Globalización, Crisis y Pandemia; posibles lecciones hacia un futuro ignoto

Claro está que no es la primera vez en la historia que se presentan situaciones como la que vive el mundo en estos primeros meses del año 2020, ni tampoco será la última, ni quizás la más terrible. Lo nuevo aquí estriba en que posiblemente es la primera ocasión en que coinciden tres procesos globales de esta naturaleza, al mismo tiempo, con gran intensidad, en un plazo muy breve y con una extensión mundial. Y hay que admitir que el mundo no estaba suficientemente preparado para que esta confluencia ocurriera.

No puede afirmarse que exista una verdadera relación de tipo causa-efecto entre estos tres mega procesos, pero igualmente tampoco se niega que hay determinadas conexiones entre algunos de ellos. Examinar brevemente dos de estos vínculos es el propósito principal de este trabajo, en particular con el fin de resaltar lo que considero podrían ser algunas lecciones importantes a extraerse para un futuro posible.

Globalización y Pandemia

Hace cuatro años, en mi último libro “Globalización, Innovación y Competitividad: sobre verdades, mitos y falacias,” 1 señalaba que entre las actividades que han llegado a adquirir la categoría de mundiales se encuentran: “Las finanzas, las inversiones, las tecnologías, las ciencias, la información, la cultura y el conocimiento; así como también, lamentablemente, las crisis financieras, la destrucción medio-ambiental, el narcotráfico, la corrupción, la violencia, las pandemias, el terrorismo y la pobreza” (ob. cit. pág. 9).

Y decía más adelante que la Globalización, como fenómeno mundial, parte de una interdependencia universal de las naciones (ob. cit. pág.39) y que esto se expresa en la aceleración de los flujos de bienes y servicios, capitales, información, tecnologías y personas, señalando que: “Todo parece indicar que no se comprende suficientemente la envergadura y complejidades que han creado, a escala planetaria, la forma particular de Globalización o Mundialización de los problemas que están ocurriendo” (ob. cit., pág. 36).

Pienso, una vez más, que en lo anterior estriba la principal explicación del problema que estamos confrontando con la pandemia que hoy azota el mundo. Esta es un resultado natural del tipo de proceso de Globalización en que vive parte importante de la Humanidad. Iba a ocurrir, más tarde o más temprano. Considero que era previsible.

No la pandemia, sino su envergadura y extensión es consecuencia directa de la aceleración de uno de los flujos globales: el relativo a las personas. Tal situación ha ocurrido en experiencias anteriores de este tipo, pero en este caso, y a diferencia del pasado, tiene características nuevas. En esta ocasión un virus, nacido en Wuhan, una ciudad de 11 millones de personas en el centro de China – y de la cual posiblemente pocas personas en Occidente hayan oído hablar antes del 2019 – se propagó en poco más de tres meses a 180 países del mundo; es decir a la totalidad de ellos.

El contexto en que esto ocurre es que, según datos del Banco Mundial, el tráfico de pasajeros por el mundo, sólo por vía aérea, en el pasado año 2018 alcanzó 4 233 millones de personas-viaje. Esto representaría un 56% de la población mundial promedio en ese pasado año, si se considerara (que no es así) un solo viaje por habitante del mundo en ese momento.

Pero resulta que de ese total de pasajeros 611.4 millones fueron ciudadanos de China. Una situación de este tipo sería impensable digamos hace sólo 40 años, antes de la incorporación de esa nación asiática a las corrientes económicas mundiales,

Se comprende entonces que la probabilidad de que ocurriera un fenómeno de este tipo ha ido creciendo de manera silenciosa pero proporcional al número de personas que, de forma también progresiva, viaja por el planeta. Y esto no tiene solución. La gente seguirá viajando y eso hará que se mantenga y crezca la probabilidad de aparición de enfermedades de este, o de otro tipo, en cualquier momento y lugar. Sólo se impone, por tanto, su previsión y control.

Pero el problema está aún más focalizado. La verdad es que no vivimos en un mundo global, como se afirma corrientemente, sino en un mundo en que existe, ante todo, ciudades globales. Son aquellas en que se presenta con mayor fuerza los seis tipos de flujos que expresan, esencialmente, el proceso de globalidad. Estudios realizados sobre este tema 2 indican que el fenómeno de la Globalización se concentra en aproximadamente sesenta ciudades de todos los continentes y de las cuales, de acuerdo a distintos indicadores, veinte de ellas son las “más globales”: New York, Londres, Tokio, París, Hong-Kong, Chicago, Los Ángeles, Singapur, Sídney, Seúl, Bruselas, San Francisco, Washington, Toronto, Beijín, Berlín, Madrid, Viena, Boston y Frankfurt 3 .  No es casualidad entonces que buena parte de los contagios de la actual Pandemia se localice, precisamente, en su mayor parte en los países – y en las ciudades – que pertenecen a esos países.

Mas esto no es todo. El número de ciudades globales en el continente asiático supera con mucho el que existe en cualesquiera de los otros continentes. Y más aún, el total de habitantes del conjunto de las veinticuatro ciudades globales de Asia es mucho mayor que la suma de las personas que viven en todas las demás ciudades globales del resto del mundo.

En resumen, no sólo resultaba previsible que con los actuales niveles de “tráfico” de personas por la Tierra surgiera un posible fenómeno de pandemia como el actual, sino que era también probable que, dados los volúmenes de concentración de ciudadanos –en ocasiones en espacios reducidos- un proceso de este tipo se pudiera originar en el continente asiático.

Una lección que deja esta amarga experiencia – que está lejos de haber concluido – es que se requiere a escala mundial restablecer estándares, verdaderamente efectivos, de control sobre el estado general de salud de las personas que se mueven por el planeta. Pero, sobre todo, un sistema de alerta temprana sobre la posible aparición de situaciones de esta naturaleza.

Al parecer esto no ocurrió, haya sido de forma involuntaria o voluntaria por parte de las autoridades de la República Popular China; y puede ser que nunca se sepa.  Tampoco, cuando esa nación dio alguna información los gobiernos de los principales países actuaron con suficiente rapidez y responsabilidad. Comenzando por EUA, que no obstante la alarma que envió en febrero pasado su Centro Nacional de Inteligencia Médica -adscrito al Ejercito – el ejecutivo norteamericano no la tomó en cuenta. Y esto ocurrió 15 días antes de que la OMS decretara la Pandemia. Subestimaron la magnitud del peligro. Y lo más grave de toda esta situación es que aún, en medio de la pandemia, no se está atacando realmente como el verdadero problema global que es.  En su lugar, EUA suspende su apoyo a la OMS.

Crisis y Pandemia

Crisis, en su sentido gramatical – y según la actualización del 2019 del diccionario de la lengua española de la Real Academia- es: Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados. Por tanto, una pandemia y una crisis económica se ajustan ambas a esta definición académica.

Las crisis, al igual que las pandemias, han estado presentes a lo largo de la historia. En los viejos tiempos las crisis se asociaban a catástrofes naturales, guerras o años de malas cosechas. Pero, con el surgimiento del sistema capitalista en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVIII, y al calor de la llamada Primera Revolución Industrial, surgieron las crisis económicas, como procesos cíclicos, del funcionamiento del sistema capitalista.

Sobre las crisis económicas se han escrito miles de páginas en los últimos doscientos cincuenta años. No es un propósito aquí ni hacer su historia ni profundizar sobre sus orígenes. Baste señalar que las mismas expresan el comportamiento de diferentes ciclos económicos (con distintas periodicidades y extensión) que va desde los llamados ciclos largos, con una duración de 50-60 años, hasta los ciclos muy cortos, de meses de duración. Los ciclos intermedios, de 8-10 años, son los más conocidos, estudiados y se distinguen más claramente por la presencia de auges y de crisis cíclicas. Los años “buenos” y “malos”.

Existen muchos puntos de vista de los especialistas sobre la extensión de los ciclos económicos y de sus diferentes etapas, pero estos coinciden sobre lo difícil de su predicción con suficiente certeza. También casi todos concuerdan en identificar cuatro etapas generales en cada ciclo. Estas son: a) Expansión o recuperación: Fase ascendente del ciclo. Crecimiento económico, del consumo y la inversión. b) Auge: Punto de máxima expansión. Se satura el mercado y comienza a disminuir el ritmo económico. c) Recesión: Fase descendente del ciclo. Cae la inversión, la producción y el empleo. d) Depresión: Punto más bajo del ciclo. Alto nivel de desempleo, baja demanda de los consumidores, de la inversión, los precios descienden (deflación) o se estancan…. Y a partir de ahí comienza, de nuevo la recuperación y se repite todo el ciclo. Usualmente se entiende por crisis la fase que comienza con la recesión y termina con la depresión.

En el mundo del último siglo se han producido diversas crisis económicas que han presentado diferentes intensidades, localizaciones, orígenes, impactos y duraciones. Así, muchas afectaron especialmente determinadas regiones, países o grupos económicos, pero de ellas, al parecer. sólo dos llegaron a alcanzar verdadera categoría de crisis mundiales, con implicaciones significativas y duraderas sobre la estructura y el funcionamiento de la economía mundial. Estas fueron; “La Gran Depresión de los Años 30” y “La Crisis Financiera Global 2008-2009”. Ambas crisis tuvieron en común que comenzaron en los EUA, que su origen se localizó en el sistema financiero y de los mercados bursátiles y en la banca y que rápidamente se extendieron por todo el mundo.

En esta ocasión es necesario recordar que antes de que se manifestara en toda su crudeza la crisis de la Pandemia, la economía mundial ya desde el año 2019 comenzaba a dar síntomas del inicio de una fase económica recesiva. Muchos expertos ya habían señalado la posible ocurrencia cercana de este proceso. En el reporte anual de la ONU “Situación Económica Mundial y Panorama 2020”, publicado en enero del 2020, se apunta que en ese pasado año se había registrado la menor expansión económica global desde la crisis financiera 2008-2009 y que el crecimiento resultaba a la baja en prácticamente todas las mayores economías del mundo, con una desaceleración generalizada, con excepción de África.

La ONU, en ese reciente informe, llamaba la atención de que los conflictos comerciales y la elevación en las tensiones geopolíticas habían reducido el crecimiento global en torno a un 2% en ese pasado año, con un crecimiento del 2,3% en la economía de EUA – el más bajo desde que Trump asumió el poder. El proteccionismo desatado por este presidente – y en particular su guerra comercial declarada a China – así como la desaceleración de Alemania influyeron en estos pobres resultados globales que indicaban que las cosas no marcharían bien para este año 2020.

En ese contexto desfavorable, y que indicaba el inicio de una recesión, aparece la Pandemia. Es necesario insistir de que no fue esa crisis la que produjo el inicio de la otra crisis; la económica. Esta última, también iba a producirse de todas formas. Es parte del ciclo económico, hasta ahora irreversible. Lo único muy posible es que sin la crisis de Salud todo hubiera tenido mucho menor costo económico, por supuesto en vidas, y menores implicaciones en cuanto profundidad y tiempo de duración y recuperación.

Según los pronósticos más recientes (abril 18/2020), el Banco Mundial prevé una recesión mundial que puede llegar a ser más profunda que la provocada por la crisis financiera del 2008 y que podría acabar con los progresos más recientes que han podido alcanzar los países más pobres. Esta recesión se produce a partir de la disminución de la producción, la inversión, el empleo y el comercio a nivel global.

Obviamente, al “montarse” una crisis de salud de tal magnitud sobre el inicio de una crisis económica mundial, los resultados serán devastadores. En este caso no se trata del comienzo a partir de una crisis financiera, como en situaciones anteriores, y que ya se veía venir, sino de una crisis que se origina por el lado de la demanda mundial, al paralizarse buena parte de los principales componentes de la llamada demanda agregada en todos los países. Los resultados de todo este proceso prácticamente equivalen a una situación de guerra, lo único que sin el estímulo sobre la oferta agregada que una guerra convencional supone, ni tampoco bombas cayendo sobre las ciudades. Los muertos los pone una enfermedad. Son otros tiempos.

La crisis económica que recién inicia tendrá diferentes impactos sobre regiones, países, sectores, actores y duración. Y, aunque es pronto para evaluar sus posibles resultados, puede afirmarse que, precisamente, por el avance del proceso de Globalización, que incluye la existencia de muy fuertes cadenas tecnológicas, de creación de valor y de comercialización, los impactos serán proporcionales al grado y la manera en que participan países, actores y sectores en este proceso. Y al final habrá, como en toda guerra, ganadores y perdedores.

Conclusiones preliminares hacia un futuro ignoto

Un anticipo de los que pudieran considerarse como posibles ganadores señala a las naciones asiáticas, con la Rep. Popular China a la cabeza de este grupo. Y entre los perdedores comenzaría la lista EUA, seguido de las principales naciones de Europa Occidental. Perderían también fuertemente los países latinoamericanos y, en particular México, por sus interrelaciones con las cadenas productivas que lo vinculan a EUA y, posiblemente también los estados del Medio Oriente, por su dependencia del recurso petróleo. Perdedores serían, igualmente, lo países más pobres y los sectores menos favorecidos de las poblaciones de esas y de otras naciones, no necesariamente tan necesitadas.

Como resultado de ambas crisis se impondrá un rediseño de buena parte de la estructura productiva y empresarial del mundo. Se consolidarán como ganadores los sectores y profesiones que hayan demostrado su capacidad de adaptación “virtual” para la producción, el comercio y los servicios. Y desaparecerán, en todas partes, muchas micro, pequeñas y medianas empresas industriales y comerciales, así como puestos de trabajo de la economía “anterior a las crisis gemelas” y tendrá lugar una readaptación de la estructura de ocupaciones de la población laboral. Se producirá un reacomodo de la economía mundial y se requerirá una mayor participación y compromiso de los gobiernos y de las instituciones financieras internacionales para la adaptación a las nuevas condiciones.  Será un proceso de “destrucción creativa” en el más amplio sentido schumpeteriano.

Una conclusión que se desprende de todo esto es que en las últimas décadas se ha desarrollado un modelo de Globalización que ya en la actualidad resulta ciego y sin control. Y que esto está afectando el propio desarrollo del progreso y del avance que una concepción de vida más global y moderna supondría. Esta situación necesita ser modificada.

La gran duda aquí es si estos resultados globales negativos, provocados por las crisis gemelas, producirán un cambio de actitud de los principales actores de la economía mundial en dirección hacia un futuro de una mayor colaboración y un enfoque más multilateralista y de rectificación de los errores e insuficiencias de la Globalización o si, por el contrario, la respuesta será un mundo más dividido, nacionalista y proteccionista y, por tanto, un retroceso en el proceso de la Globalización. Esta última actitud puede resultar muy peligrosa hacia el equilibrio y la paz mundiales futura. Esto también lo demuestra la historia.

Lo único que hasta ahora parece cierto es que la terminación de la presente crisis de la pandemia, lamentablemente, no significará también el final de la otra crisis; la económica.

1 Globalización, Innovación y Competitividad: sobre verdades, mitos y falacias”; Fernández Font, M.L.; Kindle Edition; Amazon; marzo 2016

2   Ver: Revista Foreign Policy, A.T. Kearney y el Chicago Council on Global Affairs,

3  Obra citada en 1, pág.. 58