A 30 Años de la Desaparición de la Unión Soviética. Tercera Parte

Dr. Dietmar Dirmoser

* Dietmar Dirmoser, alemán, doctor en Sociología; ha sido funcionario de una ONG internacional en América Latina y Europa. Ha dirigido durante años revistas dedicadas al análisis de las relaciones internacionales. Vive actualmente en Berlín y se desempeña como analista político.       dirmoser@yahoo.com

Una década movida y tumultuosa: Las transformaciones de los años 90 en Rusia

El 4 de agosto de 1991 Mijaíl Gorbachov salió de Moscú para descansar unas semanas en el balneario Foros, en el sur de la península de Crimea. Él y sus colaboradores habían pasado muchos meses de tensiones y conflictos. Habían actuado presionados por manifestaciones de protesta de cientos de miles de ciudadanos y por amplios movimientos huelguísticos en sectores claves, que reclamaban la aceleración y profundización de las reformas. Al mismo tiempo, Gorbachov y su gente tenían que lidiar con la obstrucción de sectores de la burocracia y con la hostilidad de redes clientelares en el seno del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) que querían parar, o por lo menos ablandar, los cambios emprendidos. Entre los que querían radicalizar las reformas, así como entre los que querían abortarlos, había personalidades y grupos que maniobraron para derrocar a Gorbachov y tomar ellos el poder.

El descanso del jefe del estado y líder máximo del PCUS terminó de manera abrupta el 18 de agosto, cuando un convoy de vehículos con militares y agentes del KGB rodeó su residencia vacacional y cortó las líneas de comunicación. Gorbachov y sus 32 guardaespaldas fueron puestos bajo arresto. En nombre de una autoproclamada junta de gobierno, los visitantes pidieron a Gorbachov que declarara el estado de excepción y renunciara, . Sin embargo, él se negó. Entre los miembros de la junta estaban el vicepresidente, el primer ministro, el ministro de defensa, el ministro del interior, el jefe del KGB, así como altos representantes del PCUS, de las Fuerzas Armadas y de empresas estatales. A varios de ellos Gorbachov los había nombrado el año anterior, para apaciguar a sectores conservadores, que habían emprendido una campaña contra su agenda política.

El 19 de agosto, tanques ocuparon lugares estratégicos en Moscú. Los golpistas decretaron el cese de las actividades de los partidos políticos, prohibieron manifestaciones y reuniones públicas y trataron de acallar a los medios de comunicación. El vicepresidente Janayev asumió las funciones del Jefe de Estado. Pero la intentona no prosperó. Boris Yeltsin, el presidente del Estado Federado de Rusia – el más grande e importante de la Unión – denunció la acción como golpe derechista, llamó a huelga general y convocó a reuniones de protesta.

El día 20 se congregaron cien mil personas en Moscú para defender el parlamento; también en muchas otras ciudades hubo protestas y huelgas. Algunos grupos de militares se unieron con sus tanquetas a las movilizaciones. La dirección militar prohibió a los soldados desplegados usar sus armas de fuego contra los manifestantes. Al día siguiente empezó a circular la noticia que los miembros de la junta habían sido arrestados cuando trataron de abandonar el país. Las tropas finalmente cumplieron la orden de Yeltsin de retirarse a los cuarteles.

Cuando Gorbachov volvió a Moscú el día 22, el país era otro. El nuevo hombre fuerte se llamaba Yeltsin. El presidente de la Federación Rusa hacía tiempo que había criticado a Gorbachov por hacer concesiones a los conservadores y había pedido la radicalización y aceleración de la transformación. Además, nunca escondió sus aspiraciones de reemplazarlo. Tras el fracaso del golpe, Yeltsin tomó la iniciativa y suspendió todas las actividades del PCUS en Rusia. Gorbachov amplió el ámbito de aplicación del decreto de Yeltsin a toda la Unión y, adicionalmente, le propuso al Comité Central del PCUS que disolviera el Partido.

Unos días después, el parlamento instaló un gobierno de transición, bajo el liderazgo de Yeltsin. Este último colocó a su gente en las posiciones claves del gobierno y de las instituciones estatales. En la dirección del KGB, cuyo destacamento especial Alfa había servido como punta de lanza militar del golpe, se realizó una purga. Además, las cabezas visibles de la intentona, y una serie de personas implicadas, terminaron en la cárcel, y algunos se suicidaron. Sin embargo, los enemigos de la transformación sólo estaban debilitados, aun muy lejos de haber sido  derrotados.

Por haber salvado al país de una restauración comunista, Yeltsin y su gente ganaron una enorme popularidad. La aprovecharon para impulsar cambios de mayor alcance. En septiembre, la instancia suprema de la Unión, el Congreso de los Diputados Populares, promulgó una ley que preveía reemplazar la estructura centralista del Estado por una Confederación de Estados Independientes, con nuevos órganos supremos. Mientras Gorbachov hacía esfuerzos por conservar la integridad de la Unión, sobre la base de la formula federativa, Yeltsin ya planeaba el próximo paso.

Como respuesta al golpe, varias repúblicas de la Unión habían declarado su independencia. En otras, las élites, desde hacía tiempo, habían reclamado la independencia plena. En muchos lugares habían aparecido movimientos nacionalistas y separatistas. Aprovechando la coyuntura, Yeltsin se lanzó a cortar de una vez el nudo gordiano del controvertido asunto. El 8 de diciembre se reunió de manera clandestina con los presidentes de Bielorrusia y de Ucrania, región esta última donde se había realizado un referéndum en el que un 90% de la población se había pronunciado a favor de la independencia plena. Los tres líderes, que representaban dos terceras partes de los habitantes de la Unión, firmaron un documento que decía que la Unión Soviética dejaba de existir como sujeto de derecho internacional. Pocos días después, una serie de repúblicas de la federación ratificaron la iniciativa. (Ver introducción a la 1ra parte de esta serie.)

La consecuencia fue que Gorbachov, de repente, se quedó como un presidente sin país. No tuvo otra opción que renunciar poco después. En su discurso de despedida criticó la fragmentación de la nación, pero dejó entrever que la consideraba irreversible. Al mismo tiempo, reclamó como logro de su gestión, haber acabado con “el sistema totalitario”.

Sin dudas que la instalación de un parlamentarismo multipartidista, con elecciones libres, constituyó uno de los grandes logros del gobierno de Gorbachov. Otro fue que los ciudadanos empezaran a disfrutar de libertades de información y discusión que antes eran impensables. Pero para muchos, los cambios que se produjeron desde 1985 tenían connotaciones extremadamente negativas porque hicieron que, primero la Unión, y después sus estados sucesores, perdieran todo su peso como actor internacional.

Fueron las “tres disoluciones” las que hicieron desaparecer la estructura en la cual se basaba el poder internacional del llamado Bloque Oriental. La primera fue la disolución de la Unión Soviética y la transformación de sus componentes en estados naciones independientes. La segunda fue la disolución de la alianza militar y de las estructuras castrenses compartidas con los países de Europa del Este (Pacto de Varsovia). Y la tercera era la disolución del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), que constituía la columna vertebral económica de la Unión Soviética y de diez países socialistas más. La desintegración del CAME terminó con la división de trabajo y la cooperación económica internacional del llamado Bloque del Este, lo que provocó la ruptura de las cadenas de valor y la pérdida de lazos comerciales vitales. Como consecuencia, todos los países en cuestión sufrieron una dramática crisis económica y social, que duró varios años.

El «Yeltsinato«

     a) La crisis

Boris Yeltsin ganó las elecciones presidenciales del Estado Federativo de Rusia en 1991, y las de la Rusia independiente en 1996. Renunció el 31 de diciembre de 1999, antes de concluir su mandato. Sus años en el poder fueron un galope extenuante de reformas, cambios, transformaciones y conflictos; de peleas, medidas, maniobras y jugadas. Era una fase marcada por la más severa crisis económica, por conflictos laborales y sociales masivos, y plagada por la anarquía, la anomia y una inseguridad pública generalizada. El número de crímenes violentos, y especialmente de los asesinatos, creció de manera explosiva, para mencionar sólo un indicador. En aquel entonces, los rusos decían que la policía ni servía para protegerse a sí misma, y que cuando alguien tenía que resolver un problema, sólo le quedaba recurrir a los servicios pagados de bandas criminales. En resumidas cuentas, el Estado había perdido la mayor parte de su capacidad de control, gestión y dirección.

Analistas hablaban de una inevitable crisis de transformación, ineludible cuando se reemplaza un sistema por otro. Sin embargo, los pesimistas ya veían síntomas de la disolución definitiva del Estado, y existían indicios que parecían apoyar esta tesis: en la década de los 90 el Producto Interno Bruto se redujo durante seis años consecutivos, resultando una caída acumulada de más que 40%, lo que llevó a la destrucción definitiva de una parte del aparato productivo. Como consecuencia, hasta 30 millones de personas (según estimaciones de la Organización Internacional de Trabajo) quedaron desempleadas y un tercio de las familias cayó por debajo del umbral de pobreza. Desesperación, empobrecimiento y embrutecimiento de las interacciones sociales caracterizaron largos tramos de esa década.

Parte de este cuadro fue que la inflación alcanzó valores récord. En 1992 se registró un aumento de los precios del 2 500 % y en los años siguientes los incrementos se mantuvieron en tres dígitos. La consecuencia de los desequilibrios económicos produjo un desabastecimiento de tal magnitud que el país tuvo que aceptar ayuda alimentaria de países occidentales. Cuando la economía empezó a recuperarse, tímidamente, estalló en 1998 una crisis financiera causada en parte por el descenso del precio del crudo en los mercados internacionales. La situación era tan grave que Rusia tuvo que suspender el servicio de la deuda externa, lo que eliminó el crédito externo como fuente de financiamiento. En suma, los años 90 pasaron a los anales como década caótica, marcada por trastornos, desequilibrios y escaseces.

Yeltsin y su gente creían que la causa principal de la crisis era el enfoque reformista de Gorbachov que, según ellos, no pudo funcionar porque se trató de una transformación a medias, demasiado tímida e inconsecuente. Esa posición la compartieron varios colaboradores de Gorbachov, entre ellos Stanislav Shatalin, el arquitecto de su programa económico.

b) Programa de choque

A principios de 1992, pocas semanas después de la disolución de la Unión Soviética, Yeltsin, a través del primer ministro Yegor Gaidar y de su adjunto Anatoly Chubais, lanzaron un programa económico de choque, para acelerar al máximo la transformación. Una de las medidas claves, en cuya elaboración habían participado asesores norteamericanos, era la promulgación de un decreto a través del cual liberaron 80% de los precios de los bienes de capital y un 90% de los precios de los bienes de consumo, lo que por lo pronto desencadenó un fuerte aumento de la inflación y una ola de bancarrotas.

Al mismo tiempo, Yeltsin y sus colaboradores – varios de ellos auténticos neoliberales – se apresuraron a impulsar la privatización, esperando que los nuevos propietarios iban a respaldar al presidente. En poco más que dos años se llegó a privatizar 70% de las pequeñas empresas y a transformar en sociedades anónimas 80% de las 25 000 empresas de la lista de empresas grandes y medianas privatizables. Se esperaba que así surgiera una capa amplia de propietarios emprendedores, capaces de realizar los ajustes necesarios en la economía y de devolver el país rápidamente a la senda del crecimiento.

No obstante, había un problema de fondo. Si bien una gran parte de los 150 millones de ciudadanos rusos había recibido un bono de privatización por 10 000 rublos, que debían canjear en acciones de empresas, muy pocos lo hicieron. La situación económica de la gente era tan mala que casi todos vendieron sus bonos al próximo acopiador del mercado negro. Muchos de estos últimos trabajaban para gerentes de empresas estatales, que querían apoderarse de “sus” firmas, o para especuladores o bien para una de las muchas redes criminales.

Los dirigentes de la economía estatal tenían la ventaja de poder adquirir 51% de “su” empresa (formalmente junto con sus trabajadores, que resultaron fáciles de embaucar). Otros grupos tenían la ventaja de haber podido aprovechar las liberalizaciones desde 1985 para forrarse de dinero, muchos gracias al auspicio de círculos del PCUS. Los operadores relacionados con el Partido Comunista, y especialmente con los servicios secretos, usaron sus reservas de dinero para adquirir la máxima cantidad posible de títulos de propiedad de lo que fuera, compitiendo, entre otros, con redes criminales. Los nuevos propietarios, en lugar de invertir en sus firmas, sacaron lo que pudieron al extranjero. Por años, 20 000 millones de US$ de capitales privados salieron del país, y una buena parte terminó en algún paraíso financiero.

El proyecto que se había promocionado como amplia y equitativa repartición de los activos del Estado sentó las bases para el surgimiento de una capa de nuevos ricos que se apoderaron, a precios de regalo, de las riquezas del país mientras muchos rusos tenían que vender sus enseres domésticos para poder sobrevivir. En contraste con el discurso oficial, definitivamente no era el pueblo el que se beneficiaba por la privatización, sino grupos con origen en las élites del régimen anterior.

A pesar de muchas resistencias, Yeltsin pudo avanzar con su proyecto, gracias a los poderes extraordinarios que el último parlamento soviético le había concedido en 1991. Sin embargo, estuvo en constante disputa con el órgano representativo de la población. Los actores fuertes del parlamento, mayormente comunistas y ultranacionalistas, querían abortar la transformación y bloquearon todas las medidas que pudieron. Los parlamentarios obligaron a Yeltsin a cambiar a su primer ministro, aunque una iniciativa parlamentaria para derrocar al presidente fracasó en marzo de 1993. Dos órganos del Estado, los dos legitimados por el voto popular, pero con agendas políticas no compatibles, se bloquearon mutuamente.

Para romper el empate, Yeltsin disolvió en septiembre 1993 el parlamento, y este respondió declarándolo destituido. Paso seguido, el gobierno mandó cercar la sede del parlamento, que se había declarado en resistencia, y cortó la electricidad. Grupos informales armados aparecieron para defender el edificio y en muchas partes de la capital estallaron protestas. Las fuerzas armadas se pusieron de parte de Yeltsin, intervinieron con tanques, casi 200 personas murieron y en la tarde del 4 de octubre los sublevados se rindieron. La Casa Blanca, sede del parlamento, resultó parcialmente destruida por los cañones de los tanques.

El gobierno aprovechó su victoria para apresurar la elaboración de una nueva constitución, que la población aprobó en un referéndum en diciembre. La nueva carta magna le restó poder al legislativo y estableció una suerte de autocracia presidencial. Desde aquel entonces, el parlamento ni siquiera puede influir en la formación del gobierno. No es de extrañar, que Putin no tuvo que cambiar nada en la constitución para poder instalar su régimen autocrático.

No obstante, Yeltsin trató de reconciliarse y ponerse de acuerdo con los comunistas y los nacionalistas, con quienes había chocado de manera tan violenta. Declaró una amnistía para los participantes en la sublevación de octubre. Para apaciguar y complacer a sus adversarios Yeltsin sacó de su gobierno a algunos de los principales exponentes del programa de choque, pero en 1995 lanzó la segunda fase de la privatización.

c) La creación de un monstruo

En 1995 se vislumbraba la bancarrota del Estado. El gobierno había acumulado enormes atrasos de pago. Debía dinero a sus empleados por sueldos no pagados, a los pensionistas por el impago de las pensiones, a sus proveedores por facturas vencidas, así como a sus socios comerciales. Aprovechando estos aprietos, un grupo de magnates financieros ofreció a Yeltsin una línea de crédito asegurada por acciones de grandes consorcios estatales de materias primas.

El gobierno aceptó la oferta, a pesar de las condiciones desventajosas para el Estado, y poco tiempo después quedó claro que ni pudo ni tuvo la intención de atender los créditos. Consecuentemente, los acreedores subastaron grandes paquetes de acciones de algunas de las empresas más atractivas del país. Curiosamente resultó que los compradores eran ellos mismos. De esa manera llegaron a apoderarse, a precios irrisorios, de partes importantes del lucrativo sector estatal de materias primas.

Los magnates financieros que se beneficiaron por esta jugada pertenecían a un grupo de banqueros privados que habían crecido enormemente, aprovechando las liberalizaciones en el contexto de la transformación de la economía. Uno de ellos, Boris Berezovsky, se jactó en una entrevista de que él, más seis de sus colegas, habían llegado a controlar la mitad de la economía rusa. Pero los magnates, que a partir de 1994 se solían llamar oligarcas, sólo eran la punta del iceberg. Ellos eran los exponentes más visibles de una nueva capa social de propietarios que no existía cuando Gorbachov llegó al poder en 1985.

No todos los nuevos ricos, con sus tropas auxiliares, habían surgido en el mismo momento y por la misma razón. Los primeros que tuvieron la oportunidad de amasar fortunas eran los operadores del mercado negro, temprano en los años 80. Del círculo de Yuri Andropov, jefe del KGB desde 1967, y durante sus 15 últimos meses hasta su muerte en 1984 Secretario General del PCUS, emanó la idea de usar los operadores de la economía sumergida para llenar las cajas negras que el KGB tenía en el país y en el extranjero. Era una medida de precaución para mantener la operatividad e influencia de la organización, si el PCUS perdía el poder. Conocidos como tsekhoviki, operadores del mercado negro, cumplían además una función económica y social importante, compensando las ineficiencias de la economía planificada y así manteniendo a flote el país. Después de que el KGB le echara el ojo a la parte informal de la economía nadie pudo operar allá sin el encargo, la autorización o la protección del KGB.

Otro grupo era una camada de funcionarios jóvenes con espíritu empresarial, del KOMSOMOL, la organización juvenil del PCUS. Por encargo del KGB, y con su dinero, incursionaron en negocios, también en rubros del comercio exterior reservados para el Estado, que eran tabú para cualquier empresario común y corriente. Inicialmente el surgimiento de este grupo también estuvo relacionado con los preparativos del KGB para los tiempos post soviéticos. Los komsomolzy debían formar parte de una red financiera y de influencia activable, si los comunistas perdían su hegemonía en el país. Sin embargo, los más hábiles lograron emanciparse de sus padrinos y ya no se sentían comprometidos con ellos.

Las empresas de varios de los exfuncionarios del KOMSOMOL registraron un meteórico ascenso cuando, como efecto colateral de las reformas graduales de Gorbachov, cayó en sus manos una máquina de generación de rentas. La ley de cooperativas de 1988 permitió la fundación de institutos financieros no regulados y de empresas comercializadoras privadas. Estos “traders” le compraron, por ejemplo, petróleo al Estado por el precio regulado de un dólar por tonelada para venderlo en el extranjero a precios enormemente mayores. Las transacciones se financiaron usualmente por créditos baratos del Estado, por lo que la entrada en el negocio no dependía de disponer de capital sino de contactos.

Tales oportunidades no solo despertaron la avidez de los jóvenes ex-komsomoltsy sino también de miembros mayores de la nomenclatura comunista, así como de aventureros y criminales que, de repente, se habían convertido en hombres de negocio. Para poder usar la máquina de rentas ellos tenían – igual que los jóvenes empresarios apoyados por el KGB – que disponer de información y conocimientos suficientes y además de los contactos en la administración para conseguir los permisos necesarios, que “costaban” usualmente un porcentaje de los beneficios esperados.

La privatización por bonos, entre 1991 y 1995, generó otro mecanismo más para amasar y aumentar riquezas y atrajo más gente que por lo menos querían agarrar algo del inventario del Estado. Los que ya habían acumulado activos financieros trataron de convertirlos en títulos de propiedad, para asegurar mejor las fortunas recién adquiridas, pero también para multiplicarlas, aprovechando las cotizaciones bajísimas de los activos a privatizar. Así, por ejemplo, Mikhail Khodorkovsky (uno de los ex komsomolzy), a través de su banco Menatep juntó, hasta el final de las subastas de la privatización por bonos en 1995, una mezcla heterogénea de 200 empresas industriales, de los rubros más diversos, sin saber por lo pronto qué debía hacer con su cosecha.

Muy pocos de los nuevos dueños tenían mayor interés en las empresas que compraron. Una excepción era Kakha Bendukidze, que logró juntar los bonos para comprar la empresa industrial Uralmash. En 10 años la desarrolló y la convirtió en una firma de ingeniería próspera e internacionalmente competitiva. Pero casos como este no fueron muy frecuentes en la transformación rusa. La mayor parte de los nuevos propietarios tuvieron como única meta aprovechar sus riquezas recientemente obtenidas para generar más riquezas. Ellos sabían hacer magia financiera, sabían generar ganancias a partir de instrumentos financieros complicados, así como por bonos y acciones. Sobre todo, habían aprendido ganar dinero a través de sus relaciones con el Estado. Los que resultaron exitosos no tenían escrúpulos de recurrir a métodos ilícitos, a la extorsión o a la cruda violencia, para imponerse en la competencia.

El traspaso del inventario estatal tuvo rasgos de una pelea generalizada por el botín. En la medida que la crisis económica se prolongaba ninguna propiedad del Estado estaba segura de los ataques depredadoras. Militares vendieron equipos y armas de todo tipo, funcionarios del Estado robaron las computadoras y vendieron los edificios y vehículos de su institución. Si se trataba de activos valiosos, la lucha por el botín fue llevada con gran brutalidad. Sólo en el año 1994 murieron más que 600 empresarios, periodistas y políticos en la guerra por los activos de la nación; algunos  de ellos, victimas de las bandas que competían en el reparto, y que además tenían fama de aterrorizar a la población.

El resultado más llamativo de la transformación y la reestructuración de la economía rusa fue la concentración de riquezas que produjo. No fueron sólo los siete banqueros sobre los que habló Berezovsky, que habían llegado a ser los dueños del país, sino que había surgido un reducido grupo de oligarcas (tal vez 20) que lograron juntar imperios económicos gigantes en menos que una década. También en el oeste existen conglomerados económicos familiares muy poderosos, que se beneficiaron por sus relaciones privilegiadas con el Estado, como los chaebols coreanos y los zaibatsus japoneses. Pero, en ninguna parte la concentración de activos ha sido tan grande, y la contribución al desarrollo económico ha sido tan pequeña como en Rusia. En Corea y Japón, consorcios como Samsung o Mitsubishi habían sido motores de innovación y generadores de bienestar para mucha gente; en Rusia, los oligarcas destacaron, en el mejor de los casos, por el tamaño de sus yates.

La conclusión que sugiere todo lo presentado es que, a pesar de todas las liberalizaciones y privatizaciones, en Rusia no se logró crear una verdadera economía capitalista de mercado. Los mercados solamente pueden funcionar dentro de un marco institucional estatal que los regula, y que vela por el cumplimiento de normas jurídicas. En la Rusia de los años 90 el Estado ni siquiera estuvo en condiciones de garantizar condiciones básicas como los derechos de propiedad y la resolución pacífica de conflictos entre los actores.

Es por eso por lo que los analistas e investigadores inventaron denominaciones peculiares para caracterizar el capitalismo ruso de los años 90. El economista Marshall Irwin Goldman habla de la piratización de la economía -en el sentido de los piratas-; el historiador Jörg Baberowski sostiene que estuvo basada en el robo, otros hablan de un capitalismo piraña, zombi o torcido. En resumidas cuentas, todos coinciden que las reformas de la década de Yeltsin crearon una suerte de monstruo. En su famoso libro sobre los años 90 “Tiempo de segunda mano”, la premio Nobel Svetlana Alexievich cita a un compatriota, que resume la situación de manera sucinta: “En Rusia tenemos una suerte de capitalismo, pero no hay capitalistas. Los oligarcas rusos son sencillamente rateros …”

Sin embargo, también hay autores que consideran inevitables estas distorsiones. Las defienden como enfermedades infantiles, ineludibles del capitalismo ruso o como efecto secundario inevitable de la “acumulación original”, que se superaría pronto. Sin querer incursionar en este debate hay que tener en cuenta que el sistema que surge en los años 90 es un sistema muy peculiar, que no llegó a atender las necesidades de la población, que constituye una hipoteca hasta hoy día y que, sobre todo, produjo en poco tiempo una concentración del poder económico enorme. Esto alentó a algunos oligarcas a mediados de los años 90 intentar de apoderarse del Estado por completo.

d) El monstruo quiere tomar el control

El resultado de las elecciones parlamentarias de diciembre de 1995 fue muy desfavorable para el gobierno de Yeltsin. Los comunistas y los ultranacionalistas ganaron una sólida mayoría en la Duma. Por la crisis económica persistente, por la sangrienta acción militar contra la región musulmana disidente de Chechenia y por el tufo de corrupción de la privatización, Yeltsin había perdido todo el apoyo político y popular. Los indicios apuntaban a una victoria de los comunistas en las elecciones presidenciales en junio de 1996 y ellos no dejaron dudas de que, en caso de ganar, reestatalizarían los sectores estratégicos de la economía y tratarían de revertir la independencia de los estados de la federación

Consecuentemente, los oligarcas que temían perder sus propiedades recién ganadas se unieron a la candidatura a Yeltsin. La había lanzado un grupo reformista dentro del aparato gubernamental, que propagaba la continuación y profundización de las liberalizaciones económicas. Los banqueros y magnates tomaron el control de la campaña electoral y la convirtieron en una cruzada publicitaria tipo norteamericano, solo menos escrupulosa y con más trucos sucios que en EE. UU. Posteriormente algunos participantes en el comité de coordinación de los oligarcas sostuvieron que ellos habían invertido más de 600 millones de dólares en la victoria de Yeltsin. El hecho de que integrantes de su campaña controlaron los medios de comunicación y que dispusieron de una caja de guerra tendencialmente ilimitada, tal vez no habría sido suficiente para ganar. Nunca se callaron las voces que sostuvieron que, además. se tenía que recurrir a la manipulación de los resultados, por lo menos en la segunda vuelta, que Yeltsin ganó con 54,4%. Esto lo afirma, por ejemplo, el ex ministro del interior, Anatoli Kulikov. Sin embargo, el resultado electoral coincidió con las encuestas pre electorales.

En el inicio del nuevo mandato, los reformistas liberales apoyados por Yeltsin y Boris Nemzov (en ese momento el político más popular de Rusia que el presidente había cooptado), trataron de marginalizar a los oligarcas. Pero ellos insistieron en cobrar la recompensa por su apoyo en las elecciones. En 1997 lograron bloquear definitivamente las iniciativas de los liberales para sincerar la economía. Además, consiguieron que Yeltsin reemplazara a varios liberales en puestos claves de su gabinete por un grupo de oligarcas liderado por Berezovsky y Grusinsky. Había sido gracias a ellos que el gobierno prácticamente no hizo nada contra una serie de desequilibrios económicos – especialmente un inmenso déficit presupuestario – que tarde o temprano tenían que provocar un crash.

Rusia había mantenido durante años un déficit presupuestario de 8 a 9%, causado mayormente por el subsidios a las empresas (que ascendió a 16,3% del PIB en 1998 !). El déficit se cubría con bonos del Estado de corto plazo, que tuvieron un rendimiento real (¡!) de entre 100% hasta 150% por año, costando al Estado 4% del PIB, sólo en intereses. Los oligarcas no veían ninguna necesidad de parar o abolir este mecanismo maravilloso de enriquecimiento.

Por presión del Fondo Monetario Internacional se abrió el mercado de bonos también para inversionistas internacionales. A pesar de los desequilibrios económicos evidentes, y a pesar de la ausencia de crecimiento económico, después de la reelección de Yeltsin, Rusia fue inundada por inversiones extranjeras de cartera, es decir inversiones de carácter especulativo. Se multi­plicaron en poco tiempo para llegar a 10% del PIB, en 1997. La narrativa que acompañó las entradas masivas de capital rezaba que había que hacer “lo que sea” para mantener a Yeltsin en el poder, porque en su defecto habría una recaída al Comunismo.

Durante varios años Rusia fue El Dorado para los que querían ganar rápidamente mucho dinero. Se estima que inversionistas extranjeros llegaron a controlar un tercio de la capitalización bursátil. El país experimentó un auge bursátil sin precedentes. Sin embargo, el capital ruso confiaba menos en la solidez de la economía que los inversionistas extranjeros.

Hacia mediados de 1998 se empezó a sentir los efectos de la crisis financiera en el este y sureste de Asia. En Rusia impacto especialmente la caída del precio del crudo en más que 50%. Eso agudizó aún más los desequilibrios financieros internos que estaban creciendo considerablemente. En agosto ya no había más remedio que o una devaluación masiva o la desatención de los créditos (default). El gobierno hizo las dos cosas. Dejó de atender créditos internos por una magnitud de 70 000 millones de US$ y paró los pagos al extranjero. La bolsa se desplomó, el rublo perdió tres cuartos de su valor, la mitad de los bancos comerciales quebró, y sus clientes perdieron dos terceras partes de sus depósitos.

En lugar de realizar los ajustes necesarios, Yeltsin y su entorno, se limitaron a medidas populistas, poniendo en marcha un carrusel de despidos y nombramientos de ministros, aunque era evidente que urgían medidas para reducir los gastos y aumentar los ingresos considerablemente. Los subsidios para empresas ineficientes, por ejemplo, eran demasiado costosos, pero los defendían poderosos grupos de presión. Y el hecho de que los oligarcas prácticamente no pagaran impuestos causó un escándalo, pero sus representantes en el gobierno bloquearon todos los intentos para gravarlos.

Ya antes de la crisis del 1998 quienes tomaban las decisiones ya no eran Yeltsin y sus ministros sino un grupo de asesores dirigidos por su hija Tatiana, junto con unos oligarcas. El presidente había sufrido varios ataques cardiacos en los años anteriores, padecía de alcoholismo y desapareció frecuentemente por lapsos largos. Mientras que Yeltsin ya no era operativo, el grupo mencionado, que los rusos llamaban “la familia”, manejó el gobierno. Su mayor preocupación era prepararse para la retirada de Yeltsin y asegurar la impunidad de los integrantes de su grupo clientelar ramificado. Una serie de sus integrantes ya sentían la presión de la fiscalía, que había abierto expedientes por corrupción. Todo dependía entonces de encontrar un sucesor de Yeltsin, capaz y dispuesto de garantizar la seguridad personal y las propiedades del círculo en el poder.

El conservador Primakov, primer ministro por ocho meses, no quiso impedir que la fiscalía siguiera hurgando en el entorno del presidente. Fue reemplazado por Serguei Stepachin, por cinco meses. A él tampoco le pareció suficientemente confiable para encomendarle la retaguardia en el momento de la salida de Yeltsin y su grupo. Más prometedor resultó ser una persona poco conocida, que fue nombrado sucesor de Stepachin. Se trataba de Vladimir Putin, que había discretamente ascendido hasta la dirección del FSB; Servicio Secreto Ruso, sustituto del KGB.

Continuará

A 30 años de la desaparición de la Unión Soviética (Segunda Parte)

Marzo 2, 1953.- Iósef Dzhughashvili, más conocido en todo el mundo bajo el seudónimo de Stalin (hecho de acero, en ruso) es encontrado por sus ayudantes sobre la alfombra de su apartamento en Moscú. Ese suceso, inicialmente no se divulga, y se convierte en noticia mundial sólo tres días después, cuando se confirma e informa oficialmente de su muerte; al parecer provocada por un derrame cerebral, que puso fin a una vida de 75 años y de los cuales unos 30 desde una posición de poder absoluto, al frente de los destinos de la Unión Soviética.

Culminaba una etapa de construcción de un modelo particular de sociedad en esa gigantesca nación euro-asiática que, sin dudas, alcanzaría durante el siglo XX la condición de segunda potencia militar mundial, ganaría una gran guerra, y tendría enorme influencia política en todo el planeta. Pero que, con el paso del tiempo, también dejaría grandes insatisfacciones y críticas, en particular en lo relativo a su tratamiento de lo que en Occidente se consideran los derechos humanos fundamentales. Fue un paradigma de Socialismo que durante más de medio siglo inspiraría a muchos grupos políticos y gobiernos de algunas naciones en varios continentes, aunque en la práctica no alcanzaría muchos éxitos socio-económicos con un carácter suficientemente permanente. Al final, el “modelo” dejaría de ser un “ejemplo” y sería abandonado, tanto por sus creadores como por la casi totalidad de los que fueron sus seguidores. La China posterior a Mao Tse-Tung es ejemplo de los principales y primeros países que renunciaron el Modelo Stalinista de Socialismo.

Khrushchev y el inicio de la Desestanilización de la Sociedad Soviética

Una vez muerto Stalin, la “nomenklatura “soviética, representada por el Comité Central del Partido Comunista de esa nación, debía designar un sustituto. Y esa tarea, no sin la habitual y casi normal lucha interna recayó en la figura de Nikita S. Khrushchev

Khrushchev, ruso nacido en una humilde familia en un pequeño pueblo en la frontera ruso-ucraniana, había llegado a ser destacado colaborador de Stalin desde los años 30 del pasado siglo XX y durante toda la Segunda Guerra Mundial, habiendo alcanzado el rango militar de general. Aún en tiempos de la Guerra fue nombrado por Stalin como gobernador y jefe del Partido en la República Socialista Soviética de Ucrania, y estos cargos los ejerció entre 1938 y 1949. Pero Khrushchev, una vez designado sucesor, se convirtió en el principal líder del movimiento de denuncia y crítica al desempeño y ejecutoria de Stalin, su difunto jefe.  

Así, el inicio “oficial” de la Desestalinización, como se le designó a ese proceso, arrancó casi tres años después de muerto Stalin, con un discurso pronunciado por Khrushchev en una noche de febrero de 1956 ante el XX Congreso del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) y que fue clasificado (y conocido como el discurso secreto) 1 y titulado “Acerca del culto a la Personalidad y sus consecuencias”. Ese alto encuentro del Partido, a diferencia de los anteriores, fue totalmente cerrado y sin invitados extranjeros. El informe, no obstante su carácter altamente secreto, se vendió y filtró, y fue dado a conocer en Occidente casi inmediatamente. No obstante esto, tendrían que pasar más de treinta años del fallecimiento de Stalin para que en la Unión Soviética se publicara íntegramente su contenido, lo cual se realizó sólo en 1988; al final de la época de Gorbachev, es decir, poco tiempo antes de la desaparición de esa nación.

El documento se centraba en una crítica al culto a la personalidad y a los rasgos dictatoriales de Stalin, que le llevó a realizar deportaciones masivas, represiones políticas contra “camaradas” e inclusive al asesinato de muchos de ellos. Y se señalaban también las insuficiencias y defectos de orden militar atribuidos al fallecido dictador en sus años como comandante en jefe de la Unión Soviética, durante la guerra, así como su suspicacia y desconfianza extrema y enfermiza, que pusieron en peligro la estabilidad del Estado en más de una ocasión.

El discurso constituía un ataque directo al desempeño personal del viejo tirano, pero no cuestionaba, en su esencia, el sistema que Stalin había creado en la URSS. No mencionaba su centralizada política económica, ni la rigidez de la planificación central de corte militar en la vida civil, o los excesos de la colectivización, ni la inflexibilidad de los medios culturales, las restricciones a la libertades individuales, la inexistencia de una prensa independiente, las limitadas reglas de movilidad, etc. Es decir, el informe era un ataque a Stalin, pero no al Sistema Stalinista. Éste siguió imperando en la URSS, y en otras naciones, si bien con modificaciones y ajustes, en cuanto a holgura y tolerancia.

Así, durante la época de Khrushchev, a finales de los años 50 y en los 60, se hicieron algunos cambios de corte político al modelo anterior, que condujeron a una sociedad menos represiva; comenzando con el cierre gradual de los campos de concentración soviéticos – conocidos como “gulags”- ; y se abrieron espacios a las artes y la literatura, al turismo internacional y  se reemplazó el viejo concepto marxista de la URSS como “dictadura del proletariado” por el de “Estado de todo el pueblo”.  Pero todo esto no llegó a alcanzar una verdadera renovación de lo que era el esquema del viejo Sistema Socialista impulsado hasta ese momento. Resulta obvio que, bajo tales circunstancias, no se produjeran cambios significativos en las estructuras y formas de funcionamiento de la sociedad soviética; las cuales siguieron siendo bastante rígidas y poco dinámicas. El “fantasma” del Stalinismo, y el viejo estilo imperial, seguían rondando en la mayoría de los rincones de la nación soviética y tenían gran influencia en otras, que continuaban con ese particular modelo de Socialismo.

Khrushchev -a diferencia de Stalin que abogaba por un proceso de industrialización acelerado y en particular de la industria pesada – trató de orientar al país hacia el rescate y desarrollo de la agricultura; la cual había quedado seriamente afectada por el colectivismo obligado y brutal de Stalin durante décadas. Pero esa transformación no se logró. La pasión de Nikita por el maíz lo llevó a impartir orientaciones erróneas de siembra de ese cereal, en lugares y extensiones que no se justificaban.  En general, su política agraria fue fatal.

A inicios de los años 60, la combinación de errores de política y una fuerte sequía produjo una escasez de alimentos en la Unión Soviética, y  Khrushchev se resistía a importar cereales de Occidente. Esto creó un gran descontento y rebeliones en algunas regiones, las cuales fueron brutalmente reprimidas, una vez más, por las fuerzas armadas soviéticas.

Los levantamientos conllevaron algunas decenas de muertos y heridos, y varios ejecutados. Esa situación afectó aun más el prestigio de Khrushchev. Pero tales sucesos, que fueron silenciados por la prensa soviética de aquellos momentos, se vieron contradictoriamente opacados por el gran éxito internacional de la Unión Soviética en el año 1961, al colocar al primer ser humano en el espacio exterior. Es decir, los soviéticos volaban al cosmos, mientras que en las calles de Moscú se mantenían largas filas en los establecimientos, para comprar alimentos y bienes de primera necesidad.

Entre los éxitos del gobierno de Khrushchev, ciertamente, estuvo la reorientación del potencial militar soviético convencional hacia la esfera espacial, lo cual colocó al país en una posición estratégicamente ventajosa frente a su principal rival de la “Guerra Fría”: los EUA, así como también logró un acercamiento político con la nación norteamericana, que se concretaría en visitas entre los líderes de ambos países.

No obstante esos aciertos, y el aparente clima de distención, el panorama político mundial de inicios de los años 60 era lo suficientemente complejo como para que, en octubre de 1962, el mundo se viera abocado a un serio peligro de conflagración y de destrucción nuclear.  En ese momento, y por circunstancias históricas, se enfrentó el poderío militar norteamericano al soviético en un punto situado en un archipiélago del Caribe: Cuba, a miles de kilómetros de la Unión Soviética, pero demasiado cerca de los EUA.

En esencia, la cuestión radicaba en el riesgo consumado de más de 40 cohetes soviéticos de alcance medio, equipados con ojivas nucleares, y apuntando desde 24 plataformas de lanzamiento hacia territorio de EUA, estaban colocados en el suelo de una pequeña nación, en plena efervescencia revolucionaria en ese momento, y que se había declarado Socialista hacía algo más de un año. Y todo esto a sólo 120 km. de las costas norteamericanas.

Nunca la Humanidad estuvo tan cerca de una catástrofe nuclear como en aquellos días de finales de octubre de 1962 cuando las fuerzas armadas norteamericanas estaban en alerta máxima, esperando la orden de bombardear e invadir Cuba. Ante la inminencia de un ataque, que sin dudas hubiera desencadenado un conflicto nuclear, Khrushchev reconsideró la situación, envió un mensaje secreto al Presidente Kennedy y, a espaldas de la dirigencia cubana, logró el compromiso de EUA de no invadir Cuba y también de retirar los cohetes norteamericanos instalados en bases norteamericanas en Turquía, apuntando hacia objetivos en la Unión Soviética, a cambio de la retirada inmediata de los cohetes soviéticos en Cuba.

Esa situación fue un gran alivio para el mundo, pero se interpretó posteriormente por algunas fuerzas poderosas dentro de la Unión Soviética como una debilidad de Khruschev y, al parecer, contribuyó a sacarlo del poder. Dos años más tarde, el Presidente del Soviet Supremo (Congreso de la URSS) Leonid Brézhnev, quien había sido colocado allí por Khruschev, ya habría maniobrado lo suficiente dentro el Partido y el Gobierno como para separar a Nikita de sus cargos, lo cual se ejecutó en octubre de 1964, dos años después de la Crisis de los Misiles. Por su parte, el protagonista norteamericano de esta crisis, el Presidente John F. Kennedy, había sido asesinado, en 1963, un año y un mes después de la llamada Crisis de Octubre o Crisis de los Cohetes. ¿Existiría alguna relación entre estos hechos? Nadie lo sabe aún.

La Larga Noche de Brézhnev

Leonid Brézhnev sustituyó a  Khrushchev al frente de la Unión Soviética  y se mantuvo en el poder desde 1964 a 1982. Había nacido en una pequeña aldea de Ucrania, en 1906. Se incorporó al Partido y participó en la Gran Guerra, como comisario político, terminando igualmente con el rango de mayor general. Y se repetiría la historia. Khrushchev había promovido a Brézhnev en el año 1960 al tercer puesto de mayor jerarquía política del país: Presidente del Presídium del Soviet Supremo de la URSS; el parlamento soviético. Pero ya desde los inicios mismos de su posición, y junto a otros integrantes de la alta jefatura, conspiró para sacar a  Khrushchev del poder. Claro está, en este caso no podían hacer lo mismo que hizo Nikita, en relación con Stalin; esperar a su muerte. Era sólo “pasarlo a retiro”.

La etapa de Brézhnev fue menos interesante que la de su antecesor. No dio ningún paso en el proceso de “desestalinización” y el tema Stalin quedó prácticamente sepultado durante su largo mandato. Pero, sin llegar a los extremos de Stalin, también practicó el “culto a la personalidad”, en particular al final de su vida. Se llenó de medallas y logró en su cumpleaños 70 ser ascendido al rango de mariscal de la Unión Soviética, el mayor nivel militar del país. Ya, 10 años antes, al cumplir los 60 había sido declarado “Héroe de la Unión Soviética”. Una demostración más de la vieja imbricación entre poder imperial, ego y militarismo, rasgos característicos de la historia de los dirigentes rusos, hasta el día de hoy.

Es necesario señalar que buena parte de los años de Brézhnev como máximo líder se caracterizaron por el estancamiento económico de la Unión Soviética, en particular durante los setenta. En aquella época circulaba en las calles de Moscú un chiste que decía que la Unión Soviética “Era como un gran tren que se movía sólo hacia los lados, es decir, que se movía, pero que no avanzaba hacia adelante”. Los enormes gastos militares y los compromisos políticos internacionales de la Unión Soviética, en condiciones de no crecimiento de su eficiencia al parecer, desde aquella época, impedían un mayor progreso. Esta situación interna condicionó un acercamiento soviético hacia Occidente y desembocó, en 1975, en lo que constituyó el gran acuerdo de Helsinki, firmado por 35 países, y que mantuvo la paz en medio de la Guerra Fría.

Así, Brézhnev dio continuidad y profundizó la política de distensión iniciada por Khrushchev, y su mayor logro fue la firma del tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares con EUA, así como el aumento del comercio con ese país. Pero, como contraparte a esos avances en política exterior, desarrolló la Doctrina Brézhnev, que afirmaba “el derecho de la Unión Soviética a intervenir militarmente en otros países socialistas, si hubiera una amenaza de desestabilización en uno de ellos”.

Esa fue la doctrina que justificó la intervención militar soviética en Checoslovaquia en 1968, conocida mundialmente como la Primavera de Praga. Así, duranteuna noche de ese año unos 200 mil militares y 2000 tanques de guerra de cuatro naciones miembros del Pacto de Varsovia (equivalente soviético de la OTAN en aquel tiempo); Bulgaria, Polonia, Hungría y la URSS, atravesaron las fronteras de Checoslovaquia y ocuparon esa nación, en verdad sin gran resistencia, aunque con varias decenas de muertos y cientos de heridos por la parte checoslovaca. La “culpa” del nuevo gobierno checoslovaco, que había ascendido al poder hacía poco, fue que iniciaba reformas consideradas demasiado liberales y pro capitalistas, para el gusto del Kremlin de esa época. 

Un segundo gran desacierto de la política exterior de la Unión Soviética en la etapa Brézhnev fue la participación de tropas soviéticas en el conflicto de Afganistán, que tuvo lugar de 1978 a 1992. La intervención de los soviéticos se prolongó durante 10 años; específicamente entre 1979 y 1989 y, finalmente, tuvieron que retirarse con una gran y costosa derrota. Los norteamericanos, al parecer, no aprenderían la lección y posteriormente repetirían el fracaso soviético. De esa lucha contra los ocupantes soviéticos saldría Osama Bin Laden; líder antisoviético, de origen saudí y, en un principio, entrenado y apoyado financieramente por los EUA. A futuro, ese terrorista representaría un costo muchísimo mayor para Norteamérica.

A finales de 1982 la salud de Brézhnev se deterioró rápidamente y murió de un ataque al corazón en noviembre de ese año. Fue sustituido, muy rápidamente, por Yuri Andropov; jefe máximo del muy poderoso Comité Estatal para la Seguridad del Estado, o KGB, como era conocido mundialmente el principal órgano de la inteligencia y la contrainteligencia de la Unión Soviética. Al parecer, en ese momento, esta era la forma más segura que tenía la “Nomenklatura” de mantener el control sobre la gigantesca sociedad soviética. Así, rápidamente muchos de los agentes de la KGB ocuparon puestos claves de la maquinaria gubernamental y partidista soviética del nuevo gobierno.  

La Corta etapa de temor inspirada por Andrópov

Yuri V. Andrópov ocupó los mayores cargos administrativos y políticos al frente del país tras la muerte de Brézhnev, pero tuvo un corto desempeño – de sólo 15 meses- debido a que también falleció en funciones, a los 69 años, por una vieja enfermedad renal.

Andrópov, como sus antecesores, inició su carrera política en las filas del Partido Comunista de la etapa de Stalin. En 1954, ya en época de Khrushchev, forma parte del Servicio Exterior y es nombrado embajador de la URSS en Hungría. Según algunos historiadores, desde ese puesto de embajador, tuvo un papel destacado en la labor de aplastar el levantamiento popular que contra el gobierno pro-soviético de Hungría se produjo en 1956. También se dice que, posteriormente, durante los sucesos de la Primavera de Praga, en Checoslovaquia,  tomó parte en la promoción de la invasión soviética de ese país. Más tarde, en 1979, sería uno de los artífices de la invasión de Afganistán. Igualmente, se le vincula al cuestionamiento de la elección de un Papa polaco; Juan Pablo II, en 1978,  porque podría ser utilizado como ”elemento contra los intereses de la URSS”. Por tanto, no fue pobre su “historial internacional» anterior a su designación al frente del país.

En cuanto a su ejecutoria, en particular, en los asuntos internos de la economía soviética, trató de elevar la estancada eficiencia del país, tanto en el sector industrial como agrícola; lo cual consiguió en determinada medida, a pesar del muy corto tiempo en que estuvo al frente de la nación. Se considera que, aún sin pretender cambiar las bases del funcionamiento de la economía socialista, trató de introducir reformas, lo cual no logró por su breve estancia en el poder y también, posiblemente, debido a un ambiente de temor.

Algunas fuentes atribuyen a Andrópov haber sido el verdadero inspirador de los cambios que más tarde serían conocidos como la perestroika. Dada su enfermedad, sus últimos meses como presidente, los llevó a cabo desde un hospital dentro del Kremlin, no sin antes haber impulsado la promoción de figuras jóvenes dentro de las filas del Partido, entre ellas de Mijaíl S. Gorbachov. Andropov moriría en febrero de 1984.

Chernenko. Un mandato aún más corto

Andropov había recomendado a Mijaíl S. Gorbachov, para sustituirlo. Este último había llegado a ser el segundo hombre en la jerarquía política del país. Pero, al parecer, la “Nomenklatura” soviética, y especialmente los militares, no estaban convencidos de la propuesta de Andropov y, para ir ganando tiempo en lo que se lograba una sustitución más definitiva, a los cuatro días de la muerte de éste último, designó como su sustituto a Konstantin U. Chernenko, de 72 años, y de quien también se sabía que padecía una enfermedad cardio-pulmonar, en fase terminal. Los resultados de Chernenko en el poder, que sólo estuvo un año – de febrero de 1984 a marzo de 1985- como era de esperarse resultaron prácticamente nulos, dada su enfermedad.

El 10 de marzo de 1985 Chernenko falleció, a los 73 años. Al día siguiente de su muerte el Comité Central designó al joven Mijaíl S. Gorbachov, de 54 años, como su sucesor. Como dato curioso se tiene que Chernenko y Gorbachov fueron los únicos líderes soviéticos, después de Lenin, que accedieron al poder sin un rango militar anterior.

Gorbachov. Glasnost, Perestroika y Desaparición

Mijaíl S. Gorbachov, nacido en 1931, acaba de cumplir los 91 años de edad y vive actualmente solitario en una casa en las afueras de Moscú.  Es el último presidente de la desaparecida Unión Soviética. Y esto fue durante el periodo de 1985 a 1991.

Este hombre, procedente de una familia campesina rusa en el norte del Cáucaso, estudió Derecho en la Universidad de Moscú, y terminaba su carrera cuando Khruschev iniciaba el proceso de Desestalinización en la Unión Soviética. Gorbachov, en un principio, siguió un camino político similar al de sus antecesores e hizo una rápida carrera en las filas del Partido. Pero, una vez que alcanzó la más alta posición de la nación, se separó notablemente de todos ellos.

Las circunstancias históricas concretas en que Gorbachov ocupó la dirección de la Unión Soviética determinaba que, en la práctica, “el tren ya casi ni se movía hacia los lados”. La feroz lucha militar silenciosa de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y los EUA – que había comenzado terminando la 2da. Guerra Mundial-  se acrecentó considerablemente con la llegada a la Casa Blanca de Ronald Reagan (1981-1989), quien desplegó una ofensiva militar de muy alta tecnología, denominada Iniciativa de Defensa Estratégica, que en esencia iba a ser un enorme cordón de defensa antimisiles. Este programa sería rebautizado en todo el mundo como “La Guerra de las Galaxias”, en alusión a la famosa cinta de ese nombre.

En verdad, tal proyecto norteamericano nunca llegó a consolidarse. Pero su sola intención hizo que los soviéticos aceleraran, aún más, sus gastos militares, en condiciones de que su economía, ya a la altura de 1987, no resistiría el embate. Esta situación, independientemente de las demás circunstancias, sería un factor más para la desaparición de la Unión Soviética.  Situación interesante en este contexto fue que, en lo personal, Reagan y Gorbachov parece ser que llegaron a tener una relación bastante cercana. ¿Hasta que punto? La historia lo dirá.

No obstante esto último, Gorbachov se apartó de muchas de las características comunes de casi todos los “líderes” que le precedieron. Entre ellas:  Las aspiraciones al “zarismo”; la vocación por la dictadura militar; el ego y las ambiciones personales; etc. Aun hoy, el actual presidente de la Rusia post-soviética, Vladimir Putin, padece de muchas de esas peculiaridades enunciadas.

Desde el inicio de su mandato, en 1985, Gorbachov señaló el estancamiento en que estaba sumida la Unión Soviética desde hacía mucho -cuestión ésta sobre la cual no se hablaba, pero en la que casi todos coincidían- y consideró que una uskoréniye (aceleración, en ruso) podría ser la solución. Al poco tiempo comprendió que esto era insuficiente, y demasiado indefinido, y trató de precisar cómo lograrlo; y señaló que era necesario desarrollar dos “piezas” fundamentales, estrechamente relacionadas, para un cambio profundo y las reformas que consideraba necesarias.

La primera era la glásnost (textualmente en ruso, transparencia) . Es decir, poner en el conocimiento público, y someter a una discusión amplia y abierta, toda la información clasificada, oculta, secreta; que era la casi totalidad. Dentro de esta corriente se insertaba la continuidad, o reinicio, del proceso de desestalinización, que nunca había concluido. Era abrir una puerta a la libertad y a la eliminación del miedo a la persecución por expresar criterios diferentes a la política oficial, como había sido siempre, hasta ese momento.   

La segunda pieza era proceder a una perestroika (en ruso, reconstrucción). Esto era, llevar a cabo una recomposición de las estructuras económicas de la sociedad soviética, se decía que sin abandonar el propósito de mantener una sociedad socialista. Esto suponía el paso a un modelo económico que se apartaba de la tradicional concepción de la planificación y distribución centralizada de los recursos y que se movía hacia una economía de mercado y con mayor participación del sector privado; así como todos los cambios jurídicos, organizativos y funcionales necesarios para su implementación. Era, como propósito, lograr otra forma de Socialismo diferente a la soviética. Y la vida demostró que esto ya no era posible.

Epílogo: El Gran Final

Ambos procesos de reformas se iniciaron en un medio que resultaba muy complejo y hostil a los propósitos de Gorbachov, entre otras, por varias razones principales y directas:

1) La oposición de muy poderosas fuerzas políticas tradicionales, muchas de ellas pro-stalinistas.

2) La falta de apoyo y, más aún, la hostilidad del fuerte sector militar de la “nomenklatura”, al cual no pertenecía Gorbachov.

3) La crisis económica que había conducido a todo el país a una gran escasez de productos básicos de consumo y a largas filas en los establecimientos comerciales.

4) Las grandes debilidades estructurales y funcionales del gigantesco aparato administrativo del estado soviético.

Pero existían, a mi juicio, otros dos gigantescos obstáculos, consolidados como resultado de toda la historia soviética anterior, y ellos por si solos eran suficientes como para echar por tierra cualquier proyecto de verdadera reforma de esa sociedad. El primero, el viejo gran problema no resuelto y llamado en toda la literatura soviética anterior como “El problema de las Nacionalidades”. El segundo, la gigantesca maquinaria de corrupción instalada a todos los niveles del centralizado aparato de dirección soviético y que alcanzó, y sigue alcanzando, todas las formas del crimen organizado y de la “mafia”.

El “Problema de las Nacionalidades” continua siendo un tema muy complejo del panorama etnográfico y socio-político de toda la historia del Imperio Ruso, y sobre el cual hay mucha literatura. Baste señalarse que, para el año 1970, existía en la URSS una población de aproximadamente 260 millones de personas, agrupada en 104 etnias diferentes; 2) algunas con territorios administrativos propios y otras no; organizadas en 15 repúblicas federadas y en otras autónomas, y donde convivían eslavos, turcos, y otros muchos pueblos. Es de suponerse los conflictos, de todo tipo, que se generarían al “removerse” las estructuras administrativas y políticas en que descansaba esa grande y muy diversa sociedad.

El problema de la Corrupción es también cuestión de gran envergadura. Especialistas 3) consideran que los orígenes del crimen organizado en el Imperio ruso se remontan a la época zarista, en el siglo XIX, como parte de las insuficiencias del modelo centralizado del Imperio en esa época. La corrupción en tiempos anteriores a la Revolución de 1917, con todas sus escaseces, exacerbó la delincuencia, pero se diferencia de la Corrupción estatal soviética que se constituyó más a partir de las élites en el poder. Hubo un “gran pacto” entre el Crimen Organizado y el Estado. La “bratvá” (Mafia rusa) en los años 90 del pasado siglo ya estaba totalmente estructurada. Con la desaparición de la URSS se consolidó, extendió y globalizó, convertida ya ahora en una gran fuerza incontrolable del Capitalismo Mundial.

En resumen, es difícil pensar que la desaparición de la Unión Soviética se pueda explicar sólo a partir de la ejecutoría de un hombre, por muy inteligente o perverso que fuera. Es posible que sin la presencia de Gorbachov se hubiera extendido un poco más la existencia de la URSS; pero, aunque esto no se hiciera evidente, las condiciones internas para una gran implosión estaban dadas. Y esta ocurrió a partir de un golpe de Estado, encabezado por militares y militantes soviéticos. Sin descartar la acción de los enemigos externos en naciones occidentales, lo cierto es que buena parte de las bases de la destrucción de ese estado federado se habían ido “construyendo” desde adentro, durante décadas, principalmente por las propias fuerzas que dirigían el país. Pero han pasado 30 años y la historia siguió su curso, hasta hoy.

 El lobo puede mudar de piel, pero no de naturaleza
Proverbio ruso

(CONTINUARÁ)

1)  Se puede leer el Informe Secreto íntegramente en:  https://www.marxists.org/espanol/khrushchev/1956/febrero25.htm

2)  Serbin, Andrés, https://www.academia.edu/69282893/Lenin Gorbachov  y la eclosión de las nacionalidades en la  URSS

3)  Galeotti, Mark,  La ley del crimen. 2019; Editorial RBA. Venta: AmazonFnac y Casa del Libro

A 30 años de la desaparición de la Unión Soviética (Primera Parte)

Es 8 de diciembre de 1991. Timbra el teléfono del despacho del presidente de la Unión Soviética, Mijaíl S. Gorbachov. Entra una llamada muy especial. Es Stanislav Shushkiévich, presidente en funciones de la República Socialista Soviética de Bielorusia, para comunicarle al Presidente de la URSS que él, junto con los hasta entonces camaradas Boris Yeltsin y Leonid Kravchuk, presidentes respectivamente de las repúblicas socialistas de Rusia y de Ucrania, acababan de firmar un acuerdo mediante el cual se ponía punto final a una situación que se venía anticipando desde meses antes : La disolución de la URSS y el fin del viejo Tratado de Creación de esa nación, rubricado también en diciembre, pero de 1922.

Era la culminación del proceso iniciado en 1985, y que ya entre agosto e inicios de diciembre de 1991 había provocado que una decena de repúblicas soviéticas hubiesen declarado su intención de separarse de la Unión.

Sin un disparo. Sólo con ese documento, terminaban 70 años de historia de la Unión Soviética, y con ello de la interdependencia entre sus 15 repúblicas socialistas. Se esfumaba la Guerra Fría entre EUA y la URSS y era el fin del liderazgo de la nación insignia del bloque socialista, integrado además por otras nueve repúblicas no soviéticas, pero todas declaradas socialistas, ubicadas en Europa, en Asía, y hasta una en América Latina. Se apagaba la antorcha que había guiado, durante gran parte del siglo XX, a movimientos y partidos de izquierda en todo el mundo. El 25 de diciembre de 1991, Gorbachov -hoy con 90 años- anunciaba la renuncia a todos sus cargos. Minutos después se arriaba en el Kremlin la bandera roja con la hoz y el martillo, que había ondeado durante siete décadas, y se izaba la enseña tricolor de la Federación Rusa. Surgía así un nuevo orden planetario.

En 1919, el gran periodista norteamericano John Reed, en un libro notable, había acuñado la frase “Diez Días que Estremecieron al Mundo”, para referirse a la Revolución Rusa, que había ocurrido en el año 1917 – esa si de manera muy sangrienta- y que había dado lugar al nacimiento del Poder Soviético. Una vez más, pero en los últimos días de 1991, se “estremecería el mundo” al ocurrir el insospechado derrumbe, esta vez pacífico, de las estructuras político-militares y económicas del Estado que, hasta ese momento, había sido la segunda potencia mundial del siglo XX, y el principal enemigo de los Estados Unidos, una vez derrotado el nazi-fascismo durante la Segunda Guerra Mundial.

Las causas de la existencia, y también de la desaparición, del Poder Soviético han tenido múltiples y contrapuestas interpretaciones durante todo este tiempo y, en todas partes y para todas las escalas del pensamiento, y han existido infinidad de reacciones; la mayoría de ellas emocionales y subjetivas; algunas a favor, otras en contra, y relativamente pocas explicaciones suficientemente objetivas.

Han transcurrido 30 años de estos acontecimientos y puede que ya sea tiempo suficiente para procurar verlos en la distancia y tratar de realizar un breve recuento de lo que, bajo un criterio muy personal, fueron algunos de los principales factores que generaron los orígenes y el desenlace de este proceso. A fin de cuentas, este sería sólo un testimonio más, entre muchos otros, de alguien que tuvo la suerte de ser testigo de algunos de los momentos importantes que transcurrieron durante aquellos últimos 15 años de vida de la Unión Soviética. Ahí va esa visión en las siguientes notas.

Un imperio de 500 años

Sin pretender reconstruir historias acerca de orígenes y evolución de esa forma política que han sido los imperios (ni tampoco entrar a enjuiciar su existencia) baste señalar que algunos imperios, aunque ya no sean tan visibles, simplemente no han desaparecido. Sólo se han transformado, y quizás varias veces, de forma  relativamente silenciosa. En este sentido, a mi juicio, habría que partir de que la figura política y geográfica de Rusia ha sido, es, y será la de un imperio que, hasta ahora, ha durado aproximadamente cinco siglos, bajo distintos ropajes.

Esto es normal. Sólo ha sido así y no es, ni será, el único ni el más extenso imperio. Así, por ejemplo, historiadores consideran que el Chino existió durante más de dos mil años y que concluyó en 1912, con el nacimiento de la primera república china…..¿Será cierto que habrá terminado ???.  Al Romano se le atribuye un período similar al ruso y algunos expertos hasta piensan que, por muchas razones, su continuidad y transformación tomó cuerpo en lo que hoy es el Estado del Vaticano. Otros existieron y desaparecieron en sus raíces; El griego, duró unos mil años, mientras que el Napoleónico sólo quince, y el Otomano o Turco se extendió desde el 1299 hasta el 1922. Pero bueno, esas son otras historias. 

Rusia ha sido y es un importante centro etnográfico, político, cultural y económico mundial, y sus extensos dominios imperiales, que se configuraron hace siglos, se han preservado, aunque han ido cambiando. La época del llamado Zarato, que comenzó en 1547 con el primero que tomó ese título, el Zar Iván el Terrible, terminó en 1721; luego vino la Era de los Romanov, que se montó sobre la anterior, y se prolongó 300 años, desde 1613 hasta 1917; y posteriormente, durante el siglo XX, la Era Soviética, que sólo duró 70 años. Todas esas etapas se puede considerar que forman parte de la evolución histórica del Imperio Ruso. Fueron, sin dudas, momentos importantes que dejaron cada uno su marca en la sociedad rusa, y que conformaron, en su esencia, la cultura, idiosincrasia y las comprensiones sociales propias, y más profundas, de los valerosos pueblos que constituyeron el Imperio.  

Así, una vez desmontadas las estructuras propias de la sociedad socialista soviética, la actual Federación de Rusia adoptó una nueva Constitución, en diciembre de 1993, siguiendo el patrón soviético. Se reiteró la existencia de un país dominado desde un centro y con 83 estructuras federativas, que son: 21 repúblicas, 46 regiones, 9 territorios, 1 región autónoma, 4 distritos autónomos y 2 ciudades de categoría federal, que son Moscú y San Petersburgo.*  Rusia es el Estado más extenso del mundo -con la novena parte de la superficie firme del planeta- aunque sólo cuenta con 145 millones de habitantes.

La nueva Constitución declara a Rusia “como Estado Democrático, que da prioridad a los derechos humanos, a las libertades, a la separación de poderes, al pluralismo ideológico, a la economía de libre mercado, etc. ” Pero …. la actual administración del Presidente Vladimir Putin (ex coronel de la KGB, y en el poder en  Rusia desde 1999, con pretensiones hasta el 2036) acuñó el término de “democracia soberana” para definir lo que Rusia considera “democrático”. Y esto no siempre coincide con el alcance que se da en el presente a este término en otros países.  Putin podrá ocupar el cargo que desee, pero su figura y sus métodos siguen siendo cercanos a los de un Zar. Y, además, se supone que cuenta con un  muy alto apoyo, al menos dentro del actual pueblo ruso. Como  ha sido habitual con los zares, desde tiempos lejanos.

El militarismo imperial

Todos los imperios han descansado siempre en fuerzas militares considerables. No existe otro modo de existir. En el caso de Rusia esto, históricamente, se aprecia ostensiblemente. Y no es que no se justifique ampliamente esa “vocación” por las armas de esa nación; Rusia ha sido uno de los imperios más amenazados y atacados militarmente por otros grupos humanos, a lo largo de los siglos.

Las primeras agresiones a sus territorios se registraron en fechas tan remotas como 1223, cuando el imperio mongol entró y ocupó la zona de Kiev, lo cual influyó en el surgimiento del Principado de Moscú. Ha habido infinidad de enfrentamientos locales y, en tiempos más recientes, la invasión de Rusia por las tropas napoleónicas a inicios del siglo XIX, y su estrepitosa derrota, la cual representó el inicio del fin del Imperio Francés. Pero no han sido sólo invasiones del territorio ruso por fuerzas extranjeras. También los rusos han ejercido la fuerza militar contra otros estados; como la invasión a la Manchuria china, a finales del siglo XIX, por poner sólo un ejemplo.

Pero los hechos militares más recientes se registraron a lo largo del pasado siglo XX. En primer lugar, con la participación de Rusia en la 1ª. Guerra Mundial, entre 1914 y 1917, y que fue el mayor y último error de un Romanov ; el Zar Nicolás II. En esa guerra, Rusia fue aliada del Reino Unido y de Francia, contra Alemania y Austria, y esto condujo al agotamiento de los recursos del imperio ruso, y a la muerte de un estimado de entre 775 mil y 1,3 millones de rusos, así como a la caída de los imperios alemán, austro-húngaro, otomano, y del propio imperio ruso de esa época, y a la muerte del Zar y de su familia. Tales acontecimientos precipitaron la Revolución de Octubre de 1917 y el derrocamiento del régimen por las propias fuerzas armadas rusas. Muchos soldados y marinos abrazaron las nuevas banderas del movimiento revolucionario comunista en esa nación. Una parte de los militares se mantuvieron fieles al Zarismo; los llamados “rusos blancos”. Los otros formaron lo que posteriormente sería el “Ejercito Rojo”. Se libraron fuertes combates entre ambas fuerzas, reforzada por ejércitos de muchas otras naciones de Occidente, que trataron de derrocar, sin éxito, el Orden Soviético.

La última gran confrontación militar de Rusia en el siglo XX fue su enfrentamiento con la Alemania Nazi, que comenzó en 1939. Primero con la resistencia a la invasión hitleriana, que llegó a las puertas de Moscú, y luego con la contraofensiva soviética, que culminó en 1945 con la toma de Berlín por los soviéticos y la consolidación de la URSS como segunda potencia militar mundial. El costo en vidas de esa contienda para la Unión Soviética se calcula en 26,6. millones de personas, entre militares y civiles; casi un 14% de la población total del país en ese momento. El fin de esa guerra, en otro orden, significó el inicio de la llamada Guerra Fría entre la URSS y EUA, que especialmente se desplegó en las esferas nuclear y espacial, y se prolongó hasta el final del Socialismo en esa nación y en el resto de Europa y de Asia.

Así, el triunfo del Socialismo en la última etapa anterior en Rusia estuvo indisolublemente ligado al triunfo militar y a la presencia de las fuerzas armadas en los extensos territorios del vasto Imperio Ruso, donde confluyen diversas culturas y tradiciones asiáticas, y no sólo europeas. Por supuesto,  esto no tenía mucha relación con los patrones de democracia occidental que se desarrollaron durante los últimos siglos en esa parte del mundo.

La consolidación del Socialismo bajo Stalin

Fueron tres los principales líderes que participaron en la construcción de la nueva visión de Rusia, luego de la Revolución de 1917: Lenin, Trotsky y Stalin. Y, aunque es posible que los tres coincidieran en lo qué debía “ser destruido” del Zarismo, no necesariamente convergieron en lo que se suponía que “se debía construir,” ni cómo. Cada uno de ellos tenía una perspectiva un tanto diferente, si bien todos, al menos en teoría, se agrupaban bajo las ideas de Marx y Engels, generadas durante la segunda mitad del siglo anterior.

En 1919 terminaron los enfrentamientos entre los ejércitos blanco y rojo, con la victoria de éste último, encabezado por Trotsky, ministro de guerra bolchevique. Y, aunque Lenin era originalmente la figura política central del grupo, Trotsky estaba muy cerca y Stalin un poco más lejos, por haber sido el de última incorporación a la lucha. Pero esto no importó. Stalin se adelantó en la carrera por el poder, inclusive haciendo uso de trampas y engaños. Para su suerte, Lenin enfermó gravemente y murió en 1924. Entonces, la disputa por el poder se centró entre Trotsky y Stalin quienes, a diferencia de Lenin que era fundamentalmente político y teórico, ellos tenían mayor inclinación hacia el orden y el estilo militar. Trotsky había llegado a alcanzar rango de general y Stalin el de mariscal.

Es posible que, de no haber muerto Lenin prematuramente, el Socialismo en la Unión Soviética hubiese llegado a adquirir un rostro mucho más humano y civil.  Ya en 1921, Lenin había comprendido que la vía al Socialismo no podía ser la implantación de un régimen  de propiedad estatal absoluta en el país. Así, propuso la NEP (Nueva Política Económica) que era un enfoque que combinaba disposiciones estatales con métodos de economía capitalista o de mercado; algo así a lo que hoy sería conocido como una “economía mixta”. Ese modelo tuvo muchos detractores entre los “comunistas ortodoxos”, pero dio resultados en términos del incremento de la producción, en casi todos los sectores.

La NEP existió mientras Lenin vivió. Pero, una vez fallecido éste e instalado Stalin en el poder, ya en 1927 se comienza a desmontar la NEP y a sustituirla por planes estatales quinquenales. Termina desapareciendo en 1929 con la colectivización continua y total y un régimen eminentemente militarizado, justificado por la necesidad de la “preparación para la siguiente guerra”.

A fin de cuentas: ¿Cuál fue el saldo para el pueblo soviético de la tres décadas de Socialismo bajo Stalin en la Unión Soviética? Se puede afirmar que, a pesar de todo, hubo un avance cuantitativo notable en indicadores importantes del nivel de vida de la población, al compararlo con la última etapa del Imperio de los Romanov. Esto se sintetiza al examinar la evolución del índice de esperanza de vida al nacer en los EUA y en Rusia, durante la primera mitad del siglo XX. Así, según la obra clásica de Angus Maddison, ** mientras que en el año 1900 los EUA tenían un índice promedio de 47 años de esperanza de vida al nacer, en Rusia en ese mismo año, era de sólo 32 años.  Medio siglo después, en 1950, en los EUA ese indicador había alcanzado los 68 años y Rusia ya se había aproximado hasta los 65 años, a pesar de la muy convulsa época que representó esos cincuenta años, en la que transcurrieron las dos grandes guerras mundiales en la cuales Rusia tuvo un papel protagónico y directo.

Al parecer, el problema mayor del desempeño del Socialismo durante la larga etapa en que estuvo regido por Stalin, tanto en la Unión Soviética como en las naciones en que se implantó, estuvo principalmente relacionado con aspectos o factores cualitativos, en particular vinculados a la calidad de vida individual. Entre ellos: La falta de libertades personales, de acceso independiente a la información, del derecho de los ciudadanos a viajar y moverse libremente, la ausencia de un orden legal de seguridad personal y familiar frente a las arbitrariedades de la autoridad militar, el derecho a disentir, las aspiraciones intelectuales individuales, la falta de posibilidades de elegir, etc.  Y, aunque suene contradictorio, quizás en buena medida esas fueron una buena parte de las limitaciones y restricciones que había sufrido el pueblo ruso durante siglos, en las etapas anteriores a la Revolución de 1917.

En mi opinión, la gran diferencia con etapas anteriores estuvo dada por la gran contradicción que se generó al interior del Socialismo, en su variante Stalinista, y que fue que durante décadas se formó un pueblo con una alta e indiscutible educación, cultura, preparación física, científica y tecnológica, con capacidad de pensar por si mismo, y que ya no se podía conformar sólo con más Pan y Circo – para referirnos al nivel de satisfacción elemental y cuantitativo de las necesidades personales y sociales – que le ofrecía el Estado Soviético en ese momento. No era una cuestión cuantitativa sino cualitativa.

Esto se puso de manifiesto, principalmente, a partir de la mitad del siglo XX, cuando ya habían terminado las enormes limitaciones materiales y de vida provocadas por la guerra y estaba a la vista, aunque se tratara de ocultar para el pueblo soviético, un mundo capitalista occidental que ostentaba un gran dinamismo, potencialidad, y diversidad tecnológica y de consumo, tal como fue el desarrollo de la post guerra, incluido el de Japón y Alemania Occidental, los principales “perdedores” de la Gran Guerra. Era claro que la sociedad diseñada por Stalin, durante treinta años, no estaba preparada para enfrentar ese reto.

Las evidencias indican que para ese momento, mediados de los años cincuenta, millones de soviéticos (y de ciudadanos de los entonces países socialistas, así como comunistas de todo el mundo) seguían y amaban a Stalin – el vencedor de la 2da. Guerra Mundial y del “Capitalismo”- aunque también millones lo odiaban.  Pero, es igualmente cierto que casi todos le temían. Se había instalado en la Unión Soviética un silencioso régimen de Terror, en especial en torno a los más de 400 “campos y colonias de trabajo correccional”, conocidos como gulags, que eran verdaderos campos de concentración, en los cuales, para el año de 1953 – según archivos soviéticos desclasificados – había más de 1,7 millones de prisioneros. Aún hoy se conoce la ubicación exacta de esos campos.

Para ese momento, dos años antes de su muerte, Stalin ciertamente había impulsado la industrialización de la Unión Soviética y obtenido notables logros, en particular en el terreno militar, pero hay que reconocer también que había acumulado en sus manos un poder personal autocrático casi absoluto sobre el Imperio Ruso, en su versión soviética. Esto es, en todos los órdenes de la vida social ; en lo político, militar, económico, cultural, científico y tecnológico, y cualquier otro ámbito que se le ocurra. Fue, posiblemente, el “Camarada Zar” como mayor alcance y poder en toda la historia de Rusia. Su gobierno significó 30 de los 70 años que existió la URSS. Y esa etapa fue decisiva para el futuro de esa nación y del proyecto socialista.

Como epílogo de este capítulo de la lucha entre Trotsky y Stalin se tiene que, por su parte, Trotsky siguió una triste historia, una vez terminada la guerra civil. Éste se había manifestado también como partidario de los métodos militares en la organización de la producción y de los trabajadores, aunque nunca logró aplicar sus concepciones, al enfrentarse políticamente a Stalin y perder esa batalla. Trotsky fue destituido como Comisario para la Defensa, luego expulsado del Partido, y finalmente en 1929 desterrado de la Unión Soviética.

Después de un largo camino, Trotsky y su esposa llegaron a México, a partir del asilo que le concedió el presidente Lázaro Cárdenas, por la intermediación de sus amigos Frida Kahlo y Diego Rivera, ambos grandes artistas mexicanos y simpatizantes comunistas. Con posterioridad a un fallido primer atentado, es brutalmente asesinado en 1940, en su casa de Coyoacán, Ciudad México, por un comunista español que seguía órdenes directas de Stalin, quien ya desde antes había matado a buena parte de la familia de Trotsky. Sus restos hoy descansan en una modesta tumba en el patio de esa su propia casa, convertida en interesante museo.

En resumen,  no es de suponerse que Stalin, o aún Trotsky, conociéndose sus historiales y puntos de vista políticos, iban a tomar otro rumbo distinto al de establecer una sociedad militarizada y autocrática que, bajo el nombre de Socialismo, se implantaría en la Unión Soviética. Fue la forma particular en que se dio continuidad al Imperio.

                                                               ( CONTINUARÁ)

* “La estructura política de la Federación Rusa”  C:/Users/52614/Desktop/Rusia_estructura+pol.pdf

** Maddison A, “The World Economy, a Millennial Perspective”; OECD, Paris, 2001; pag. 30

Estado vs. Mercado; Una lectura

La confrontación entre el Estado y el Mercado es la imagen de una vieja lucha que se ha manifestado a lo largo de la historia. Esta contradicción se materializa en términos de múltiples tipos de conflictos entre los representantes del poder político a sus distintos niveles, por un lado, y los grupos económicos y financieros, asociados a la iniciativa privada, por otro. Esa contienda, que nació con el inicio de la producción mercantil y del comercio, se ha desarrollado con especial fuerza a partir del surgimiento del Sistema Capitalista, en la Inglaterra del siglo XVI, y parece no tener fin. Presenta, al mismo tiempo, muchas lecturas e interpretaciones. En estas notas se ofrece uno de esos posibles enfoques.

El entorno general del enfrentamiento

El choque entre los intereses públicos y privados se presenta como una contienda política, con una  expresión jurídica o legal, que arranca desde las constituciones de los Estados hasta las regulaciones en materia del funcionamiento de las leyes mercantiles o laborales. Entre estas últimas se insertan, en un lugar fundamental,  las políticas proteccionistas contra la libertad productiva o comercial. Tales políticas pueden llegar a los extremos de ambas concepciones; y presentar infinidad de posibles combinaciones, que van desde el proteccionismo total por parte del Estado – práctica de los gobiernos absolutistas de las principales potencias europeas coloniales, principalmente entre los siglos XV y XVIII – hasta el liberalismo económico, promovido por los clásicos Adam Smith y David Ricardo, en el naciente capitalismo de la Inglaterra de finales del siglo XVIII  e inicios del XIX.   

Tales conflictos entre el poder político y los intereses privados – representados por el Estado y el Mercado- han tenido diferentes intensidades en el enfrentamiento entre grupos humanos, en muchos lugares y momentos históricos. Esas pugnas han asumido diversas formas; revoluciones, golpes militares, luchas de liberación nacional y por la independencia política, hasta llegar a las guerras; una parte de las cuales han alcanzado la categoría de conflagraciones mundiales. En cada caso, los desenlaces de tales enfrentamientos han estado determinados por la correlación de fuerzas. En la mayoría de las circunstancias, la parte victoriosa en estos encuentros la representan los Estados, que son los que comúnmente cuentan con el mayor potencial político y militar, incluyendo a las fuerzas armadas de las naciones, las cuales se han utilizado, casi siempre, por y en favor de los grupos políticos dominantes en cada lugar y momento.

Detrás de esas pugnas, y bajo cualesquiera circunstancias, ha estado presente casi siempre una batalla entre intereses económicos o comerciales dispares, los cuales se caracterizan por infinidad de atributos o justificaciones políticas o ideológicas, y aún se han presentado bajo el manto de luchas religiosas. Las confrontaciones se exteriorizan como desafíos entre grupos políticos cuando en la realidad, en su inmensa mayoría, han sido batallas entre diferentes posiciones económicas; comerciales o financieras.   

Aunque siempre se menciona la confrontación del Mercado vs. el Estado, en la práctica lo usual son las diferentes formas de ataque del poder público contra los mecanismos del mercado y sus principales representantes, es decir las empresas o la iniciativa privada. En diferentes circunstancias, algunas con motivos justificados y en otras no, el Estado siente y se declara amenazado o agredido por los intereses privados y reacciona ante esto. Las respuestas del Estado pueden ir desde la nacionalización, la confiscación o la estatalización de empresas, hasta un enfrentamiento silencioso y continuado a los intereses de la iniciativa privada, en beneficio de la gestión pública, mediante múltiples medios.

La máxima expresión de tales políticas estatales contra la gestión particular han sido diversos modelos de gobierno que, a lo largo de la historia, han diseñado políticas, mecanismos y prácticas de dirección que declaran y priorizan, con fuerza, los intereses del Estado por encima de empeños individuales o personales. Tales patrones han tenido siempre una justificación ideológica y en ellos los conceptos tradicionales de democracia o de sociedad civil se “ajustan” a los requerimientos y necesidades del funcionamiento de esos paradigmas, tanto desde el punto de vista político como jurídico, y siempre bajo la justificación de la defensa de supuestos “intereses máximos de la patria” y una inspiración transformadora o revolucionaria.

Un elemento común presente en esas formas de gobierno que descansan en el predominio de una visión estatista sobre los mecanismos de mercado es su carácter centralizado, paternalista y populista. Casi todas, por no decir su generalidad, se apoyan en su momento en la presencia de una figura o líder que encarna “las aspiraciones y deseos del pueblo”. Ese lider llega al panorama político y se mantiene, en muchas ocasiones en los tiempos actuales, gracias a la voluntad y al voto popular, y sigue el tipo de liderazgo que Marx Weber denominara “lider de la vertiente del poder” *; es decir, un mandato ejercido por imposición, inspirado en el temor, que llega a ser terror, más o menos masivo. Otro rasgo caracteristico de tal forma de gobierno es lograr, al máximo posible, la división o polarización de un pueblo, nación o país, en torno a la defensa de dos posiciones extremas.Tales figuras han estado – y están- presentes tanto en la llamada Derecha como en la Izquierda, y se dan en todas partes. Sus nombres en la historia son tantos que no vale la pena mencionar a ninguno, en particular.

La experiencia también demuestra que los resultados económicos finales de esos sistemas basados en posiciones de confrontación extrema no lograron pasar la prueba del tiempo; o bien desaparecen, o se transforman hasta un punto en que sus propios “creadores” no serían capaces de reconocerlos. En muchos casos, y aún con diversos elementos criticables o censurables, tanto desde un punto de vista social como económico, las evidencias del devenir histórico muestra que, a la larga, las fuerzas del Mercado han ganado la batalla a una buena parte de las variantes en que se impuso un modelo de predominio absoluto del Estado.

Los antecedentes generales del problema en América Latina

En el caso de la América Latina este conflicto del Estado vs. el Mercado arrastra una parte importante de una historia de cuatro siglos; un pasado colonial dependiente de potencias europeas proteccionistas, esclavistas y centralizadoras. Situación diferente a la de Europa. Los efectos políticos renovadores de la Primera Revolución Industrial no llegaron, en su momento, a tierras latinoamericanas con suficiente fuerza e intensidad.

Es decir, y para expresarlo más claramente, la Modernidad y el Capitalismo arribaron tarde a América Latina. Y, aun así, cuando lo hicieron, especialmente durante los siglos XIX y primera parte del XX -una vez alcanzada la independencia política de los imperios coloniales europeos- llegaron en una versión “mutilada”, adaptada, y montada sobre estructuras políticas rurales, agrarias y atrasadas, que eran las que existían, y que habían sido diseñadas durante la larga etapa colonial, pero que no se ajustaban a los estilos y patrones del funcionamiento de la Modernidad y del Capitalismo contemporáneo. 

Tales formaciones socioeconómicas e institucionales que “recibieron al Capitalismo” en las tierras latinoamericanas no podían ser de otra manera. Se basaban, esencialmente, en formas y estilos de gobierno proteccionistas, centralizadores, estatalistas, de cacicazgos, corruptos y dependientes de las metrópolis. Por supuesto, los primeros esfuerzos de desarrollo del Capitalismo para nada contaban, en ninguna parte de América Latina, con una población autóctona con un mínimo de educación, organización, ni preparación laboral para enfrentar el inicio de la construcción de una sociedad industrial, urbana y moderna. No hubo, como en Europa o en los Estados Unidos, una etapa de transición.

Tales condicionantes iniciales, en mi opinión, con algunos pocos e insuficientes cambios en algunas regiones y puntos geográficos del subcontinente latinoamericano, se han transportado hasta nuestros días. Y esto determina, lamentablemente, el panorama socioeconómico y político del enfrentamiento Mercado vs Estado en grandes porciones del extenso espacio latinoamericano y de su actual contexto.

Al igual que en otras partes del mundo, en la América Latina los años setenta y ochenta del pasado siglo XX trajeron la nueva ola del Neoliberalismo; que no fue más que el viejo Liberalismo remozado. Y fue así que, durante ese período, buena parte de la región sirvió de “polígono de prueba y ensayo” del nuevo Modelo Neoliberal que, con su pretendido halo de Modernidad, trataría de sustituir el viejo orden de predominio del Estado controlador, centralizador y proteccionista, presente antes, durante y después de la etapa colonial en la inmensa mayoría de la región latinoamericana.

Como se podrá suponer, el “montaje” del andamiaje neoliberal, desregulador, mercantil, descontrolado, encima del viejo orden del tejido estatal atrasado de las instituciones latinoamericanas no podía dar otro resultado que un verdadero desastre. Esto se tradujo en más pobreza para la inmensa mayoría de la población y la así llamada por la CEPAL “Década Perdida” de los años 80 para toda América Latina, con la elevación de las ya muy grandes desigualdades en los niveles de ingreso de la población y la consolidación de una enorme deuda y de una corrupción generalizada. Es decir, lejos de mejorar el orden y la relación Estado-Mercado en el caso latinoamericano, este empeoró a finales del siglo XX y durante el inicio del XXI.

En mi opinión, no es sólo que el Modelo Neoliberal haya fracasado en América Latina, como muchas veces se afirma, y que fue así, sino que el estilo de Capitalismo que, en general, se desarrolló en la región a lo largo del siglo XX, no propició la modernización ni las transformaciones estructurales, funcionales y educacionales imprescindibles para garantizar un verdadero proceso de desarrollo; incluyendo aquí, en primer plano, a las instituciones estatales y a las organizaciones y partidos políticos. Un ejemplo de esto en cuanto a deficiencias e insuficiencias en el funcionamiento económico de América Latina durante buena parte del siglo XX, y en prácticamente casi todos los países de la región, fue el llamado modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones, ISI, el cual tenía un fuerte sesgo de programación y dirección económica por parte de los Estados y que poco contribuyó a los propósitos originales del desarrollo. Esa experiencia se produjo a inicios del siglo XX, es decir, mucho antes del “experimento neoliberal”, y se encuentra ampliamente referenciada en documentos de la CEPAL. **  

Resultó entonces que, cuando sobre ese sistema arcaico, insuficiente y deficiente de funcionamiento en lo político, lo económico y lo social se encajaron prácticas desregulatorias y de funcionamiento del mercado, propias de la concepción Neoliberal, se hizo aún más evidente el fracaso no ya sólo del Neoliberalismo, sino de las bases mismas y de las estructuras de la generalidad de las economías latinoamericanas, incluyendo las mayores naciones de la región.

Las respuestas de América Latina a la confrontación Estado-Mercado

Como reacción ante los insuficientes resultados económicos que, en general, se obtuvieron en América Latina durante la mayor parte del siglo XX -y en lo que va del XXI- han proliferado modelos políticos nacionales que, con diferentes nombres y matices, han procurado asentar diversas formas de reforzamiento del poder del Estado Nacional y un determinado rechazo y desconfianza generalizada a la actuación de las fuerzas del Mercado, a las cuales, conjuntamente con el “enemigo externo,” -usualmente los EUA- se les atribuyen el origen de todos los males.

Esas variantes, usualmente, han sido impulsadas por dos posiciones o fuerzas políticas que aparecen como opuestas. Por una parte, las manifestaciones, partidos y movimientos de la llamada Izquierda que, primero desde la oposición, y luego en ocasiones desde el poder, han dado respuestas estatistas a las corrientes de los mercados liberales o neoliberales que se impusieron en buena parte de la región a lo largo de este período. La segunda dirección, totalmente diferente a la anterior, es la que agrupa las fuerzas de la Derecha que, muchas veces vestida de militar y bajo la forma de golpes de estado, se han hecho con el poder y establecido dictaduras también estatistas, pero de carácter castrenses, de mayor o menor intensidad, grado de represión y duración.

En el primer grupo se pueden mencionar, entre otros, las experiencias del Peronismo o Justicialismo en Argentina; de Castro en Cuba; de Allende en Chile; de Lula en Brasil; de Morales en Bolivia; de Ortega en Nicaragua; de Chávez, en Venezuela, y en estos momentos, de López Obrador, en México.

En el segundo grupo se encuentran los propios movimientos, golpes y dictaduras militares que, en su momento, derrocaron a Perón, a Allende, a la sucesión de Lula y Dilma por Bolsonaro, a Morales, y a la sustitución del chavismo original, que llegó al poder por las urnas, por un régimen castrense encabezado actualmente por Maduro.

En resumen

Puede ser que estas formas peculiares de alternancia del poder de las fuerzas de la Izquierda y de la Derecha en América Latina, durante todo este largo período, hayan determinado rasgos del funcionamiento de Estados y Mercados latinoamericanos que podrían ser caracterizados, en sentido muy general, de la siguiente forma:

  • Casi todos los regímenes, tanto de Derecha como de Izquierda, han tenido un carácter populista, en el sentido de que se han apoyado, al menos originalmente, en movimientos políticos con amplio soporte popular, pero que no han llegado a concebir y completar verdaderas transformaciones profundas, suficientemente eficientes y efectivas, del orden de dominación existente previamente, ni en cuanto al Estado ni al Mercado. Es decir, se han quedado a mitad de camino en los dos órdenes, cuando no que han retrocedido.
  • El funcionamiento adecuado de la democracia, con el significado que normalmente se le da a este término, no ha sido precisamente un rasgo que haya caracterizado el desempeño de las sociedades latinoamericanas en este largo período. Están por crearse, en la mayoría de los países, las bases institucionales de funcionamiento democrático.
  • A diferencia de muchos ejemplos recientes de naciones de Asia, prácticamente no se puede mencionar un sólo caso latinoamericano exitoso en cuanto a lograr estándares económicos y sociales permanentes de un país desarrollado. El desgaste se ha impuesto sobre el avance y el progreso.
  • Los niveles alcanzados en cuanto al funcionamiento y organización, tanto de los Estados como los Mercados latinoamericanos, no ha posibilitado garantizar una mejora sustancial, ni a mediano ni a largo plazo, de las condiciones de vida y del desarrollo humano de sus pueblos. Sigue siendo una tarea pendiente.

En este contexto, están aún por concebirse e implementarse verdaderas estrategias de transformación en la mayoría de las naciones de América Latina que, sin destruir las instituciones y mecanismos y sin caer en “los extremos”, sean capaces de articular la marcha tanto de los Estados como de los Mercados, en función de los intereses legítimos de los ciudadanos de los países y que aseguren un verdadero y sostenido progreso, a mediano y largo plazo, de las naciones. 

  * Weber, M. “Sociología del poder: los tipos de dominación”; Alianza (2012)  ISBN 978-84- 206-6947-2

** Ver, entre muchos otros, de Valpy Fitzgerald, “La CEPAL y la teoría de la industrialización”,  Revista de la CEPAL número extraordinario, 1998, tomado del sitio Web https://www.cepal.org/es, 12-12-2007.

¿Qué podría ser “casi” seguro para el 2021?

Hace un año, en un trabajo para este propio blog, exponía lo que consideraba podían ser las direcciones económicas y políticas mundiales y para América Latina y México para el año 2020 y apuntaba que: “Las señales de cuáles podrían ser las principales tendencias resultan tan contradictorias, imprecisas y confusas…” que en ese momento no recomendaban realizar una proyección de estas. La vida superó, en gran medida, las expectativas de incertidumbre para el año 2020. En verdad, nadie esperaba que llegara a ocurrir lo que sucedería a escala mundial en ese año; dos grandes crisis simultáneas.

Partiendo de esta realidad se pudiera preguntar: ¿Y qué podría considerarse entonces como “casi” seguro que pueda pasar en el nuevo año que recién comienza? La respuesta más responsable que en este momento pudiera dar sería algo así como:  Continuarán y se profundizarán, en todas partes, los profundos cambios que han producido las dos “crisis gemelas”; la pandémica y la económica.

De aquí surge una pregunta: ¿Estaremos mejor preparados para enfrentar sus consecuencias? La respuesta: Eso dependerá de muchos factores. Seleccionemos entonces sólo algunas de esas posibles cuasi verdades para el 2021, que son quizás de las más evidentes, pero también de las más importantes.

Lo más general es que ya no habrá muchas verdades generales sobre la Pandemia

Quizás lo primero a comprender es que, en la situación actual y hacia el futuro inmediato, la evolución de los cambios será tan específica en cada lugar que resultará cada vez más difícil, por no decir innecesario, hablar “en términos generales. Sus efectos son, y continuarán siendo, diferentes en los distintos lugares y afectarán, en disímil medida, a cada grupo humano, e inclusive a cada persona, durante el 2021.

Ya durante el 2020 la pandemia produjo resultados muy distintos, en dependencia de la situación de cada cual. Muchos millones de personas fueron afectadas por la enfermedad en todo el mundo y de ellas 1.73 millones fallecieron durante el 2020. En términos absolutos, el 45% de las muertes ocurrió en sólo cuatro países; EUA, India, Brasil y México. Pero, en términos relativos, los índices de muertes por habitante los mayores correspondieron a Bélgica, Eslovenia, Bosnia, Italia, Perú y España. Es decir, según los registros (por cierto, no tan precisos) de las quince naciones con más fallecidos, en términos relativos, nueve son europeas.

Más aún, cuando se examinan los datos al interior de los países se comprueba que los resultados se encuentran muy desigualmente distribuidos. En un estudio realizado a mediados del 2020 por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM),* a partir de datos oficiales de mortalidad de la Secretaría de Salud Pública mexicana, se indica que el 74% de los fallecidos en México por Covid-19 tenía como escolaridad máxima sólo la  educación primaria o ningún grado de estudio. Igualmente, en ese propio documento se plantea que el 84% de los decesos, hasta ese momento, correspondía a personas que se desempeñaban como amas de casa, jubilados, empleados del sector público, conductores y no ocupados y que, a su vez, el 55,7% de las muertes ocurrieron en Ciudad y Estado de México.

Esto es sólo una muestra de que la pandemia, y sus efectos más nefastos, se encuentran bastante irregularmente distribuidos. Y que estos resultados obedecen no sólo -como se ha afirmado con mucha insistencia- a factores individuales de comorbilidad en las personas, esto es, edades avanzadas, enfermedades crónicas y otras causas naturales, que ciertamente están presentes, pero también, y con mucha importancia, a las diferencias en el grado de preparación y de efectividad de las políticas públicas en materia de Salud en cada lugar, a la diferente responsabilidad y seriedad con que han asumido este asunto las autoridades locales y la propia población.  Igualmente, tiene un gran peso los factores de concentración de grupos poblacionales en determinadas ciudades y áreas urbanas y suburbanas y los índices educacionales y de pobreza de los ciudadanos en cada sitio. Es decir, el impacto de la pandemia depende de un conjunto muy complejo y amplio de circunstancias presentes en los diferentes componentes sociales de cada entorno.

Así resulta que, en algo tan poco conocido e invisible como este padecimiento, y aunque existe un riesgo siempre latente, cada grupo humano se encuentra en un grado de peligro distinto frente a este mal, en dependencia de muchas circunstancias diferentes. O, como decía alguien hace poco: “Todos estamos en el mismo mar, pero no en el mismo barco”.  

Por supuesto que es fundamental prestar toda la atención posible a la búsqueda de soluciones efectivas para la prevención y solución de esta pandemia. Una parte de este esfuerzo será la continuidad de las medidas de carácter global que se han venido tomando en casi todos los países; control de fronteras, realización de pruebas, aislamiento, sana distancia, mascarillas, desarrollo de vacunas, entre otras, pero no menos importante es la atención puntual y específica, en dependencia de las condiciones sociales en cada nación, región y grupo humano. Es decir, lograr una adecuada combinación entre fórmulas o soluciones generales y medidas diseñadas para cada lugar.

Por ejemplo, puede no ser suficiente, para una solución a fondo de la pandemia, aplicar los mismos esquemas de prevención y/o vacunación para poblaciones urbanas y rurales, con distintos niveles de concentración humana, diferentes niveles educacionales, de ingresos familiares, etc. Es decir, el establecimiento de posibilidades de acceso debe ir más allá de criterios centralizados sobre grupos de edades, comorbilidades o riesgos, decididos desde la cúpula de gobierno.

Se puede esperar una recuperación económica, pero también a ritmos muy desiguales

Algo similar ha ocurrido con la crisis económica. Cierto es que la misma es un fenómeno natural, inherente al funcionamiento del Capitalismo, y que las crisis continuarán existiendo. También es verdad que siempre ha habido dispersiones en los valores de los principales indicadores, pero la actual crisis indica que se agudizan las grandes disparidades en el comportamiento de la economía entre las naciones del mundo y con ello se amplían las brechas entre riqueza y pobreza.

 En un artículo anterior a este **, publicado en este propio blog, se señalaba que: De acuerdo con el último pronóstico del Fondo Monetario Internacional, publicado a mediados de octubre de este año, la producción mundial de bienes y servicios habría caído en 4.4% terminando 2020. Pero, en ese contexto, se mencionaba también que algunas naciones de Europa Occidental caerían entre un 10 y un 13%, México en el orden del 9%, mientras que naciones asiáticas y africanas se reducirían sus economías en una cifra sólo sobre el 3%, al tiempo que China podría inclusive acumular un ligero crecimiento, en torno al 1%.

Igualmente, al interior de los países se produce una notable dispersión de los resultados económicos del 2020, aún bajo el predominio del decrecimiento global de las economías nacionales. Así en México, por ejemplo, según informaciones de su órgano estadístico nacional, sólo cinco (de los treinta y dos estados del país) concentraron más de la mitad del total de las exportaciones mexicanas en ese pasado año y aunque la economía en su conjunto cayó en un 9% respecto al año anterior, algunos estados se contrajeron en un 5-6% y otros alcanzaron las dos cifras de reducción. En el caso mexicano fueron precisamente las exportaciones, y no el consumo ni la inversión, el único elemento dinámico en el comportamiento económico del país durante el 2020. Los demás agregados se desplomaron, en gran medida.

En síntesis, las dispersiones en cuanto a estimaciones generales continuarán siendo tan altas también durante el 2021 que “los indicadores globales” perderán, aún más, valor o sentido orientativo. Para el presente año, cada cual tendrá su propia realidad diferente y deberá ir construyendo su “nueva normalidad” específica, en dependencia de las circunstancias y condiciones particulares que le toque vivir. 

Muchos de los cambios que se produjeron en el 2020 no tienen marcha atrás

Una consecuencia del panorama descrito en los epígrafes anteriores para el 2021 es que es necesario comprender que se consolidará la mayor parte de las nuevas tendencias y realidades que se crearon en el pasado año. Es decir, sectores y subsectores completos de la actividad económica, especialmente de la esfera de los Servicios, que se modificaron, transformaron, o aún desaparecieron en el 2020, no renacerán “tal como eran” durante el presente año y, posiblemente, la mayor parte de ellos tampoco en períodos posteriores a éste, con la consiguiente pérdida definitiva de millones de puestos de trabajo y de millones de empresas, en todas partes. Lamentablemente, suponer lo contrario es puro espejismo.

Esto implica que negocios que eran lucrativos y prósperos dejaron de serlo y, simplemente, se esfumaron. Dentro de esta categoría se encuentra una parte de la actividad gastronómica, del comercio minorista, de la recreación, del turismo, de los viajes, de la educación tradicional, entre otras. Afecta, especialmente, a todas aquellas actividades económicas caracterizadas por una necesaria y habitual cercanía física entre las personas durante el proceso de su ejecución. Esas labores se han visto profundamente afectadas y requerirán de un rediseño o una reconceptualización, en particular a partir del actual año, para que puedan seguir existiendo, aunque de manera diferente.

Como contrapartida de lo anterior y que, a su vez, resulta una buena noticia, es que la aparición de “nuevas formas de hacer las cosas” ha conllevado la apertura de posibilidades de actividades económicas y de generación de empleos que antes no existían, aún en estos propios “sectores en crisis”, o era muy reducido su alcance. La cuestión estriba en poder crear las capacidades y condiciones para la transición de las actividades tradicionales hacia la nuevas maneras y tecnologías para su desempeño.

Esta no es una situación nueva dentro de la historia de la Economía. Cada vez que se ha producido una Revolución Tecnológica ha sucedido algo similar ; de la Revolución Industrial a la del Motor de Combustión Interna y la Electricidad y de ahí a la Microelectrónica, Internet, Telecomunicaciones…. Siempre ha sido necesario grandes cambios sociales e individuales. Lo nuevo ahora es que este proceso se ha intensificado, con gran fuerza, en un tiempo muy corto; durante el pasado año y continuará, al menos, en este.

Por tanto, en las condiciones de la “nueva normalidad” lo más importante para las personas, grupos sociales, profesiones, regiones, sectores, países…. será desarrollar capacidades de adaptación y de ejercicio de actividades sobre nuevas bases tecnológicas, organizativas, de funcionamiento y de modalidades nuevas y diferentes. Por supuesto que esto no es tarea fácil e impone serios retos a todos. En este camino se abren muchas oportunidades y habrá ganadores, pero también perdedores. Algunos podrán lograrlo y otros, lamentablemente, no. Y, además, habrá que hacerlo muy rápido y de manera suficientemente eficiente.

La transición de la Educación hacia un nuevo esquema de alcance mundial

Un buen ejemplo de esto último se tiene en el sector educacional. Las circunstancias de la pandemia obligaron, en prácticamente todo el planeta, a que durante los meses de febrero-marzo del 2020 se produjera un rediseño forzado, en el transcurso de muy pocas semanas, de todo el proceso de concepción, impartición de clases y evaluación, desde los niveles de la educación primaria hasta la profesional y posgrado. Esto no quiere decir que la Educación a Distancia no existiera desde antes, sino que lo nuevo fue la transformación tan inmediata y completa de todos los sistemas presenciales de educación, que estaban funcionando, a las formas de educación a distancia. Tal evolución se produjo, en mayor o menor medida y con diferentes intensidades, en cada lugar, en dependencia de condiciones técnicas y humanas que se dispusieran, y esto arrastró a muchos millones de escuelas, profesores, técnicos y estudiantes en todo el mundo; una verdadera Revolución. 

Así, al menos en países no desarrollados, como México, tal transformación obligada fue realizada, pero su mayor éxito relativo se obtuvo en una parte de la educación privada, en sus distintos niveles. Es decir, se pudo lograr a cabalidad en aquellos lugares en que existían, tanto dentro de las escuelas como en las casas de los estudiantes, los recursos técnicos indispensables; en particular, la organización, las computadoras, el acceso a internet, así como el manejo por parte de profesores y alumnos – aunque fuera en una escala básica o elemental- de esas tecnologías indispensables para la impartición, transmisión, recepción de clases y realización de evaluaciones, con un sentido bidireccional.

En relación con esto último ocurre que, según datos oficiales del INEGI ,*** en el año 2019 en México un 92,5% de los hogares disponía de televisión, lo cual es un índice relativamente aceptable, que permite la transmisión de clases, pero en una sola dirección. Al propio tiempo, la proporción de hogares con computadoras en relación con el total era de sólo un 44,3% y el porcentaje de hogares con conexión a internet de poco más de la mitad de ellos, es decir, de un 56,4%. Igualmente, en la propia fuente estadística mencionada, se recoge que el porciento de la población mexicana que utiliza la computadora. como apoyo escolar, en relación con el total de usuarios de las computadoras era, hace dos años, de sólo de un 44,6%. Es decir, el alcance de esta transformación está obligadamente limitado por las condiciones socio-económicas de cada lugar.

Como podrá suponerse, es en esos hogares con los más bajos índices de disponibilidad de computadoras e internet, donde obviamente se concentra la mayor parte de la población en situación de pobreza y, correspondientemente, de su población en edad escolar. Como resultado de la crisis económica, lamentablemente, todo indica que tales índices de pobreza continuarán elevándose durante el 2021, lo cual conllevará, además de todo, a un agravamiento del panorama educacional, ya seriamente comprometido desde antes de la pandemia.

Siendo esto así, se puede suponer el reto que significará crear las condiciones necesarias para alcanzar verdaderos estándares de educación a distancia, en todos los niveles, que logren brindar y mantener, en el tiempo, una educación de suficiente calidad, tanto por el sector privado como público, a las decenas de millones de niños, niñas y jóvenes que forman la masa estudiantil. Según todo parece indicar, la transformación masiva hacia una Educación a Distancia generalizada es una tendencia que llegó para quedarse, aún en la etapa post-pandemia en todas partes. No obstante, cada nivel de educación requerirá de un diseño e implementación especifico, en dependencia de las características de cada grado estudiantil.

Y esto, por supuesto, no es sólo un problema para México o para unos pocos países no desarrollados, sino para decenas de naciones en todos los continentes. Es un tema mundial, global, y del tipo que no desaparecerá en el 2021, sino  que se profundizará y agravará y que, aunque complejo de solucionar, implica también grandes oportunidades de cambio, transformación y desarrollo. De los gobiernos y las sociedades en cada lugar dependerá su solución. La Educación es, como se sabe, una inversión a largo y muy largo plazo y lo que se deje de hacer hoy ya no será posible recuperarlo en el futuro. De esto dependerá, en última instancia y en buena medida, el tipo de mundo en que se vivirá en las próximas décadas.

En el informe realizado por la CEPAL y la UNESCO,” La Educación en tiempos de la pandemia de COVID-19”, publicado en agosto del 2020, se señala que: “La desigualdad en el acceso a oportunidades educativas por la vía digital aumenta las brechas preexistentes en materia de acceso a la información y el conocimiento, lo que —más allá del proceso de aprendizaje que se está tratando de impulsar a través de la educación a distancia— dificulta la socialización y la inclusión en general.” (CEPAL-UNESCO, 2020) ****

En resumen, la percepción generalizada que se tiene en casi todo el mundo fue que el 2020, por distintas razones, resultó un año no favorable, excepto para un pequeño grupo de personas que se beneficiaron de «situaciones no normales». Algunos pocos ricos se volvieron aún mucho más ricos y muchos pobres, y otros no tan pobres, se vieron descender en la escala de la prosperidad. Lamentablemente, el 2021 no parece será muy diferente en este sentido. La lección aprendida deberá ser que cada cual tendrá que procurar, en la medida de sus posibilidades, colocarse en posición de un posible ganador, en este mundo que se encuentra en proceso de grandes transformaciones.

* Publicado por Forbes Staff, julio 10/ 2020

** Ver “El Virus, la Economía y el Mundo Post-Pandemia”; Dirmoser, D. y Fernández M.; noviembre 7 2020;  Blog: mfernandezfont.com

*** Ver: https://www.inegi.org.mx/temas/ticshogares/

**** https://www.ses.unam.mx/curso2020/materiales/Sesion7/CEPAL_UNESCO2020_

El virus, la economía y el mundo post pandemia

Dietmar Dirmoser *                                 Mario Fernández     

* Dietmar Dirmoser, alemán, doctor en Sociología; ha sido funcionario de una ONG internacional en América Latina y Europa. Ha dirigido durante 12 años revistas dedicadas al análisis de las relaciones internacionales. Actualmente se desempeña como analista político.              

Hace un año vivíamos en un mundo completamente diferente. Teníamos otras certezas, expectativas y planes. En los meses transcurridos del año 2020 la crisis inducida por el virus Sars-CoV-2 ha destruido bienestar, capital, modelos de negocio e hizo inviable las estrategias de supervivencia de millones de personas. Comentaristas hablan de un acontecimiento de dimensiones enormes. Hay los que califican la crisis como el choque más fuerte del siglo en curso, o aún de los últimos 100 años. El historiador Adam Tooze considera que experimentamos un impacto tan profundo y brutal que no tiene precedentes en la mayor parte de los países. El economista Robert Shiller percibe una atmósfera de tiempos de guerra. La revista The Economist habla de la recesión más brutal en la memoria viva.   

La Caída Profunda

Mirando el PIB, constatamos una caída marcadamente más fuerte que en la crisis del 2008-2009 pero algo menor que en la crisis económica mundial de los años 30 del siglo pasado. De acuerdo con el último pronóstico del Fondo Monetario Internacional, publicado a mediados de octubre de este año, la producción mundial de bienes y servicios habría caído en 4.4% terminando 2020. Hay países donde el desplome es más fuerte como Francia, Italia, España (entre -10% y -13%) y México (- 9%). Otros registran una caída más baja, como los estados miembros del grupo ASEAN (-3,4%), o los países de África Subsahariana (- 3%). Prácticamente ningún país – con la excepción de China – escapó de la fuerte recesión internacional. La consecuencia es que casi todas las naciones han retrocedido y han perdido varios años de crecimiento.

Desde su aparición en China, en diciembre pasado, el virus ha infectado ya casi 38 millones de personas y matado más de un millón. Una referencia al significado de estas cifras se tiene en su relación con la última gran pandemia comparable, que fue la de la Influenza, durante los años 1918-1919, causada por el Virus H1N1 y que durante la primavera de 1918 se propagó rápidamente por todo el mundo. Aquella pandemia se estima infectó a unos 500 millones – esto es, un tercio de la población mundial en aquel momento – y los fallecidos fueron aproximadamente 50 millones de seres humanos en todo el planeta; de ellos, 675 mil en EUA. Esto significa que las cosas pueden llegar a ser mucho peores, aunque obviamente el mundo, y nuestros conocimientos, han cambiado mucho en el último siglo.

En la actualidad, y para frenar el avance de la enfermedad, muchos gobiernos se han visto obligados a restringir las interacciones entre la gente, de una manera antes inimaginable. Esto incluyó bajar, y en muchos casos parar, la actividad económica. Por las medidas de contención, pero también porque las personas – para protegerse – limitaron sus actividades y contactos sociales, las ventas cayeron. En contraste con recesiones anteriores, donde el consumo se afectó menos que la producción, en esta situación se produjo lo que los economistas llaman un choque generalizado de la demanda agregada.

Esto refleja también el gran susto causado por la crisis. La pandemia ha sembrado inseguridad y temor en todas partes. Y los temores han sido justificados. La paralización completa o parcial de grandes sectores de la economía (sea por medidas estatales, por falta de insumos importados o por disminución de la demanda) provocó inmediatamente despidos de personal, en gran escala y en todas partes.

La situación en los mercados de trabajo no mejoró mucho luego del levantamiento de las medidas más severas, porque partes importantes de las economías (tráfico aéreo, turismo, sector cultural, comercio minorista, etc.) quedaron muy afectadas en su funcionamiento. Según la Organización Internacional de Trabajo, al final del segundo trimestre del 2020, en el mundo había unos 400 millones de puestos de trabajo menos que al principio del año (considerando el número de horas trabajadas en su conversión en puestos de tiempo completo). En EUA, por ejemplo, hay actualmente 11 millones de puestos laborales menos que en febrero pasado. (NYT 2020/10/02) De los aproximadamente 2 000 millones de trabajadores informales a nivel mundial, un 80% ha sido afectado significativamente por la pandemia, las mujeres más que los hombres. En general, los grupos de menores ingresos corren el peligro más grande de perder su trabajo, lo que profundiza aún más la desigualdad en las sociedades.

Durante el primer y segundo semestre del 2020, en muchos países se tomaron medidas drásticas para contener el crecimiento explosivo del número de infectados y de muertos. Esas medidas, si bien necesarias, resultaron desastrosas para las economías. Pronto se hizo evidente que ningún país y ningún sistema de salud iba a poder funcionar durante mucho tiempo sin el respaldo de la economía. Por consiguiente, pronto se ablandaron las disposiciones restrictivas. Esto fue favorecido por el hecho que, durante el verano en el hemisferio norte, los casos activos bajaron considerablemente, sobre todo en Europa.

Mucha gente, entre ella no pocos políticos, confundió la reducción de la tasa de infecciones con la superación de la Pandemia. En algunos casos, el hartazgo por las restricciones provocó reclamos que llevaron al levantamiento, o por lo menos a la atenuación de las medidas de protección, contra la enfermedad. La advertencia de los expertos, que las epidemias se desarrollan típicamente en oleadas, no ha sido tomada suficientemente en serio. Por consiguiente, en varios países la vuelta a la normalidad resultó prematura, porque las tasas de infección no habían bajado suficientemente y pronto volvieron a crecer. En EEUU, Brasil, Rusia, India, y últimamente en casi todos los países europeos los números de infectados se volvieron a disparar.

Frecuentemente, las políticas para controlar la pandemia tambalearon entre dureza y apertura y lo siguen haciendo. Donde grupos de intereses lograron imponer su criterio parcial, las medidas antivirus no tuvieron coherencia y, por consiguiente, no fueron eficientes. Este ir y venir hace más lenta la recuperación de las economías. El FMI espera que demorará varios años alcanzar de nuevo el nivel de producción del 2019. Cuanto más tiempo dure la recesión tanto mayor serán los daños al potencial y a la estructura de la oferta. Muchas empresas no podrán resistir la crisis durante un período largo y no sobrevivirán. En general, el sector de servicios ha sido mucho más afectado que el manufacturero. Y las perspectivas son especialmente sombrías en aquella parte que se basa en la interacción entre las personas.

Lo que también causará cambios en la estructura de la oferta tiene que ver con la caída del comercio internacional. El Fondo Monetario internacional pronostica una reducción del volumen del comercio internacional de -10,4% en 2020. Esto llevará, necesariamente, a un reacomodo de las cadenas internacionales de producción. Además, la crisis demostró el alto grado de vulnerabilidad de muchas economías, por su alta dependencia de insumos traídos de lugares lejanos del mundo globalizado. Todavía no queda claro cuáles proveedores lograrán mantenerse y cuáles saldrán del mercado. Pero es evidente que una cantidad de actores no sobrevivirá la combinación de recesión y de reacomodos.

Medidas para contrarrestar la crisis

Durante febrero y marzo del 2020 las bolsas más importantes registraron caídas históricas. El Dow Jones, por mencionar sólo uno de los índices clave, bajó entre el 12 de febrero y el 23 de marzo casi 37%, llegando a 18 591 puntos. Muchos observadores temieron que ese colapso de los mercados de valores fuera el inicio de una crisis financiera de dimensiones mayores que aquella de los años 2008/09. Pero los temores no se hicieron realidad porque inmediatamente los bancos centrales y los gobiernos intervinieron masivamente en los mercados, con medidas monetarias y fiscales. Asumiendo un protagonismo importante, los bancos centrales lograron estabilizar la liquidez y mantener estables los costos de los créditos. Varios países trataron de equilibrar sus empresas a través de transferencias, créditos baratos y medidas regulatorias. En su momento, una serie de naciones lanzaron programas de asistencia para los trabajadores; estableciendo su labor en horarios reducidos, evitando así despidos masivos.

Según el Fondo Monetario Internacional, el volumen total de medidas fiscales alcanzó los once trillones de dólares a fines de junio del 2020. Hasta octubre, en las economías avanzadas, los estados habían dedicado el equivalente al 9% del Producto Interno Bruto (PIB) para sostener la actividad económica, a través de programas de gastos públicos, y otro 11% del PIB para inyecciones de capital, compras de activos, préstamos y garantías en beneficio del sector privado. En los países en desarrollo esos porcentajes han sido del 3,5% y del 2,0% del PIB, en los rubros respectivos.

No cabe duda de que los efectos de la crisis hubieran sido mucho peores sin esas intervenciones. Pero, dada la envergadura del problema, no se trata meramente de acciones orientadas a “tapar huecos” y para salir de situaciones de emergencia extrema. Los paquetes de ayuda movilizan ingentes recursos de inversión, definen objetivos y pretenden encaminar procesos.

A los fines de poder identificar mejor el alcance y los objetivos de los paquetes de políticas que se están implementando, y que pudieran llevarse a cabo en lo adelante, distinguimos dos tipos básicos, contemplando el grado de inmediatez de los problemas que abordan, el horizonte temporal para su aplicación, la envergadura o volumen de los recursos a movilizar, y la categoría del impacto en la estructura económica, tecnológica y social del país. Los dos tipos son: Las políticas y acciones de emergencia y las políticas y acciones de reactivación.

Las políticas y acciones de emergencia se lanzaron en el momento de hacerse evidente la crisis (que en muchos países sorprendió a los gobiernos) y apuntaron a frenar y amortiguar la caída de la economía causada por las restricciones impuestas. La expectativa fue, en algunos casos, evitar un colapso inminente y en otros no alejarse mucho del status quo ante. En ocasiones el corte de las medidas tuvo que ver con intereses políticos o electorales de los grupos dominantes.

Las políticas y acciones de reactivación son la consecuencia del hecho de que las intervenciones de emergencia no resultaron suficientes para compensar la caída. Además, se había entendido que la epidemia iba a seguir causando graves problemas durante un período prolongado. Ya en abril del año en curso la revista The Economist, revisando una serie de estudios nuevos sobre los cambios causados por el virus, había llegado a la conclusión que – aun sin lockdown, pero manteniendo medidas para frenar la propagación del virus – se perfilaba una economía que se nivelaba al 90% de la actividad pre crisis. Sectores como turismo, viajes aéreos, actividades culturales etc. no se recuperarían, porque muchas personas evitarían esas actividades para protegerse. Además, los consumidores restringirían sus gastos: “Por si acaso, porque nadie sabe lo que nos espera”. Adicionalmente, la demanda de exportaciones seguiría baja.

Ante tal situación, los paquetes de reactivación contienen medidas para estabilizar sectores en aprietos, inversiones en infraestructura y tecnología y estímulos para el traslado de recursos a sectores con futuro, aunque pocos gobiernos se atreven a convertirse en instancia shumpeteriana de “destrucción creativa”. Si bien varios de los paquetes de reactivación contienen elementos de modernización tecnológica y de protección ecológica, en general resultan extremadamente convencionales. Se centran en la meta de lograr una tasa positiva de crecimiento y no consideran las necesidades de restructuración que en muchos países forman parte de la agenda política. Sobre todo, no se ha llegado a fusionar las políticas de reactivación con las políticas existentes de protección del clima, a las que se comprometieron, de manera jurídicamente vinculante, 190 naciones en el Acuerdo de Paris de 2015, para limitar el aumento de la temperatura media mundial al menos en dos grados respecto a los niveles preindustriales.

Hay un debate apasionado entre los expertos del campo de la economía y la política económica, entre ellos celebridades como el premio Nobel Joseph Stiglitz, sobre la necesidad de convertir los paquetes de reactivación en paquetes de transformación. Lo que se exige es no usar las ingentes cantidades de dinero que el Estado está inyectando en las economías para volver al status quo ante, sino para tratar de “enverdecer” las economías y hacer las sociedades más justas. En esta línea están abogando también muchos de los organismos multilaterales, ofreciendo propuestas interesantes la OCDE, UNCTAD y el FMI, entre otros.

Desde el inicio de la crisis están saliendo estudios y documentos de análisis que demuestran que la reconversión de los paquetes de restructuración en paquetes de transformación sería una operación de focalización que no arrojaría costos adicionales. La idea básica es que se puede lograr la reactivación priorizando proyectos de inversión que contribuyan a la consecución de las metas del Acuerdo de Paris arriba mencionado y a las metas de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible. Concretamente se recomienda invertir en programas de eficiencia energética, en el saneamiento energético de las viviendas y edificios, en la recuperación y expansión de espacios verdes donde peligra la diversidad biológica, en la transformación energética de los sistemas de transporte (vehículos eléctricos o propulsados por hidrógeno), así como en el fomento del desarrollo y la instalación de procesos industriales “cero carbono”. Estos son sólo algunos ejemplos que figuran en las propuestas. Lamentablemente, ninguno de los planes en debate ha sido puesto en práctica de manera coherente. Sin embargo, varios programas nacionales de reactivación contienen elementos importantes como el plan de recuperación de la Unión Europea y, como veremos más adelante, en el caso de Alemania.

En muchos países hay lobbies empresariales que presionan a los políticos para que quiten los requisitos y condicionamientos ecológicos y de protección del clima existentes y que, de ninguna manera, se implementen reglas o incentivos adicionales condicionados. Estos reclamos, usualmente, van acompañados por el argumento de que la reactivación depende de que el Estado elimine todo lo que podría pesar a los empresarios, prédica que es – desde una perspectiva científica – tan vieja como obsoleta.

Políticas en respuesta al COVID-19

El caso de México:  Posiblemente éste es uno de los casos más emblemáticos de aplicación de medidas aisladas, que no siguen una verdadera estrategia de desarrollo, y orientadas principalmente a mitigar, de manera parcial, directa y muy limitada, las afectaciones económicas de una parte de los sectores que se considera más desprotegida de la población. Se ha declarado públicamente por el Ejecutivo de esta nación que la ayuda no se orientaría, ni en lo inmediato ni en lo sustancial, hacia las empresas grandes y medianas que cayeron en crisis como resultado de la Pandemia y de la recesión económica, sino que se concentraría, a través de distintos programas, en lo que el Presidente considera es el 70% de la población del país, que representa, según él, la proporción más pobre de la misma.

Como ejemplos se pueden mencionar el programa Crédito Solidario a la Palabra, dirigido a aquellas personas afectadas por la crisis y que tengan pequeñas o medianas empresas. Ese crédito, que se otorga sin ningún trámite o garantía, es por 4 779 pesos mexicanos (aproximadamente 227 dólares) y busca beneficiar alrededor de 191 181 microempresarios que cumplan con estos requisitos. Están, además,  programas sociales como los de Becas para el Bienestar, orientado a menores de 18 años en situación de extrema pobreza; Jóvenes Construyendo el Futuro, de entre 2 400 y 3 600 pesos mensuales, para estudiantes universitarios y otros en capacitación, el Programa del Bienestar de Adultos Mayores, que beneficia a los adultos de más de 65 años, con 1 275 pesos mensuales, entre otros.

En resumen, prácticamente ninguna de las medidas tomadas por el gobierno de México tiene un carácter contra cíclico. Son, ante todo y fundamentalmente, programas asistencialistas de muy poco o ningún impacto sobre la estructura económica ni la modernización del país. Y, aun así: “Los apoyos anunciados no superan el 0.8% del PIB, lo que coloca a México como el segundo país latinoamericano con los menores apoyos, sólo detrás de Honduras” (Manuel Díaz: “El reto de Arturo Herrera, ¿ La economía en L ? ; SDP Noticias ; octubre 19, 2020).

Por otra parte, además del evidente desestimulo a la inversión privada presente en muchas de las decisiones tomadas por el gobierno de esta nación en los últimos dos años se mantienen, como objetivos inversionistas prioritarios de la actual administración federal, la construcción de un aeropuerto que sustituye, por cancelación,  uno que se encontraba en construcción en Ciudad México; una nueva refinería de petróleo, que se sumaría a las otras que existen en el país y que operan todas por debajo de sus capacidades, así como la construcción de un tren en la Península de Yucatán, orientado especialmente a un turismo que habría que ver si existe en el momento en que se termine el proyecto. Ninguna de esas tres muy grandes “obras insignias” del gobierno se inserta, precisamente, en la protección ni en la mejora del medio ambiente nacional ni en el cambio tecnológico.

El caso de Alemania: En Alemania se registró el primer infectado comprobado en laboratorio el 27 de enero. En el mes de febrero se produjeron algunos brotes locales de COVID-19 que parecían controlables a través de medidas de rastreo y de cuarentena, así como mediante una campaña de higiene en la población en general. Sin embargo, en marzo el número de infectados se disparó y el gobierno tomó medidas drásticas para restringir los contactos entre las personas, entre ellos el cierre de los colegios y de todos los negocios no-esenciales, así como la prohibición de cualquier acto público. Como resultado el número de contagios bajó a partir de abril. Manteniendo algunas precauciones como el lavado de manos, el uso de máscaras y reglas de distanciamiento social, y apoyado por el verano, el número de casos activos seguía bajando, lo que permitió levantar sucesivamente la mayor parte de las restricciones. Hacia el final de la temporada de vacaciones de verano, que cientos de miles de alemanes pasaron en el extranjero, la tendencia se invirtió. Ya en agosto el número de casos activos empezó a aumentar paulatinamente para explotar durante el mes de octubre. A principios de noviembre las autoridades decretaron un lockdown parcial (manteniendo abiertos los colegios, las tiendas y las fábricas) que por lo pronto durará hasta principios de diciembre. Alemania está repitiendo, con unas semanas de retraso, lo que ocurrió en la mayor parte de los estados europeos.

Para amortiguar los efectos económicos y sociales de la crisis el gobierno lanzó varios paquetes de apoyo, dotados de casi 1 000 billones de euros en total. Esto corresponde a un tercio del Producto Bruto del país. El primer paquete fue adoptado el 23 de marzo y preveía un esquema de apoyo para el sector salud y otro para pequeñas empresas, incluyendo a los trabajadores independientes (empresas unipersonales) con un presupuesto de 50 000 millones de euros. Además, se instaló un “escudo protector” para empresas más grandes con un presupuesto de 156 000 millones de euros y un fondo de rescate de 600 000 millones para empresas medianas y grandes. Este fondo consiste en garantías para créditos, el otorgamiento de “créditos puente” a través del banco estatal de desarrollo (KfW) y la compra de acciones de empresas estratégicas en aprietos.

En abril se complementó el primer paquete con una serie de reglamentos, decretos y facilidades. A las empresas y a personas privadas se les concedió el derecho de convertir el pago de sus alquileres en deuda sin que los dueños pudieran rescindir los contratos. También, en el caso de la electricidad, el agua y las comunicaciones se decretó la posibilidad de aplazar pagos. Además, se bajó el IVA para la gastronomía de 19% a 7%, por un año. De gran importancia para mucha gente ha sido la ampliación del esquema de subsidios para desempleo parcial (o sea la reducción forzosa del horario de trabajo) lo que tuvo como efecto que la mayor parte de las empresas mantuvieron su personal. Además, para personas afectadas por la crisis, se facilitó el acceso a los esquemas de asistencia social que, en Alemania en contraste con otras partes del mundo, permiten (sobre)vivir de manera no opulenta, pero digna.

En junio, los partidos de gobierno, coalición de demócratas cristianos y socialdemócratas, acordaron un paquete de reactivación económica de 130 000 millones de euros, que consiste en 57 medidas de variado alcance. Una de las más importantes es la reducción de la tasa de referencia del IVA en tres por ciento. Además, se alivió considerablemente la carga de las contribuciones sociales y se tomaron medidas para impedir un aumento del precio de la electricidad. Adicionalmente se instaló un esquema de subsidios para las pequeñas y medianas empresas más afectadas y se expandió las garantías para los exportadores. A los gobiernos locales se concedió apoyo presupuestario. Otra parte del paquete prevé subsidios y capital de inversión para proyectos de energía verde y de digitalización.

Un cuarto paquete de medidas, con un presupuesto de 10 000 millones de euros, tiene la función de compensar a las empresas – en su mayoría pequeñas – que tendrán que asumir la carga principal del “lockdown light” en el mes de noviembre. Se trata, sobre todo, de establecimientos del sector de ocio (hoteles, restaurants, bares, clubes, teatros, etc.). La intención principal de este paquete es sofocar el descontento en este sector porque se teme que pueda confluir con las protestas contra la política para combatir el virus, que obstaculizan cada vez más el manejo de la emergencia por las autoridades.

La crítica principal a las medidas, en su conjunto, se refiere a su carácter ecléctico y a su falta de coherencia y visión de largo plazo. Ya que los paquetes han sido diseñados sobre la marcha, la interconexión de las medidas no queda clara. Algunos critican que hay medidas que, en lugar de potenciarse, se quitan fuerza mutuamente. Si eso efectivamente es así sólo se podrá ver más adelante. Algunos gremios empresariales critican que las medidas sean muy costosas, que tengan poco efecto y que hagan crecer, de manera peligrosa, el endeudamiento del Estado. Pero la mayoría de los ciudadanos aprecia que el gobierno haya hecho un esfuerzo enorme, movilizando más dinero que cualquier otro país y que, en la práctica, ha atenuado los efectos de la crisis. Además, se logró una asombrosa recuperación del crecimiento durante el segundo semestre, que probablemente no seguirá por las recientes medidas de cierre.

Lamentablemente, el componente ecológico y modernizador del paquete resultó mucho menos central y mucho más pequeño de lo que se podría esperar de un país como Alemania. Sin embargo, todavía el dinero no está gastado en su mayor parte y el debate sobre la necesidad de “enverdecer” más las inversiones de reactivación todavía puede tener efectos prácticos.

¿Hacia dónde vamos y hacia dónde deberíamos ir?

Como se enunció en párrafos anteriores, las políticas de reestructuración pueden ser realmente consideradas y nombradas Post Covid, toda vez que se orientan a crear las bases de una verdadera Nueva Economía, una vez superados o amortiguados, a escala mundial, los graves impactos actuales de la Pandemia y de la presente crisis económica mundial, que sólo comienzan.

¿Podrá llegar a ser tal diseño una concepción del tipo que está adelantando el World Economic Forum, bajo el nombre de The Great Reset (El Gran Relanzamiento) y que será presentada en enero del 2021?  ¿O, en su lugar, se llegará a una nueva concepción del Capitalismo, mediante la suma o integración conciliada de diferentes políticas nacionales o regionales? ¿O, una combinación de ambos caminos? Algo que parece claro es que la Humanidad encara la necesidad de construir un nuevo Paradigma Científico-Tecnológico-Ambiental y también Económico-Social que se ajuste, en mucha mayor medida, a las necesidades de la sobrevivencia de la especie humana a un plazo mayor que el actual, y que parece estar agotándose en el tiempo disponible. Igualmente, no cabe duda de que este proceso futuro mundial será no tan lejano y se caracterizará por ser:

  • Inevitable
  • Imprescindible
  • Gradual
  • Muy complejo y cambiará el “orden mundial establecido”
  • Traumático, a nivel nacional e internacional
  • Peligroso
  • Dirigido en lo esencial por las mismas grandes fuerzas que mueven la actual economía financiera mundial, pero con la participación de nuevos importantes actores
  • Impredecible en sus resultados nacionales o regionales

Quizás esto es todo lo que podríamos decir, por el momento, con algún determinado grado de certidumbre.

Conceptos Obsoletos

(Primera Parte)

Obsoleto: Anticuado o inadecuado a las circunstancias, modas o necesidades actuales. (Real Academia Española de la Lengua) Esto parece ser lo que viene ocurriendo en los últimos años con algunos conceptos de las Ciencias Sociales, y especialmente de la Economía, que han sido acuñados y utilizados durante bastante tiempo, Tales términos ya hoy han quedado obsoletos o son mal interpretados y no es porque hayan desaparecido en sí mismos, sino porque las palabras que se utilizan para denominarlos han cambiado de sentido o se ha esfumado su definición.

Todo indica que, a diferencia de otras ciencias, en las Sociales determinadas acepciones han perdido su vigencia original, sin que nos percatemos. Y se siguen utilizando muy libremente, inclusive en trabajos que se suponen periciales. Esto ocurre, en particular y con frecuencia, con los políticos profesionales. Ellos emplean y repiten en sus discursos términos que han cambiado su sentido, si es que alguna vez lo tuvieron. Acusan a sus adversarios y les “etiquetan” calificativos que, en muchos casos, no se justifican o son sólo señales de ataque.

¿Cuál es el origen de esta situación y qué importancia puede tener este problema?

Puede que esto ocurra debido a los profundos cambios que se han producido en las sociedades en las últimas décadas y, en particular, en las economías nacionales e internacional y que, por una u otra razón, no se ha “actualizado” el sentido de las palabras utilizadas para denominar determinados procesos que transcurren en el contexto de los países y del mundo.

La importancia de esto estriba, sin más explicación, en que al utilizar términos que han quedado obsoletos se produce una confusión generalizada en la sociedad, de manera consciente o inconsciente, intencionada o no, pero que en nada contribuye a esclarecer las verdades históricas, sociales y políticas; es decir, aquellas realidades que son suficientemente demostrables, razonables y aceptables por la mayoría de las personas en la actualidad.

¿Cuáles son algunos de esos conceptos que más se repiten en los medios y discursos en casi todas partes y que, en la práctica, podría considerarse que han quedado desactualizados? Es posible que en ciertos casos esto pueda sonar a herejía, en especial cuando se le mira a través de determinados prismas políticos. Pero, no obstante, a continuación se esbozan someramente, y en una primera parte de este trabajo, algunos de los que personalmente considero son términos importantes que actualmente se malinterpretan en su contenido o ya no tienen su posible sentido original.

Capitalismo, Socialismo, Comunismo

Esta trilogía de palabras sigue siendo de las más utilizadas y, posiblemente, sean de las que menos coincidencia tengan en su contenido actual con el significado que se les pretende asignar a estos conceptos, tanto en los medios como en los discursos. Lo primero que me atrevo a señalar es que, en rigor, de estos tres sistemas socio económicos y políticos considero que el único que realmente ha existido, y que se mantiene en la práctica, es el Capitalismo. Y, aun así, reconozco que éste tiene múltiples interpretaciones.

Al identificar, como algo tangible y demostrable, la existencia del Capitalismo como sistema no significa para nada su aceptación total como fórmula perfecta de funcionamiento económico y social de la sociedad. Considero que la aplicación y vigencia de este sistema es susceptible de muchos cambios y mejoras en todas partes en que existe, para hacerlo evidentemente mucho más humano y cercano a los intereses más legítimos, no sólo de las personas que hoy vivimos en este régimen, sino también de las futuras generaciones y, en particular y muy especialmente, para la conservación y supervivencia del planeta en que todos habitamos.

Pero una cuestión, a mi juicio, decisiva aquí es que el Capitalismo, a lo largo de sus siglos de existencia y no obstante todas las críticas que se le pudieran hacer -y que se le hacen- ha sido capaz de autorrenovarse a sí mismo, como sistema. Es decir, se ha reinventado muchas veces y en muchos lugares. Se podría decir que ha pasado la prueba del tiempo.

El Capitalismo, históricamente, ha sido objeto de una amplia y profunda discusión que abarca desde el debate mismo sobre en qué siglo surgió. No obstante, ya casi todos los especialistas coinciden en que el llamado Capitalismo Moderno comienza en la Inglaterra de la segunda mitad del Siglo XVIII. Allí ocurrió el inicio del nuevo fenómeno tecnoeconómico que luego se conocería como la Primera Revolución Industrial y con ello la aparición en gran escala de las maquinarias en los procesos productivos, la aparición de la empresa industrial y el advenimiento de un nuevo orden económico, en el cual se separa la Economía del Estado y nace una nueva forma de propiedad privada sobre los medios de producción y dos nuevas clases socio económicas: Los capitalistas y los obreros. Este nuevo sistema se extendería muy rápidamente, primero en casi toda Europa, y luego hacia el resto del mundo.

Cierto es que la instauración del Capitalismo estuvo acompañada de un nuevo orden altamente explotador de la clase obrera y con ello también el inicio de formas diferentes de enfrentamiento social. En lo político, esa lucha tomó representatividad en las ideas de Robert Owen, en Inglaterra, con su Socialismo Utópico, y de Saint Simon y Fourier, en Francia. Tales doctrinas alcanzarían una estructura académica en los trabajos de Karl Marx y Friedrich Engel, los cuales desarrollaron una teoría que plantea una sociedad diferente, que se enfrenta a la Capitalista, y que ellos denominan Socialismo, como una primera etapa de una “sociedad superior”; la Comunista. Por eso a ellos dos se les identifica como los padres del Comunismo.

En esencia de lo que trataba esta doctrina del Socialismo era de abolir la propiedad privada sobre los medios de producción y, como resultado de esto, eliminar a los capitalistas como clase social y establecer el “poder proletario”. Es necesario señalar que en las obras teóricas de los clásicos no quedó suficientemente especificada la manera en que se haría – o cómo se debía hacer- efectivo este dominio del proletariado. Es posible que esta tarea no les resultara ni factible ni útil hacerla en ese momento.

La primera experiencia en este sentido, y que así sería reconocida por ellos, fue la Comuna de París; movimiento insurreccional de carácter popular, que instauró en esa ciudad francesa durante sólo 60 días -entre mediados de marzo y finales de mayo de 1871- un gobierno de base obrera, de autogestión de las fábricas (abandonadas por sus dueños) y que tomó otras medidas de carácter revolucionario. Este breve intento fue sofocado violentamente y reprimido con mucha dureza, desapareciendo junto con un sinnúmero de muertos y heridos.

El segundo gran intento fue en Rusia, primero con la Revolución de 1905, y luego su continuidad en la de 1917, y que establecería el “Poder de los Soviets” (consejos o asamblea de trabajadores), base del sistema político de lo que sería más tarde la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; primer estado autoproclamado socialista.

En la práctica, tal estructura del poder político y económico devino en poderoso y gigantesco aparato de propiedad estatal sobre la casi totalidad de los medios de producción, y esto se asentaba en la estrecha combinación de dominio estatal-partido único. Josef Stalin – aunque no había sido el principal líder inicial de ese proceso político ni tampoco era de origen ruso – se hizo muy pronto con el poder absoluto del nuevo estado multinacional, que era la Unión Soviética y, basado en sus criterios personales gobernó esa nación con mano muy dura (como indicaba su apodo de Stalin, que significa hecho de acero, en ruso) desde el año de 1922 hasta su muerte natural, en 1953.

El diseño de tal mecanismo de poder estatal en realidad fue adecuado -como se demostró- para dirigir una gran economía de guerra…y ganarla. Y también para obtener una posición de potencia mundial militar en medio de una llamada Guerra Fría. Igualmente fue efectivo para liderar un movimiento internacional de partidos políticos que, durante décadas en casi todos los países del mundo, siguió y cumplió las instrucciones recibidas desde la Unión Soviética y que emanaban, principalmente, de su “máximo líder”.

Pero la vida se encargaría de demostrar años después que, al cambiar las propias circunstancias mundiales, ya ese sistema no era apropiado para construir una sociedad civil dinámica, plural y moderna. En que la creación y distribución del producto y de las riquezas se basaran realmente en el esfuerzo y la entrega laboral individual; en que se satisficieran, de manera eficiente y creativa, las necesidades sociales, pero también las personales, como se suponía fuera el Socialismo. Al menos, el que aparecía en las declaraciones políticas y en los sucesivos documentos de todos los congresos de los partidos.

En su lugar, el “modelo estalinista” de Socialismo, con independencia de otros factores políticos, en sus bases mismas estaba permeado del voluntarismo, personalismo, y centralización burocrática que habían estado presentes en las tres décadas de poder de Stalin. Tal modelo, de excesivo poder estatal, se copió y reprodujo, aunque con distintos matices e intensidades en cada momento y lugar, casi como única alternativa de “Socialismo” por los gobiernos de las que posteriormente serían las llamadas “democracias populares”. Como se sabe, éstas florecieron durante la segunda mitad del pasado siglo XX como resultado, ante todo, de la división de dominios de territorios europeos entre las potencias que contendieron en la Segunda Guerra Mundial.

Una parte importante de esos países en que se instauró el Socialismo -incluyendo a la República Popular China, que se constituye en 1948- y posteriormente Viet Nam y Corea, se promovieron, inspiraron y apoyaron por y desde la desaparecida Unión Soviética. Otras pocas experiencias de este orden, en otras partes del mundo. nacieron al calor de movimientos nacionales internos de liberación en diferentes países y estos adoptaron al Socialismo como modelo.

Lo cierto es que tal enfoque de Socialismo desapareció durante las dos últimas décadas del siglo XX en casi todas las naciones en que se instauró. Y puede decirse que, con independencia de aciertos y errores que se pueden haber tenido en cada lugar en distintos momentos, realmente no llegó a cuajar ni a satisfacer las aspiraciones más profundas de las personas y de los pueblos en que este sistema se estableció. Simplemente, y por muchas razones que sería muy largo e imposible discutir aquí, el Sistema no pasó la prueba de la Historia. Fue un orden socio económico transitorio e históricamente bastante efímero. Y, por todas estas razones anteriores, resulta un poco dudoso afirmar su existencia como modelo o sistema de sociedad. La muestra más palpable de esto fue la caída del Muro de Berlín y la propia disolución pacífica de la Unión Soviética y los esfuerzos de todas esas naciones por regresar a un sistema de tipo Capitalista en todos esos territorios, incluyendo la China y el resto de las naciones asiáticas.

¿Podría haber habido otra “variante de Socialismo”? Puede que sí. Sin proponérselo, y sin denominarlo como tal, las sociedades que se constituyeron a finales del siglo pasado a partir de los llamados modelos nórdicos y en los Países Bajos y en Alemania, que se apoyaron en proyectos socialdemócratas, se acercaron mucho más al concepto teórico y práctico de lo que debió y pudo haber sido el Socialismo, que aquellas naciones que proclamaron construir una “sociedad socialista” y que nunca lo lograron. Es posible que detrás de estas experiencias se encuentren determinados requisitos de niveles de desarrollo cultural, de educación y de madurez de las sociedades, que pueden haber existido o no, en uno y otro caso.

Por último, ni qué decir de lo que sería la fase superior y posterior del Socialismo; el Comunismo. Esa concepción nunca pasó, hasta este momento y en ningún lugar, de ser un reflejo teórico, una aspiración, cierto es que de muchas personas en muchas partes y durante bastante tiempo, pero que al final sólo quedó recogida en textos políticos, académicos, discursos y nombre de partidos.

Debido a todas estas razones que se esbozan más arriba, no obstante que se sigan utilizando estos tres términos, se recomendaría, en especial a los políticos, tener mucho cuidado y suficiente madurez y responsabilidad al emplearlos, especialmente al aplicarlos, como adjetivos, a contrincantes o adversarios, con intenciones de acusarlos o calificarlos en un sentido peyorativo o negativo.

Igualmente, se sugeriría al gran público no tomarlos en serio ni atender a aquellos que emplean muy pródigamente tales epítetos para enjuiciar a otras personas o grupos, en especial durante las campañas políticas, y muchas veces sin saber ni de qué están hablando.

(CONTINUARÁ)

Globalización, Crisis y Pandemia; posibles lecciones hacia un futuro ignoto

Claro está que no es la primera vez en la historia que se presentan situaciones como la que vive el mundo en estos primeros meses del año 2020, ni tampoco será la última, ni quizás la más terrible. Lo nuevo aquí estriba en que posiblemente es la primera ocasión en que coinciden tres procesos globales de esta naturaleza, al mismo tiempo, con gran intensidad, en un plazo muy breve y con una extensión mundial. Y hay que admitir que el mundo no estaba suficientemente preparado para que esta confluencia ocurriera.

No puede afirmarse que exista una verdadera relación de tipo causa-efecto entre estos tres mega procesos, pero igualmente tampoco se niega que hay determinadas conexiones entre algunos de ellos. Examinar brevemente dos de estos vínculos es el propósito principal de este trabajo, en particular con el fin de resaltar lo que considero podrían ser algunas lecciones importantes a extraerse para un futuro posible.

Globalización y Pandemia

Hace cuatro años, en mi último libro “Globalización, Innovación y Competitividad: sobre verdades, mitos y falacias,” 1 señalaba que entre las actividades que han llegado a adquirir la categoría de mundiales se encuentran: “Las finanzas, las inversiones, las tecnologías, las ciencias, la información, la cultura y el conocimiento; así como también, lamentablemente, las crisis financieras, la destrucción medio-ambiental, el narcotráfico, la corrupción, la violencia, las pandemias, el terrorismo y la pobreza” (ob. cit. pág. 9).

Y decía más adelante que la Globalización, como fenómeno mundial, parte de una interdependencia universal de las naciones (ob. cit. pág.39) y que esto se expresa en la aceleración de los flujos de bienes y servicios, capitales, información, tecnologías y personas, señalando que: “Todo parece indicar que no se comprende suficientemente la envergadura y complejidades que han creado, a escala planetaria, la forma particular de Globalización o Mundialización de los problemas que están ocurriendo” (ob. cit., pág. 36).

Pienso, una vez más, que en lo anterior estriba la principal explicación del problema que estamos confrontando con la pandemia que hoy azota el mundo. Esta es un resultado natural del tipo de proceso de Globalización en que vive parte importante de la Humanidad. Iba a ocurrir, más tarde o más temprano. Considero que era previsible.

No la pandemia, sino su envergadura y extensión es consecuencia directa de la aceleración de uno de los flujos globales: el relativo a las personas. Tal situación ha ocurrido en experiencias anteriores de este tipo, pero en este caso, y a diferencia del pasado, tiene características nuevas. En esta ocasión un virus, nacido en Wuhan, una ciudad de 11 millones de personas en el centro de China – y de la cual posiblemente pocas personas en Occidente hayan oído hablar antes del 2019 – se propagó en poco más de tres meses a 180 países del mundo; es decir a la totalidad de ellos.

El contexto en que esto ocurre es que, según datos del Banco Mundial, el tráfico de pasajeros por el mundo, sólo por vía aérea, en el pasado año 2018 alcanzó 4 233 millones de personas-viaje. Esto representaría un 56% de la población mundial promedio en ese pasado año, si se considerara (que no es así) un solo viaje por habitante del mundo en ese momento.

Pero resulta que de ese total de pasajeros 611.4 millones fueron ciudadanos de China. Una situación de este tipo sería impensable digamos hace sólo 40 años, antes de la incorporación de esa nación asiática a las corrientes económicas mundiales,

Se comprende entonces que la probabilidad de que ocurriera un fenómeno de este tipo ha ido creciendo de manera silenciosa pero proporcional al número de personas que, de forma también progresiva, viaja por el planeta. Y esto no tiene solución. La gente seguirá viajando y eso hará que se mantenga y crezca la probabilidad de aparición de enfermedades de este, o de otro tipo, en cualquier momento y lugar. Sólo se impone, por tanto, su previsión y control.

Pero el problema está aún más focalizado. La verdad es que no vivimos en un mundo global, como se afirma corrientemente, sino en un mundo en que existe, ante todo, ciudades globales. Son aquellas en que se presenta con mayor fuerza los seis tipos de flujos que expresan, esencialmente, el proceso de globalidad. Estudios realizados sobre este tema 2 indican que el fenómeno de la Globalización se concentra en aproximadamente sesenta ciudades de todos los continentes y de las cuales, de acuerdo a distintos indicadores, veinte de ellas son las “más globales”: New York, Londres, Tokio, París, Hong-Kong, Chicago, Los Ángeles, Singapur, Sídney, Seúl, Bruselas, San Francisco, Washington, Toronto, Beijín, Berlín, Madrid, Viena, Boston y Frankfurt 3 .  No es casualidad entonces que buena parte de los contagios de la actual Pandemia se localice, precisamente, en su mayor parte en los países – y en las ciudades – que pertenecen a esos países.

Mas esto no es todo. El número de ciudades globales en el continente asiático supera con mucho el que existe en cualesquiera de los otros continentes. Y más aún, el total de habitantes del conjunto de las veinticuatro ciudades globales de Asia es mucho mayor que la suma de las personas que viven en todas las demás ciudades globales del resto del mundo.

En resumen, no sólo resultaba previsible que con los actuales niveles de “tráfico” de personas por la Tierra surgiera un posible fenómeno de pandemia como el actual, sino que era también probable que, dados los volúmenes de concentración de ciudadanos –en ocasiones en espacios reducidos- un proceso de este tipo se pudiera originar en el continente asiático.

Una lección que deja esta amarga experiencia – que está lejos de haber concluido – es que se requiere a escala mundial restablecer estándares, verdaderamente efectivos, de control sobre el estado general de salud de las personas que se mueven por el planeta. Pero, sobre todo, un sistema de alerta temprana sobre la posible aparición de situaciones de esta naturaleza.

Al parecer esto no ocurrió, haya sido de forma involuntaria o voluntaria por parte de las autoridades de la República Popular China; y puede ser que nunca se sepa.  Tampoco, cuando esa nación dio alguna información los gobiernos de los principales países actuaron con suficiente rapidez y responsabilidad. Comenzando por EUA, que no obstante la alarma que envió en febrero pasado su Centro Nacional de Inteligencia Médica -adscrito al Ejercito – el ejecutivo norteamericano no la tomó en cuenta. Y esto ocurrió 15 días antes de que la OMS decretara la Pandemia. Subestimaron la magnitud del peligro. Y lo más grave de toda esta situación es que aún, en medio de la pandemia, no se está atacando realmente como el verdadero problema global que es.  En su lugar, EUA suspende su apoyo a la OMS.

Crisis y Pandemia

Crisis, en su sentido gramatical – y según la actualización del 2019 del diccionario de la lengua española de la Real Academia- es: Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados. Por tanto, una pandemia y una crisis económica se ajustan ambas a esta definición académica.

Las crisis, al igual que las pandemias, han estado presentes a lo largo de la historia. En los viejos tiempos las crisis se asociaban a catástrofes naturales, guerras o años de malas cosechas. Pero, con el surgimiento del sistema capitalista en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVIII, y al calor de la llamada Primera Revolución Industrial, surgieron las crisis económicas, como procesos cíclicos, del funcionamiento del sistema capitalista.

Sobre las crisis económicas se han escrito miles de páginas en los últimos doscientos cincuenta años. No es un propósito aquí ni hacer su historia ni profundizar sobre sus orígenes. Baste señalar que las mismas expresan el comportamiento de diferentes ciclos económicos (con distintas periodicidades y extensión) que va desde los llamados ciclos largos, con una duración de 50-60 años, hasta los ciclos muy cortos, de meses de duración. Los ciclos intermedios, de 8-10 años, son los más conocidos, estudiados y se distinguen más claramente por la presencia de auges y de crisis cíclicas. Los años “buenos” y “malos”.

Existen muchos puntos de vista de los especialistas sobre la extensión de los ciclos económicos y de sus diferentes etapas, pero estos coinciden sobre lo difícil de su predicción con suficiente certeza. También casi todos concuerdan en identificar cuatro etapas generales en cada ciclo. Estas son: a) Expansión o recuperación: Fase ascendente del ciclo. Crecimiento económico, del consumo y la inversión. b) Auge: Punto de máxima expansión. Se satura el mercado y comienza a disminuir el ritmo económico. c) Recesión: Fase descendente del ciclo. Cae la inversión, la producción y el empleo. d) Depresión: Punto más bajo del ciclo. Alto nivel de desempleo, baja demanda de los consumidores, de la inversión, los precios descienden (deflación) o se estancan…. Y a partir de ahí comienza, de nuevo la recuperación y se repite todo el ciclo. Usualmente se entiende por crisis la fase que comienza con la recesión y termina con la depresión.

En el mundo del último siglo se han producido diversas crisis económicas que han presentado diferentes intensidades, localizaciones, orígenes, impactos y duraciones. Así, muchas afectaron especialmente determinadas regiones, países o grupos económicos, pero de ellas, al parecer. sólo dos llegaron a alcanzar verdadera categoría de crisis mundiales, con implicaciones significativas y duraderas sobre la estructura y el funcionamiento de la economía mundial. Estas fueron; “La Gran Depresión de los Años 30” y “La Crisis Financiera Global 2008-2009”. Ambas crisis tuvieron en común que comenzaron en los EUA, que su origen se localizó en el sistema financiero y de los mercados bursátiles y en la banca y que rápidamente se extendieron por todo el mundo.

En esta ocasión es necesario recordar que antes de que se manifestara en toda su crudeza la crisis de la Pandemia, la economía mundial ya desde el año 2019 comenzaba a dar síntomas del inicio de una fase económica recesiva. Muchos expertos ya habían señalado la posible ocurrencia cercana de este proceso. En el reporte anual de la ONU “Situación Económica Mundial y Panorama 2020”, publicado en enero del 2020, se apunta que en ese pasado año se había registrado la menor expansión económica global desde la crisis financiera 2008-2009 y que el crecimiento resultaba a la baja en prácticamente todas las mayores economías del mundo, con una desaceleración generalizada, con excepción de África.

La ONU, en ese reciente informe, llamaba la atención de que los conflictos comerciales y la elevación en las tensiones geopolíticas habían reducido el crecimiento global en torno a un 2% en ese pasado año, con un crecimiento del 2,3% en la economía de EUA – el más bajo desde que Trump asumió el poder. El proteccionismo desatado por este presidente – y en particular su guerra comercial declarada a China – así como la desaceleración de Alemania influyeron en estos pobres resultados globales que indicaban que las cosas no marcharían bien para este año 2020.

En ese contexto desfavorable, y que indicaba el inicio de una recesión, aparece la Pandemia. Es necesario insistir de que no fue esa crisis la que produjo el inicio de la otra crisis; la económica. Esta última, también iba a producirse de todas formas. Es parte del ciclo económico, hasta ahora irreversible. Lo único muy posible es que sin la crisis de Salud todo hubiera tenido mucho menor costo económico, por supuesto en vidas, y menores implicaciones en cuanto profundidad y tiempo de duración y recuperación.

Según los pronósticos más recientes (abril 18/2020), el Banco Mundial prevé una recesión mundial que puede llegar a ser más profunda que la provocada por la crisis financiera del 2008 y que podría acabar con los progresos más recientes que han podido alcanzar los países más pobres. Esta recesión se produce a partir de la disminución de la producción, la inversión, el empleo y el comercio a nivel global.

Obviamente, al “montarse” una crisis de salud de tal magnitud sobre el inicio de una crisis económica mundial, los resultados serán devastadores. En este caso no se trata del comienzo a partir de una crisis financiera, como en situaciones anteriores, y que ya se veía venir, sino de una crisis que se origina por el lado de la demanda mundial, al paralizarse buena parte de los principales componentes de la llamada demanda agregada en todos los países. Los resultados de todo este proceso prácticamente equivalen a una situación de guerra, lo único que sin el estímulo sobre la oferta agregada que una guerra convencional supone, ni tampoco bombas cayendo sobre las ciudades. Los muertos los pone una enfermedad. Son otros tiempos.

La crisis económica que recién inicia tendrá diferentes impactos sobre regiones, países, sectores, actores y duración. Y, aunque es pronto para evaluar sus posibles resultados, puede afirmarse que, precisamente, por el avance del proceso de Globalización, que incluye la existencia de muy fuertes cadenas tecnológicas, de creación de valor y de comercialización, los impactos serán proporcionales al grado y la manera en que participan países, actores y sectores en este proceso. Y al final habrá, como en toda guerra, ganadores y perdedores.

Conclusiones preliminares hacia un futuro ignoto

Un anticipo de los que pudieran considerarse como posibles ganadores señala a las naciones asiáticas, con la Rep. Popular China a la cabeza de este grupo. Y entre los perdedores comenzaría la lista EUA, seguido de las principales naciones de Europa Occidental. Perderían también fuertemente los países latinoamericanos y, en particular México, por sus interrelaciones con las cadenas productivas que lo vinculan a EUA y, posiblemente también los estados del Medio Oriente, por su dependencia del recurso petróleo. Perdedores serían, igualmente, lo países más pobres y los sectores menos favorecidos de las poblaciones de esas y de otras naciones, no necesariamente tan necesitadas.

Como resultado de ambas crisis se impondrá un rediseño de buena parte de la estructura productiva y empresarial del mundo. Se consolidarán como ganadores los sectores y profesiones que hayan demostrado su capacidad de adaptación “virtual” para la producción, el comercio y los servicios. Y desaparecerán, en todas partes, muchas micro, pequeñas y medianas empresas industriales y comerciales, así como puestos de trabajo de la economía “anterior a las crisis gemelas” y tendrá lugar una readaptación de la estructura de ocupaciones de la población laboral. Se producirá un reacomodo de la economía mundial y se requerirá una mayor participación y compromiso de los gobiernos y de las instituciones financieras internacionales para la adaptación a las nuevas condiciones.  Será un proceso de “destrucción creativa” en el más amplio sentido schumpeteriano.

Una conclusión que se desprende de todo esto es que en las últimas décadas se ha desarrollado un modelo de Globalización que ya en la actualidad resulta ciego y sin control. Y que esto está afectando el propio desarrollo del progreso y del avance que una concepción de vida más global y moderna supondría. Esta situación necesita ser modificada.

La gran duda aquí es si estos resultados globales negativos, provocados por las crisis gemelas, producirán un cambio de actitud de los principales actores de la economía mundial en dirección hacia un futuro de una mayor colaboración y un enfoque más multilateralista y de rectificación de los errores e insuficiencias de la Globalización o si, por el contrario, la respuesta será un mundo más dividido, nacionalista y proteccionista y, por tanto, un retroceso en el proceso de la Globalización. Esta última actitud puede resultar muy peligrosa hacia el equilibrio y la paz mundiales futura. Esto también lo demuestra la historia.

Lo único que hasta ahora parece cierto es que la terminación de la presente crisis de la pandemia, lamentablemente, no significará también el final de la otra crisis; la económica.

1 Globalización, Innovación y Competitividad: sobre verdades, mitos y falacias”; Fernández Font, M.L.; Kindle Edition; Amazon; marzo 2016

2   Ver: Revista Foreign Policy, A.T. Kearney y el Chicago Council on Global Affairs,

3  Obra citada en 1, pág.. 58

Los deseos de un presidente latinoamericano para el nuevo año 2020

Como en ocasiones anteriores, algunas personas me han pedido un criterio acerca de las perspectivas económicas y políticas para el año que se inicia. He estado pensando en el asunto, y buscando información, y lo que encuentro es que las señales de cuáles podrían ser las principales tendencias de la economía mundial y para América Latina y México resultan tan contradictorias, imprecisas y confusas que, para evitar caer en pronósticos injustificadamente optimistas o en predicciones lamentablemente pesimistas, he preferido para este año, bajo tales condiciones de incertidumbre, realizar mejor un ejercicio imaginativo que, al menos, pueda apuntar hacia algunos de los principales riesgos que podrían estar presentes en el contexto económico y político del nuevo año 2020.

Para llevar a cabo esta simulación parto de la base de que en estas épocas del año resulta normal que todo el mundo, de manera consciente o inconsciente, plasme sus deseos, aspiraciones y compromisos para el nuevo año que se inicia. Por supuesto que de estas “cartas de intenciones” no se escapan los políticos. Y un posible ejercicio de figuración en este sentido podría ser tratar de adivinar cuáles pudieran ser algunas de las esperanzas y sueños más fervientes que para el nuevo año podría acariciar un supuesto presidente latinoamericano X, que pudiera resultar representativo de cualquiera de los actuales jefes de estado de la región, Ahí van algunos de los posibles deseos (y los riesgos a evitar) que pienso tendría este presidente X.

1er. Deseo: “Que no se produzca una desestabilización política interna grave que ponga en riesgo mi posición y mi poder o afectar mi reelección”

Este es su deseo más ardiente y aquí nuestro presidente imaginario estaría pensando en el posible impacto futuro de todas las medidas y decisiones arbitrarias y absurdas que ha ido tomando él y su equipo de gobierno a todo lo largo del año que termina. Estas han conducido a afectaciones de intereses económicos de grupos, capas o sectores de la población, que han visto contraerse y/o disminuir sus ingresos reales en este período. Esta parte de los ciudadanos ya ha comenzado a manifestar su descontento, todavía en pequeñas escalas durante este año, y esto puede agravarse en el año que se inicia.

En este contexto, los “perversos” medios de comunicación y las redes sociales se han hecho eco de estas cuestiones y denunciado abiertamente tales medidas, a pesar de los esfuerzos realizados por el gobierno para acallar las voces de protesta y de que el presidente X haya dicho, y repetido una y otra vez, que todo marcha bien y que no hay nada de qué preocuparse, y que las cifras de las estadísticas no siempre reflejan las cuestiones más importantes.

El problema aquí radica en que, con las actuales tecnologías de la información, en la actualidad es muy difícil, por no decir imposible, ocultar un hecho o situación. Prácticamente todos los ciudadanos tienen acceso inmediato a todo lo que ocurra en cualquier lugar del mundo. Es sólo saber buscar y saber analizar.

 2do. Deseo: “Que las fuerzas armadas se mantengan, como hasta ahora, fieles al gobierno y a mi presidencia”

Como todo buen político latinoamericano, nuestro presidente X sabe que con el apoyo de las instituciones militares del país todo se puede lograr y que sin este sostén nada resulta posible. Olvídese de las protestas. Estas se encaminan y, a fin de cuentas, terminan agotando a los protestantes y a la larga se disuelven, con mayores o menores costos humanos y materiales. Tampoco importa mucho la opinión del congreso; ni el apoyo de las cámaras. Claro que siempre será preferible que el partido gobernante controle al máximo posible todos los escaños parlamentarios. Tampoco las comisiones de derechos humanos juegan un papel tan importante pues estas comisiones no son vinculantes. Sirven, ante todo, para denunciar, pero hasta ahí.

De todas formas, lo decisivo para mantener el control y el gobierno, al menos en el contexto de América Latina es el apoyo irrestricto e incondicional de las fuerzas armadas de un país a su presidente. Ejemplos actuales, en uno y otro sentido, se encuentran en el caso reciente de lo ocurrido en Bolivia, donde, ante protestas populares, sólo una tímida sugerencia del jefe de las fuerzas armadas condujo a la renuncia y salida del presidente en funciones, en cuestión de horas. Y también, en sentido contrario, en Venezuela, donde se ha mantenido una ingobernabilidad y una profunda crisis interna y de derechos humanos durante años, sin que haya signos de cambio inmediato porque, hasta ahora, la persona que gobierna en ese país sigue recibiendo el apoyo de su alto mando militar ….. Vaya usted a saber por qué.

3er. Deseo: “Que no haya una recesión, y mucho menos que se llegue a una depresión, de la economía mundial que ponga en riesgo, aún más, la precaria situación económica de mi país”

En este caso, el presidente X sabe que, de producirse una depresión, aún sin llegar a la recesión mundial, los exiguos ritmos de crecimiento de la economía de su país, que en los últimos años han estado entre el 0 y el 1 o el 2 por ciento, serían negativos, es decir habría un decrecimiento, lo cual traería aún más presión política y social sobre su gobierno. Caerían las exportaciones y, por supuesto, las importaciones, se contraerían todos los agregados macroeconómicos; consumo, inversión, empleo, etc. con todas sus implicaciones.

En lo que no ha pensado quizás el presidente X (o a lo mejor no lo sabe o no se lo han dicho sus asesores) es que los procesos de recesión y de crisis mundiales son periódicos e inevitables y que forman parte del funcionamiento normal de la economía capitalista, al menos desde hace 300 años; que es el llamado ciclo económico. Quizás tampoco recuerde que la última recesión que alcanzó una envergadura mundial ocurrió hace ya 10 años, y que fue la conocida crisis llamada “sub-prime”. Y que es posible que ya “toque” de nuevo y que estemos a las puertas de un proceso similar.

Sobre este riesgo hay que decir que estos son procesos objetivos e inevitables, y que la labor de los políticos, en todo caso, sería la de aliviar o, en su defecto, profundizar sus consecuencias y extensión. Y que esto estará en dependencia de lo erróneo o acertado de las decisiones coyunturales y de más largo plazo que tomen, pero que nunca podrán impedir que estos procesos sucedan.

4to. Deseo: “Que la economía del país funcione de acuerdo a mi política y no al revés”

Éste es quizás el deseo más profundo y difícil de lograr de nuestro presidente X. En el fondo del mismo subyace la convicción de que la economía debe subordinarse a la política y no al revés. Esto ha sido una de las piedras angulares de la teoría marxista-leninista y que quedó recogida en frases como: “No se puede separar la política de la economía” (Stalin) …… “La política es la expresión concentrada de la economía…, la política no puede dejar de tener la primacía sobre la economía” (Lenin). Ambas expresiones están plasmadas en el Diccionario Filosófico Marxista de 1946, en sus páginas 85-86, publicado en Moscú, URSS.

Si bien, hasta cierto punto, se pudiera justificar estas expresiones en el caso de estos dos representantes del pensamiento marxista soviético en su momento y para los propósitos que ambos tenían en esa época, no parece que, en la práctica del actual funcionamiento del sistema económico capitalista esto resulte acertado o apropiado.

En ocasiones, lamentablemente, el presidente X confunde sus deseos políticos con las tercas realidades de la economía y el problema es que él no comprende que la economía tiene sus propias reglas de funcionamiento, que podrán gustarnos o no, pero que existen con independencia de voluntades y deseos políticos.

Cierto es que la política, y los políticos, deben intervenir para corregir determinados fallos e imperfecciones del mercado y para cumplir funciones sociales que no se pueden resolver por vías mercantiles. Pero no se debe atribuir al funcionamiento de la economía categorías que no le competen o pertenecen, como puede ser juicios sobre lo moral, lo equitativo, lo ético, lo justo o lo injusto, etc. Estos conceptos, sin duda muy importantes y vitales en el terreno de las Ciencias Políticas y de la Sociología y del Derecho, poco explican cuando se tratan de hechos económicos y del funcionamiento de los mercados.

No se trata aquí de una defensa de conceptos propios de la llamada “economía neoliberal”, sino que se refiere a puntos de vista erróneos sobre cómo son y cómo funciona la economía de mercado, sin apellidos. Cada ciencia tiene sus propios sistemas de categorías que les son propios y la economía no es una excepción. En economía, y también en la vida, no se debe confundir los hechos denominados “positivos”, que son aquellos que se pueden demostrar, con los “normativos”, que sólo dependen del punto de vista o del criterio de quien los emite. La economía sólo se ocupa de los primeros. La política tiene mucho de los segundos. Algunos políticos, en especial latinoamericanos, podrían adentrarse un poco más en las ciencias económicas o tomar más en cuenta los criterios de sus especialistas en estas disciplinas.

En fin, es posible que existan muchos más deseos para el nuevo año de este presidente ficticio X, pero quizás los enumerados aquí estén entre los principales….. Ojalá que los pueda cumplir, aunque parece difícil. Pero que, al menos, sea capaz de enfrentar los riesgos y retos que les impondrá cada uno de ellos.

¡ Feliz Año Nuevo ¡

Bolivia; Una lectura de un viejo problema

Los acontecimientos que acaban de suceder en Bolivia; la insurrección popular, la pérdida del apoyo de las fuerzas armadas al Presidente Morales y, finalmente, la rápida salida del poder de éste y su exilio en México, no son más que consecuencias naturales de situaciones mucho más profundas, que subyacen en la historia y la realidad de ese estado andino.

Un país profundamente dividido

Lo primero a recordar es que en verdad dentro de Bolivia se asientan dos pueblos diferentes; dos grupos humanos que tienen sus centros en dos de sus principales regiones, perfectamente diferenciadas una de la otra, en todos los sentidos.

Por una parte, el Altiplano andino, meseta del Collao o de Titicaca, extensa planicie de aproximadamente 100 mil km. cuadrados, aproximadamente 10% de la superficie del país, con una altura media de 3 800 metros sobre el nivel del mar, y donde se afinca, predominantemente, población indígena.

Por otra, el Departamento de Santa Cruz, con poco más de 370 mil km. cuadrados (algo más de un tercio de la superficie boliviana) y con 3,3 millones de habitantes de los 11,4 millones de toda Bolivia. Este departamento se encuentra en la zona este, la de los llanos orientales, con características sub-tropicales, una altura promedio de sólo 350 metros sobre el nivel del mar, y una población de origen europeo.

Los “Cambas” y los “Collas”

Desde inicios de la colonización española de estas tierras, a mediados del siglo XVI, se marcaron las notables diferencias. Dos pueblos separados y dos identidades detrás de dos etnias; los indígenas andinos y la población blanca oriental. Así se formó la identidad del pueblo “camba”, los descendientes de europeos, tal como se reconocen a sí mismos, y que ocupan principalmente el Departamento y la Ciudad de Santa Cruz. Y los “collas”, como los denominan los “cambas”, representantes de la cultura andina, sucesores de los incas, con toda su cultura, religión y costumbres totalmente diferentes y contrarias a las de los “cambas” y que habitan el Altiplano y otras regiones de Bolivia.

Han sido siglos de distanciamientos y separación de estos dos grupos humanos que, por circunstancias históricas, sólo se vieron congregados ambos bajo la bandera del Estado de Bolivia a partir de agosto de 1825, fecha en que se establece esta nación como país independiente. En verdad desde su fundación en 1561 hasta los años 50 del pasado siglo XX, la región de Santa Cruz – y su capital, la Ciudad de Santa Cruz de la Sierra – estuvieron prácticamente separadas de la vida política y social del centro del país, y de La Paz, sede de los poderes ejecutivo y legislativo del país.

Desde el punto de vista económico, y desde la época colonial, en el Altiplano se concentraban las actividades mineras y una oligarquía vinculada a estas, y con ello una clase obrera y sus organizaciones. Al tiempo de que en las zonas orientales de Santa Cruz se consolidaron actividades eminentemente agrícolas y pecuarias, con una oligarquía terrateniente, conservadora y patronal.

Ya desde el siglo XIX comenzaron fuertes manifestaciones del deseo de independencia de la región de Sta. Cruz y de su población “camba”. Fue así que en ese siglo se produjeron, sin éxito, dos declaraciones de independencia en distintos momentos.

Posteriormente, durante el siglo XX, especialmente con el descubrimiento de importantes reservas de hidrocarburos en el Departamento de Santa Cruz, se acelera la modernización y diversificación productiva de esa región y también se acentúan las contradicciones de éste con el poder federal central de La Paz. A su vez, durante los últimos años comienza un importante éxodo de población pobre “colla”, que emigra de sus territorios de origen hacia las prosperas zonas “cambas”, y se asienta en barrios marginales, periféricos de las ciudades orientales. Se reproducen así con fuerza, dentro de la nación boliviana, los patrones de las relaciones riqueza-pobreza que se ven también en otros países y que predominan en muchas partes del mundo.

A inicios del siglo XXI todo este proceso histórico desemboca en el recrudecimiento de las profundas expresiones de racismo y separatismo de la población “camba”, y que llega a manifestarse en fascismo organizado en grupos políticos de hegemonistas blancos enfrentados al indigenismo nacional. Y en este contexto aparece …..

Un Presidente Indígena

Por obra y gracia del ejercicio democrático que se afirma en Bolivia luego de cruentas guerras internas y externas y del predominio de dictaduras militares a lo largo del siglo XX, en diciembre del 2005, en un momento de auge de los movimientos de izquierda en América Latina, llega al poder por las urnas, con el 54% de los votos, el primer presidente indígena, en un país cuya población autóctona constituye aproximadamente la mitad: Evo Morales Ayma, de ascendencia aimara, líder sindical del movimiento de los cocaleros y fundador del MAS (Movimiento al Socialismo) quien se convierte en el primer presidente de origen indígena de Bolivia.

El desempeño del Presidente Morales

Cuando Morales comienza su primer mandato en enero del 2006, según la constitución boliviana, podía reelegirse sólo una vez más. Y esto, en efecto, ocurre en diciembre del 2009, cuando es reelecto con el 64% de la votación y comienza en enero del 2010 su segundo y, supuestamente, último mandato. Pero, en su momento, Morales, ya consolidado en el poder, fuerza una interpretación constitucional y logra una nueva y tercera reelección en el 2014, lo cual constituía de por sí una violación del orden constitucional establecido.

Cierto es que el Presidente Morales y su gobierno tuvieron notables éxitos en el terreno económico y social durante sus primeros tres mandatos. Estos se concretan, entre otros indicadores, en un crecimiento global de la economía entre el 2006 y 2017 del orden del 4,9% como promedio, una baja tasa de desempleo y una reducción de la población en pobreza extrema desde un 45% en el año 2000 a un 17% en el 2017. Bolivia se convirtió en ejemplo para América Latina y el Caribe.

Pero, no obstante estos destacados logros, no se dejaría esperar el rechazo de las influyentes fuerzas opositoras de Morales a esta tercera reelección, con lo cual el propio gobierno, quizás confiado en las victorias en las tres elecciones ganadas de manera absoluta y abrumadora en primera vuelta, organiza un referéndum acerca de las posibilidades de una cuarta reelección. Ese referéndum se realiza en febrero del 2016 y el resultado es un NO, con un 51% de los votos, avalado por la supervisión de la OEA y de la ONU.

Este resultado negativo debió de haber sido señal suficiente de que las condiciones habían cambiado y que ya el pueblo boliviano no deseaba una continuidad, prácticamente indefinida, de Morales en el poder, a pesar de que al país no le iba mal. Pero Morales desconoció los resultados del referéndum y, argumentando un supuesto “derecho humano” a ser electo (derecho que no está escrito en ninguna parte), vuelve a lanzarse en las elecciones de octubre del 2019, para un cuarto mandato. Y esto ya era ir demasiado lejos.

Los resultados de este episodio son recientes y están suficientemente documentados en la prensa. A diferencia de ocasiones anteriores, y ante la casi certeza de una segunda vuelta, se realizó un fraude manifiesto en el proceso electoral y, ante la presión popular, este delito fue demostrado por escrutinios de organismos internacionales y empresas convocadas para auditar el proceso.

Tal situación desbordó el vaso y exacerbó las siempre existentes contradicciones entre los principales grupos ciudadanos y durante tres semanas se produjo una verdadera confrontación violenta entre partidarios y contrarios a Morales. Esto no hizo más que reflejar la muy vieja historia de lucha entre los dos pueblos y que, de no haberse contenido hubiera podido conducir a una verdadera guerra civil, del tipo de las que ya han ocurrido en siglos pasados en la historia de Bolivia. El ex presidente Morales, conocedor de la historia de su país, lo entendió así y se apresuró a presentar su renuncia.

¿Hubo o no golpe de estado?

En verdad, y al calor de las serias implicaciones de lo ocurrido, considero que la respuesta afirmativa o negativa a esta pregunta no es lo esencial. Es más, pudiera pensarse que desvía un tanto la atención de procesos mucho más importantes que un tecnicismo político o jurídico de si se puede considerar la salida de Morales del poder como resultado o no de un golpe de estado.

Lo incuestionable aquí fue que el ex presidente Morales quiso forzar la situación de su permanencia en el poder más allá de lo que resultaba necesario, posible y deseable para los bolivianos y que esta realidad él podía haberla evitado, de haber tenido un poco más de tacto político, madurez y humildad.

¿Será éste acaso un rasgo de la personalidad de buena parte de los líderes de la izquierda latinoamericana?

Morales, al parecer, fue bastante buen presidente y podía haber entrado a la historia de una manera elegante. Pero, después de 13 años en el poder, casi al final, lo echó a perder y deja a su país en un vacío que nadie sabe cómo será llenado en el futuro y él, en lo personal, pasará como un exiliado político más.