¿Qué está sucediendo en algunos países de América? Tres casos a estudiar

Claro que siempre han existido diferencias en lo interno y hacia el exterior, pero dejando a un lado las grandes desigualdades históricas de todo tipo entre los Estados Unidos de América, México y Brasil, durante los últimos meses del 2018 en esas tres naciones se puede apreciar el crecimiento de situaciones políticas complicadas que, si bien presentan causas y signos ideológicos diferentes –y hasta contrapuestos- tienen un elemento común que es el incremento en la polarización interna dentro de esas sociedades.

A pesar de todas sus disparidades culturales, económicas y políticas es indudable el significado de esas tres naciones americanas, y de ellas en su conjunto. Las tres, las mayores de América, representan un 47% de la superficie total del continente americano y cuentan con un 62% de los habitantes que viven en este espacio. Lo que ocurra en cualquiera de ellas, obviamente, impactará significativamente en el resto de América. Mucho más si algo pasa….. en las tres al mismo tiempo.

                                          El inicio de esta historia reciente

Pienso que, si no fue el comienzo de esta situación, al menos su muestra más visible se produjo con las elecciones presidenciales de los EUA en noviembre del 2016. En mayo de ese propio año habíamos publicado en este blog el trabajo “Una visión sobre los Estados Unidos ante las elecciones de finales del 2016” (29 de mayo 2016) y en ese artículo señalaba: “Las elecciones de noviembre en los Estados Unidos pueden ser vistas, más que el enfrentamiento entre dos partidos, entre dos posiciones o dos contrincantes presidenciales, como la confrontación de un grupo social determinado frente al resto de la heterogénea población estadounidense”. En ese momento ya se vislumbraban las tormentas posteriores.

Unos meses después, una vez conocido el resultado final de la elección, en otro trabajo titulado “El Voto de la Ira” (9 de noviembre 2016) escribía: “… a pesar de su nombre, los “Estados” están cada vez más lejos de estar tan “Unidos” como podría suponerse. El país se ha polarizado y dividido, como posiblemente nunca antes se haya visto en una elección allí. La situación se fue por encima de las pasiones políticas que despiertan, obviamente, una contienda electoral y se convirtió en una confrontación de intereses profundamente contrapuestos en una sociedad cada vez más diversa y heterogénea”. Se confirmaban los pronósticos.

Han transcurrido dos años desde que escribiera estas palabras y la realidad de este último periodo ha superado la percepción inicial.

En las elecciones de mediano término, que se acaban de celebrar en los Estados Unidos en noviembre del 2018, no ha ocurrido más que una profundización de esa división que se ha venido tejiendo en especial –aunque no de manera exclusiva- por el poder ejecutivo norteamericano en el transcurso de los últimos dos años y que ha desbordado el ámbito nacional para convertirse en serio problema internacional y mundial.

Así, en este momento cada una de las partes contendientes se atribuye la victoria, lo cual en sí mismo es una muestra palpable de cuan dividida está la realidad –y la percepción de esta- dentro de la sociedad norteamericana. Cuando no se puede declarar claramente un vencedor y un perdedor esto significa que existe una dispersión de situaciones que hace muy difícil, por no decir imposible, cualquier avance. Y esto, al parecer, es lo que está ocurriendo en la actual estructura política de los EUA.

Algo parece claro y es que, a partir de ahora, esa nación verá crecer las confrontaciones entre los poderes ejecutivo y legislativo –y también obviamente el judicial- y que las cosas lejos de mejorar, se pudieran agravar en lo inmediato. Evidentemente, al poder ejecutivo, dada la actual composición de ambas cámaras legislativas, le será cada vez más difícil gobernar, y especialmente si trata de continuar haciéndolo desde un estilo unipersonal, caprichoso, en muchos casos contradictorio, que ha caracterizado a la actual administración en estos dos últimos años.

En ese ámbito de la alta política norteamericana podrá ocurrir cualquier cosa, pero por el momento, a nivel de la población, y según un informe publicado el 13 de noviembre del 2018 por el Buró Federal de Investigación (FBI), los delitos de odio en los EUA aumentaron en el 2017 por tercer año consecutivo en un 17% y según dice el propio informe tres de cada cinco de ellos – y suman 7175 delitos en todo el país en ese pasado año- son motivados por problemas raciales o étnicos.

                                           Lo que ocurrió en México

Como se sabe, a diferencia de lo sucedido en EUA – y también en Brasil, como veremos más adelante- en las elecciones de México en julio de 2018 el voto mayoritario se inclinó hacia una coalición de la izquierda, representada principalmente por un tradicional dirigente político que, luego de varios intentos fallidos (como en el caso Lula) creó un nuevo partido para este propósito electoral y lo logró, en esta, su tercera ocasión.

Puede ser que, en este caso también, más que por una clara conciencia de una nueva plataforma política y de un programa suficientemente definido, el nuevo partido y su viejo dirigente lleguen al poder como resultado del cansancio y del rechazo generalizado  hacia la ejecutoria de las viejas “partidocracias” y de todas sus consecuencias en materia de alta corrupción, impunidad y violencia crecientes. Es decir, gana más la esperanza de cambio que el viejo camino conocido y no deseado. Pero esa historia no es nada nuevo. Lo que sucedió recientemente en México ha sido, al parecer, otro legítimo “Voto de la Ira”. Uno más en su larga lista en la América Latina de los últimos cien años.

En efecto, el actual recién electo presidente ganó con el 53% de los votos, según conteo oficial, en 31 de los 32 estados de la nación azteca. De acuerdo a los registros éste ha sido el presidente más votado en la historia de México y también se señala que se produjo una asistencia récord a las urnas de un 63,4% del electorado.

Esas cifras son en verdad, estadísticamente hablando, hitos electorales en la nación azteca donde tradicionalmente ha predominado la dispersión, la apatía y el abstencionismo en los procesos de elección. Tales datos, a primera vista, pudieran presentarse como testimonios irrebatibles de un liderazgo incuestionable y generalizado del vencedor. Pero, en verdad, si se analiza un poco más profundamente, muestran también algunos sesgos.

Primero, a pesar de sus records históricos, hubo poco más de una tercera parte del padrón electoral que se mantuvo al margen del asunto; simplemente, no fue a votar. Y segundo, el 47% de los que votaron escogió otro candidato diferente al presidente electo. Esto es, aproximadamente 24 millones de electores votaron por el ganador, pero otros 65 millones de votantes o no lo hicieron o eligieron otros candidatos, Esto quiere decir que el ganador llega a la presidencia de la nación con el 37% de los votos técnicamente posibles, lo cual puede resultar no bajo para los patrones tradicionales del país, pero que, también es muestra indiscutiblemente de que el 63% de los votantes prefirió otra alternativa electoral o ninguna.

El nuevo gobierno de México, a partir de diciembre del 2018, se “estrena”, por primera vez en muchas décadas, en un modelo de gobierno de izquierda, que tratará de cumplir un programa muy diferente, durante los seis años en que le corresponderá constitucionalmente gobernar el país. Y esto deberá hacerlo, por el momento, sin una real mayoría absoluta del favor de la población y, además, según se ha declarado públicamente, manteniendo el respeto a la democracia, al orden institucional y al derecho de propiedad establecido. Todo lo cual resulta, a fin de cuentas, nada fácil de lograr, si repasamos la historia.

Contando también con una muy alta representación del partido ganador en ambas cámaras legislativas es posible que no le resulte tan difícil, como no le fue en los dos primeros años de la actual administración norteamericana, mantener un equilibrio de poder y avanzar en sus propósitos. De todas formas, la sociedad mexicana actual se encuentra también fragmentada, no ya sólo en cuanto a pertenencia o simpatías por partidos o agrupaciones políticas, lo cual parece haber quedado un tanto atrás, sino en lo relativo a la diversidad de intereses, aspiraciones y, sobre todo, de temores, esperanzas y percepciones sobre los posibles y más probables futuros. El reto que tiene ante sí el nuevo gobierno es formidable.

Los acontecimientos en Brasil

En este caso, a diferencia de México, que ahora comienza a adentrarse en el camino político de una nueva concepción de izquierda, el gigante sudamericano “viene ya de regreso” de esa historia, en un sentido diametralmente opuesto.

Primero, fueron los dos mandatos de Luiz Inácio Lula da Silva, quien también fundó su partido, el Partido del Trabajo (PT), y que llegó al poder, igualmente luego de su tercer intento, en el 2003 y que estuvo al frente de Brasil hasta el 2010. Lula, líder sindical y obrero metalúrgico, partió de una posición inicial en la izquierda tradicional, pero luego, una vez en el poder, se desplazó a un lugar político mucho más al centro.

La llegada de Lula a la presidencia de Brasil puede decirse que también fue resultado de frustraciones y desengaños que dejaron en ese pueblo las fallidas democracias y los partidos tradicionales, además interrumpidos por una dictadura militar que gobernó entre 1964 y1985,

El gobierno de Lula obtuvo indiscutibles logros sociales para el pueblo brasileño y económicamente aprovechó muy bien –mucho mejor que México, por ejemplo- el boom de los altos precios de las materias primas y de los productos agrícolas durante la primera década del nuevo milenio. Lula salió de la presidencia en el 2010 con un 80% de aprobación de su mandato y un muy alto prestigio internacional pero, quizás lamentablemente y no obstante todo esto, hoy día está en la cárcel.

Brasil, con la entrada de Lula y del PT al poder a inicios de los años dos mil, también daba un portazo en la cara a los viejos partidos y a todas sus nomenclaturas. Pero, en las sombras del supuesto nuevo tejido económico y político brasileño se trenzaban los hilos de enormes casos de corrupción. El más significativo de ellos; Odebrecht; gigantesca empresa transnacional privada brasileña, cuyos grandes sobornos –iniciados poco antes de la época de Lula y luego continuados durante el gobierno de su discípula Dilma Rousseff y aún después, “salpicaron” a altos funcionarios, en primer lugar del propio Brasil y de empresas estatales brasileñas como Petrobras, pero también a autoridades de otros veinte países.

Esas consecuencias llegarían hasta México, a su petrolera estatal PEMEX, durante el período 2010 al 2014, e involucraron a altos representantes de la ya anterior administración mexicana, incluyendo algunos gobernadores y figuras del poder ejecutivo que acaban de dejar sus cargos. También estuvieron ligados algunos de los más altos personajes del actual gobierno de Venezuela y dirigentes de otros países latinoamericanos. Este asunto fue puesto de manifiesto a partir de una investigación del Depto. de Justicia de EUA, publicada en el 2016, y  se encuentra ampliamente documentada. Este caso, entre otros, dejó una mancha que no se ha podido borrar sobre el paso de la izquierda por el gobierno de Brasil, a pesar de sus logros sociales, los cuales, al parecer, se fueron disolviendo en el tiempo. Resulta curioso que, en otros lugares, en que también se involucraron altos funcionarios, no ha habido una muy apreciable –ni conocida- repercusión de exigencia de responsabilidades por esta escandalosa y larga corruptela.

Esta reciente “fábula brasileña”, al parecer, termina luego de una corta historia en que, sin penas ni glorias – pero igualmente acusado de corrupción- un advenedizo y gris ex vicepresidente de Dilma Rousseff llegó, con su traición, a ocupar la silla presidencial de Brasil desde mediados del 2016, en que destituyeron a la Rousseff, hasta finales del presente año.

En noviembre del 2018 es electo como presidente de Brasil, también por muy amplio margen, un personaje que resulta la antítesis de Lula o de Dilma: Jair Bolsonaro. ¿Cómo acaba de llegar esta persona a la presidencia de Brasil? Por supuesto que no surgió de la nada.

Este individuo, ex capitán del ejército brasileño (hombre violento, involucrado y condenado por un caso de terrorismo dentro de las propias fuerzas armadas de ese país), diputado en el Congreso por más de veinticinco años,  defensor de la dictadura militar, de la tortura, del racismo y crítico de la homosexualidad, de los derechos de las comunidades LGTB, de los derechos de las mujeres y del activismo ambiental; representa la extrema derecha (cuasi fascista) brasileña y ha expresado que las dictaduras de Pinochet, en Chile, y la de Brasil, en su momento, no “mataron suficientes gentes”.

El recién electo presidente del Brasil al parecer se ubica – a cierta distancia – a la derecha del actual mandatario norteamericano y ganó  por amplia mayoría, con el 55% de los votos frente al 45% recibido por su contrincante, el representante del PT de Lula. En las últimas elecciones en Brasil un 22% de los votantes se abstuvo y, por tanto, el nuevo presidente también deberá gobernar a ese gigantesco país con sólo un tercio de aprobación técnica.

Según determinadas fuentes, un 60% de los votantes del recién electo presidente brasileño fueron personas de entre 16 y 34 años. Esto es,  la misma franja de edades que apoyó a Lula hace casi veinte años. Gran diferencia desde entonces a acá,  y puede que no sea sólo por los naturales cambios en la estructura demográfica y social de la población.  En este periodo muchas cosas deben haber sucedido allí para que se diera semejante viraje político en el contexto específico de un país tan tradicionalmente liberal como Brasil.  Se considera que las fuerzas que, en particular, llevaron a este señor a la presidencia, estaban agrupadas en influyentes redes sociales y que este individuo arrasó en las ciudades, en sus puntos más ricos, y de mayoría blanca. Y…… para el resto ¿Qué?

Considero que una gran similitud entre los procesos gubernamentales que recién se estrenan en México y en Brasil es que, al igual que en los EUA, en estos países se parte de sociedades profundamente divididas y de resultados presidenciales que no dejan de sorprender, si bien son, desde un punto de vista político, intensamente contrapuestos.

Por otra parte, la gran diferencia, en mi opinión y en amplio favor de México, está en la distinción abismal de los propósitos del electo presidente mexicano y  su orientación de gobierno, respecto a lo que previsiblemente podría pasar en Brasil a partir de enero del año 2019.

Conclusión

Por supuesto que en estos momentos no hay – ni puede haber – una conclusión a esta historia. Este “cuento” recién comienza. Con un poco de paciencia, y de vida, en unos pocos años podremos evaluar los resultados, en uno y otro caso. Sólo esperar para ver.

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s