemia comparable, que fue la de la Influenza, durante los años 1918-1919, causada por el Virus H1N1 y que durante la primavera de 1918 se propagó rápidamente por todo el mundo. Aquella pandemia se estima infectó a unos 500 millones – esto es, un tercio de la población mundial en aquel momento – y los fallecidos fueron aproximadamente 50 millones de seres humanos en todo el planeta; de ellos, 675 mil en EUA. Esto significa que las cosas pueden llegar a ser mucho peores, aunque obviamente el mundo, y nuestros conocimientos, han cambiado mucho en el último siglo.

En la actualidad, y para frenar el avance de la enfermedad, muchos gobiernos se han visto obligados a restringir las interacciones entre la gente, de una manera antes inimaginable. Esto incluyó bajar, y en muchos casos parar, la actividad económica. Por las medidas de contención, pero también porque las personas – para protegerse – limitaron sus actividades y contactos sociales, las ventas cayeron. En contraste con recesiones anteriores, donde el consumo se afectó menos que la producción, en esta situación se produjo lo que los economistas llaman un choque generalizado de la demanda agregada.

Esto refleja también el gran susto causado por la crisis. La pandemia ha sembrado inseguridad y temor en todas partes. Y los temores han sido justificados. La paralización completa o parcial de grandes sectores de la economía (sea por medidas estatales, por falta de insumos importados o por disminución de la demanda) provocó inmediatamente despidos de personal, en gran escala y en todas partes.

La situación en los mercados de trabajo no mejoró mucho luego del levantamiento de las medidas más severas, porque partes importantes de las economías (tráfico aéreo, turismo, sector cultural, comercio minorista, etc.) quedaron muy afectadas en su funcionamiento. Según la Organización Internacional de Trabajo, al final del segundo trimestre del 2020, en el mundo había unos 400 millones de puestos de trabajo menos que al principio del año (considerando el número de horas trabajadas en su conversión en puestos de tiempo completo). En EUA, por ejemplo, hay actualmente 11 millones de puestos laborales menos que en febrero pasado. (NYT 2020/10/02) De los aproximadamente 2 000 millones de trabajadores informales a nivel mundial, un 80% ha sido afectado significativamente por la pandemia, las mujeres más que los hombres. En general, los grupos de menores ingresos corren el peligro más grande de perder su trabajo, lo que profundiza aún más la desigualdad en las sociedades.

Durante el primer y segundo semestre del 2020, en muchos países se tomaron medidas drásticas para contener el crecimiento explosivo del número de infectados y de muertos. Esas medidas, si bien necesarias, resultaron desastrosas para las economías. Pronto se hizo evidente que ningún país y ningún sistema de salud iba a poder funcionar durante mucho tiempo sin el respaldo de la economía. Por consiguiente, pronto se ablandaron las disposiciones restrictivas. Esto fue favorecido por el hecho que, durante el verano en el hemisferio norte, los casos activos bajaron considerablemente, sobre todo en Europa.

Mucha gente, entre ella no pocos políticos, confundió la reducción de la tasa de infecciones con la superación de la Pandemia. En algunos casos, el hartazgo por las restricciones provocó reclamos que llevaron al levantamiento, o por lo menos a la atenuación de las medidas de protección, contra la enfermedad. La advertencia de los expertos, que las epidemias se desarrollan típicamente en oleadas, no ha sido tomada suficientemente en serio. Por consiguiente, en varios países la vuelta a la normalidad resultó prematura, porque las tasas de infección no habían bajado suficientemente y pronto volvieron a crecer. En EEUU, Brasil, Rusia, India, y últimamente en casi todos los países europeos los números de infectados se volvieron a disparar.

Frecuentemente, las políticas para controlar la pandemia tambalearon entre dureza y apertura y lo siguen haciendo. Donde grupos de intereses lograron imponer su criterio parcial, las medidas antivirus no tuvieron coherencia y, por consiguiente, no fueron eficientes. Este ir y venir hace más lenta la recuperación de las economías. El FMI espera que demorará varios años alcanzar de nuevo el nivel de producción del 2019. Cuanto más tiempo dure la recesión tanto mayor serán los daños al potencial y a la estructura de la oferta. Muchas empresas no podrán resistir la crisis durante un período largo y no sobrevivirán. En general, el sector de servicios ha sido mucho más afectado que el manufacturero. Y las perspectivas son especialmente sombrías en aquella parte que se basa en la interacción entre las personas.

Lo que también causará cambios en la estructura de la oferta tiene que ver con la caída del comercio internacional. El Fondo Monetario internacional pronostica una reducción del volumen del comercio internacional de -10,4% en 2020. Esto llevará, necesariamente, a un reacomodo de las cadenas internacionales de producción. Además, la crisis demostró el alto grado de vulnerabilidad de muchas economías, por su alta dependencia de insumos traídos de lugares lejanos del mundo globalizado. Todavía no queda claro cuáles proveedores lograrán mantenerse y cuáles saldrán del mercado. Pero es evidente que una cantidad de actores no sobrevivirá la combinación de recesión y de reacomodos.

Medidas para contrarrestar la crisis

Durante febrero y marzo del 2020 las bolsas más importantes registraron caídas históricas. El Dow Jones, por mencionar sólo uno de los índices clave, bajó entre el 12 de febrero y el 23 de marzo casi 37%, llegando a 18 591 puntos. Muchos observadores temieron que ese colapso de los mercados de valores fuera el inicio de una crisis financiera de dimensiones mayores que aquella de los años 2008/09. Pero los temores no se hicieron realidad porque inmediatamente los bancos centrales y los gobiernos intervinieron masivamente en los mercados, con medidas monetarias y fiscales. Asumiendo un protagonismo importante, los bancos centrales lograron estabilizar la liquidez y mantener estables los costos de los créditos. Varios países trataron de equilibrar sus empresas a través de transferencias, créditos baratos y medidas regulatorias. En su momento, una serie de naciones lanzaron programas de asistencia para los trabajadores; estableciendo su labor en horarios reducidos, evitando así despidos masivos.

Según el Fondo Monetario Internacional, el volumen total de medidas fiscales alcanzó los once trillones de dólares a fines de junio del 2020. Hasta octubre, en las economías avanzadas, los estados habían dedicado el equivalente al 9% del Producto Interno Bruto (PIB) para sostener la actividad económica, a través de programas de gastos públicos, y otro 11% del PIB para inyecciones de capital, compras de activos, préstamos y garantías en beneficio del sector privado. En los países en desarrollo esos porcentajes han sido del 3,5% y del 2,0% del PIB, en los rubros respectivos.

No cabe duda de que los efectos de la crisis hubieran sido mucho peores sin esas intervenciones. Pero, dada la envergadura del problema, no se trata meramente de acciones orientadas a “tapar huecos” y para salir de situaciones de emergencia extrema. Los paquetes de ayuda movilizan ingentes recursos de inversión, definen objetivos y pretenden encaminar procesos.

A los fines de poder identificar mejor el alcance y los objetivos de los paquetes de políticas que se están implementando, y que pudieran llevarse a cabo en lo adelante, distinguimos dos tipos básicos, contemplando el grado de inmediatez de los problemas que abordan, el horizonte temporal para su aplicación, la envergadura o volumen de los recursos a movilizar, y la categoría del impacto en la estructura económica, tecnológica y social del país. Los dos tipos son: Las políticas y acciones de emergencia y las políticas y acciones de reactivación.

Las políticas y acciones de emergencia se lanzaron en el momento de hacerse evidente la crisis (que en muchos países sorprendió a los gobiernos) y apuntaron a frenar y amortiguar la caída de la economía causada por las restricciones impuestas. La expectativa fue, en algunos casos, evitar un colapso inminente y en otros no alejarse mucho del status quo ante. En ocasiones el corte de las medidas tuvo que ver con intereses políticos o electorales de los grupos dominantes.

Las políticas y acciones de reactivación son la consecuencia del hecho de que las intervenciones de emergencia no resultaron suficientes para compensar la caída. Además, se había entendido que la epidemia iba a seguir causando graves problemas durante un período prolongado. Ya en abril del año en curso la revista The Economist, revisando una serie de estudios nuevos sobre los cambios causados por el virus, había llegado a la conclusión que – aun sin lockdown, pero manteniendo medidas para frenar la propagación del virus – se perfilaba una economía que se nivelaba al 90% de la actividad pre crisis. Sectores como turismo, viajes aéreos, actividades culturales etc. no se recuperarían, porque muchas personas evitarían esas actividades para protegerse. Además, los consumidores restringirían sus gastos: “Por si acaso, porque nadie sabe lo que nos espera”. Adicionalmente, la demanda de exportaciones seguiría baja.

Ante tal situación, los paquetes de reactivación contienen medidas para estabilizar sectores en aprietos, inversiones en infraestructura y tecnología y estímulos para el traslado de recursos a sectores con futuro, aunque pocos gobiernos se atreven a convertirse en instancia shumpeteriana de “destrucción creativa”. Si bien varios de los paquetes de reactivación contienen elementos de modernización tecnológica y de protección ecológica, en general resultan extremadamente convencionales. Se centran en la meta de lograr una tasa positiva de crecimiento y no consideran las necesidades de restructuración que en muchos países forman parte de la agenda política. Sobre todo, no se ha llegado a fusionar las políticas de reactivación con las políticas existentes de protección del clima, a las que se comprometieron, de manera jurídicamente vinculante, 190 naciones en el Acuerdo de Paris de 2015, para limitar el aumento de la temperatura media mundial al menos en dos grados respecto a los niveles preindustriales.

Hay un debate apasionado entre los expertos del campo de la economía y la política económica, entre ellos celebridades como el premio Nobel Joseph Stiglitz, sobre la necesidad de convertir los paquetes de reactivación en paquetes de transformación. Lo que se exige es no usar las ingentes cantidades de dinero que el Estado está inyectando en las economías para volver al status quo ante, sino para tratar de “enverdecer” las economías y hacer las sociedades más justas. En esta línea están abogando también muchos de los organismos multilaterales, ofreciendo propuestas interesantes la OCDE, UNCTAD y el FMI, entre otros.

Desde el inicio de la crisis están saliendo estudios y documentos de análisis que demuestran que la reconversión de los paquetes de restructuración en paquetes de transformación sería una operación de focalización que no arrojaría costos adicionales. La idea básica es que se puede lograr la reactivación priorizando proyectos de inversión que contribuyan a la consecución de las metas del Acuerdo de Paris arriba mencionado y a las metas de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible. Concretamente se recomienda invertir en programas de eficiencia energética, en el saneamiento energético de las viviendas y edificios, en la recuperación y expansión de espacios verdes donde peligra la diversidad biológica, en la transformación energética de los sistemas de transporte (vehículos eléctricos o propulsados por hidrógeno), así como en el fomento del desarrollo y la instalación de procesos industriales “cero carbono”. Estos son sólo algunos ejemplos que figuran en las propuestas. Lamentablemente, ninguno de los planes en debate ha sido puesto en práctica de manera coherente. Sin embargo, varios programas nacionales de reactivación contienen elementos importantes como el plan de recuperación de la Unión Europea y, como veremos más adelante, en el caso de Alemania.

En muchos países hay lobbies empresariales que presionan a los políticos para que quiten los requisitos y condicionamientos ecológicos y de protección del clima existentes y que, de ninguna manera, se implementen reglas o incentivos adicionales condicionados. Estos reclamos, usualmente, van acompañados por el argumento de que la reactivación depende de que el Estado elimine todo lo que podría pesar a los empresarios, prédica que es – desde una perspectiva científica – tan vieja como obsoleta.

Políticas en respuesta al COVID-19

El caso de México:  Posiblemente éste es uno de los casos más emblemáticos de aplicación de medidas aisladas, que no siguen una verdadera estrategia de desarrollo, y orientadas principalmente a mitigar, de manera parcial, directa y muy limitada, las afectaciones económicas de una parte de los sectores que se considera más desprotegida de la población. Se ha declarado públicamente por el Ejecutivo de esta nación que la ayuda no se orientaría, ni en lo inmediato ni en lo sustancial, hacia las empresas grandes y medianas que cayeron en crisis como resultado de la Pandemia y de la recesión económica, sino que se concentraría, a través de distintos programas, en lo que el Presidente considera es el 70% de la población del país, que representa, según él, la proporción más pobre de la misma.

Como ejemplos se pueden mencionar el programa Crédito Solidario a la Palabra, dirigido a aquellas personas afectadas por la crisis y que tengan pequeñas o medianas empresas. Ese crédito, que se otorga sin ningún trámite o garantía, es por 4 779 pesos mexicanos (aproximadamente 227 dólares) y busca beneficiar alrededor de 191 181 microempresarios que cumplan con estos requisitos. Están, además,  programas sociales como los de Becas para el Bienestar, orientado a menores de 18 años en situación de extrema pobreza; Jóvenes Construyendo el Futuro, de entre 2 400 y 3 600 pesos mensuales, para estudiantes universitarios y otros en capacitación, el Programa del Bienestar de Adultos Mayores, que beneficia a los adultos de más de 65 años, con 1 275 pesos mensuales, entre otros.

En resumen, prácticamente ninguna de las medidas tomadas por el gobierno de México tiene un carácter contra cíclico. Son, ante todo y fundamentalmente, programas asistencialistas de muy poco o ningún impacto sobre la estructura económica ni la modernización del país. Y, aun así: “Los apoyos anunciados no superan el 0.8% del PIB, lo que coloca a México como el segundo país latinoamericano con los menores apoyos, sólo detrás de Honduras” (Manuel Díaz: “El reto de Arturo Herrera, ¿ La economía en L ? ; SDP Noticias ; octubre 19, 2020).

Por otra parte, además del evidente desestimulo a la inversión privada presente en muchas de las decisiones tomadas por el gobierno de esta nación en los últimos dos años se mantienen, como objetivos inversionistas prioritarios de la actual administración federal, la construcción de un aeropuerto que sustituye, por cancelación,  uno que se encontraba en construcción en Ciudad México; una nueva refinería de petróleo, que se sumaría a las otras que existen en el país y que operan todas por debajo de sus capacidades, así como la construcción de un tren en la Península de Yucatán, orientado especialmente a un turismo que habría que ver si existe en el momento en que se termine el proyecto. Ninguna de esas tres muy grandes “obras insignias” del gobierno se inserta, precisamente, en la protección ni en la mejora del medio ambiente nacional ni en el cambio tecnológico.

El caso de Alemania: En Alemania se registró el primer infectado comprobado en laboratorio el 27 de enero. En el mes de febrero se produjeron algunos brotes locales de COVID-19 que parecían controlables a través de medidas de rastreo y de cuarentena, así como mediante una campaña de higiene en la población en general. Sin embargo, en marzo el número de infectados se disparó y el gobierno tomó medidas drásticas para restringir los contactos entre las personas, entre ellos el cierre de los colegios y de todos los negocios no-esenciales, así como la prohibición de cualquier acto público. Como resultado el número de contagios bajó a partir de abril. Manteniendo algunas precauciones como el lavado de manos, el uso de máscaras y reglas de distanciamiento social, y apoyado por el verano, el número de casos activos seguía bajando, lo que permitió levantar sucesivamente la mayor parte de las restricciones. Hacia el final de la temporada de vacaciones de verano, que cientos de miles de alemanes pasaron en el extranjero, la tendencia se invirtió. Ya en agosto el número de casos activos empezó a aumentar paulatinamente para explotar durante el mes de octubre. A principios de noviembre las autoridades decretaron un lockdown parcial (manteniendo abiertos los colegios, las tiendas y las fábricas) que por lo pronto durará hasta principios de diciembre. Alemania está repitiendo, con unas semanas de retraso, lo que ocurrió en la mayor parte de los estados europeos.

Para amortiguar los efectos económicos y sociales de la crisis el gobierno lanzó varios paquetes de apoyo, dotados de casi 1 000 billones de euros en total. Esto corresponde a un tercio del Producto Bruto del país. El primer paquete fue adoptado el 23 de marzo y preveía un esquema de apoyo para el sector salud y otro para pequeñas empresas, incluyendo a los trabajadores independientes (empresas unipersonales) con un presupuesto de 50 000 millones de euros. Además, se instaló un “escudo protector” para empresas más grandes con un presupuesto de 156 000 millones de euros y un fondo de rescate de 600 000 millones para empresas medianas y grandes. Este fondo consiste en garantías para créditos, el otorgamiento de “créditos puente” a través del banco estatal de desarrollo (KfW) y la compra de acciones de empresas estratégicas en aprietos.

En abril se complementó el primer paquete con una serie de reglamentos, decretos y facilidades. A las empresas y a personas privadas se les concedió el derecho de convertir el pago de sus alquileres en deuda sin que los dueños pudieran rescindir los contratos. También, en el caso de la electricidad, el agua y las comunicaciones se decretó la posibilidad de aplazar pagos. Además, se bajó el IVA para la gastronomía de 19% a 7%, por un año. De gran importancia para mucha gente ha sido la ampliación del esquema de subsidios para desempleo parcial (o sea la reducción forzosa del horario de trabajo) lo que tuvo como efecto que la mayor parte de las empresas mantuvieron su personal. Además, para personas afectadas por la crisis, se facilitó el acceso a los esquemas de asistencia social que, en Alemania en contraste con otras partes del mundo, permiten (sobre)vivir de manera no opulenta, pero digna.

En junio, los partidos de gobierno, coalición de demócratas cristianos y socialdemócratas, acordaron un paquete de reactivación económica de 130 000 millones de euros, que consiste en 57 medidas de variado alcance. Una de las más importantes es la reducción de la tasa de referencia del IVA en tres por ciento. Además, se alivió considerablemente la carga de las contribuciones sociales y se tomaron medidas para impedir un aumento del precio de la electricidad. Adicionalmente se instaló un esquema de subsidios para las pequeñas y medianas empresas más afectadas y se expandió las garantías para los exportadores. A los gobiernos locales se concedió apoyo presupuestario. Otra parte del paquete prevé subsidios y capital de inversión para proyectos de energía verde y de digitalización.

Un cuarto paquete de medidas, con un presupuesto de 10 000 millones de euros, tiene la función de compensar a las empresas – en su mayoría pequeñas – que tendrán que asumir la carga principal del “lockdown light” en el mes de noviembre. Se trata, sobre todo, de establecimientos del sector de ocio (hoteles, restaurants, bares, clubes, teatros, etc.). La intención principal de este paquete es sofocar el descontento en este sector porque se teme que pueda confluir con las protestas contra la política para combatir el virus, que obstaculizan cada vez más el manejo de la emergencia por las autoridades.

La crítica principal a las medidas, en su conjunto, se refiere a su carácter ecléctico y a su falta de coherencia y visión de largo plazo. Ya que los paquetes han sido diseñados sobre la marcha, la interconexión de las medidas no queda clara. Algunos critican que hay medidas que, en lugar de potenciarse, se quitan fuerza mutuamente. Si eso efectivamente es así sólo se podrá ver más adelante. Algunos gremios empresariales critican que las medidas sean muy costosas, que tengan poco efecto y que hagan crecer, de manera peligrosa, el endeudamiento del Estado. Pero la mayoría de los ciudadanos aprecia que el gobierno haya hecho un esfuerzo enorme, movilizando más dinero que cualquier otro país y que, en la práctica, ha atenuado los efectos de la crisis. Además, se logró una asombrosa recuperación del crecimiento durante el segundo semestre, que probablemente no seguirá por las recientes medidas de cierre.

Lamentablemente, el componente ecológico y modernizador del paquete resultó mucho menos central y mucho más pequeño de lo que se podría esperar de un país como Alemania. Sin embargo, todavía el dinero no está gastado en su mayor parte y el debate sobre la necesidad de “enverdecer” más las inversiones de reactivación todavía puede tener efectos prácticos.

¿Hacia dónde vamos y hacia dónde deberíamos ir?

Como se enunció en párrafos anteriores, las políticas de reestructuración pueden ser realmente consideradas y nombradas Post Covid, toda vez que se orientan a crear las bases de una verdadera Nueva Economía, una vez superados o amortiguados, a escala mundial, los graves impactos actuales de la Pandemia y de la presente crisis económica mundial, que sólo comienzan.

¿Podrá llegar a ser tal diseño una concepción del tipo que está adelantando el World Economic Forum, bajo el nombre de The Great Reset (El Gran Relanzamiento) y que será presentada en enero del 2021?  ¿O, en su lugar, se llegará a una nueva concepción del Capitalismo, mediante la suma o integración conciliada de diferentes políticas nacionales o regionales? ¿O, una combinación de ambos caminos? Algo que parece claro es que la Humanidad encara la necesidad de construir un nuevo Paradigma Científico-Tecnológico-Ambiental y también Económico-Social que se ajuste, en mucha mayor medida, a las necesidades de la sobrevivencia de la especie humana a un plazo mayor que el actual, y que parece estar agotándose en el tiempo disponible. Igualmente, no cabe duda de que este proceso futuro mundial será no tan lejano y se caracterizará por ser:

  • Inevitable
  • Imprescindible
  • Gradual
  • Muy complejo y cambiará el “orden mundial establecido”
  • Traumático, a nivel nacional e internacional
  • Peligroso
  • Dirigido en lo esencial por las mismas grandes fuerzas que mueven la actual economía financiera mundial, pero con la participación de nuevos importantes actores
  • Impredecible en sus resultados nacionales o regionales

Quizás esto es todo lo que podríamos decir, por el momento, con algún determinado grado de certidumbre.

Conceptos Obsoletos

(Primera Parte)

Obsoleto: Anticuado o inadecuado a las circunstancias, modas o necesidades actuales. (Real Academia Española de la Lengua) Esto parece ser lo que viene ocurriendo en los últimos años con algunos conceptos de las Ciencias Sociales, y especialmente de la Economía, que han sido acuñados y utilizados durante bastante tiempo, Tales términos ya hoy han quedado obsoletos o son mal interpretados y no es porque hayan desaparecido en sí mismos, sino porque las palabras que se utilizan para denominarlos han cambiado de sentido o se ha esfumado su definición.

Todo indica que, a diferencia de otras ciencias, en las Sociales determinadas acepciones han perdido su vigencia original, sin que nos percatemos. Y se siguen utilizando muy libremente, inclusive en trabajos que se suponen periciales. Esto ocurre, en particular y con frecuencia, con los políticos profesionales. Ellos emplean y repiten en sus discursos términos que han cambiado su sentido, si es que alguna vez lo tuvieron. Acusan a sus adversarios y les “etiquetan” calificativos que, en muchos casos, no se justifican o son sólo señales de ataque.

¿Cuál es el origen de esta situación y qué importancia puede tener este problema?

Puede que esto ocurra debido a los profundos cambios que se han producido en las sociedades en las últimas décadas y, en particular, en las economías nacionales e internacional y que, por una u otra razón, no se ha “actualizado” el sentido de las palabras utilizadas para denominar determinados procesos que transcurren en el contexto de los países y del mundo.

La importancia de esto estriba, sin más explicación, en que al utilizar términos que han quedado obsoletos se produce una confusión generalizada en la sociedad, de manera consciente o inconsciente, intencionada o no, pero que en nada contribuye a esclarecer las verdades históricas, sociales y políticas; es decir, aquellas realidades que son suficientemente demostrables, razonables y aceptables por la mayoría de las personas en la actualidad.

¿Cuáles son algunos de esos conceptos que más se repiten en los medios y discursos en casi todas partes y que, en la práctica, podría considerarse que han quedado desactualizados? Es posible que en ciertos casos esto pueda sonar a herejía, en especial cuando se le mira a través de determinados prismas políticos. Pero, no obstante, a continuación se esbozan someramente, y en una primera parte de este trabajo, algunos de los que personalmente considero son términos importantes que actualmente se malinterpretan en su contenido o ya no tienen su posible sentido original.

Capitalismo, Socialismo, Comunismo

Esta trilogía de palabras sigue siendo de las más utilizadas y, posiblemente, sean de las que menos coincidencia tengan en su contenido actual con el significado que se les pretende asignar a estos conceptos, tanto en los medios como en los discursos. Lo primero que me atrevo a señalar es que, en rigor, de estos tres sistemas socio económicos y políticos considero que el único que realmente ha existido, y que se mantiene en la práctica, es el Capitalismo. Y, aun así, reconozco que éste tiene múltiples interpretaciones.

Al identificar, como algo tangible y demostrable, la existencia del Capitalismo como sistema no significa para nada su aceptación total como fórmula perfecta de funcionamiento económico y social de la sociedad. Considero que la aplicación y vigencia de este sistema es susceptible de muchos cambios y mejoras en todas partes en que existe, para hacerlo evidentemente mucho más humano y cercano a los intereses más legítimos, no sólo de las personas que hoy vivimos en este régimen, sino también de las futuras generaciones y, en particular y muy especialmente, para la conservación y supervivencia del planeta en que todos habitamos.

Pero una cuestión, a mi juicio, decisiva aquí es que el Capitalismo, a lo largo de sus siglos de existencia y no obstante todas las críticas que se le pudieran hacer -y que se le hacen- ha sido capaz de autorrenovarse a sí mismo, como sistema. Es decir, se ha reinventado muchas veces y en muchos lugares. Se podría decir que ha pasado la prueba del tiempo.

El Capitalismo, históricamente, ha sido objeto de una amplia y profunda discusión que abarca desde el debate mismo sobre en qué siglo surgió. No obstante, ya casi todos los especialistas coinciden en que el llamado Capitalismo Moderno comienza en la Inglaterra de la segunda mitad del Siglo XVIII. Allí ocurrió el inicio del nuevo fenómeno tecnoeconómico que luego se conocería como la Primera Revolución Industrial y con ello la aparición en gran escala de las maquinarias en los procesos productivos, la aparición de la empresa industrial y el advenimiento de un nuevo orden económico, en el cual se separa la Economía del Estado y nace una nueva forma de propiedad privada sobre los medios de producción y dos nuevas clases socio económicas: Los capitalistas y los obreros. Este nuevo sistema se extendería muy rápidamente, primero en casi toda Europa, y luego hacia el resto del mundo.

Cierto es que la instauración del Capitalismo estuvo acompañada de un nuevo orden altamente explotador de la clase obrera y con ello también el inicio de formas diferentes de enfrentamiento social. En lo político, esa lucha tomó representatividad en las ideas de Robert Owen, en Inglaterra, con su Socialismo Utópico, y de Saint Simon y Fourier, en Francia. Tales doctrinas alcanzarían una estructura académica en los trabajos de Karl Marx y Friedrich Engel, los cuales desarrollaron una teoría que plantea una sociedad diferente, que se enfrenta a la Capitalista, y que ellos denominan Socialismo, como una primera etapa de una “sociedad superior”; la Comunista. Por eso a ellos dos se les identifica como los padres del Comunismo.

En esencia de lo que trataba esta doctrina del Socialismo era de abolir la propiedad privada sobre los medios de producción y, como resultado de esto, eliminar a los capitalistas como clase social y establecer el “poder proletario”. Es necesario señalar que en las obras teóricas de los clásicos no quedó suficientemente especificada la manera en que se haría – o cómo se debía hacer- efectivo este dominio del proletariado. Es posible que esta tarea no les resultara ni factible ni útil hacerla en ese momento.

La primera experiencia en este sentido, y que así sería reconocida por ellos, fue la Comuna de París; movimiento insurreccional de carácter popular, que instauró en esa ciudad francesa durante sólo 60 días -entre mediados de marzo y finales de mayo de 1871- un gobierno de base obrera, de autogestión de las fábricas (abandonadas por sus dueños) y que tomó otras medidas de carácter revolucionario. Este breve intento fue sofocado violentamente y reprimido con mucha dureza, desapareciendo junto con un sinnúmero de muertos y heridos.

El segundo gran intento fue en Rusia, primero con la Revolución de 1905, y luego su continuidad en la de 1917, y que establecería el “Poder de los Soviets” (consejos o asamblea de trabajadores), base del sistema político de lo que sería más tarde la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; primer estado autoproclamado socialista.

En la práctica, tal estructura del poder político y económico devino en poderoso y gigantesco aparato de propiedad estatal sobre la casi totalidad de los medios de producción, y esto se asentaba en la estrecha combinación de dominio estatal-partido único. Josef Stalin – aunque no había sido el principal líder inicial de ese proceso político ni tampoco era de origen ruso – se hizo muy pronto con el poder absoluto del nuevo estado multinacional, que era la Unión Soviética y, basado en sus criterios personales gobernó esa nación con mano muy dura (como indicaba su apodo de Stalin, que significa hecho de acero, en ruso) desde el año de 1922 hasta su muerte natural, en 1953.

El diseño de tal mecanismo de poder estatal en realidad fue adecuado -como se demostró- para dirigir una gran economía de guerra…y ganarla. Y también para obtener una posición de potencia mundial militar en medio de una llamada Guerra Fría. Igualmente fue efectivo para liderar un movimiento internacional de partidos políticos que, durante décadas en casi todos los países del mundo, siguió y cumplió las instrucciones recibidas desde la Unión Soviética y que emanaban, principalmente, de su “máximo líder”.

Pero la vida se encargaría de demostrar años después que, al cambiar las propias circunstancias mundiales, ya ese sistema no era apropiado para construir una sociedad civil dinámica, plural y moderna. En que la creación y distribución del producto y de las riquezas se basaran realmente en el esfuerzo y la entrega laboral individual; en que se satisficieran, de manera eficiente y creativa, las necesidades sociales, pero también las personales, como se suponía fuera el Socialismo. Al menos, el que aparecía en las declaraciones políticas y en los sucesivos documentos de todos los congresos de los partidos.

En su lugar, el “modelo estalinista” de Socialismo, con independencia de otros factores políticos, en sus bases mismas estaba permeado del voluntarismo, personalismo, y centralización burocrática que habían estado presentes en las tres décadas de poder de Stalin. Tal modelo, de excesivo poder estatal, se copió y reprodujo, aunque con distintos matices e intensidades en cada momento y lugar, casi como única alternativa de “Socialismo” por los gobiernos de las que posteriormente serían las llamadas “democracias populares”. Como se sabe, éstas florecieron durante la segunda mitad del pasado siglo XX como resultado, ante todo, de la división de dominios de territorios europeos entre las potencias que contendieron en la Segunda Guerra Mundial.

Una parte importante de esos países en que se instauró el Socialismo -incluyendo a la República Popular China, que se constituye en 1948- y posteriormente Viet Nam y Corea, se promovieron, inspiraron y apoyaron por y desde la desaparecida Unión Soviética. Otras pocas experiencias de este orden, en otras partes del mundo. nacieron al calor de movimientos nacionales internos de liberación en diferentes países y estos adoptaron al Socialismo como modelo.

Lo cierto es que tal enfoque de Socialismo desapareció durante las dos últimas décadas del siglo XX en casi todas las naciones en que se instauró. Y puede decirse que, con independencia de aciertos y errores que se pueden haber tenido en cada lugar en distintos momentos, realmente no llegó a cuajar ni a satisfacer las aspiraciones más profundas de las personas y de los pueblos en que este sistema se estableció. Simplemente, y por muchas razones que sería muy largo e imposible discutir aquí, el Sistema no pasó la prueba de la Historia. Fue un orden socio económico transitorio e históricamente bastante efímero. Y, por todas estas razones anteriores, resulta un poco dudoso afirmar su existencia como modelo o sistema de sociedad. La muestra más palpable de esto fue la caída del Muro de Berlín y la propia disolución pacífica de la Unión Soviética y los esfuerzos de todas esas naciones por regresar a un sistema de tipo Capitalista en todos esos territorios, incluyendo la China y el resto de las naciones asiáticas.

¿Podría haber habido otra “variante de Socialismo”? Puede que sí. Sin proponérselo, y sin denominarlo como tal, las sociedades que se constituyeron a finales del siglo pasado a partir de los llamados modelos nórdicos y en los Países Bajos y en Alemania, que se apoyaron en proyectos socialdemócratas, se acercaron mucho más al concepto teórico y práctico de lo que debió y pudo haber sido el Socialismo, que aquellas naciones que proclamaron construir una “sociedad socialista” y que nunca lo lograron. Es posible que detrás de estas experiencias se encuentren determinados requisitos de niveles de desarrollo cultural, de educación y de madurez de las sociedades, que pueden haber existido o no, en uno y otro caso.

Por último, ni qué decir de lo que sería la fase superior y posterior del Socialismo; el Comunismo. Esa concepción nunca pasó, hasta este momento y en ningún lugar, de ser un reflejo teórico, una aspiración, cierto es que de muchas personas en muchas partes y durante bastante tiempo, pero que al final sólo quedó recogida en textos políticos, académicos, discursos y nombre de partidos.

Debido a todas estas razones que se esbozan más arriba, no obstante que se sigan utilizando estos tres términos, se recomendaría, en especial a los políticos, tener mucho cuidado y suficiente madurez y responsabilidad al emplearlos, especialmente al aplicarlos, como adjetivos, a contrincantes o adversarios, con intenciones de acusarlos o calificarlos en un sentido peyorativo o negativo.

Igualmente, se sugeriría al gran público no tomarlos en serio ni atender a aquellos que emplean muy pródigamente tales epítetos para enjuiciar a otras personas o grupos, en especial durante las campañas políticas, y muchas veces sin saber ni de qué están hablando.

(CONTINUARÁ)

Globalización, Crisis y Pandemia; posibles lecciones hacia un futuro ignoto

Claro está que no es la primera vez en la historia que se presentan situaciones como la que vive el mundo en estos primeros meses del año 2020, ni tampoco será la última, ni quizás la más terrible. Lo nuevo aquí estriba en que posiblemente es la primera ocasión en que coinciden tres procesos globales de esta naturaleza, al mismo tiempo, con gran intensidad, en un plazo muy breve y con una extensión mundial. Y hay que admitir que el mundo no estaba suficientemente preparado para que esta confluencia ocurriera.

No puede afirmarse que exista una verdadera relación de tipo causa-efecto entre estos tres mega procesos, pero igualmente tampoco se niega que hay determinadas conexiones entre algunos de ellos. Examinar brevemente dos de estos vínculos es el propósito principal de este trabajo, en particular con el fin de resaltar lo que considero podrían ser algunas lecciones importantes a extraerse para un futuro posible.

Globalización y Pandemia

Hace cuatro años, en mi último libro “Globalización, Innovación y Competitividad: sobre verdades, mitos y falacias,” 1 señalaba que entre las actividades que han llegado a adquirir la categoría de mundiales se encuentran: “Las finanzas, las inversiones, las tecnologías, las ciencias, la información, la cultura y el conocimiento; así como también, lamentablemente, las crisis financieras, la destrucción medio-ambiental, el narcotráfico, la corrupción, la violencia, las pandemias, el terrorismo y la pobreza” (ob. cit. pág. 9).

Y decía más adelante que la Globalización, como fenómeno mundial, parte de una interdependencia universal de las naciones (ob. cit. pág.39) y que esto se expresa en la aceleración de los flujos de bienes y servicios, capitales, información, tecnologías y personas, señalando que: “Todo parece indicar que no se comprende suficientemente la envergadura y complejidades que han creado, a escala planetaria, la forma particular de Globalización o Mundialización de los problemas que están ocurriendo” (ob. cit., pág. 36).

Pienso, una vez más, que en lo anterior estriba la principal explicación del problema que estamos confrontando con la pandemia que hoy azota el mundo. Esta es un resultado natural del tipo de proceso de Globalización en que vive parte importante de la Humanidad. Iba a ocurrir, más tarde o más temprano. Considero que era previsible.

No la pandemia, sino su envergadura y extensión es consecuencia directa de la aceleración de uno de los flujos globales: el relativo a las personas. Tal situación ha ocurrido en experiencias anteriores de este tipo, pero en este caso, y a diferencia del pasado, tiene características nuevas. En esta ocasión un virus, nacido en Wuhan, una ciudad de 11 millones de personas en el centro de China – y de la cual posiblemente pocas personas en Occidente hayan oído hablar antes del 2019 – se propagó en poco más de tres meses a 180 países del mundo; es decir a la totalidad de ellos.

El contexto en que esto ocurre es que, según datos del Banco Mundial, el tráfico de pasajeros por el mundo, sólo por vía aérea, en el pasado año 2018 alcanzó 4 233 millones de personas-viaje. Esto representaría un 56% de la población mundial promedio en ese pasado año, si se considerara (que no es así) un solo viaje por habitante del mundo en ese momento.

Pero resulta que de ese total de pasajeros 611.4 millones fueron ciudadanos de China. Una situación de este tipo sería impensable digamos hace sólo 40 años, antes de la incorporación de esa nación asiática a las corrientes económicas mundiales,

Se comprende entonces que la probabilidad de que ocurriera un fenómeno de este tipo ha ido creciendo de manera silenciosa pero proporcional al número de personas que, de forma también progresiva, viaja por el planeta. Y esto no tiene solución. La gente seguirá viajando y eso hará que se mantenga y crezca la probabilidad de aparición de enfermedades de este, o de otro tipo, en cualquier momento y lugar. Sólo se impone, por tanto, su previsión y control.

Pero el problema está aún más focalizado. La verdad es que no vivimos en un mundo global, como se afirma corrientemente, sino en un mundo en que existe, ante todo, ciudades globales. Son aquellas en que se presenta con mayor fuerza los seis tipos de flujos que expresan, esencialmente, el proceso de globalidad. Estudios realizados sobre este tema 2 indican que el fenómeno de la Globalización se concentra en aproximadamente sesenta ciudades de todos los continentes y de las cuales, de acuerdo a distintos indicadores, veinte de ellas son las “más globales”: New York, Londres, Tokio, París, Hong-Kong, Chicago, Los Ángeles, Singapur, Sídney, Seúl, Bruselas, San Francisco, Washington, Toronto, Beijín, Berlín, Madrid, Viena, Boston y Frankfurt 3 .  No es casualidad entonces que buena parte de los contagios de la actual Pandemia se localice, precisamente, en su mayor parte en los países – y en las ciudades – que pertenecen a esos países.

Mas esto no es todo. El número de ciudades globales en el continente asiático supera con mucho el que existe en cualesquiera de los otros continentes. Y más aún, el total de habitantes del conjunto de las veinticuatro ciudades globales de Asia es mucho mayor que la suma de las personas que viven en todas las demás ciudades globales del resto del mundo.

En resumen, no sólo resultaba previsible que con los actuales niveles de “tráfico” de personas por la Tierra surgiera un posible fenómeno de pandemia como el actual, sino que era también probable que, dados los volúmenes de concentración de ciudadanos –en ocasiones en espacios reducidos- un proceso de este tipo se pudiera originar en el continente asiático.

Una lección que deja esta amarga experiencia – que está lejos de haber concluido – es que se requiere a escala mundial restablecer estándares, verdaderamente efectivos, de control sobre el estado general de salud de las personas que se mueven por el planeta. Pero, sobre todo, un sistema de alerta temprana sobre la posible aparición de situaciones de esta naturaleza.

Al parecer esto no ocurrió, haya sido de forma involuntaria o voluntaria por parte de las autoridades de la República Popular China; y puede ser que nunca se sepa.  Tampoco, cuando esa nación dio alguna información los gobiernos de los principales países actuaron con suficiente rapidez y responsabilidad. Comenzando por EUA, que no obstante la alarma que envió en febrero pasado su Centro Nacional de Inteligencia Médica -adscrito al Ejercito – el ejecutivo norteamericano no la tomó en cuenta. Y esto ocurrió 15 días antes de que la OMS decretara la Pandemia. Subestimaron la magnitud del peligro. Y lo más grave de toda esta situación es que aún, en medio de la pandemia, no se está atacando realmente como el verdadero problema global que es.  En su lugar, EUA suspende su apoyo a la OMS.

Crisis y Pandemia

Crisis, en su sentido gramatical – y según la actualización del 2019 del diccionario de la lengua española de la Real Academia- es: Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados. Por tanto, una pandemia y una crisis económica se ajustan ambas a esta definición académica.

Las crisis, al igual que las pandemias, han estado presentes a lo largo de la historia. En los viejos tiempos las crisis se asociaban a catástrofes naturales, guerras o años de malas cosechas. Pero, con el surgimiento del sistema capitalista en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVIII, y al calor de la llamada Primera Revolución Industrial, surgieron las crisis económicas, como procesos cíclicos, del funcionamiento del sistema capitalista.

Sobre las crisis económicas se han escrito miles de páginas en los últimos doscientos cincuenta años. No es un propósito aquí ni hacer su historia ni profundizar sobre sus orígenes. Baste señalar que las mismas expresan el comportamiento de diferentes ciclos económicos (con distintas periodicidades y extensión) que va desde los llamados ciclos largos, con una duración de 50-60 años, hasta los ciclos muy cortos, de meses de duración. Los ciclos intermedios, de 8-10 años, son los más conocidos, estudiados y se distinguen más claramente por la presencia de auges y de crisis cíclicas. Los años “buenos” y “malos”.

Existen muchos puntos de vista de los especialistas sobre la extensión de los ciclos económicos y de sus diferentes etapas, pero estos coinciden sobre lo difícil de su predicción con suficiente certeza. También casi todos concuerdan en identificar cuatro etapas generales en cada ciclo. Estas son: a) Expansión o recuperación: Fase ascendente del ciclo. Crecimiento económico, del consumo y la inversión. b) Auge: Punto de máxima expansión. Se satura el mercado y comienza a disminuir el ritmo económico. c) Recesión: Fase descendente del ciclo. Cae la inversión, la producción y el empleo. d) Depresión: Punto más bajo del ciclo. Alto nivel de desempleo, baja demanda de los consumidores, de la inversión, los precios descienden (deflación) o se estancan…. Y a partir de ahí comienza, de nuevo la recuperación y se repite todo el ciclo. Usualmente se entiende por crisis la fase que comienza con la recesión y termina con la depresión.

En el mundo del último siglo se han producido diversas crisis económicas que han presentado diferentes intensidades, localizaciones, orígenes, impactos y duraciones. Así, muchas afectaron especialmente determinadas regiones, países o grupos económicos, pero de ellas, al parecer. sólo dos llegaron a alcanzar verdadera categoría de crisis mundiales, con implicaciones significativas y duraderas sobre la estructura y el funcionamiento de la economía mundial. Estas fueron; “La Gran Depresión de los Años 30” y “La Crisis Financiera Global 2008-2009”. Ambas crisis tuvieron en común que comenzaron en los EUA, que su origen se localizó en el sistema financiero y de los mercados bursátiles y en la banca y que rápidamente se extendieron por todo el mundo.

En esta ocasión es necesario recordar que antes de que se manifestara en toda su crudeza la crisis de la Pandemia, la economía mundial ya desde el año 2019 comenzaba a dar síntomas del inicio de una fase económica recesiva. Muchos expertos ya habían señalado la posible ocurrencia cercana de este proceso. En el reporte anual de la ONU “Situación Económica Mundial y Panorama 2020”, publicado en enero del 2020, se apunta que en ese pasado año se había registrado la menor expansión económica global desde la crisis financiera 2008-2009 y que el crecimiento resultaba a la baja en prácticamente todas las mayores economías del mundo, con una desaceleración generalizada, con excepción de África.

La ONU, en ese reciente informe, llamaba la atención de que los conflictos comerciales y la elevación en las tensiones geopolíticas habían reducido el crecimiento global en torno a un 2% en ese pasado año, con un crecimiento del 2,3% en la economía de EUA – el más bajo desde que Trump asumió el poder. El proteccionismo desatado por este presidente – y en particular su guerra comercial declarada a China – así como la desaceleración de Alemania influyeron en estos pobres resultados globales que indicaban que las cosas no marcharían bien para este año 2020.

En ese contexto desfavorable, y que indicaba el inicio de una recesión, aparece la Pandemia. Es necesario insistir de que no fue esa crisis la que produjo el inicio de la otra crisis; la económica. Esta última, también iba a producirse de todas formas. Es parte del ciclo económico, hasta ahora irreversible. Lo único muy posible es que sin la crisis de Salud todo hubiera tenido mucho menor costo económico, por supuesto en vidas, y menores implicaciones en cuanto profundidad y tiempo de duración y recuperación.

Según los pronósticos más recientes (abril 18/2020), el Banco Mundial prevé una recesión mundial que puede llegar a ser más profunda que la provocada por la crisis financiera del 2008 y que podría acabar con los progresos más recientes que han podido alcanzar los países más pobres. Esta recesión se produce a partir de la disminución de la producción, la inversión, el empleo y el comercio a nivel global.

Obviamente, al “montarse” una crisis de salud de tal magnitud sobre el inicio de una crisis económica mundial, los resultados serán devastadores. En este caso no se trata del comienzo a partir de una crisis financiera, como en situaciones anteriores, y que ya se veía venir, sino de una crisis que se origina por el lado de la demanda mundial, al paralizarse buena parte de los principales componentes de la llamada demanda agregada en todos los países. Los resultados de todo este proceso prácticamente equivalen a una situación de guerra, lo único que sin el estímulo sobre la oferta agregada que una guerra convencional supone, ni tampoco bombas cayendo sobre las ciudades. Los muertos los pone una enfermedad. Son otros tiempos.

La crisis económica que recién inicia tendrá diferentes impactos sobre regiones, países, sectores, actores y duración. Y, aunque es pronto para evaluar sus posibles resultados, puede afirmarse que, precisamente, por el avance del proceso de Globalización, que incluye la existencia de muy fuertes cadenas tecnológicas, de creación de valor y de comercialización, los impactos serán proporcionales al grado y la manera en que participan países, actores y sectores en este proceso. Y al final habrá, como en toda guerra, ganadores y perdedores.

Conclusiones preliminares hacia un futuro ignoto

Un anticipo de los que pudieran considerarse como posibles ganadores señala a las naciones asiáticas, con la Rep. Popular China a la cabeza de este grupo. Y entre los perdedores comenzaría la lista EUA, seguido de las principales naciones de Europa Occidental. Perderían también fuertemente los países latinoamericanos y, en particular México, por sus interrelaciones con las cadenas productivas que lo vinculan a EUA y, posiblemente también los estados del Medio Oriente, por su dependencia del recurso petróleo. Perdedores serían, igualmente, lo países más pobres y los sectores menos favorecidos de las poblaciones de esas y de otras naciones, no necesariamente tan necesitadas.

Como resultado de ambas crisis se impondrá un rediseño de buena parte de la estructura productiva y empresarial del mundo. Se consolidarán como ganadores los sectores y profesiones que hayan demostrado su capacidad de adaptación “virtual” para la producción, el comercio y los servicios. Y desaparecerán, en todas partes, muchas micro, pequeñas y medianas empresas industriales y comerciales, así como puestos de trabajo de la economía “anterior a las crisis gemelas” y tendrá lugar una readaptación de la estructura de ocupaciones de la población laboral. Se producirá un reacomodo de la economía mundial y se requerirá una mayor participación y compromiso de los gobiernos y de las instituciones financieras internacionales para la adaptación a las nuevas condiciones.  Será un proceso de “destrucción creativa” en el más amplio sentido schumpeteriano.

Una conclusión que se desprende de todo esto es que en las últimas décadas se ha desarrollado un modelo de Globalización que ya en la actualidad resulta ciego y sin control. Y que esto está afectando el propio desarrollo del progreso y del avance que una concepción de vida más global y moderna supondría. Esta situación necesita ser modificada.

La gran duda aquí es si estos resultados globales negativos, provocados por las crisis gemelas, producirán un cambio de actitud de los principales actores de la economía mundial en dirección hacia un futuro de una mayor colaboración y un enfoque más multilateralista y de rectificación de los errores e insuficiencias de la Globalización o si, por el contrario, la respuesta será un mundo más dividido, nacionalista y proteccionista y, por tanto, un retroceso en el proceso de la Globalización. Esta última actitud puede resultar muy peligrosa hacia el equilibrio y la paz mundiales futura. Esto también lo demuestra la historia.

Lo único que hasta ahora parece cierto es que la terminación de la presente crisis de la pandemia, lamentablemente, no significará también el final de la otra crisis; la económica.

1 Globalización, Innovación y Competitividad: sobre verdades, mitos y falacias”; Fernández Font, M.L.; Kindle Edition; Amazon; marzo 2016

2   Ver: Revista Foreign Policy, A.T. Kearney y el Chicago Council on Global Affairs,

3  Obra citada en 1, pág.. 58

Los deseos de un presidente latinoamericano para el nuevo año 2020

Como en ocasiones anteriores, algunas personas me han pedido un criterio acerca de las perspectivas económicas y políticas para el año que se inicia. He estado pensando en el asunto, y buscando información, y lo que encuentro es que las señales de cuáles podrían ser las principales tendencias de la economía mundial y para América Latina y México resultan tan contradictorias, imprecisas y confusas que, para evitar caer en pronósticos injustificadamente optimistas o en predicciones lamentablemente pesimistas, he preferido para este año, bajo tales condiciones de incertidumbre, realizar mejor un ejercicio imaginativo que, al menos, pueda apuntar hacia algunos de los principales riesgos que podrían estar presentes en el contexto económico y político del nuevo año 2020.

Para llevar a cabo esta simulación parto de la base de que en estas épocas del año resulta normal que todo el mundo, de manera consciente o inconsciente, plasme sus deseos, aspiraciones y compromisos para el nuevo año que se inicia. Por supuesto que de estas “cartas de intenciones” no se escapan los políticos. Y un posible ejercicio de figuración en este sentido podría ser tratar de adivinar cuáles pudieran ser algunas de las esperanzas y sueños más fervientes que para el nuevo año podría acariciar un supuesto presidente latinoamericano X, que pudiera resultar representativo de cualquiera de los actuales jefes de estado de la región, Ahí van algunos de los posibles deseos (y los riesgos a evitar) que pienso tendría este presidente X.

1er. Deseo: “Que no se produzca una desestabilización política interna grave que ponga en riesgo mi posición y mi poder o afectar mi reelección”

Este es su deseo más ardiente y aquí nuestro presidente imaginario estaría pensando en el posible impacto futuro de todas las medidas y decisiones arbitrarias y absurdas que ha ido tomando él y su equipo de gobierno a todo lo largo del año que termina. Estas han conducido a afectaciones de intereses económicos de grupos, capas o sectores de la población, que han visto contraerse y/o disminuir sus ingresos reales en este período. Esta parte de los ciudadanos ya ha comenzado a manifestar su descontento, todavía en pequeñas escalas durante este año, y esto puede agravarse en el año que se inicia.

En este contexto, los “perversos” medios de comunicación y las redes sociales se han hecho eco de estas cuestiones y denunciado abiertamente tales medidas, a pesar de los esfuerzos realizados por el gobierno para acallar las voces de protesta y de que el presidente X haya dicho, y repetido una y otra vez, que todo marcha bien y que no hay nada de qué preocuparse, y que las cifras de las estadísticas no siempre reflejan las cuestiones más importantes.

El problema aquí radica en que, con las actuales tecnologías de la información, en la actualidad es muy difícil, por no decir imposible, ocultar un hecho o situación. Prácticamente todos los ciudadanos tienen acceso inmediato a todo lo que ocurra en cualquier lugar del mundo. Es sólo saber buscar y saber analizar.

 2do. Deseo: “Que las fuerzas armadas se mantengan, como hasta ahora, fieles al gobierno y a mi presidencia”

Como todo buen político latinoamericano, nuestro presidente X sabe que con el apoyo de las instituciones militares del país todo se puede lograr y que sin este sostén nada resulta posible. Olvídese de las protestas. Estas se encaminan y, a fin de cuentas, terminan agotando a los protestantes y a la larga se disuelven, con mayores o menores costos humanos y materiales. Tampoco importa mucho la opinión del congreso; ni el apoyo de las cámaras. Claro que siempre será preferible que el partido gobernante controle al máximo posible todos los escaños parlamentarios. Tampoco las comisiones de derechos humanos juegan un papel tan importante pues estas comisiones no son vinculantes. Sirven, ante todo, para denunciar, pero hasta ahí.

De todas formas, lo decisivo para mantener el control y el gobierno, al menos en el contexto de América Latina es el apoyo irrestricto e incondicional de las fuerzas armadas de un país a su presidente. Ejemplos actuales, en uno y otro sentido, se encuentran en el caso reciente de lo ocurrido en Bolivia, donde, ante protestas populares, sólo una tímida sugerencia del jefe de las fuerzas armadas condujo a la renuncia y salida del presidente en funciones, en cuestión de horas. Y también, en sentido contrario, en Venezuela, donde se ha mantenido una ingobernabilidad y una profunda crisis interna y de derechos humanos durante años, sin que haya signos de cambio inmediato porque, hasta ahora, la persona que gobierna en ese país sigue recibiendo el apoyo de su alto mando militar ….. Vaya usted a saber por qué.

3er. Deseo: “Que no haya una recesión, y mucho menos que se llegue a una depresión, de la economía mundial que ponga en riesgo, aún más, la precaria situación económica de mi país”

En este caso, el presidente X sabe que, de producirse una depresión, aún sin llegar a la recesión mundial, los exiguos ritmos de crecimiento de la economía de su país, que en los últimos años han estado entre el 0 y el 1 o el 2 por ciento, serían negativos, es decir habría un decrecimiento, lo cual traería aún más presión política y social sobre su gobierno. Caerían las exportaciones y, por supuesto, las importaciones, se contraerían todos los agregados macroeconómicos; consumo, inversión, empleo, etc. con todas sus implicaciones.

En lo que no ha pensado quizás el presidente X (o a lo mejor no lo sabe o no se lo han dicho sus asesores) es que los procesos de recesión y de crisis mundiales son periódicos e inevitables y que forman parte del funcionamiento normal de la economía capitalista, al menos desde hace 300 años; que es el llamado ciclo económico. Quizás tampoco recuerde que la última recesión que alcanzó una envergadura mundial ocurrió hace ya 10 años, y que fue la conocida crisis llamada “sub-prime”. Y que es posible que ya “toque” de nuevo y que estemos a las puertas de un proceso similar.

Sobre este riesgo hay que decir que estos son procesos objetivos e inevitables, y que la labor de los políticos, en todo caso, sería la de aliviar o, en su defecto, profundizar sus consecuencias y extensión. Y que esto estará en dependencia de lo erróneo o acertado de las decisiones coyunturales y de más largo plazo que tomen, pero que nunca podrán impedir que estos procesos sucedan.

4to. Deseo: “Que la economía del país funcione de acuerdo a mi política y no al revés”

Éste es quizás el deseo más profundo y difícil de lograr de nuestro presidente X. En el fondo del mismo subyace la convicción de que la economía debe subordinarse a la política y no al revés. Esto ha sido una de las piedras angulares de la teoría marxista-leninista y que quedó recogida en frases como: “No se puede separar la política de la economía” (Stalin) …… “La política es la expresión concentrada de la economía…, la política no puede dejar de tener la primacía sobre la economía” (Lenin). Ambas expresiones están plasmadas en el Diccionario Filosófico Marxista de 1946, en sus páginas 85-86, publicado en Moscú, URSS.

Si bien, hasta cierto punto, se pudiera justificar estas expresiones en el caso de estos dos representantes del pensamiento marxista soviético en su momento y para los propósitos que ambos tenían en esa época, no parece que, en la práctica del actual funcionamiento del sistema económico capitalista esto resulte acertado o apropiado.

En ocasiones, lamentablemente, el presidente X confunde sus deseos políticos con las tercas realidades de la economía y el problema es que él no comprende que la economía tiene sus propias reglas de funcionamiento, que podrán gustarnos o no, pero que existen con independencia de voluntades y deseos políticos.

Cierto es que la política, y los políticos, deben intervenir para corregir determinados fallos e imperfecciones del mercado y para cumplir funciones sociales que no se pueden resolver por vías mercantiles. Pero no se debe atribuir al funcionamiento de la economía categorías que no le competen o pertenecen, como puede ser juicios sobre lo moral, lo equitativo, lo ético, lo justo o lo injusto, etc. Estos conceptos, sin duda muy importantes y vitales en el terreno de las Ciencias Políticas y de la Sociología y del Derecho, poco explican cuando se tratan de hechos económicos y del funcionamiento de los mercados.

No se trata aquí de una defensa de conceptos propios de la llamada “economía neoliberal”, sino que se refiere a puntos de vista erróneos sobre cómo son y cómo funciona la economía de mercado, sin apellidos. Cada ciencia tiene sus propios sistemas de categorías que les son propios y la economía no es una excepción. En economía, y también en la vida, no se debe confundir los hechos denominados “positivos”, que son aquellos que se pueden demostrar, con los “normativos”, que sólo dependen del punto de vista o del criterio de quien los emite. La economía sólo se ocupa de los primeros. La política tiene mucho de los segundos. Algunos políticos, en especial latinoamericanos, podrían adentrarse un poco más en las ciencias económicas o tomar más en cuenta los criterios de sus especialistas en estas disciplinas.

En fin, es posible que existan muchos más deseos para el nuevo año de este presidente ficticio X, pero quizás los enumerados aquí estén entre los principales….. Ojalá que los pueda cumplir, aunque parece difícil. Pero que, al menos, sea capaz de enfrentar los riesgos y retos que les impondrá cada uno de ellos.

¡ Feliz Año Nuevo ¡

Bolivia; Una lectura de un viejo problema

Los acontecimientos que acaban de suceder en Bolivia; la insurrección popular, la pérdida del apoyo de las fuerzas armadas al Presidente Morales y, finalmente, la rápida salida del poder de éste y su exilio en México, no son más que consecuencias naturales de situaciones mucho más profundas, que subyacen en la historia y la realidad de ese estado andino.

Un país profundamente dividido

Lo primero a recordar es que en verdad dentro de Bolivia se asientan dos pueblos diferentes; dos grupos humanos que tienen sus centros en dos de sus principales regiones, perfectamente diferenciadas una de la otra, en todos los sentidos.

Por una parte, el Altiplano andino, meseta del Collao o de Titicaca, extensa planicie de aproximadamente 100 mil km. cuadrados, aproximadamente 10% de la superficie del país, con una altura media de 3 800 metros sobre el nivel del mar, y donde se afinca, predominantemente, población indígena.

Por otra, el Departamento de Santa Cruz, con poco más de 370 mil km. cuadrados (algo más de un tercio de la superficie boliviana) y con 3,3 millones de habitantes de los 11,4 millones de toda Bolivia. Este departamento se encuentra en la zona este, la de los llanos orientales, con características sub-tropicales, una altura promedio de sólo 350 metros sobre el nivel del mar, y una población de origen europeo.

Los “Cambas” y los “Collas”

Desde inicios de la colonización española de estas tierras, a mediados del siglo XVI, se marcaron las notables diferencias. Dos pueblos separados y dos identidades detrás de dos etnias; los indígenas andinos y la población blanca oriental. Así se formó la identidad del pueblo “camba”, los descendientes de europeos, tal como se reconocen a sí mismos, y que ocupan principalmente el Departamento y la Ciudad de Santa Cruz. Y los “collas”, como los denominan los “cambas”, representantes de la cultura andina, sucesores de los incas, con toda su cultura, religión y costumbres totalmente diferentes y contrarias a las de los “cambas” y que habitan el Altiplano y otras regiones de Bolivia.

Han sido siglos de distanciamientos y separación de estos dos grupos humanos que, por circunstancias históricas, sólo se vieron congregados ambos bajo la bandera del Estado de Bolivia a partir de agosto de 1825, fecha en que se establece esta nación como país independiente. En verdad desde su fundación en 1561 hasta los años 50 del pasado siglo XX, la región de Santa Cruz – y su capital, la Ciudad de Santa Cruz de la Sierra – estuvieron prácticamente separadas de la vida política y social del centro del país, y de La Paz, sede de los poderes ejecutivo y legislativo del país.

Desde el punto de vista económico, y desde la época colonial, en el Altiplano se concentraban las actividades mineras y una oligarquía vinculada a estas, y con ello una clase obrera y sus organizaciones. Al tiempo de que en las zonas orientales de Santa Cruz se consolidaron actividades eminentemente agrícolas y pecuarias, con una oligarquía terrateniente, conservadora y patronal.

Ya desde el siglo XIX comenzaron fuertes manifestaciones del deseo de independencia de la región de Sta. Cruz y de su población “camba”. Fue así que en ese siglo se produjeron, sin éxito, dos declaraciones de independencia en distintos momentos.

Posteriormente, durante el siglo XX, especialmente con el descubrimiento de importantes reservas de hidrocarburos en el Departamento de Santa Cruz, se acelera la modernización y diversificación productiva de esa región y también se acentúan las contradicciones de éste con el poder federal central de La Paz. A su vez, durante los últimos años comienza un importante éxodo de población pobre “colla”, que emigra de sus territorios de origen hacia las prosperas zonas “cambas”, y se asienta en barrios marginales, periféricos de las ciudades orientales. Se reproducen así con fuerza, dentro de la nación boliviana, los patrones de las relaciones riqueza-pobreza que se ven también en otros países y que predominan en muchas partes del mundo.

A inicios del siglo XXI todo este proceso histórico desemboca en el recrudecimiento de las profundas expresiones de racismo y separatismo de la población “camba”, y que llega a manifestarse en fascismo organizado en grupos políticos de hegemonistas blancos enfrentados al indigenismo nacional. Y en este contexto aparece …..

Un Presidente Indígena

Por obra y gracia del ejercicio democrático que se afirma en Bolivia luego de cruentas guerras internas y externas y del predominio de dictaduras militares a lo largo del siglo XX, en diciembre del 2005, en un momento de auge de los movimientos de izquierda en América Latina, llega al poder por las urnas, con el 54% de los votos, el primer presidente indígena, en un país cuya población autóctona constituye aproximadamente la mitad: Evo Morales Ayma, de ascendencia aimara, líder sindical del movimiento de los cocaleros y fundador del MAS (Movimiento al Socialismo) quien se convierte en el primer presidente de origen indígena de Bolivia.

El desempeño del Presidente Morales

Cuando Morales comienza su primer mandato en enero del 2006, según la constitución boliviana, podía reelegirse sólo una vez más. Y esto, en efecto, ocurre en diciembre del 2009, cuando es reelecto con el 64% de la votación y comienza en enero del 2010 su segundo y, supuestamente, último mandato. Pero, en su momento, Morales, ya consolidado en el poder, fuerza una interpretación constitucional y logra una nueva y tercera reelección en el 2014, lo cual constituía de por sí una violación del orden constitucional establecido.

Cierto es que el Presidente Morales y su gobierno tuvieron notables éxitos en el terreno económico y social durante sus primeros tres mandatos. Estos se concretan, entre otros indicadores, en un crecimiento global de la economía entre el 2006 y 2017 del orden del 4,9% como promedio, una baja tasa de desempleo y una reducción de la población en pobreza extrema desde un 45% en el año 2000 a un 17% en el 2017. Bolivia se convirtió en ejemplo para América Latina y el Caribe.

Pero, no obstante estos destacados logros, no se dejaría esperar el rechazo de las influyentes fuerzas opositoras de Morales a esta tercera reelección, con lo cual el propio gobierno, quizás confiado en las victorias en las tres elecciones ganadas de manera absoluta y abrumadora en primera vuelta, organiza un referéndum acerca de las posibilidades de una cuarta reelección. Ese referéndum se realiza en febrero del 2016 y el resultado es un NO, con un 51% de los votos, avalado por la supervisión de la OEA y de la ONU.

Este resultado negativo debió de haber sido señal suficiente de que las condiciones habían cambiado y que ya el pueblo boliviano no deseaba una continuidad, prácticamente indefinida, de Morales en el poder, a pesar de que al país no le iba mal. Pero Morales desconoció los resultados del referéndum y, argumentando un supuesto “derecho humano” a ser electo (derecho que no está escrito en ninguna parte), vuelve a lanzarse en las elecciones de octubre del 2019, para un cuarto mandato. Y esto ya era ir demasiado lejos.

Los resultados de este episodio son recientes y están suficientemente documentados en la prensa. A diferencia de ocasiones anteriores, y ante la casi certeza de una segunda vuelta, se realizó un fraude manifiesto en el proceso electoral y, ante la presión popular, este delito fue demostrado por escrutinios de organismos internacionales y empresas convocadas para auditar el proceso.

Tal situación desbordó el vaso y exacerbó las siempre existentes contradicciones entre los principales grupos ciudadanos y durante tres semanas se produjo una verdadera confrontación violenta entre partidarios y contrarios a Morales. Esto no hizo más que reflejar la muy vieja historia de lucha entre los dos pueblos y que, de no haberse contenido hubiera podido conducir a una verdadera guerra civil, del tipo de las que ya han ocurrido en siglos pasados en la historia de Bolivia. El ex presidente Morales, conocedor de la historia de su país, lo entendió así y se apresuró a presentar su renuncia.

¿Hubo o no golpe de estado?

En verdad, y al calor de las serias implicaciones de lo ocurrido, considero que la respuesta afirmativa o negativa a esta pregunta no es lo esencial. Es más, pudiera pensarse que desvía un tanto la atención de procesos mucho más importantes que un tecnicismo político o jurídico de si se puede considerar la salida de Morales del poder como resultado o no de un golpe de estado.

Lo incuestionable aquí fue que el ex presidente Morales quiso forzar la situación de su permanencia en el poder más allá de lo que resultaba necesario, posible y deseable para los bolivianos y que esta realidad él podía haberla evitado, de haber tenido un poco más de tacto político, madurez y humildad.

¿Será éste acaso un rasgo de la personalidad de buena parte de los líderes de la izquierda latinoamericana?

Morales, al parecer, fue bastante buen presidente y podía haber entrado a la historia de una manera elegante. Pero, después de 13 años en el poder, casi al final, lo echó a perder y deja a su país en un vacío que nadie sabe cómo será llenado en el futuro y él, en lo personal, pasará como un exiliado político más.

¿Qué está sucediendo en algunos países de América? Tres casos a estudiar

Claro que siempre han existido diferencias en lo interno y hacia el exterior, pero dejando a un lado las grandes desigualdades históricas de todo tipo entre los Estados Unidos de América, México y Brasil, durante los últimos meses del 2018 en esas tres naciones se puede apreciar el crecimiento de situaciones políticas complicadas que, si bien presentan causas y signos ideológicos diferentes –y hasta contrapuestos- tienen un elemento común que es el incremento en la polarización interna dentro de esas sociedades.

A pesar de todas sus disparidades culturales, económicas y políticas es indudable el significado de esas tres naciones americanas, y de ellas en su conjunto. Las tres, las mayores de América, representan un 47% de la superficie total del continente americano y cuentan con un 62% de los habitantes que viven en este espacio. Lo que ocurra en cualquiera de ellas, obviamente, impactará significativamente en el resto de América. Mucho más si algo pasa….. en las tres al mismo tiempo.

                                          El inicio de esta historia reciente

Pienso que, si no fue el comienzo de esta situación, al menos su muestra más visible se produjo con las elecciones presidenciales de los EUA en noviembre del 2016. En mayo de ese propio año habíamos publicado en este blog el trabajo “Una visión sobre los Estados Unidos ante las elecciones de finales del 2016” (29 de mayo 2016) y en ese artículo señalaba: “Las elecciones de noviembre en los Estados Unidos pueden ser vistas, más que el enfrentamiento entre dos partidos, entre dos posiciones o dos contrincantes presidenciales, como la confrontación de un grupo social determinado frente al resto de la heterogénea población estadounidense”. En ese momento ya se vislumbraban las tormentas posteriores.

Unos meses después, una vez conocido el resultado final de la elección, en otro trabajo titulado “El Voto de la Ira” (9 de noviembre 2016) escribía: “… a pesar de su nombre, los “Estados” están cada vez más lejos de estar tan “Unidos” como podría suponerse. El país se ha polarizado y dividido, como posiblemente nunca antes se haya visto en una elección allí. La situación se fue por encima de las pasiones políticas que despiertan, obviamente, una contienda electoral y se convirtió en una confrontación de intereses profundamente contrapuestos en una sociedad cada vez más diversa y heterogénea”. Se confirmaban los pronósticos.

Han transcurrido dos años desde que escribiera estas palabras y la realidad de este último periodo ha superado la percepción inicial.

En las elecciones de mediano término, que se acaban de celebrar en los Estados Unidos en noviembre del 2018, no ha ocurrido más que una profundización de esa división que se ha venido tejiendo en especial –aunque no de manera exclusiva- por el poder ejecutivo norteamericano en el transcurso de los últimos dos años y que ha desbordado el ámbito nacional para convertirse en serio problema internacional y mundial.

Así, en este momento cada una de las partes contendientes se atribuye la victoria, lo cual en sí mismo es una muestra palpable de cuan dividida está la realidad –y la percepción de esta- dentro de la sociedad norteamericana. Cuando no se puede declarar claramente un vencedor y un perdedor esto significa que existe una dispersión de situaciones que hace muy difícil, por no decir imposible, cualquier avance. Y esto, al parecer, es lo que está ocurriendo en la actual estructura política de los EUA.

Algo parece claro y es que, a partir de ahora, esa nación verá crecer las confrontaciones entre los poderes ejecutivo y legislativo –y también obviamente el judicial- y que las cosas lejos de mejorar, se pudieran agravar en lo inmediato. Evidentemente, al poder ejecutivo, dada la actual composición de ambas cámaras legislativas, le será cada vez más difícil gobernar, y especialmente si trata de continuar haciéndolo desde un estilo unipersonal, caprichoso, en muchos casos contradictorio, que ha caracterizado a la actual administración en estos dos últimos años.

En ese ámbito de la alta política norteamericana podrá ocurrir cualquier cosa, pero por el momento, a nivel de la población, y según un informe publicado el 13 de noviembre del 2018 por el Buró Federal de Investigación (FBI), los delitos de odio en los EUA aumentaron en el 2017 por tercer año consecutivo en un 17% y según dice el propio informe tres de cada cinco de ellos – y suman 7175 delitos en todo el país en ese pasado año- son motivados por problemas raciales o étnicos.

                                           Lo que ocurrió en México

Como se sabe, a diferencia de lo sucedido en EUA – y también en Brasil, como veremos más adelante- en las elecciones de México en julio de 2018 el voto mayoritario se inclinó hacia una coalición de la izquierda, representada principalmente por un tradicional dirigente político que, luego de varios intentos fallidos (como en el caso Lula) creó un nuevo partido para este propósito electoral y lo logró, en esta, su tercera ocasión.

Puede ser que, en este caso también, más que por una clara conciencia de una nueva plataforma política y de un programa suficientemente definido, el nuevo partido y su viejo dirigente lleguen al poder como resultado del cansancio y del rechazo generalizado  hacia la ejecutoria de las viejas “partidocracias” y de todas sus consecuencias en materia de alta corrupción, impunidad y violencia crecientes. Es decir, gana más la esperanza de cambio que el viejo camino conocido y no deseado. Pero esa historia no es nada nuevo. Lo que sucedió recientemente en México ha sido, al parecer, otro legítimo “Voto de la Ira”. Uno más en su larga lista en la América Latina de los últimos cien años.

En efecto, el actual recién electo presidente ganó con el 53% de los votos, según conteo oficial, en 31 de los 32 estados de la nación azteca. De acuerdo a los registros éste ha sido el presidente más votado en la historia de México y también se señala que se produjo una asistencia récord a las urnas de un 63,4% del electorado.

Esas cifras son en verdad, estadísticamente hablando, hitos electorales en la nación azteca donde tradicionalmente ha predominado la dispersión, la apatía y el abstencionismo en los procesos de elección. Tales datos, a primera vista, pudieran presentarse como testimonios irrebatibles de un liderazgo incuestionable y generalizado del vencedor. Pero, en verdad, si se analiza un poco más profundamente, muestran también algunos sesgos.

Primero, a pesar de sus records históricos, hubo poco más de una tercera parte del padrón electoral que se mantuvo al margen del asunto; simplemente, no fue a votar. Y segundo, el 47% de los que votaron escogió otro candidato diferente al presidente electo. Esto es, aproximadamente 24 millones de electores votaron por el ganador, pero otros 65 millones de votantes o no lo hicieron o eligieron otros candidatos, Esto quiere decir que el ganador llega a la presidencia de la nación con el 37% de los votos técnicamente posibles, lo cual puede resultar no bajo para los patrones tradicionales del país, pero que, también es muestra indiscutiblemente de que el 63% de los votantes prefirió otra alternativa electoral o ninguna.

El nuevo gobierno de México, a partir de diciembre del 2018, se “estrena”, por primera vez en muchas décadas, en un modelo de gobierno de izquierda, que tratará de cumplir un programa muy diferente, durante los seis años en que le corresponderá constitucionalmente gobernar el país. Y esto deberá hacerlo, por el momento, sin una real mayoría absoluta del favor de la población y, además, según se ha declarado públicamente, manteniendo el respeto a la democracia, al orden institucional y al derecho de propiedad establecido. Todo lo cual resulta, a fin de cuentas, nada fácil de lograr, si repasamos la historia.

Contando también con una muy alta representación del partido ganador en ambas cámaras legislativas es posible que no le resulte tan difícil, como no le fue en los dos primeros años de la actual administración norteamericana, mantener un equilibrio de poder y avanzar en sus propósitos. De todas formas, la sociedad mexicana actual se encuentra también fragmentada, no ya sólo en cuanto a pertenencia o simpatías por partidos o agrupaciones políticas, lo cual parece haber quedado un tanto atrás, sino en lo relativo a la diversidad de intereses, aspiraciones y, sobre todo, de temores, esperanzas y percepciones sobre los posibles y más probables futuros. El reto que tiene ante sí el nuevo gobierno es formidable.

Los acontecimientos en Brasil

En este caso, a diferencia de México, que ahora comienza a adentrarse en el camino político de una nueva concepción de izquierda, el gigante sudamericano “viene ya de regreso” de esa historia, en un sentido diametralmente opuesto.

Primero, fueron los dos mandatos de Luiz Inácio Lula da Silva, quien también fundó su partido, el Partido del Trabajo (PT), y que llegó al poder, igualmente luego de su tercer intento, en el 2003 y que estuvo al frente de Brasil hasta el 2010. Lula, líder sindical y obrero metalúrgico, partió de una posición inicial en la izquierda tradicional, pero luego, una vez en el poder, se desplazó a un lugar político mucho más al centro.

La llegada de Lula a la presidencia de Brasil puede decirse que también fue resultado de frustraciones y desengaños que dejaron en ese pueblo las fallidas democracias y los partidos tradicionales, además interrumpidos por una dictadura militar que gobernó entre 1964 y1985,

El gobierno de Lula obtuvo indiscutibles logros sociales para el pueblo brasileño y económicamente aprovechó muy bien –mucho mejor que México, por ejemplo- el boom de los altos precios de las materias primas y de los productos agrícolas durante la primera década del nuevo milenio. Lula salió de la presidencia en el 2010 con un 80% de aprobación de su mandato y un muy alto prestigio internacional pero, quizás lamentablemente y no obstante todo esto, hoy día está en la cárcel.

Brasil, con la entrada de Lula y del PT al poder a inicios de los años dos mil, también daba un portazo en la cara a los viejos partidos y a todas sus nomenclaturas. Pero, en las sombras del supuesto nuevo tejido económico y político brasileño se trenzaban los hilos de enormes casos de corrupción. El más significativo de ellos; Odebrecht; gigantesca empresa transnacional privada brasileña, cuyos grandes sobornos –iniciados poco antes de la época de Lula y luego continuados durante el gobierno de su discípula Dilma Rousseff y aún después, “salpicaron” a altos funcionarios, en primer lugar del propio Brasil y de empresas estatales brasileñas como Petrobras, pero también a autoridades de otros veinte países.

Esas consecuencias llegarían hasta México, a su petrolera estatal PEMEX, durante el período 2010 al 2014, e involucraron a altos representantes de la ya anterior administración mexicana, incluyendo algunos gobernadores y figuras del poder ejecutivo que acaban de dejar sus cargos. También estuvieron ligados algunos de los más altos personajes del actual gobierno de Venezuela y dirigentes de otros países latinoamericanos. Este asunto fue puesto de manifiesto a partir de una investigación del Depto. de Justicia de EUA, publicada en el 2016, y  se encuentra ampliamente documentada. Este caso, entre otros, dejó una mancha que no se ha podido borrar sobre el paso de la izquierda por el gobierno de Brasil, a pesar de sus logros sociales, los cuales, al parecer, se fueron disolviendo en el tiempo. Resulta curioso que, en otros lugares, en que también se involucraron altos funcionarios, no ha habido una muy apreciable –ni conocida- repercusión de exigencia de responsabilidades por esta escandalosa y larga corruptela.

Esta reciente “fábula brasileña”, al parecer, termina luego de una corta historia en que, sin penas ni glorias – pero igualmente acusado de corrupción- un advenedizo y gris ex vicepresidente de Dilma Rousseff llegó, con su traición, a ocupar la silla presidencial de Brasil desde mediados del 2016, en que destituyeron a la Rousseff, hasta finales del presente año.

En noviembre del 2018 es electo como presidente de Brasil, también por muy amplio margen, un personaje que resulta la antítesis de Lula o de Dilma: Jair Bolsonaro. ¿Cómo acaba de llegar esta persona a la presidencia de Brasil? Por supuesto que no surgió de la nada.

Este individuo, ex capitán del ejército brasileño (hombre violento, involucrado y condenado por un caso de terrorismo dentro de las propias fuerzas armadas de ese país), diputado en el Congreso por más de veinticinco años,  defensor de la dictadura militar, de la tortura, del racismo y crítico de la homosexualidad, de los derechos de las comunidades LGTB, de los derechos de las mujeres y del activismo ambiental; representa la extrema derecha (cuasi fascista) brasileña y ha expresado que las dictaduras de Pinochet, en Chile, y la de Brasil, en su momento, no “mataron suficientes gentes”.

El recién electo presidente del Brasil al parecer se ubica – a cierta distancia – a la derecha del actual mandatario norteamericano y ganó  por amplia mayoría, con el 55% de los votos frente al 45% recibido por su contrincante, el representante del PT de Lula. En las últimas elecciones en Brasil un 22% de los votantes se abstuvo y, por tanto, el nuevo presidente también deberá gobernar a ese gigantesco país con sólo un tercio de aprobación técnica.

Según determinadas fuentes, un 60% de los votantes del recién electo presidente brasileño fueron personas de entre 16 y 34 años. Esto es,  la misma franja de edades que apoyó a Lula hace casi veinte años. Gran diferencia desde entonces a acá,  y puede que no sea sólo por los naturales cambios en la estructura demográfica y social de la población.  En este periodo muchas cosas deben haber sucedido allí para que se diera semejante viraje político en el contexto específico de un país tan tradicionalmente liberal como Brasil.  Se considera que las fuerzas que, en particular, llevaron a este señor a la presidencia, estaban agrupadas en influyentes redes sociales y que este individuo arrasó en las ciudades, en sus puntos más ricos, y de mayoría blanca. Y…… para el resto ¿Qué?

Considero que una gran similitud entre los procesos gubernamentales que recién se estrenan en México y en Brasil es que, al igual que en los EUA, en estos países se parte de sociedades profundamente divididas y de resultados presidenciales que no dejan de sorprender, si bien son, desde un punto de vista político, intensamente contrapuestos.

Por otra parte, la gran diferencia, en mi opinión y en amplio favor de México, está en la distinción abismal de los propósitos del electo presidente mexicano y  su orientación de gobierno, respecto a lo que previsiblemente podría pasar en Brasil a partir de enero del año 2019.

Conclusión

Por supuesto que en estos momentos no hay – ni puede haber – una conclusión a esta historia. Este “cuento” recién comienza. Con un poco de paciencia, y de vida, en unos pocos años podremos evaluar los resultados, en uno y otro caso. Sólo esperar para ver.

 

 

 

El fantasma del Proteccionismo aparece de nuevo

Desde los inicios del Capitalismo, en la Europa del Siglo XVIII, hasta hoy, dos posiciones políticas extremas se han enfrentado a lo largo de la teoría y la práctica de la economía y del comercio mundial: el Proteccionismo y el Libre Cambio.

El Proteccionismo, presente desde la época de los grandes imperios de la Antigüedad, su mayor despliegue se produjo con la conquista y colonización de extensas zonas del mundo por las principales potencias europeas, durante los siglos XV al XVII. Por su parte, el Libre Cambio o Liberalismo aparecería mucho después, como la doctrina que se correspondía con los intereses asociados al surgimiento del Capitalismo Industrial, en la Inglaterra del siglo XVIII, y que luego se extendería por el mundo.

La diferencia esencial entre una y otra concepción es que el Proteccionismo es una política de intervención estatal en la actividad económica y comercial de un país, o en las relaciones entre países, mediante la utilización, en determinado grado, de diferentes medidas o instrumentos gubernamentales, mientras que el Libre Cambio, por el contrario, promueve el funcionamiento económico y comercial sobre la base de la acción de las leyes de la oferta y la demanda, en un  mercado libre, con una intrusión nula o mínima del Estado en las relaciones económicas y comerciales.

La lucha entre ambas concepciones ha estado presentes en este largo camino pero, una vez finalizada la 2da. Guerra Mundial, y reconstruidas las bases de la economía, el comercio y las finanzas del Capitalismo, a partir de las concepciones del Libre Cambio, y no del Proteccionismo, esa política mostró todas sus potencialidades en lo que ha sido el enorme desarrollo económico, sin precedentes,  alcanzado por un mundo cada vez más global durante los últimos setenta años.

Pero ocurre que, a partir de determinadas situaciones de política internacional, a finales del 2017 y en los inicios del 2018 ha aparecido de nuevo el Fantasma del Proteccionismo. En esta ocasión, una vez más, de la de la mano de la administración de turno en los EUA.

¿Significa esto acaso un retroceso a la etapa anterior a la 2da. Guerra Mundial? Todos desearíamos pensar que no … pero nadie puede estar seguro.

_______________________

¿En qué situaciones se adopta una política Proteccionista?

El Proteccionismo se implanta, principalmente, cuando se dan procesos de alta tensión, crisis, guerras, o un marcado interés en consolidar el poder político de un grupo al frente de una nación o de un conjunto de naciones. Esto es, en un momento determinado, mediante procedimientos gubernamentales, no económicos. Hay que decir, desde un inicio, que esa política ha sido la preponderante a lo largo de la historia, como también que la historia ha estado permeada de guerras y de otros tipos de situaciones que se corresponde con su aplicación.

Así, el Proteccionismo fue el respaldo práctico de la corriente económica conocida como el “Mercantilismo”, que no fue más que el duro proceso de acumulación de riquezas a partir del saqueo de los recursos, principalmente del oro y la plata, del Nuevo Mundo por los principales reinos europeos. Su transcurrir estuvo “protegido” por cada Estado que participaba en ese reparto, mediante todos los medios, especialmente militares, que cada uno disponía en cada momento.

Luego de más de 300 años de predominio de ese orden colonial, el Proteccionismo debió evolucionar a todo lo largo del siglo XIX, ante las nuevas condiciones impuesta por el surgimiento del Sistema Capitalista…pero no desapareció. Sólo se transformó.

Durante la primera mitad del siglo XX el Proteccionismo, como política estatal de la mayoría de las naciones, estuvo presente con mucha intensidad aunque con diferentes matices en los estados nazi-fascistas de Alemania, Italia, España, Japón, entre otros. Todos gobiernos altamente proteccionistas. Como es sabido, ese medio siglo se caracterizó también por las dos mayores guerras mundiales de toda la historia, además de otros muchos conflictos regionales o locales.

¿Cuáles son los propósitos esenciales del Proteccionismo y en qué se apoya?

Desde su aparición, dos han sido los objetivos centrales de las políticas proteccionistas establecidas por cada gobierno. El primero, resguardar las actividades económicas productivas nacionales de la competencia externa, manteniendo un control gubernamental más o menos estricto sobre la economía y el comercio. El segundo; contribuir a los ingresos fiscales.

Para satisfacer estos dos objetivos también dos tipos de mecanismos se han empleado por las políticas proteccionistas. Por una parte, un gran conjunto de regulaciones, restricciones, prohibiciones o limitaciones que, administrativamente, se establecen por los gobiernos en cuanto a la entrada y circulación de determinados productos. Por otra, la fijación de aranceles; impuestos o gravámenes que se implantan sobre bienes que cruzan las fronteras, usualmente sobre las importaciones.

La lista de las medidas administrativas que puede tomar un Estado es prácticamente interminable y, a los fines prácticos, se le denomina internacionalmente como “medidas no arancelarias”. Es decir, cualquier disposición gubernamental que no sea un arancel.

¿Qué cambió a partir de la terminación de la 2da. Guerra Mundial?

Con el final de la 2da. Guerra Mundial y la enseñanza en términos de su costo – más de 55 millones de muertos y un trillón de dólares de gastos y destrucción – comenzó un nuevo capítulo en la historia, en el cual se trató de abandonar lo más rápidamente posible al Proteccionismo como política prevaleciente hasta ese momento a escala mundial, en favor de un mundo diferente, en el que predominara el Libre Cambio.

A partir de 1945, y con la constitución de la ONU, esa nueva etapa hacia una economía internacional librecambista fue encabezada por los EUA que, no obstante su largo historial proteccionista –casi desde su establecimiento como nación- ahora, como resultado de esa guerra mundial, emergía como potencia industrial y comercial líder de un mundo occidental muy golpeado por la Guerra. Los EUA, a diferencia de todas las demás potencias, aparecían indemnes y fortalecidos económicamente por la contienda.

Así, esa nación arrastró a toda América, Europa y a los territorios del Asia ocupada (en los que los norteamericanos habían ganado la guerra) hacia una nueva visión de las relaciones económicas y comerciales entre las naciones. No más Proteccionismo, sino apertura de las fronteras y libertad de comercio Era lo que a partir de ese momento respondía mejor a los intereses económicos, comerciales y políticos de EUA.

Lo cierto es que los resultados de la expansión del Libre Cambio, y el correspondiente retroceso del Proteccionismo en los últimos 70 años propició un avance sin precedentes en la historia de la economía y del comercio mundial.

¿Qué ha pasado con los aranceles?

A partir de la constitución primero del GATT, en 1947, y luego de la OMC en 1995, el comercio mundial ha crecido, en promedio, al doble del PIB en todo este período, para una cifra que supera el 7%, a pesar de la desaceleración que se observó en años más recientes.

Una parte importante que explica ese alto ritmo de crecimiento comercial ha sido, junto con el desarrollo tecnológico y el establecimiento de las cadenas globales de valor, la liberalización de los mercados, el establecimiento de acuerdos multilaterales y regionales y también el proceso de reducción de aranceles. Así, por ejemplo, en 1996 el promedio ponderado de la tasa arancelaria de todos los productos en el mundo estaba en un 34% del valor de las importaciones, Esta tasa promedio en el 2012 había descendido hasta el 2,9%. 1

Esto no quiere decir que se haya llegado a una verdadera y total situación de Libre Cambio y que ya no existan aranceles ni otras medidas proteccionistas no arancelarias. Algunas se mantienen como importantes escollos a un mayor intercambio comercial internacional. Por ejemplo, la Política Agrícola Común de la Unión Europea; programa proteccionista –que absorbe cerca del 40% del presupuesto de la Unión Europea- y que otorga subvenciones y resguardo estatal a los agricultores y ganaderos de ese bloque regional, en clara violación de los principios del Libre Cambio y que, no obstante todas sus justificaciones, va en detrimento de la libre competencia y de los intereses agropecuarios de las naciones no europeas. Otro ejemplo de esta naturaleza es la Ley Agrícola de EUA (Farm Bill), firmada por el Presidente Obama en el 2014, en sustitución de la primera ley de este tipo promulgada en 1940, pero que mantiene su esencia proteccionista. Estas, y otras cuestiones, son asignaturas pendientes de la OMC en el camino a una mayor liberalización real del comercio internacional.

Pero, lo que si ya parecía haber quedado atrás era la posibilidad de un regreso al restablecimiento de medidas arancelarias en productos industriales, tan convencionales y difundidos mundialmente. como son el acero o el aluminio.

 ¿A dónde pueden conducir esas últimas decisiones proteccionistas de los EUA y cuáles serían sus resultados?

A principios de este año, en el artículo anterior publicado por este autor en este propio blog,2 se mencionaba como uno de los posibles riesgos que corría el mundo de ver retroceder en este 2018 el inicio de la recuperación de la economía y el comercio mundial que se había logrado en el 2017, a las corrientes neo proteccionistas que comenzaban a levantarse en EUA. Pues bien, esa posibilidad es ya una realidad, a partir de las últimas medidas de ese corte tomadas por el actual presidente de los EUA.

Se argumenta por la presidencia de esa nación que el restablecimiento de esas medidas proteccionistas se orienta a lograr el “regreso a casa” de las industrias norteamericanas dispersas por el mundo. Con esto se olvida varias cuestiones. La primera es que ha sido, precisamente, el resultado de esa dispersión global de la economía norteamericana lo que ha traído a esa nación una larga etapa de prosperidad, de la cual también se ha beneficiado la mayor parte del mundo. La dirección del país líder de la “economía global mundial” ahora se arrepiente y quiere volver a las condiciones del mundo de los años 30 del pasado siglo XX. Además se obvia que, debido al establecimiento de complejas cadenas tecnológicas y de valor mundiales en los últimos decenios, hoy es prácticamente imposible retroceder a muchas de las producciones como hechas sólo en un país o con una muy alta proporción nacional. Es técnicamente absurdo pretender darle “marcha atrás” a la historia y a la Globalización. Esa posición, por decirlo de la manera más benigna, además de irrealizable, destructiva y peligrosa, es ridículamente extemporánea.

En general ya se sabe a dónde conducen las medidas proteccionistas, aislacionistas y restrictivas: Al levantamiento de “muros” comerciales que reducen los niveles del comercio, encareciendo los productos y servicios para todas las partes, tanto para la oferta como para la demanda, además de al autoritarismo económico.

Las primeras, y directamente perjudicadas, serían las propias empresas norteamericanas globales, que importan una buena proporción de sus materias primas y materiales y que venden en el mundo su producción, y que verían encarecerse tanto sus abastecimientos como sus productos terminados. Así como también se afectarían los trabajadores y consumidores estadounidenses, para los cuales se elevarían los precios de bienes y servicios que consumen.

Además, regresar a una “guerra comercial”, ¿Con quién? ¿Con China? ¿Con Japón?…China es hoy el principal importador y exportador mundial y un primer socio comercial de los EUA Ya los asiáticos, naturalmente, han declarado que no se van a quedar de brazos cruzados. China es el mayor poseedor extranjero de los papeles llamados dólares norteamericanos, que son impresos – sin ningún otro respaldo más que la confianza del mundo- por esa empresa privada y autónoma norteamericana nombrada Reserva Federal, o simplemente Fed.  Se obvia, simplemente, que China es hoy el principal banquero de los EUA, con la propiedad de aproximadamente un 19% de toda la gran deuda de los EUA, al tiempo que Japón tiene otro 17%. Entre ambas naciones asiáticas son dueñas de más de la tercera parte de la deuda norteamericana.3

No hay que olvidar que en una guerra comercial, como en toda guerra, al final casi valen todos los medios, y que el dinero no es otra cosa que una mercancía más, que siempre puede ser vendida por debajo de su precio, si se requiriera. En caso de una verdadera guerra comercial. ¿Qué pudiera ocurrir si se ejerciera un poco de presión financiera por parte de Asia sobre EUA, y no ya referida, precisamente, ni al comercio de bienes ni a los aranceles?…

 

1) https://www.indexmundi.com/es/datos/indicadores/TM.TAX.MRCH.WM.AR.ZS/compare  #country=1w

2) Ver: “Las perspectivas de la economía mundial para el 2018”; Fernández Font, Mario L. : febrero 7 /2018

3) Ver:https://www.eleconomista.com.mx/mercados/Por-que-China-tiene-tanto-poder- sobre-la-deuda-del-mundo-20180112-0035.html

 

Las Perspectivas de la Economía Mundial para el 2018

Algunas buenas noticias: Luego de un período de fuertes desequilibrios y contracciones en la economía y el comercio mundial a partir de la crisis financiera 2008-2009, y que se prolongó hasta el 2016, todo parece indicar que durante el recién terminado 2017 comenzó una reversión de esas tendencias globales, al esperarse crecimientos del orden del 3,7% en el PIB real mundial para ese último año y de hasta un 3,9% para el presente 2018.1

Por su parte, según las previsiones de la OMC de inicios del 2018, el comercio mundial también podría haber tenido una cierta recuperación al alcanzar un crecimiento del 3,6% en el 2017 y preverse para este año un intervalo de crecimiento que iría del 2,1% al 4%. De todas formas, a diferencia del pasado, en que el comercio crecía mucho más rápido que la producción, la actividad comercial seguiría un ritmo mucho más cercano al incremento de la producción.

Otras no tan buenas: ¿Qué tan seguros pueden ser en el futuro inmediato los “vientos” favorables que soplan en la economía mundial en estos momentos? Realmente, son bajas las probabilidades

________________________

¿Qué de nuevo ocurrió en ese pasado año que comenzó a modificar la declinante marcha pos-crisis de la economía mundial en los últimos seis o siete años?

Ante todo, no se puede olvidar el carácter cíclico normal de toda Economía.  En el 2017 se retoma, al parecer, una fase de ascenso, al frenarse la caída de la inversión mundial, en particular en los EUA, a partir del recorte de impuestos a las empresas, y al obtenerse cifras positivas, aunque no tan altas, en el crecimiento económico de prácticamente todas las grandes regiones del mundo.  Esto fue así tanto en Europa como en Asia, aunque obviamente con notables diferencias en sus respectivos ritmos, en un intervalo de 2 a 6%.

En los EUA se alcanzaron niveles de ocupación cercanos al pleno empleo y se recuperó la producción manufacturera y el comercio, creciendo su economía, según se estima, en aproximadamente un 2,2%. Los países exportadores de productos básicos se vieron beneficiados con el mejoramiento en los precios de esos bienes, en particular del petróleo. Rusia y Brasil, dos de las mayores economías del mundo, comienzan a recuperarse gradualmente en el 2017, sobre escalas del 1%, después de decrecimientos en ambos países en el 2016.

En correspondencia con la mega tendencia del desplazamiento del poder económico de Occidente hacia el Oriente, las economías emergentes y en desarrollo de Asia continúan aportando más de la mitad del crecimiento de la economía mundial. China, aunque sigue en su proceso de reestructuración interna, con un mayor crecimiento en favor de satisfacer su demanda doméstica, y con una expansión mucho más moderada que en el pasado reciente, actualmente se encuentra en un incremento de su producción en el orden del 6,5% anual y mantiene su papel como exportador-importador mundial decisivo. La India continúa creciendo a ritmos en el rango del 7%, pudiendo llegar a representar en el 2018 la quinta mayor economía del mundo.

La región de América Latina y el Caribe, por su parte, en el 2017 mostró una pálida recuperación respecto al 2016 –cuando decreció su PIB en un 1% -, al alcanzar, según la CEPAL, 2 en el 2017, un 1,3%. De ello, Argentina logró un 2,9%, en México un 2,2% y en Brasil un 0,9%.  Los países latinoamericanos con mayores índices de crecimiento en ese pasado año fueron, precisamente, algunos de los más pequeños: Panamá, con un 5,3%; República Dominicana y Nicaragua, con un 4,9% cada uno, y Paraguay, con un 4%. De todas formas, la CEPAL proyecta un relativamente mejor desempeño de la región para el 2018, al alcanzarse un 2,2%, debido a la aceleración pronosticada para Brasil, de un 2%; Chile, 2,8%; Colombia 2,6% y Perú 3,5%. México mantendría, en el mejor de los casos, un 2,3% de crecimiento para el presente año 2018.

¿Cuáles serían los mayores riesgos que pudieran poner en peligro el inicio de esta recuperación de la economía y el comercio mundial en el 2018?

Existen tres situaciones generales que, sin lugar a dudas, podrían ajustar las posibilidades de un desempeño expansivo de la economía global en el presente año y que, en mayor o menor medida, afectarían a todos o a muchos países.

La primera cuestión es la alta probabilidad de que se produzca una nueva crisis financiera internacional dentro de un tiempo relativamente corto. La última tuvo lugar hace aproximadamente diez años y son pocas las condiciones que han cambiado en las reglas de funcionamiento de los mercados financieros durante este período. Por el contrario, los movimientos especulativos en las bolsas han rebasado niveles considerados límites anteriormente. Evidentemente, la localización del origen de otra nueva crisis de este tipo, como ha sido el caso de todas las más recientes, sería el sistema financiero y monetario de los EUA, pero su impacto, al igual que en el pasado, se haría sentir en todo el planeta. En nuestra opinión, la primera manifestación real de esta crisis financiera que se avecina se dio con la muy aguda caída de los índices de las principales bolsas en EUA, y luego en Europa, en los primeros días de febrero del 2018, a pesar de que este hecho se ha querido presentar como un acontecimiento transitorio motivado por “las preocupaciones de los mercados sobre un posible  crecimiento de la inflación en los EUA ante el fortalecimiento de la partida de salarios motivado por los altos niveles de empleo alcanzados y la probable respuesta de la Reserva Federal a esta situación”.

Otro riesgo a corto plazo de desestabilización en el funcionamiento de la economía y el comercio mundial lo constituyen los discursos y medidas de corte proteccionista que se están comenzando a percibir en el contexto internacional. Fue necesario un proceso de más de setenta años (después de la Segunda Guerra Mundial) para llegar a las actuales escalas de globalidad, de interpenetración de las cadenas tecnológicas y de valor de la economía y el comercio mundial, y este nivel alcanzado podría retroceder si alguna o algunas de las principales naciones del mundo regresan a políticas aislacionistas, nacionalistas o de separación de las reglas del Libre Comercio, que son propias de situaciones de guerra o de pre-guerra.

Expresiones de este ambiente son las acciones y declaraciones claramente proteccionistas que está tomando la actual administración de los EUA. Por ejemplo, su posición respecto a la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, firmado entre esa nación, México y Canadá hace 26 años, así como la ya próxima salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea.

Y una tercera causa de posible desaceleración de los ritmos económicos globales en el presente año 2018 son los conflictos políticos. Estos incluyen desde acciones terroristas y desestabilizadoras que, como tristemente demuestra la historia reciente, pueden producirse en cualquier parte del mundo, hasta  situaciones de la muy peligrosa confrontación binacional con la crisis político-militar creada entre los EUA y Corea del Norte o problemas  nacionales asociados a procesos electorales, como será el caso de América Latina, donde en el 2018 seis naciones llevarán a cabo elecciones de nuevos presidentes – algunas en situaciones de claros y agudos problemas políticos internos- lo cual pudiera conducir a un rediseño de nuevos contornos en el mapa político de la región y a la afectación de las relaciones económicas y comerciales internacionales.

Pero, lo más grave de estos riesgos no es que puedan presentarse por separado, sino la posible confluencia de algunos de ellos; como podría ser el impacto que tendría una nueva crisis financiera internacional sobre el desenlace de los procesos políticos nacionales en América Latina o la agudización de la confrontación de intereses entre las naciones de Occidente y de Oriente, en la cual estaría involucrada, cuando menos, China, la Península de Corea y los EUA.

Es de desearse que ninguno de estos escenarios desfavorables suceda y que, al inicio del próximo año 2019, se puede examinar un desempeño del 2018 que dé continuidad al proceso de recuperación global comenzado en el 2017. Lamentablemente considero que es poco probable que esto acontezca y que la economía mundial transcurra sin mayores contratiempos en los próximos once meses que aún faltan del presente año.

1 Perspectivas de la Economía Mundial al Día, Actualización de las proyecciones centrales; Davos, enero 2018 

2 https://www.cepal.org/es/publicaciones/42651-balance-preliminar-economias-america-latina-caribe-2017-documento-informativo