Estado vs. Mercado; Una lectura

La confrontación entre el Estado y el Mercado es la imagen de una vieja lucha que se ha manifestado a lo largo de la historia. Esta contradicción se materializa en términos de múltiples tipos de conflictos entre los representantes del poder político a sus distintos niveles, por un lado, y los grupos económicos y financieros, asociados a la iniciativa privada, por otro. Esa contienda, que nació con el inicio de la producción mercantil y del comercio, se ha desarrollado con especial fuerza a partir del surgimiento del Sistema Capitalista, en la Inglaterra del siglo XVI, y parece no tener fin. Presenta, al mismo tiempo, muchas lecturas e interpretaciones. En estas notas se ofrece uno de esos posibles enfoques.

El entorno general del enfrentamiento

El choque entre los intereses públicos y privados se presenta como una contienda política, con una  expresión jurídica o legal, que arranca desde las constituciones de los Estados hasta las regulaciones en materia del funcionamiento de las leyes mercantiles o laborales. Entre estas últimas se insertan, en un lugar fundamental,  las políticas proteccionistas contra la libertad productiva o comercial. Tales políticas pueden llegar a los extremos de ambas concepciones; y presentar infinidad de posibles combinaciones, que van desde el proteccionismo total por parte del Estado – práctica de los gobiernos absolutistas de las principales potencias europeas coloniales, principalmente entre los siglos XV y XVIII – hasta el liberalismo económico, promovido por los clásicos Adam Smith y David Ricardo, en el naciente capitalismo de la Inglaterra de finales del siglo XVIII  e inicios del XIX.   

Tales conflictos entre el poder político y los intereses privados – representados por el Estado y el Mercado- han tenido diferentes intensidades en el enfrentamiento entre grupos humanos, en muchos lugares y momentos históricos. Esas pugnas han asumido diversas formas; revoluciones, golpes militares, luchas de liberación nacional y por la independencia política, hasta llegar a las guerras; una parte de las cuales han alcanzado la categoría de conflagraciones mundiales. En cada caso, los desenlaces de tales enfrentamientos han estado determinados por la correlación de fuerzas. En la mayoría de las circunstancias, la parte victoriosa en estos encuentros la representan los Estados, que son los que comúnmente cuentan con el mayor potencial político y militar, incluyendo a las fuerzas armadas de las naciones, las cuales se han utilizado, casi siempre, por y en favor de los grupos políticos dominantes en cada lugar y momento.

Detrás de esas pugnas, y bajo cualesquiera circunstancias, ha estado presente casi siempre una batalla entre intereses económicos o comerciales dispares, los cuales se caracterizan por infinidad de atributos o justificaciones políticas o ideológicas, y aún se han presentado bajo el manto de luchas religiosas. Las confrontaciones se exteriorizan como desafíos entre grupos políticos cuando en la realidad, en su inmensa mayoría, han sido batallas entre diferentes posiciones económicas; comerciales o financieras.   

Aunque siempre se menciona la confrontación del Mercado vs. el Estado, en la práctica lo usual son las diferentes formas de ataque del poder público contra los mecanismos del mercado y sus principales representantes, es decir las empresas o la iniciativa privada. En diferentes circunstancias, algunas con motivos justificados y en otras no, el Estado siente y se declara amenazado o agredido por los intereses privados y reacciona ante esto. Las respuestas del Estado pueden ir desde la nacionalización, la confiscación o la estatalización de empresas, hasta un enfrentamiento silencioso y continuado a los intereses de la iniciativa privada, en beneficio de la gestión pública, mediante múltiples medios.

La máxima expresión de tales políticas estatales contra la gestión particular han sido diversos modelos de gobierno que, a lo largo de la historia, han diseñado políticas, mecanismos y prácticas de dirección que declaran y priorizan, con fuerza, los intereses del Estado por encima de empeños individuales o personales. Tales patrones han tenido siempre una justificación ideológica y en ellos los conceptos tradicionales de democracia o de sociedad civil se “ajustan” a los requerimientos y necesidades del funcionamiento de esos paradigmas, tanto desde el punto de vista político como jurídico, y siempre bajo la justificación de la defensa de supuestos “intereses máximos de la patria” y una inspiración transformadora o revolucionaria.

Un elemento común presente en esas formas de gobierno que descansan en el predominio de una visión estatista sobre los mecanismos de mercado es su carácter centralizado, paternalista y populista. Casi todas, por no decir su generalidad, se apoyan en su momento en la presencia de una figura o líder que encarna “las aspiraciones y deseos del pueblo”. Ese lider llega al panorama político y se mantiene, en muchas ocasiones en los tiempos actuales, gracias a la voluntad y al voto popular, y sigue el tipo de liderazgo que Marx Weber denominara “lider de la vertiente del poder” *; es decir, un mandato ejercido por imposición, inspirado en el temor, que llega a ser terror, más o menos masivo. Otro rasgo caracteristico de tal forma de gobierno es lograr, al máximo posible, la división o polarización de un pueblo, nación o país, en torno a la defensa de dos posiciones extremas.Tales figuras han estado – y están- presentes tanto en la llamada Derecha como en la Izquierda, y se dan en todas partes. Sus nombres en la historia son tantos que no vale la pena mencionar a ninguno, en particular.

La experiencia también demuestra que los resultados económicos finales de esos sistemas basados en posiciones de confrontación extrema no lograron pasar la prueba del tiempo; o bien desaparecen, o se transforman hasta un punto en que sus propios “creadores” no serían capaces de reconocerlos. En muchos casos, y aún con diversos elementos criticables o censurables, tanto desde un punto de vista social como económico, las evidencias del devenir histórico muestra que, a la larga, las fuerzas del Mercado han ganado la batalla a una buena parte de las variantes en que se impuso un modelo de predominio absoluto del Estado.

Los antecedentes generales del problema en América Latina

En el caso de la América Latina este conflicto del Estado vs. el Mercado arrastra una parte importante de una historia de cuatro siglos; un pasado colonial dependiente de potencias europeas proteccionistas, esclavistas y centralizadoras. Situación diferente a la de Europa. Los efectos políticos renovadores de la Primera Revolución Industrial no llegaron, en su momento, a tierras latinoamericanas con suficiente fuerza e intensidad.

Es decir, y para expresarlo más claramente, la Modernidad y el Capitalismo arribaron tarde a América Latina. Y, aun así, cuando lo hicieron, especialmente durante los siglos XIX y primera parte del XX -una vez alcanzada la independencia política de los imperios coloniales europeos- llegaron en una versión “mutilada”, adaptada, y montada sobre estructuras políticas rurales, agrarias y atrasadas, que eran las que existían, y que habían sido diseñadas durante la larga etapa colonial, pero que no se ajustaban a los estilos y patrones del funcionamiento de la Modernidad y del Capitalismo contemporáneo. 

Tales formaciones socioeconómicas e institucionales que “recibieron al Capitalismo” en las tierras latinoamericanas no podían ser de otra manera. Se basaban, esencialmente, en formas y estilos de gobierno proteccionistas, centralizadores, estatalistas, de cacicazgos, corruptos y dependientes de las metrópolis. Por supuesto, los primeros esfuerzos de desarrollo del Capitalismo para nada contaban, en ninguna parte de América Latina, con una población autóctona con un mínimo de educación, organización, ni preparación laboral para enfrentar el inicio de la construcción de una sociedad industrial, urbana y moderna. No hubo, como en Europa o en los Estados Unidos, una etapa de transición.

Tales condicionantes iniciales, en mi opinión, con algunos pocos e insuficientes cambios en algunas regiones y puntos geográficos del subcontinente latinoamericano, se han transportado hasta nuestros días. Y esto determina, lamentablemente, el panorama socioeconómico y político del enfrentamiento Mercado vs Estado en grandes porciones del extenso espacio latinoamericano y de su actual contexto.

Al igual que en otras partes del mundo, en la América Latina los años setenta y ochenta del pasado siglo XX trajeron la nueva ola del Neoliberalismo; que no fue más que el viejo Liberalismo remozado. Y fue así que, durante ese período, buena parte de la región sirvió de “polígono de prueba y ensayo” del nuevo Modelo Neoliberal que, con su pretendido halo de Modernidad, trataría de sustituir el viejo orden de predominio del Estado controlador, centralizador y proteccionista, presente antes, durante y después de la etapa colonial en la inmensa mayoría de la región latinoamericana.

Como se podrá suponer, el “montaje” del andamiaje neoliberal, desregulador, mercantil, descontrolado, encima del viejo orden del tejido estatal atrasado de las instituciones latinoamericanas no podía dar otro resultado que un verdadero desastre. Esto se tradujo en más pobreza para la inmensa mayoría de la población y la así llamada por la CEPAL “Década Perdida” de los años 80 para toda América Latina, con la elevación de las ya muy grandes desigualdades en los niveles de ingreso de la población y la consolidación de una enorme deuda y de una corrupción generalizada. Es decir, lejos de mejorar el orden y la relación Estado-Mercado en el caso latinoamericano, este empeoró a finales del siglo XX y durante el inicio del XXI.

En mi opinión, no es sólo que el Modelo Neoliberal haya fracasado en América Latina, como muchas veces se afirma, y que fue así, sino que el estilo de Capitalismo que, en general, se desarrolló en la región a lo largo del siglo XX, no propició la modernización ni las transformaciones estructurales, funcionales y educacionales imprescindibles para garantizar un verdadero proceso de desarrollo; incluyendo aquí, en primer plano, a las instituciones estatales y a las organizaciones y partidos políticos. Un ejemplo de esto en cuanto a deficiencias e insuficiencias en el funcionamiento económico de América Latina durante buena parte del siglo XX, y en prácticamente casi todos los países de la región, fue el llamado modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones, ISI, el cual tenía un fuerte sesgo de programación y dirección económica por parte de los Estados y que poco contribuyó a los propósitos originales del desarrollo. Esa experiencia se produjo a inicios del siglo XX, es decir, mucho antes del “experimento neoliberal”, y se encuentra ampliamente referenciada en documentos de la CEPAL. **  

Resultó entonces que, cuando sobre ese sistema arcaico, insuficiente y deficiente de funcionamiento en lo político, lo económico y lo social se encajaron prácticas desregulatorias y de funcionamiento del mercado, propias de la concepción Neoliberal, se hizo aún más evidente el fracaso no ya sólo del Neoliberalismo, sino de las bases mismas y de las estructuras de la generalidad de las economías latinoamericanas, incluyendo las mayores naciones de la región.

Las respuestas de América Latina a la confrontación Estado-Mercado

Como reacción ante los insuficientes resultados económicos que, en general, se obtuvieron en América Latina durante la mayor parte del siglo XX -y en lo que va del XXI- han proliferado modelos políticos nacionales que, con diferentes nombres y matices, han procurado asentar diversas formas de reforzamiento del poder del Estado Nacional y un determinado rechazo y desconfianza generalizada a la actuación de las fuerzas del Mercado, a las cuales, conjuntamente con el “enemigo externo,” -usualmente los EUA- se les atribuyen el origen de todos los males.

Esas variantes, usualmente, han sido impulsadas por dos posiciones o fuerzas políticas que aparecen como opuestas. Por una parte, las manifestaciones, partidos y movimientos de la llamada Izquierda que, primero desde la oposición, y luego en ocasiones desde el poder, han dado respuestas estatistas a las corrientes de los mercados liberales o neoliberales que se impusieron en buena parte de la región a lo largo de este período. La segunda dirección, totalmente diferente a la anterior, es la que agrupa las fuerzas de la Derecha que, muchas veces vestida de militar y bajo la forma de golpes de estado, se han hecho con el poder y establecido dictaduras también estatistas, pero de carácter castrenses, de mayor o menor intensidad, grado de represión y duración.

En el primer grupo se pueden mencionar, entre otros, las experiencias del Peronismo o Justicialismo en Argentina; de Castro en Cuba; de Allende en Chile; de Lula en Brasil; de Morales en Bolivia; de Ortega en Nicaragua; de Chávez, en Venezuela, y en estos momentos, de López Obrador, en México.

En el segundo grupo se encuentran los propios movimientos, golpes y dictaduras militares que, en su momento, derrocaron a Perón, a Allende, a la sucesión de Lula y Dilma por Bolsonaro, a Morales, y a la sustitución del chavismo original, que llegó al poder por las urnas, por un régimen castrense encabezado actualmente por Maduro.

En resumen

Puede ser que estas formas peculiares de alternancia del poder de las fuerzas de la Izquierda y de la Derecha en América Latina, durante todo este largo período, hayan determinado rasgos del funcionamiento de Estados y Mercados latinoamericanos que podrían ser caracterizados, en sentido muy general, de la siguiente forma:

  • Casi todos los regímenes, tanto de Derecha como de Izquierda, han tenido un carácter populista, en el sentido de que se han apoyado, al menos originalmente, en movimientos políticos con amplio soporte popular, pero que no han llegado a concebir y completar verdaderas transformaciones profundas, suficientemente eficientes y efectivas, del orden de dominación existente previamente, ni en cuanto al Estado ni al Mercado. Es decir, se han quedado a mitad de camino en los dos órdenes, cuando no que han retrocedido.
  • El funcionamiento adecuado de la democracia, con el significado que normalmente se le da a este término, no ha sido precisamente un rasgo que haya caracterizado el desempeño de las sociedades latinoamericanas en este largo período. Están por crearse, en la mayoría de los países, las bases institucionales de funcionamiento democrático.
  • A diferencia de muchos ejemplos recientes de naciones de Asia, prácticamente no se puede mencionar un sólo caso latinoamericano exitoso en cuanto a lograr estándares económicos y sociales permanentes de un país desarrollado. El desgaste se ha impuesto sobre el avance y el progreso.
  • Los niveles alcanzados en cuanto al funcionamiento y organización, tanto de los Estados como los Mercados latinoamericanos, no ha posibilitado garantizar una mejora sustancial, ni a mediano ni a largo plazo, de las condiciones de vida y del desarrollo humano de sus pueblos. Sigue siendo una tarea pendiente.

En este contexto, están aún por concebirse e implementarse verdaderas estrategias de transformación en la mayoría de las naciones de América Latina que, sin destruir las instituciones y mecanismos y sin caer en “los extremos”, sean capaces de articular la marcha tanto de los Estados como de los Mercados, en función de los intereses legítimos de los ciudadanos de los países y que aseguren un verdadero y sostenido progreso, a mediano y largo plazo, de las naciones. 

  * Weber, M. “Sociología del poder: los tipos de dominación”; Alianza (2012)  ISBN 978-84- 206-6947-2

** Ver, entre muchos otros, de Valpy Fitzgerald, “La CEPAL y la teoría de la industrialización”,  Revista de la CEPAL número extraordinario, 1998, tomado del sitio Web https://www.cepal.org/es, 12-12-2007.