Bolivia; Una lectura de un viejo problema

Los acontecimientos que acaban de suceder en Bolivia; la insurrección popular, la pérdida del apoyo de las fuerzas armadas al Presidente Morales y, finalmente, la rápida salida del poder de éste y su exilio en México, no son más que consecuencias naturales de situaciones mucho más profundas, que subyacen en la historia y la realidad de ese estado andino.

Un país profundamente dividido

Lo primero a recordar es que en verdad dentro de Bolivia se asientan dos pueblos diferentes; dos grupos humanos que tienen sus centros en dos de sus principales regiones, perfectamente diferenciadas una de la otra, en todos los sentidos.

Por una parte, el Altiplano andino, meseta del Collao o de Titicaca, extensa planicie de aproximadamente 100 mil km. cuadrados, aproximadamente 10% de la superficie del país, con una altura media de 3 800 metros sobre el nivel del mar, y donde se afinca, predominantemente, población indígena.

Por otra, el Departamento de Santa Cruz, con poco más de 370 mil km. cuadrados (algo más de un tercio de la superficie boliviana) y con 3,3 millones de habitantes de los 11,4 millones de toda Bolivia. Este departamento se encuentra en la zona este, la de los llanos orientales, con características sub-tropicales, una altura promedio de sólo 350 metros sobre el nivel del mar, y una población de origen europeo.

Los “Cambas” y los “Collas”

Desde inicios de la colonización española de estas tierras, a mediados del siglo XVI, se marcaron las notables diferencias. Dos pueblos separados y dos identidades detrás de dos etnias; los indígenas andinos y la población blanca oriental. Así se formó la identidad del pueblo “camba”, los descendientes de europeos, tal como se reconocen a sí mismos, y que ocupan principalmente el Departamento y la Ciudad de Santa Cruz. Y los “collas”, como los denominan los “cambas”, representantes de la cultura andina, sucesores de los incas, con toda su cultura, religión y costumbres totalmente diferentes y contrarias a las de los “cambas” y que habitan el Altiplano y otras regiones de Bolivia.

Han sido siglos de distanciamientos y separación de estos dos grupos humanos que, por circunstancias históricas, sólo se vieron congregados ambos bajo la bandera del Estado de Bolivia a partir de agosto de 1825, fecha en que se establece esta nación como país independiente. En verdad desde su fundación en 1561 hasta los años 50 del pasado siglo XX, la región de Santa Cruz – y su capital, la Ciudad de Santa Cruz de la Sierra – estuvieron prácticamente separadas de la vida política y social del centro del país, y de La Paz, sede de los poderes ejecutivo y legislativo del país.

Desde el punto de vista económico, y desde la época colonial, en el Altiplano se concentraban las actividades mineras y una oligarquía vinculada a estas, y con ello una clase obrera y sus organizaciones. Al tiempo de que en las zonas orientales de Santa Cruz se consolidaron actividades eminentemente agrícolas y pecuarias, con una oligarquía terrateniente, conservadora y patronal.

Ya desde el siglo XIX comenzaron fuertes manifestaciones del deseo de independencia de la región de Sta. Cruz y de su población “camba”. Fue así que en ese siglo se produjeron, sin éxito, dos declaraciones de independencia en distintos momentos.

Posteriormente, durante el siglo XX, especialmente con el descubrimiento de importantes reservas de hidrocarburos en el Departamento de Santa Cruz, se acelera la modernización y diversificación productiva de esa región y también se acentúan las contradicciones de éste con el poder federal central de La Paz. A su vez, durante los últimos años comienza un importante éxodo de población pobre “colla”, que emigra de sus territorios de origen hacia las prosperas zonas “cambas”, y se asienta en barrios marginales, periféricos de las ciudades orientales. Se reproducen así con fuerza, dentro de la nación boliviana, los patrones de las relaciones riqueza-pobreza que se ven también en otros países y que predominan en muchas partes del mundo.

A inicios del siglo XXI todo este proceso histórico desemboca en el recrudecimiento de las profundas expresiones de racismo y separatismo de la población “camba”, y que llega a manifestarse en fascismo organizado en grupos políticos de hegemonistas blancos enfrentados al indigenismo nacional. Y en este contexto aparece …..

Un Presidente Indígena

Por obra y gracia del ejercicio democrático que se afirma en Bolivia luego de cruentas guerras internas y externas y del predominio de dictaduras militares a lo largo del siglo XX, en diciembre del 2005, en un momento de auge de los movimientos de izquierda en América Latina, llega al poder por las urnas, con el 54% de los votos, el primer presidente indígena, en un país cuya población autóctona constituye aproximadamente la mitad: Evo Morales Ayma, de ascendencia aimara, líder sindical del movimiento de los cocaleros y fundador del MAS (Movimiento al Socialismo) quien se convierte en el primer presidente de origen indígena de Bolivia.

El desempeño del Presidente Morales

Cuando Morales comienza su primer mandato en enero del 2006, según la constitución boliviana, podía reelegirse sólo una vez más. Y esto, en efecto, ocurre en diciembre del 2009, cuando es reelecto con el 64% de la votación y comienza en enero del 2010 su segundo y, supuestamente, último mandato. Pero, en su momento, Morales, ya consolidado en el poder, fuerza una interpretación constitucional y logra una nueva y tercera reelección en el 2014, lo cual constituía de por sí una violación del orden constitucional establecido.

Cierto es que el Presidente Morales y su gobierno tuvieron notables éxitos en el terreno económico y social durante sus primeros tres mandatos. Estos se concretan, entre otros indicadores, en un crecimiento global de la economía entre el 2006 y 2017 del orden del 4,9% como promedio, una baja tasa de desempleo y una reducción de la población en pobreza extrema desde un 45% en el año 2000 a un 17% en el 2017. Bolivia se convirtió en ejemplo para América Latina y el Caribe.

Pero, no obstante estos destacados logros, no se dejaría esperar el rechazo de las influyentes fuerzas opositoras de Morales a esta tercera reelección, con lo cual el propio gobierno, quizás confiado en las victorias en las tres elecciones ganadas de manera absoluta y abrumadora en primera vuelta, organiza un referéndum acerca de las posibilidades de una cuarta reelección. Ese referéndum se realiza en febrero del 2016 y el resultado es un NO, con un 51% de los votos, avalado por la supervisión de la OEA y de la ONU.

Este resultado negativo debió de haber sido señal suficiente de que las condiciones habían cambiado y que ya el pueblo boliviano no deseaba una continuidad, prácticamente indefinida, de Morales en el poder, a pesar de que al país no le iba mal. Pero Morales desconoció los resultados del referéndum y, argumentando un supuesto “derecho humano” a ser electo (derecho que no está escrito en ninguna parte), vuelve a lanzarse en las elecciones de octubre del 2019, para un cuarto mandato. Y esto ya era ir demasiado lejos.

Los resultados de este episodio son recientes y están suficientemente documentados en la prensa. A diferencia de ocasiones anteriores, y ante la casi certeza de una segunda vuelta, se realizó un fraude manifiesto en el proceso electoral y, ante la presión popular, este delito fue demostrado por escrutinios de organismos internacionales y empresas convocadas para auditar el proceso.

Tal situación desbordó el vaso y exacerbó las siempre existentes contradicciones entre los principales grupos ciudadanos y durante tres semanas se produjo una verdadera confrontación violenta entre partidarios y contrarios a Morales. Esto no hizo más que reflejar la muy vieja historia de lucha entre los dos pueblos y que, de no haberse contenido hubiera podido conducir a una verdadera guerra civil, del tipo de las que ya han ocurrido en siglos pasados en la historia de Bolivia. El ex presidente Morales, conocedor de la historia de su país, lo entendió así y se apresuró a presentar su renuncia.

¿Hubo o no golpe de estado?

En verdad, y al calor de las serias implicaciones de lo ocurrido, considero que la respuesta afirmativa o negativa a esta pregunta no es lo esencial. Es más, pudiera pensarse que desvía un tanto la atención de procesos mucho más importantes que un tecnicismo político o jurídico de si se puede considerar la salida de Morales del poder como resultado o no de un golpe de estado.

Lo incuestionable aquí fue que el ex presidente Morales quiso forzar la situación de su permanencia en el poder más allá de lo que resultaba necesario, posible y deseable para los bolivianos y que esta realidad él podía haberla evitado, de haber tenido un poco más de tacto político, madurez y humildad.

¿Será éste acaso un rasgo de la personalidad de buena parte de los líderes de la izquierda latinoamericana?

Morales, al parecer, fue bastante buen presidente y podía haber entrado a la historia de una manera elegante. Pero, después de 13 años en el poder, casi al final, lo echó a perder y deja a su país en un vacío que nadie sabe cómo será llenado en el futuro y él, en lo personal, pasará como un exiliado político más.

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