El virus, la economía y el mundo post pandemia

Dietmar Dirmoser *                                 Mario Fernández     

* Dietmar Dirmoser, alemán, doctor en Sociología; ha sido funcionario de una ONG internacional en América Latina y Europa. Ha dirigido durante 12 años revistas dedicadas al análisis de las relaciones internacionales. Actualmente se desempeña como analista político.              

Hace un año vivíamos en un mundo completamente diferente. Teníamos otras certezas, expectativas y planes. En los meses transcurridos del año 2020 la crisis inducida por el virus Sars-CoV-2 ha destruido bienestar, capital, modelos de negocio e hizo inviable las estrategias de supervivencia de millones de personas. Comentaristas hablan de un acontecimiento de dimensiones enormes. Hay los que califican la crisis como el choque más fuerte del siglo en curso, o aún de los últimos 100 años. El historiador Adam Tooze considera que experimentamos un impacto tan profundo y brutal que no tiene precedentes en la mayor parte de los países. El economista Robert Shiller percibe una atmósfera de tiempos de guerra. La revista The Economist habla de la recesión más brutal en la memoria viva.   

La Caída Profunda

Mirando el PIB, constatamos una caída marcadamente más fuerte que en la crisis del 2008-2009 pero algo menor que en la crisis económica mundial de los años 30 del siglo pasado. De acuerdo con el último pronóstico del Fondo Monetario Internacional, publicado a mediados de octubre de este año, la producción mundial de bienes y servicios habría caído en 4.4% terminando 2020. Hay países donde el desplome es más fuerte como Francia, Italia, España (entre -10% y -13%) y México (- 9%). Otros registran una caída más baja, como los estados miembros del grupo ASEAN (-3,4%), o los países de África Subsahariana (- 3%). Prácticamente ningún país – con la excepción de China – escapó de la fuerte recesión internacional. La consecuencia es que casi todas las naciones han retrocedido y han perdido varios años de crecimiento.

Desde su aparición en China, en diciembre pasado, el virus ha infectado ya casi 38 millones de personas y matado más de un millón. Una referencia al significado de estas cifras se tiene en su relación con la última gran pandemia comparable, que fue la de la Influenza, durante los años 1918-1919, causada por el Virus H1N1 y que durante la primavera de 1918 se propagó rápidamente por todo el mundo. Aquella pandemia se estima infectó a unos 500 millones – esto es, un tercio de la población mundial en aquel momento – y los fallecidos fueron aproximadamente 50 millones de seres humanos en todo el planeta; de ellos, 675 mil en EUA. Esto significa que las cosas pueden llegar a ser mucho peores, aunque obviamente el mundo, y nuestros conocimientos, han cambiado mucho en el último siglo.

En la actualidad, y para frenar el avance de la enfermedad, muchos gobiernos se han visto obligados a restringir las interacciones entre la gente, de una manera antes inimaginable. Esto incluyó bajar, y en muchos casos parar, la actividad económica. Por las medidas de contención, pero también porque las personas – para protegerse – limitaron sus actividades y contactos sociales, las ventas cayeron. En contraste con recesiones anteriores, donde el consumo se afectó menos que la producción, en esta situación se produjo lo que los economistas llaman un choque generalizado de la demanda agregada.

Esto refleja también el gran susto causado por la crisis. La pandemia ha sembrado inseguridad y temor en todas partes. Y los temores han sido justificados. La paralización completa o parcial de grandes sectores de la economía (sea por medidas estatales, por falta de insumos importados o por disminución de la demanda) provocó inmediatamente despidos de personal, en gran escala y en todas partes.

La situación en los mercados de trabajo no mejoró mucho luego del levantamiento de las medidas más severas, porque partes importantes de las economías (tráfico aéreo, turismo, sector cultural, comercio minorista, etc.) quedaron muy afectadas en su funcionamiento. Según la Organización Internacional de Trabajo, al final del segundo trimestre del 2020, en el mundo había unos 400 millones de puestos de trabajo menos que al principio del año (considerando el número de horas trabajadas en su conversión en puestos de tiempo completo). En EUA, por ejemplo, hay actualmente 11 millones de puestos laborales menos que en febrero pasado. (NYT 2020/10/02) De los aproximadamente 2 000 millones de trabajadores informales a nivel mundial, un 80% ha sido afectado significativamente por la pandemia, las mujeres más que los hombres. En general, los grupos de menores ingresos corren el peligro más grande de perder su trabajo, lo que profundiza aún más la desigualdad en las sociedades.

Durante el primer y segundo semestre del 2020, en muchos países se tomaron medidas drásticas para contener el crecimiento explosivo del número de infectados y de muertos. Esas medidas, si bien necesarias, resultaron desastrosas para las economías. Pronto se hizo evidente que ningún país y ningún sistema de salud iba a poder funcionar durante mucho tiempo sin el respaldo de la economía. Por consiguiente, pronto se ablandaron las disposiciones restrictivas. Esto fue favorecido por el hecho que, durante el verano en el hemisferio norte, los casos activos bajaron considerablemente, sobre todo en Europa.

Mucha gente, entre ella no pocos políticos, confundió la reducción de la tasa de infecciones con la superación de la Pandemia. En algunos casos, el hartazgo por las restricciones provocó reclamos que llevaron al levantamiento, o por lo menos a la atenuación de las medidas de protección, contra la enfermedad. La advertencia de los expertos, que las epidemias se desarrollan típicamente en oleadas, no ha sido tomada suficientemente en serio. Por consiguiente, en varios países la vuelta a la normalidad resultó prematura, porque las tasas de infección no habían bajado suficientemente y pronto volvieron a crecer. En EEUU, Brasil, Rusia, India, y últimamente en casi todos los países europeos los números de infectados se volvieron a disparar.

Frecuentemente, las políticas para controlar la pandemia tambalearon entre dureza y apertura y lo siguen haciendo. Donde grupos de intereses lograron imponer su criterio parcial, las medidas antivirus no tuvieron coherencia y, por consiguiente, no fueron eficientes. Este ir y venir hace más lenta la recuperación de las economías. El FMI espera que demorará varios años alcanzar de nuevo el nivel de producción del 2019. Cuanto más tiempo dure la recesión tanto mayor serán los daños al potencial y a la estructura de la oferta. Muchas empresas no podrán resistir la crisis durante un período largo y no sobrevivirán. En general, el sector de servicios ha sido mucho más afectado que el manufacturero. Y las perspectivas son especialmente sombrías en aquella parte que se basa en la interacción entre las personas.

Lo que también causará cambios en la estructura de la oferta tiene que ver con la caída del comercio internacional. El Fondo Monetario internacional pronostica una reducción del volumen del comercio internacional de -10,4% en 2020. Esto llevará, necesariamente, a un reacomodo de las cadenas internacionales de producción. Además, la crisis demostró el alto grado de vulnerabilidad de muchas economías, por su alta dependencia de insumos traídos de lugares lejanos del mundo globalizado. Todavía no queda claro cuáles proveedores lograrán mantenerse y cuáles saldrán del mercado. Pero es evidente que una cantidad de actores no sobrevivirá la combinación de recesión y de reacomodos.

Medidas para contrarrestar la crisis

Durante febrero y marzo del 2020 las bolsas más importantes registraron caídas históricas. El Dow Jones, por mencionar sólo uno de los índices clave, bajó entre el 12 de febrero y el 23 de marzo casi 37%, llegando a 18 591 puntos. Muchos observadores temieron que ese colapso de los mercados de valores fuera el inicio de una crisis financiera de dimensiones mayores que aquella de los años 2008/09. Pero los temores no se hicieron realidad porque inmediatamente los bancos centrales y los gobiernos intervinieron masivamente en los mercados, con medidas monetarias y fiscales. Asumiendo un protagonismo importante, los bancos centrales lograron estabilizar la liquidez y mantener estables los costos de los créditos. Varios países trataron de equilibrar sus empresas a través de transferencias, créditos baratos y medidas regulatorias. En su momento, una serie de naciones lanzaron programas de asistencia para los trabajadores; estableciendo su labor en horarios reducidos, evitando así despidos masivos.

Según el Fondo Monetario Internacional, el volumen total de medidas fiscales alcanzó los once trillones de dólares a fines de junio del 2020. Hasta octubre, en las economías avanzadas, los estados habían dedicado el equivalente al 9% del Producto Interno Bruto (PIB) para sostener la actividad económica, a través de programas de gastos públicos, y otro 11% del PIB para inyecciones de capital, compras de activos, préstamos y garantías en beneficio del sector privado. En los países en desarrollo esos porcentajes han sido del 3,5% y del 2,0% del PIB, en los rubros respectivos.

No cabe duda de que los efectos de la crisis hubieran sido mucho peores sin esas intervenciones. Pero, dada la envergadura del problema, no se trata meramente de acciones orientadas a “tapar huecos” y para salir de situaciones de emergencia extrema. Los paquetes de ayuda movilizan ingentes recursos de inversión, definen objetivos y pretenden encaminar procesos.

A los fines de poder identificar mejor el alcance y los objetivos de los paquetes de políticas que se están implementando, y que pudieran llevarse a cabo en lo adelante, distinguimos dos tipos básicos, contemplando el grado de inmediatez de los problemas que abordan, el horizonte temporal para su aplicación, la envergadura o volumen de los recursos a movilizar, y la categoría del impacto en la estructura económica, tecnológica y social del país. Los dos tipos son: Las políticas y acciones de emergencia y las políticas y acciones de reactivación.

Las políticas y acciones de emergencia se lanzaron en el momento de hacerse evidente la crisis (que en muchos países sorprendió a los gobiernos) y apuntaron a frenar y amortiguar la caída de la economía causada por las restricciones impuestas. La expectativa fue, en algunos casos, evitar un colapso inminente y en otros no alejarse mucho del status quo ante. En ocasiones el corte de las medidas tuvo que ver con intereses políticos o electorales de los grupos dominantes.

Las políticas y acciones de reactivación son la consecuencia del hecho de que las intervenciones de emergencia no resultaron suficientes para compensar la caída. Además, se había entendido que la epidemia iba a seguir causando graves problemas durante un período prolongado. Ya en abril del año en curso la revista The Economist, revisando una serie de estudios nuevos sobre los cambios causados por el virus, había llegado a la conclusión que – aun sin lockdown, pero manteniendo medidas para frenar la propagación del virus – se perfilaba una economía que se nivelaba al 90% de la actividad pre crisis. Sectores como turismo, viajes aéreos, actividades culturales etc. no se recuperarían, porque muchas personas evitarían esas actividades para protegerse. Además, los consumidores restringirían sus gastos: “Por si acaso, porque nadie sabe lo que nos espera”. Adicionalmente, la demanda de exportaciones seguiría baja.

Ante tal situación, los paquetes de reactivación contienen medidas para estabilizar sectores en aprietos, inversiones en infraestructura y tecnología y estímulos para el traslado de recursos a sectores con futuro, aunque pocos gobiernos se atreven a convertirse en instancia shumpeteriana de “destrucción creativa”. Si bien varios de los paquetes de reactivación contienen elementos de modernización tecnológica y de protección ecológica, en general resultan extremadamente convencionales. Se centran en la meta de lograr una tasa positiva de crecimiento y no consideran las necesidades de restructuración que en muchos países forman parte de la agenda política. Sobre todo, no se ha llegado a fusionar las políticas de reactivación con las políticas existentes de protección del clima, a las que se comprometieron, de manera jurídicamente vinculante, 190 naciones en el Acuerdo de Paris de 2015, para limitar el aumento de la temperatura media mundial al menos en dos grados respecto a los niveles preindustriales.

Hay un debate apasionado entre los expertos del campo de la economía y la política económica, entre ellos celebridades como el premio Nobel Joseph Stiglitz, sobre la necesidad de convertir los paquetes de reactivación en paquetes de transformación. Lo que se exige es no usar las ingentes cantidades de dinero que el Estado está inyectando en las economías para volver al status quo ante, sino para tratar de “enverdecer” las economías y hacer las sociedades más justas. En esta línea están abogando también muchos de los organismos multilaterales, ofreciendo propuestas interesantes la OCDE, UNCTAD y el FMI, entre otros.

Desde el inicio de la crisis están saliendo estudios y documentos de análisis que demuestran que la reconversión de los paquetes de restructuración en paquetes de transformación sería una operación de focalización que no arrojaría costos adicionales. La idea básica es que se puede lograr la reactivación priorizando proyectos de inversión que contribuyan a la consecución de las metas del Acuerdo de Paris arriba mencionado y a las metas de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible. Concretamente se recomienda invertir en programas de eficiencia energética, en el saneamiento energético de las viviendas y edificios, en la recuperación y expansión de espacios verdes donde peligra la diversidad biológica, en la transformación energética de los sistemas de transporte (vehículos eléctricos o propulsados por hidrógeno), así como en el fomento del desarrollo y la instalación de procesos industriales “cero carbono”. Estos son sólo algunos ejemplos que figuran en las propuestas. Lamentablemente, ninguno de los planes en debate ha sido puesto en práctica de manera coherente. Sin embargo, varios programas nacionales de reactivación contienen elementos importantes como el plan de recuperación de la Unión Europea y, como veremos más adelante, en el caso de Alemania.

En muchos países hay lobbies empresariales que presionan a los políticos para que quiten los requisitos y condicionamientos ecológicos y de protección del clima existentes y que, de ninguna manera, se implementen reglas o incentivos adicionales condicionados. Estos reclamos, usualmente, van acompañados por el argumento de que la reactivación depende de que el Estado elimine todo lo que podría pesar a los empresarios, prédica que es – desde una perspectiva científica – tan vieja como obsoleta.

Políticas en respuesta al COVID-19

El caso de México:  Posiblemente éste es uno de los casos más emblemáticos de aplicación de medidas aisladas, que no siguen una verdadera estrategia de desarrollo, y orientadas principalmente a mitigar, de manera parcial, directa y muy limitada, las afectaciones económicas de una parte de los sectores que se considera más desprotegida de la población. Se ha declarado públicamente por el Ejecutivo de esta nación que la ayuda no se orientaría, ni en lo inmediato ni en lo sustancial, hacia las empresas grandes y medianas que cayeron en crisis como resultado de la Pandemia y de la recesión económica, sino que se concentraría, a través de distintos programas, en lo que el Presidente considera es el 70% de la población del país, que representa, según él, la proporción más pobre de la misma.

Como ejemplos se pueden mencionar el programa Crédito Solidario a la Palabra, dirigido a aquellas personas afectadas por la crisis y que tengan pequeñas o medianas empresas. Ese crédito, que se otorga sin ningún trámite o garantía, es por 4 779 pesos mexicanos (aproximadamente 227 dólares) y busca beneficiar alrededor de 191 181 microempresarios que cumplan con estos requisitos. Están, además,  programas sociales como los de Becas para el Bienestar, orientado a menores de 18 años en situación de extrema pobreza; Jóvenes Construyendo el Futuro, de entre 2 400 y 3 600 pesos mensuales, para estudiantes universitarios y otros en capacitación, el Programa del Bienestar de Adultos Mayores, que beneficia a los adultos de más de 65 años, con 1 275 pesos mensuales, entre otros.

En resumen, prácticamente ninguna de las medidas tomadas por el gobierno de México tiene un carácter contra cíclico. Son, ante todo y fundamentalmente, programas asistencialistas de muy poco o ningún impacto sobre la estructura económica ni la modernización del país. Y, aun así: “Los apoyos anunciados no superan el 0.8% del PIB, lo que coloca a México como el segundo país latinoamericano con los menores apoyos, sólo detrás de Honduras” (Manuel Díaz: “El reto de Arturo Herrera, ¿ La economía en L ? ; SDP Noticias ; octubre 19, 2020).

Por otra parte, además del evidente desestimulo a la inversión privada presente en muchas de las decisiones tomadas por el gobierno de esta nación en los últimos dos años se mantienen, como objetivos inversionistas prioritarios de la actual administración federal, la construcción de un aeropuerto que sustituye, por cancelación,  uno que se encontraba en construcción en Ciudad México; una nueva refinería de petróleo, que se sumaría a las otras que existen en el país y que operan todas por debajo de sus capacidades, así como la construcción de un tren en la Península de Yucatán, orientado especialmente a un turismo que habría que ver si existe en el momento en que se termine el proyecto. Ninguna de esas tres muy grandes “obras insignias” del gobierno se inserta, precisamente, en la protección ni en la mejora del medio ambiente nacional ni en el cambio tecnológico.

El caso de Alemania: En Alemania se registró el primer infectado comprobado en laboratorio el 27 de enero. En el mes de febrero se produjeron algunos brotes locales de COVID-19 que parecían controlables a través de medidas de rastreo y de cuarentena, así como mediante una campaña de higiene en la población en general. Sin embargo, en marzo el número de infectados se disparó y el gobierno tomó medidas drásticas para restringir los contactos entre las personas, entre ellos el cierre de los colegios y de todos los negocios no-esenciales, así como la prohibición de cualquier acto público. Como resultado el número de contagios bajó a partir de abril. Manteniendo algunas precauciones como el lavado de manos, el uso de máscaras y reglas de distanciamiento social, y apoyado por el verano, el número de casos activos seguía bajando, lo que permitió levantar sucesivamente la mayor parte de las restricciones. Hacia el final de la temporada de vacaciones de verano, que cientos de miles de alemanes pasaron en el extranjero, la tendencia se invirtió. Ya en agosto el número de casos activos empezó a aumentar paulatinamente para explotar durante el mes de octubre. A principios de noviembre las autoridades decretaron un lockdown parcial (manteniendo abiertos los colegios, las tiendas y las fábricas) que por lo pronto durará hasta principios de diciembre. Alemania está repitiendo, con unas semanas de retraso, lo que ocurrió en la mayor parte de los estados europeos.

Para amortiguar los efectos económicos y sociales de la crisis el gobierno lanzó varios paquetes de apoyo, dotados de casi 1 000 billones de euros en total. Esto corresponde a un tercio del Producto Bruto del país. El primer paquete fue adoptado el 23 de marzo y preveía un esquema de apoyo para el sector salud y otro para pequeñas empresas, incluyendo a los trabajadores independientes (empresas unipersonales) con un presupuesto de 50 000 millones de euros. Además, se instaló un “escudo protector” para empresas más grandes con un presupuesto de 156 000 millones de euros y un fondo de rescate de 600 000 millones para empresas medianas y grandes. Este fondo consiste en garantías para créditos, el otorgamiento de “créditos puente” a través del banco estatal de desarrollo (KfW) y la compra de acciones de empresas estratégicas en aprietos.

En abril se complementó el primer paquete con una serie de reglamentos, decretos y facilidades. A las empresas y a personas privadas se les concedió el derecho de convertir el pago de sus alquileres en deuda sin que los dueños pudieran rescindir los contratos. También, en el caso de la electricidad, el agua y las comunicaciones se decretó la posibilidad de aplazar pagos. Además, se bajó el IVA para la gastronomía de 19% a 7%, por un año. De gran importancia para mucha gente ha sido la ampliación del esquema de subsidios para desempleo parcial (o sea la reducción forzosa del horario de trabajo) lo que tuvo como efecto que la mayor parte de las empresas mantuvieron su personal. Además, para personas afectadas por la crisis, se facilitó el acceso a los esquemas de asistencia social que, en Alemania en contraste con otras partes del mundo, permiten (sobre)vivir de manera no opulenta, pero digna.

En junio, los partidos de gobierno, coalición de demócratas cristianos y socialdemócratas, acordaron un paquete de reactivación económica de 130 000 millones de euros, que consiste en 57 medidas de variado alcance. Una de las más importantes es la reducción de la tasa de referencia del IVA en tres por ciento. Además, se alivió considerablemente la carga de las contribuciones sociales y se tomaron medidas para impedir un aumento del precio de la electricidad. Adicionalmente se instaló un esquema de subsidios para las pequeñas y medianas empresas más afectadas y se expandió las garantías para los exportadores. A los gobiernos locales se concedió apoyo presupuestario. Otra parte del paquete prevé subsidios y capital de inversión para proyectos de energía verde y de digitalización.

Un cuarto paquete de medidas, con un presupuesto de 10 000 millones de euros, tiene la función de compensar a las empresas – en su mayoría pequeñas – que tendrán que asumir la carga principal del “lockdown light” en el mes de noviembre. Se trata, sobre todo, de establecimientos del sector de ocio (hoteles, restaurants, bares, clubes, teatros, etc.). La intención principal de este paquete es sofocar el descontento en este sector porque se teme que pueda confluir con las protestas contra la política para combatir el virus, que obstaculizan cada vez más el manejo de la emergencia por las autoridades.

La crítica principal a las medidas, en su conjunto, se refiere a su carácter ecléctico y a su falta de coherencia y visión de largo plazo. Ya que los paquetes han sido diseñados sobre la marcha, la interconexión de las medidas no queda clara. Algunos critican que hay medidas que, en lugar de potenciarse, se quitan fuerza mutuamente. Si eso efectivamente es así sólo se podrá ver más adelante. Algunos gremios empresariales critican que las medidas sean muy costosas, que tengan poco efecto y que hagan crecer, de manera peligrosa, el endeudamiento del Estado. Pero la mayoría de los ciudadanos aprecia que el gobierno haya hecho un esfuerzo enorme, movilizando más dinero que cualquier otro país y que, en la práctica, ha atenuado los efectos de la crisis. Además, se logró una asombrosa recuperación del crecimiento durante el segundo semestre, que probablemente no seguirá por las recientes medidas de cierre.

Lamentablemente, el componente ecológico y modernizador del paquete resultó mucho menos central y mucho más pequeño de lo que se podría esperar de un país como Alemania. Sin embargo, todavía el dinero no está gastado en su mayor parte y el debate sobre la necesidad de “enverdecer” más las inversiones de reactivación todavía puede tener efectos prácticos.

¿Hacia dónde vamos y hacia dónde deberíamos ir?

Como se enunció en párrafos anteriores, las políticas de reestructuración pueden ser realmente consideradas y nombradas Post Covid, toda vez que se orientan a crear las bases de una verdadera Nueva Economía, una vez superados o amortiguados, a escala mundial, los graves impactos actuales de la Pandemia y de la presente crisis económica mundial, que sólo comienzan.

¿Podrá llegar a ser tal diseño una concepción del tipo que está adelantando el World Economic Forum, bajo el nombre de The Great Reset (El Gran Relanzamiento) y que será presentada en enero del 2021?  ¿O, en su lugar, se llegará a una nueva concepción del Capitalismo, mediante la suma o integración conciliada de diferentes políticas nacionales o regionales? ¿O, una combinación de ambos caminos? Algo que parece claro es que la Humanidad encara la necesidad de construir un nuevo Paradigma Científico-Tecnológico-Ambiental y también Económico-Social que se ajuste, en mucha mayor medida, a las necesidades de la sobrevivencia de la especie humana a un plazo mayor que el actual, y que parece estar agotándose en el tiempo disponible. Igualmente, no cabe duda de que este proceso futuro mundial será no tan lejano y se caracterizará por ser:

  • Inevitable
  • Imprescindible
  • Gradual
  • Muy complejo y cambiará el “orden mundial establecido”
  • Traumático, a nivel nacional e internacional
  • Peligroso
  • Dirigido en lo esencial por las mismas grandes fuerzas que mueven la actual economía financiera mundial, pero con la participación de nuevos importantes actores
  • Impredecible en sus resultados nacionales o regionales

Quizás esto es todo lo que podríamos decir, por el momento, con algún determinado grado de certidumbre.

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