¿Significa el “BREXIT” el inicio del fin de la Unión Europea?

Esta pregunta me la hizo un amigo hace unos días y pensando sobre esto que, al parecer, está en la mente de muchas personas, me decidí a escribir las siguientes consideraciones sobre el tema

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Un poco de historia nunca viene mal

Como casi siempre sucede, es conveniente echar mano a la historia para, como dijo un ilustre personaje en su momento, poder explicar las raíces del presente y también descubrir los posibles embriones del futuro. Por esto es importante entender de dónde partió ese sistema integracionista que hoy es la Unión Europea y en el cual participan 28 Estados (serán 27 cuando se produzca la salida del Reino Unido o el llamado BREXIT, o British Exit).

Lo primero a señalar es que ese proyecto concebido hace 65 años fue inicialmente, y ante todo, una iniciativa franco-alemana. Nació a partir del aprendizaje de las muchas desgracias dejadas por las milenarias guerras europeas, y más específicamente por la Segunda Guerra Mundial, lo cual llevó al convencimiento en algunas de las personalidades de la Europa de ese entonces que era necesario crear mecanismos que impidieran, de manera definitiva, que se repitiera una vez más esa terrible experiencia.

Así, los franceses tuvieron una idea muy audaz y arriesgada, a sólo cinco años de terminado el conflicto mundial. Esta era poner, bajo una sola alta autoridad común, toda la producción del carbón y el acero de Francia y de Alemania. Es decir, unir las producciones de estos dos recursos estratégicos para la reconstrucción posbélica; el carbón y el acero, producidos por Francia, una de las naciones más afectadas por la agresión nazi, así como la producción de estos renglones generada en la nueva Alemania; el país agresor, vencido y ocupado por varios ejércitos– entre ellos el propio francés. Era una idea verdaderamente intrépida. El proyecto se manejó en secreto por Jean Monnet, Comisario General del Plan de Modernización y Equipamiento del Gobierno francés durante abril de 1950 y se lo entregó a Robert Schuman, Ministro de Asuntos Exteriores de Francia en ese momento, quien inmediatamente, el 9 de mayo de 1950, se lo hizo llegar al jefe de gobierno de la recién constituida República Federal de Alemania, el Canciller Konrad Adenauer. Los alemanes acogieron con entusiasmo el plan. Era para ellos una nueva oportunidad; la esperanza de no volver a perder, por tercera vez, la batalla por expandir las fronteras económicas y comerciales germanas dentro de Europa, que era lo que, en última instancia, había dado lugar a las dos guerras anteriores. Esta vez se abría la coyuntura de hacerlo de manera diferente; por vías pacíficas, cooperativas y ordenadas.

Nació de esta forma la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, con la firma del Tratado de París, en abril de 1951, suscrito no sólo por Francia y Alemania, sino también por Italia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos. En esta nueva Europa Común, entre los actores importantes no quiso estar presente, no obstante que fue directamente invitado, el Reino Unido.

Dentro de las concepciones iniciales del llamado “Plan Schuman”, que dio origen a la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA), se contemplaba su ampliación a otras naciones europeas, así como su expansión posterior a otros productos, y la creación gradual de espacios de libre circulación de personas y capitales entre los países miembros.

Seis años más tarde, en 1957, la CECA se transformó y se convirtió en la Comunidad Económica Europea (CEE) y surge la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EUROATOM), integrada por los mismos seis países fundadores de la CECA.

En el año 1961, el Reino Unido, junto con Irlanda y Dinamarca, solicitan su ingreso a la Comunidad Económica Europea. Pero dos años más tarde, en 1963, es el Gral. Charles de Gaulle, en ese momento presidente de Francia, quien entonces expresa las dudas de su país acerca de la verdadera voluntad británica de incorporarse a la Comunidad y veta la petición. Luego de esto, a los pocos días, se suspenden las negociaciones de adhesión de todos los países solicitantes. Transcurrirían cuatro años más, en 1967, cuando el Reino Unido, junto con Irlanda y Dinamarca, vuelven a solicitar su ingreso a la Comunidad. El Gral. de Gaulle sigue negado a aceptar la incorporación británica. No es hasta 1972, en que el Reino Unido, acompañado de Irlanda, Dinamarca y Noruega, firma los tratados de adhesión a la Comunidad Europea. Para ese momento, Charles de Gaulle ya había dimitido como Presidente de Francia, en 1969, y fallecido un año después. De no haberse dado estas circunstancias, posiblemente en esa ocasión tampoco el Reino Unido hubiese sido admitido en la Comunidad. Por su parte, el pueblo noruego votó NO a la adhesión, por primera vez, en un referéndum. Luego lo haría nuevamente, en otra ocasión.

En 1973 ya es la “Europa de los 9”. A inicios de los años ochenta se debate dentro de la Comunidad sobre la contribución británica al presupuesto comunitario, lográndose un acuerdo en este sentido. Pero en 1984, y ante las protestas británicas, la Comunidad se ve en la necesidad de otorgar una “compensación monetaria” al Reino Unido, a fin de reducir su contribución al presupuesto comunitario. Grecia se incorpora en 1981; España y Portugal lo hacen en 1985. Ya para ese año es la “Europa de los 12”. En 1993 la Comunidad Europea se convierte en la Unión Europea, con 15 Estados miembros. En el 2004 se produce, de golpe, la incorporación de 10 países, la mayoría de ellos antiguos estados de la desaparecida Unión Soviética, o de su esfera de influencia, que buscaban un “nuevo acomodo” dentro de Europa.

En mi criterio, esa abrupta decisión del Consejo Europeo de aceptar a esas naciones tenía, entre sus propósitos finales, pegar las fronteras de la Unión Europea, lo más posible, a la cercanía geográfica con el gigante ruso. Esto, en otro orden, era una muy vieja aspiración, siempre insatisfecha – tanto de Francia como de Alemania. Ya es la “Europa de los 25” En el 2007, otros dos estados ex socialistas a los que “se les hizo tarde”: Bulgaria y Rumanía, entran a la Unión Europea. Y suman 27 naciones.

Desde su incorporación efectiva, en 1973, y hasta el presente, la participación del Reino Unido dentro de la Comunidad y de la Unión Europea ha sido conflictiva en diferentes aspectos y esto se ha ido haciendo cada vez más patente a medida que “ha crecido aceleradamente la familia europea”. Los británicos, de manera creciente, han tratado de mantenerse lo más distante posible de las decisiones comunitarias europeas.

Así, por ejemplo, nunca se sumaron a los dos principales proyectos de la Unión: el Acuerdo Schengen, de 1995, sobre el cese de control de visas en las fronteras comunes, y el establecimiento de la moneda común europea, el euro, en 1990. En el 2012 se negaron a firmar el Pacto Presupuestario, conciliado entre París y Berlín, que establecía fuertes normas de disciplina financiera. En noviembre del 2015, el hoy ex primer ministro inglés, David Cameron, envió una carta al presidente del Consejo Europeo plantándole un conjunto de “reivindicaciones” para la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Estas estaban referidas a la reducción del flujo migratorio de la UE al Reino Unido, con la prohibición de ayuda social a los migrantes, eliminación de normas burocráticas establecidas por la UE, fortalecimiento de la soberanía británica, incluyendo renunciar a “avanzar hacia una unión más estrecha”, entre otros aspectos. Es decir, el BREXIT no fue más que una “crónica de una muerte anunciada”, parafraseando a García Márquez.

¿Qué puede significar este divorcio para el Reino Unido y para Europa y el resto del mundo?

Como en toda separación, siempre hay sus partes buenas y sus partes malas. Aquí lo primero es recordar que ni el Reino Unido le debe su actual poderío económico a Europa ni Europa tampoco se lo debe al Reino Unido. Ya no son los tiempos de la Inglaterra de la Primera Revolución Industrial y del nacimiento del Capitalismo, y esto parecen olvidarlo algunos británicos.

Para el Reino Unido, su salida de la Unión Europea, va a representar, indiscutiblemente, la pérdida de las excepciones arancelarias de quienes constituyen sus socios principales, los otros europeos; una merma significativa de inversiones europeas que se realizan, de manera preferencial, en territorio británico; la pérdida de puestos de trabajo por desplazamiento de las exportaciones británicas; la libra esterlina, como consecuencia de todo lo anterior, perderá posición frente al euro; entre otros aspectos.

Pero, también para los ingleses, esta separación va a significar dejar de pagar las contribuciones al presupuesto de la Unión Europea, que se estiman alrededor de los 11 300 millones de euros anuales, y sobre lo cual ha habido tradicionales litigios; se producirán reducciones y mayor control sobre la migración europea y de otras naciones, si bien los ciudadanos británicos que viven en otros países europeos también podrían perder sus status. El Reino Unido podrá estrechar, aún más, sus fuertes relaciones comerciales e inversionistas con los Estados Unidos, lo cual ha sido siempre una aspiración británica.

En síntesis, habrá para el Reino Unido costos, y también beneficios, y realmente es muy difícil, por no decir imposible en este momento, realizar un balance definitivo de los resultados de su salida de la Comunidad, tanto en términos monetario-financieros como sociales y políticos.

Para la Unión Europea el BREXIT representa un golpe duro, pero no necesariamente la destrucción del sistema de integración. En este caso, la propia posición del tradicional aislamiento y separación británica del resto de Europa beneficia a la Unión Europea. Por ejemplo, al no participar el Reino Unido en la Zona Euro ni en el Acuerdo Schengen, no hay nada que mover en estos aspectos. La Unión Europea siempre podrá establecer acuerdos comerciales con el Reino Unido, lo cual deberá ser del interés de ambas partes. Un Reino Unido aún más “norteamericanizado” por supuesto que debilita las posiciones europeas en la arena política internacional, y la reducción del mercado inglés para productos procedentes de la Europa Continental afecta a los productores europeos. La pérdida de la contribución británica al presupuesto de la Unión Europea, no obstante su tradicional resistencia a pagar, claro está que afecta el balance financiero de la Unión. Y, por su parte, una política migratoria inglesa más restrictiva crea mayores presiones sobre las restantes regiones europeas, entre otras afectaciones.

En síntesis, posiblemente en lo inmediato las afectaciones del BREXIT van a ser mayores para la UE que para la Gran Bretaña, y con muy pocas ventajas para el Sistema Europeo porque, indiscutiblemente, en el tablero de Europa, el Reino Unido no es precisamente de las naciones a las que hay que “empujar”, en el sentido económico. Tampoco hay que olvidar que el proyecto comunitario europeo transitó, durante sus primeros treinta años de vida, sin la presencia inglesa, y que esto no fue un obstáculo para su consolidación y avance.

Por otra parte, la teoría del “efecto demostración negativo” que pudiera dar el ejemplo del BREXIT, y que pudieran seguir otras naciones comunitarias, conduciendo al final a una desintegración de la Unión Europea, consideró que tampoco es un factor determinante. En mi opinión personal hay naciones que hoy forman parte de la Unión (no voy a mencionarlas por sus nombres) que si deciden salir del Sistema, el proyecto integracionista europeo ganaría. Pero esas no son las que se van a autoexcluir porque son las que más tienen que ganar de la integración. Los otros países, que son la mayoría del potencial productivo, industrial y comercial de la Unión, aunque ya hoy son una minoría, en términos del número de Estados, son los más comprometidos políticamente con el proyecto europeo y con su integración recíproca. Esos tampoco “se van a ir”. Si, eventualmente, un Estado o parte de éste, decidiera salirse, seguiría funcionando el Esquema.

En cuanto al impacto para el resto del mundo pienso que las implicaciones serían mucho más débiles que las que sufrirán los involucrados directos; el Reino Unido y la Unión Europea. Y que, una vez producida la separación, existirá una tendencia a mediano-largo plazo al reacomodo y a la estabilización de los efectos, bajo las nuevas circunstancias de las relaciones económicas y políticas internacionales. Obviamente, los mercados mundiales se resienten; las bolsas son muy sensibles a cualquier suceso y muestran, inmediatamente, su nerviosismo. Ya lo han hecho sólo con el anuncio del posible BREXIT, pero a esto ya nos tienen acostumbrados. Mientras existan las bolsas, siempre habrá razones para las perturbaciones, porque de eso, y de los movimientos especulativos asociados a esas perturbaciones, es que viven. En un “mar sereno y en calma” las bolsas perderían una buena parte de su actual razón de existir. Y las propias bolsas no pueden permitir esto.

En el caso de América Latina, y de México en particular, los impactos del BREXIT serán siempre mucho menores que los problemas internos que ya tienen, y que no están asociados para nada a los británicos, y ni tan siquiera al resto de los europeos. Es mejor preocuparse, y ocuparse, de las tareas internas pendientes, y no cumplidas, y dejar a otros sus propios rollos.

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