Conceptos Obsoletos

(Primera Parte)

Obsoleto: Anticuado o inadecuado a las circunstancias, modas o necesidades actuales. (Real Academia Española de la Lengua) Esto parece ser lo que viene ocurriendo en los últimos años con algunos conceptos de las Ciencias Sociales, y especialmente de la Economía, que han sido acuñados y utilizados durante bastante tiempo, Tales términos ya hoy han quedado obsoletos o son mal interpretados y no es porque hayan desaparecido en sí mismos, sino porque las palabras que se utilizan para denominarlos han cambiado de sentido o se ha esfumado su definición.

Todo indica que, a diferencia de otras ciencias, en las Sociales determinadas acepciones han perdido su vigencia original, sin que nos percatemos. Y se siguen utilizando muy libremente, inclusive en trabajos que se suponen periciales. Esto ocurre, en particular y con frecuencia, con los políticos profesionales. Ellos emplean y repiten en sus discursos términos que han cambiado su sentido, si es que alguna vez lo tuvieron. Acusan a sus adversarios y les “etiquetan” calificativos que, en muchos casos, no se justifican o son sólo señales de ataque.

¿Cuál es el origen de esta situación y qué importancia puede tener este problema?

Puede que esto ocurra debido a los profundos cambios que se han producido en las sociedades en las últimas décadas y, en particular, en las economías nacionales e internacional y que, por una u otra razón, no se ha “actualizado” el sentido de las palabras utilizadas para denominar determinados procesos que transcurren en el contexto de los países y del mundo.

La importancia de esto estriba, sin más explicación, en que al utilizar términos que han quedado obsoletos se produce una confusión generalizada en la sociedad, de manera consciente o inconsciente, intencionada o no, pero que en nada contribuye a esclarecer las verdades históricas, sociales y políticas; es decir, aquellas realidades que son suficientemente demostrables, razonables y aceptables por la mayoría de las personas en la actualidad.

¿Cuáles son algunos de esos conceptos que más se repiten en los medios y discursos en casi todas partes y que, en la práctica, podría considerarse que han quedado desactualizados? Es posible que en ciertos casos esto pueda sonar a herejía, en especial cuando se le mira a través de determinados prismas políticos. Pero, no obstante, a continuación se esbozan someramente, y en una primera parte de este trabajo, algunos de los que personalmente considero son términos importantes que actualmente se malinterpretan en su contenido o ya no tienen su posible sentido original.

Capitalismo, Socialismo, Comunismo

Esta trilogía de palabras sigue siendo de las más utilizadas y, posiblemente, sean de las que menos coincidencia tengan en su contenido actual con el significado que se les pretende asignar a estos conceptos, tanto en los medios como en los discursos. Lo primero que me atrevo a señalar es que, en rigor, de estos tres sistemas socio económicos y políticos considero que el único que realmente ha existido, y que se mantiene en la práctica, es el Capitalismo. Y, aun así, reconozco que éste tiene múltiples interpretaciones.

Al identificar, como algo tangible y demostrable, la existencia del Capitalismo como sistema no significa para nada su aceptación total como fórmula perfecta de funcionamiento económico y social de la sociedad. Considero que la aplicación y vigencia de este sistema es susceptible de muchos cambios y mejoras en todas partes en que existe, para hacerlo evidentemente mucho más humano y cercano a los intereses más legítimos, no sólo de las personas que hoy vivimos en este régimen, sino también de las futuras generaciones y, en particular y muy especialmente, para la conservación y supervivencia del planeta en que todos habitamos.

Pero una cuestión, a mi juicio, decisiva aquí es que el Capitalismo, a lo largo de sus siglos de existencia y no obstante todas las críticas que se le pudieran hacer -y que se le hacen- ha sido capaz de autorrenovarse a sí mismo, como sistema. Es decir, se ha reinventado muchas veces y en muchos lugares. Se podría decir que ha pasado la prueba del tiempo.

El Capitalismo, históricamente, ha sido objeto de una amplia y profunda discusión que abarca desde el debate mismo sobre en qué siglo surgió. No obstante, ya casi todos los especialistas coinciden en que el llamado Capitalismo Moderno comienza en la Inglaterra de la segunda mitad del Siglo XVIII. Allí ocurrió el inicio del nuevo fenómeno tecnoeconómico que luego se conocería como la Primera Revolución Industrial y con ello la aparición en gran escala de las maquinarias en los procesos productivos, la aparición de la empresa industrial y el advenimiento de un nuevo orden económico, en el cual se separa la Economía del Estado y nace una nueva forma de propiedad privada sobre los medios de producción y dos nuevas clases socio económicas: Los capitalistas y los obreros. Este nuevo sistema se extendería muy rápidamente, primero en casi toda Europa, y luego hacia el resto del mundo.

Cierto es que la instauración del Capitalismo estuvo acompañada de un nuevo orden altamente explotador de la clase obrera y con ello también el inicio de formas diferentes de enfrentamiento social. En lo político, esa lucha tomó representatividad en las ideas de Robert Owen, en Inglaterra, con su Socialismo Utópico, y de Saint Simon y Fourier, en Francia. Tales doctrinas alcanzarían una estructura académica en los trabajos de Karl Marx y Friedrich Engel, los cuales desarrollaron una teoría que plantea una sociedad diferente, que se enfrenta a la Capitalista, y que ellos denominan Socialismo, como una primera etapa de una “sociedad superior”; la Comunista. Por eso a ellos dos se les identifica como los padres del Comunismo.

En esencia de lo que trataba esta doctrina del Socialismo era de abolir la propiedad privada sobre los medios de producción y, como resultado de esto, eliminar a los capitalistas como clase social y establecer el “poder proletario”. Es necesario señalar que en las obras teóricas de los clásicos no quedó suficientemente especificada la manera en que se haría – o cómo se debía hacer- efectivo este dominio del proletariado. Es posible que esta tarea no les resultara ni factible ni útil hacerla en ese momento.

La primera experiencia en este sentido, y que así sería reconocida por ellos, fue la Comuna de París; movimiento insurreccional de carácter popular, que instauró en esa ciudad francesa durante sólo 60 días -entre mediados de marzo y finales de mayo de 1871- un gobierno de base obrera, de autogestión de las fábricas (abandonadas por sus dueños) y que tomó otras medidas de carácter revolucionario. Este breve intento fue sofocado violentamente y reprimido con mucha dureza, desapareciendo junto con un sinnúmero de muertos y heridos.

El segundo gran intento fue en Rusia, primero con la Revolución de 1905, y luego su continuidad en la de 1917, y que establecería el “Poder de los Soviets” (consejos o asamblea de trabajadores), base del sistema político de lo que sería más tarde la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; primer estado autoproclamado socialista.

En la práctica, tal estructura del poder político y económico devino en poderoso y gigantesco aparato de propiedad estatal sobre la casi totalidad de los medios de producción, y esto se asentaba en la estrecha combinación de dominio estatal-partido único. Josef Stalin – aunque no había sido el principal líder inicial de ese proceso político ni tampoco era de origen ruso – se hizo muy pronto con el poder absoluto del nuevo estado multinacional, que era la Unión Soviética y, basado en sus criterios personales gobernó esa nación con mano muy dura (como indicaba su apodo de Stalin, que significa hecho de acero, en ruso) desde el año de 1922 hasta su muerte natural, en 1953.

El diseño de tal mecanismo de poder estatal en realidad fue adecuado -como se demostró- para dirigir una gran economía de guerra…y ganarla. Y también para obtener una posición de potencia mundial militar en medio de una llamada Guerra Fría. Igualmente fue efectivo para liderar un movimiento internacional de partidos políticos que, durante décadas en casi todos los países del mundo, siguió y cumplió las instrucciones recibidas desde la Unión Soviética y que emanaban, principalmente, de su “máximo líder”.

Pero la vida se encargaría de demostrar años después que, al cambiar las propias circunstancias mundiales, ya ese sistema no era apropiado para construir una sociedad civil dinámica, plural y moderna. En que la creación y distribución del producto y de las riquezas se basaran realmente en el esfuerzo y la entrega laboral individual; en que se satisficieran, de manera eficiente y creativa, las necesidades sociales, pero también las personales, como se suponía fuera el Socialismo. Al menos, el que aparecía en las declaraciones políticas y en los sucesivos documentos de todos los congresos de los partidos.

En su lugar, el “modelo estalinista” de Socialismo, con independencia de otros factores políticos, en sus bases mismas estaba permeado del voluntarismo, personalismo, y centralización burocrática que habían estado presentes en las tres décadas de poder de Stalin. Tal modelo, de excesivo poder estatal, se copió y reprodujo, aunque con distintos matices e intensidades en cada momento y lugar, casi como única alternativa de “Socialismo” por los gobiernos de las que posteriormente serían las llamadas “democracias populares”. Como se sabe, éstas florecieron durante la segunda mitad del pasado siglo XX como resultado, ante todo, de la división de dominios de territorios europeos entre las potencias que contendieron en la Segunda Guerra Mundial.

Una parte importante de esos países en que se instauró el Socialismo -incluyendo a la República Popular China, que se constituye en 1948- y posteriormente Viet Nam y Corea, se promovieron, inspiraron y apoyaron por y desde la desaparecida Unión Soviética. Otras pocas experiencias de este orden, en otras partes del mundo. nacieron al calor de movimientos nacionales internos de liberación en diferentes países y estos adoptaron al Socialismo como modelo.

Lo cierto es que tal enfoque de Socialismo desapareció durante las dos últimas décadas del siglo XX en casi todas las naciones en que se instauró. Y puede decirse que, con independencia de aciertos y errores que se pueden haber tenido en cada lugar en distintos momentos, realmente no llegó a cuajar ni a satisfacer las aspiraciones más profundas de las personas y de los pueblos en que este sistema se estableció. Simplemente, y por muchas razones que sería muy largo e imposible discutir aquí, el Sistema no pasó la prueba de la Historia. Fue un orden socio económico transitorio e históricamente bastante efímero. Y, por todas estas razones anteriores, resulta un poco dudoso afirmar su existencia como modelo o sistema de sociedad. La muestra más palpable de esto fue la caída del Muro de Berlín y la propia disolución pacífica de la Unión Soviética y los esfuerzos de todas esas naciones por regresar a un sistema de tipo Capitalista en todos esos territorios, incluyendo la China y el resto de las naciones asiáticas.

¿Podría haber habido otra “variante de Socialismo”? Puede que sí. Sin proponérselo, y sin denominarlo como tal, las sociedades que se constituyeron a finales del siglo pasado a partir de los llamados modelos nórdicos y en los Países Bajos y en Alemania, que se apoyaron en proyectos socialdemócratas, se acercaron mucho más al concepto teórico y práctico de lo que debió y pudo haber sido el Socialismo, que aquellas naciones que proclamaron construir una “sociedad socialista” y que nunca lo lograron. Es posible que detrás de estas experiencias se encuentren determinados requisitos de niveles de desarrollo cultural, de educación y de madurez de las sociedades, que pueden haber existido o no, en uno y otro caso.

Por último, ni qué decir de lo que sería la fase superior y posterior del Socialismo; el Comunismo. Esa concepción nunca pasó, hasta este momento y en ningún lugar, de ser un reflejo teórico, una aspiración, cierto es que de muchas personas en muchas partes y durante bastante tiempo, pero que al final sólo quedó recogida en textos políticos, académicos, discursos y nombre de partidos.

Debido a todas estas razones que se esbozan más arriba, no obstante que se sigan utilizando estos tres términos, se recomendaría, en especial a los políticos, tener mucho cuidado y suficiente madurez y responsabilidad al emplearlos, especialmente al aplicarlos, como adjetivos, a contrincantes o adversarios, con intenciones de acusarlos o calificarlos en un sentido peyorativo o negativo.

Igualmente, se sugeriría al gran público no tomarlos en serio ni atender a aquellos que emplean muy pródigamente tales epítetos para enjuiciar a otras personas o grupos, en especial durante las campañas políticas, y muchas veces sin saber ni de qué están hablando.

(CONTINUARÁ)

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