El Voto de la Ira

Como todos conocemos, puede ser funesto tomar decisiones bajo la influencia de estados de ira, enojo o miedo. Mucho más si esas determinaciones son adoptadas por una parte importante de un pueblo en momentos en que las frustraciones políticas inducen a acciones que pueden ser decisivas para el futuro de esa nación. Pienso que en los Estados Unidos, una vez más, se acaba de repetir esa triste experiencia…Ya ocurrió anteriormente en la Alemania deprimida de inicios de los años treinta del siglo XX, en la China golpeada de los años cuarenta, y en la Venezuela, viciada por la política, de finales de los noventa; por sólo mencionar algunos acontecimientos conocidos. Se sabe de las consecuencias de esos sucesos.

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El pasado 29 de mayo, en este propio blog, publiqué un trabajo titulado “Una visión sobre los Estados Unidos ante las elecciones de finales del 2016”. En ese artículo señalaba:  “En efecto, todo parece indicar que hechos reales presentes en la economía norteamericana en estos momentos, no obstante los débiles signos de recuperación que muestran las estadísticas y la prensa, inducen a una gran desorientación, más o menos generalizada, y a la percepción de un cercano nuevo estallido financiero, en gran escala. Esa sensación de crisis a las puertas, obviamente, constituye terreno fértil para la aparición de cualquier manifestación que prometa: “Vamos a hacer a nuestro país grande de nuevo….” Al parecer, esto fue lo que, en esencia, ocurrió en las recientes elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Muy pocos analistas, por no decir ninguno, predijeron lo que realmente sucedería. Esto demostró que, no obstante no se reconozca, sabemos muy poco de esa nación y de su pueblo.

Los resultados en verdad rebasaron las preocupaciones iniciales y lo primero que pueden mostrar es que los Estados Unidos, a pesar de su nombre, los “Estados” están cada vez más lejos de estar tan “Unidos” como podría suponerse. El país se ha polarizado y dividido, como posiblemente nunca antes se haya visto en una elección allí. La situación se fue por encima de las pasiones políticas que despiertan, obviamente, una contienda electoral y se convirtió en una confrontación de intereses profundamente contrapuestos en una sociedad cada vez más diversa y heterogénea.

Es posible que parte importante del “voto de castigo” dado por un amplio sector de la sociedad norteamericana a la candidata que representaba el establishment tradicional de la política norteamericana estuviera determinado por una percepción, más o menos generalizada, sobre errores, debilidades, insuficiencias o deficiencias cometidos por ese sector político en el pasado reciente, o aún en el presente.

Pero la otra parte de la explicación pudiera estar dada por la posibilidad de que el cosmopolitismo, el “melting pot” (crisol de razas o “americanización”) de las culturas que caracterizan la sociedad estadounidense se haya desbordado y se esté asistiendo a un enfrentamiento de fondo entre los dos polos genéricos que componen esa nación: los “anglos”, bastante homogéneos en cultura, religión, etc. y el “resto”, tan diverso que incluye latinos, musulmanes, afronorteamericanos, asiáticos, entre otras minorías, así como a todas sus combinaciones posibles. El primer grupo; los anglos, “los que llegaron primero”,  están en amplia reducción como proporción poblacional y su influencia. El segundo, “los que se incorporaron después”, se encuentra en expansión demográfica y económica. De ser esto así, es decir, por una confrontación de esta naturaleza, entonces nada bueno puede esperarse.

Lo anterior no quiere decir que grupos humanos que por su origen puedan pertenecer, genéticamente hablando, al grupo de los ciudadanos blancos de origen sajón no se identifiquen con intereses y preocupaciones de otros segmentos de la población no sajona, ni que todos los “no sajones” coincidan con las posiciones de las minorías a las que ellos pertenecen. Hay de todas las situaciones.

Pero, en fin, cualquiera sea la explicación de las causas de lo que ocurrió, lo más preocupante y grave es la profunda hendidura que muestra la sociedad norteamericana y lo que comienza a partir de ahora, así como lo que se puede esperar de esta nueva situación internacional que se inicia, aún antes de la toma de posesión en enero del 2017.

Independientemente que se respete la decisión, no muy amplia, pero mayoritaria, de la parte del pueblo norteamericano que acudió ayer a las urnas, en verdad cualquier observador desapasionado puede reconocer que la imagen personal que mostró el “candidato electo” en sus múltiples intervenciones a lo largo de todos estos meses de difícil y desagradable campaña política no ha dado, para nada, la impresión del mínimo de seguridad, claridad, equilibrio emocional, dominio, aplomo y experiencia que se supone deba tener cualquier presidente de un país; mucho más si se trata de los Estados Unidos de América del año 2017.

En este sentido, partiendo de lo que infinidad de expertos consideran como una real y objetiva falta de preparación de esta persona para ese cargo, una gran incógnita será: ¿Le resultará posible modificar su comportamiento anterior o seguirá, como Presidente de los Estados Unidos, enviando la misma impresión de prepotencia e improvisación, por decir lo más leve, que lo caracterizó como candidato? Es posible que no le interese cambiar su imagen o que realmente no pueda, pero de esto dependerán muchas cuestiones. No sólo la representatividad y el respeto internacional a los Estados Unidos como nación, sino también la seriedad de los pasos políticos que se pueda esperar de ese nuevo gobierno.

La historia también ha enseñado, a través de sus múltiples lecciones, que en situaciones como la que comienza hoy, la euforia y el triunfalismo inicial de determinados grupos sociales, se convierten en un plazo no largo en un “bumerang” que golpea a los que lo lanzaron, y pienso que serán los propios Estados Unidos los que llevarán la peor parte de esta decisión.

Por otro lado, en mi opinión, para el mundo la señal es clara: Prepararse para lo peor. Para un tsunami o un terremoto, similar al de México en 1985, en el decir de hoy en la mañana de Enrique Krauzer, historiador y escritor liberal mexicano. Claro está también que, junto con los Estados Unidos, lamentablemente México compartirá resultados nada esperanzadores ni positivos en esta nueva situación. La otra pregunta: ¿Está la nación azteca realmente preparada económica y políticamente para las tormentas que se avizoran? Esto está por verse.

Pero, como también se sabe, en toda crisis hay amenazas, pero igualmente oportunidades. Y dicen personas grandes, con mucha experiencia, que: “A grandes males, grandes remedios”.  Y es posible que México, como nación que en la actualidad se perfila como la décima economía a nivel mundial, según Forbes, en medio de estas previsibles y muy difíciles circunstancias, sin abandonar ni dejar a un lado las obligadas relaciones con los Estados Unidos, sea capaz de crecerse, de levantarse por sí misma de una vez por todas; que esto sea el “encontronazo” necesario para impulsar a México a abrirse hacia nuevos horizontes y alternativas, dejando a un lado la tradicional tutela y dependencia del vecino estadounidense y desterrando ese dicho y ese pensamiento, tan habitual y poco feliz, de que: “Cuando los Estados Unidos estornudan, a México le da pulmonía”.

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