La Globalización del Miedo

A partir de la década de los años setenta del pasado siglo, en muchas partes del mundo comenzó a levantarse con fuerza una gran ola de miedo frente a un “nuevo” proceso que, aunque existía hacia mucho, sólo entonces empezaba a conocerse y percibirse de una manera casi universal, como una amenaza real: Surgió así el Miedo a la Globalización y a sus diferentes manifestaciones.

Treinta años después, con el inicio del siglo XXI, no había desaparecido aquel miedo original a ese proceso. No obstante, ya se comprendía mejor, y aunque seguían latentes –y en algunos casos incrementados – muchos de sus riesgos y problemas, apareció un nuevo temor, luego de la tragedia de las Torres Gemelas en el año 2001. Emergió un fenómeno, también aparentemente nuevo, quizás consecuencia del primero: La Globalización del Miedo…

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En estas notas no abordaré las expresiones del Miedo a la Globalización. Esto ya lo hice en el capítulo 3 de mi libro Globalización, Innovación y Competitividad. Sobre verdades, mitos y falacias 1, publicado en marzo del 2016 por Amazon. Aquí sólo me referiré a su nueva contrapartida: La Globalización del Miedo.

Lo primero a destacar es que no hay nada esencialmente nuevo. Nada que no haya existido antes y durante la larga marcha de la Humanidad. Lo relativamente novedoso aquí puede ser el alcance, las implicaciones y las formas actuales del Miedo Global, así como las dificultades para enfrentarlas.

Para comprender las bases de lo que está ocurriendo es necesario recurrir a tres conceptos interrelacionados, realidades que han acompañado al surgimiento y desarrollo de la “Civilización-Incivilización” humana desde su nacimiento hasta hoy. Esos conceptos vienen a ser como escalones o niveles de un mismo problema, y estos son: el Dogmatismo, el Fundamentalismo y el Terrorismo. Conceptos sobre los cuales en estos tiempos se habla mucho, pero que en ocasiones se confunden y no se comprende sus relaciones y diferencias. Los tres constituyen las bases de “La Globalización del Miedo”.

El Dogmatismo, del griego “dogma”, es el establecimiento de un conjunto de opiniones o creencias propias de un sistema humano. Los dogmas son conceptos o principios que no pueden ser cuestionados, discutidos o negados, bajo ninguna circunstancia. ¿A qué se debe su existencia? Esta pregunta puede ser respondida de una forma o muy sencilla o muy complicada. Optemos por la primera variante. Los dogmas son una creación humana, las piezas de una construcción social. Son los “ladrillos” o elementos esenciales, sin los cuales esa construcción se vendría abajo. Son las partes que fundamentan un sistema conceptual. Ni el dogma ni el dogmatismo existen en la naturaleza. Son elaboraciones humanas, vigentes para determinados espacios y tiempos. Nacieron con el humano y sólo con él desaparecerán.

Esos constructos, que asumen la forma de dogma, reflejan una necesidad tanto de una organización o institución como de los individuos que la integran. No existe la posibilidad de comprobar empíricamente o demostrar un dogma. Es sólo una cuestión de fe, de convicción interna. Lo crees y lo aceptas, o no. Cada grupo humano establece el sistema de dogmas, el dogmatismo, que le resulta más apropiado a los iniciadores de ese conjunto. Los dogmas no evolucionan, no cambian, aunque se modifiquen las circunstancias que les dieron origen pues, como no son cuestionables, obviamente, no pueden ser perfectibles. Si se pudieran cambiar, entonces ya no serían dogmas.

Los dogmas, y su expresión sistémica, el dogmatismo, son recursos a los que se aferran grupos humanos definidos, en lugares y tiempos determinados, para sustentar posiciones o creencias, sean estas religiosas, políticas, económicas, militares o cualquier otra. Por su carácter, los dogmas no son ni buenos ni malos. Son sólo creencias y prácticas instituidas para defender necesidades espirituales y/o materiales de un conjunto de personas.

Sin embargo, el dogmatismo, cuando trasciende determinados límites, y llega a sus extremos, sube de nivel y se convierte en Fundamentalismo. Para ser más preciso, el Fundamentalismo viene a ser el desarrollo del dogmatismo en sus últimas consecuencias; cuando se transforma en un cuerpo de doctrinas o dogmas estructurados entre sí, y que responden a un acatamiento total de esos principios, de manera intransigente y absoluta. En ocasiones, la defensa de determinados dogmas por parte de grupos humanos, cuando se llega a esta escala, puede conducir, como ha ocurrido muchas veces, a posiciones extremas, sin límites, en contra de las personas que no forman parte de ese grupo o que no comparten sus creencias o intereses.

El Fundamentalismo descansa en dogmas, que no requieren demostración o convencimiento mediante la razón, y por eso es frecuente que para su implantación, aplicación y mantenimiento sea imprescindible echar mano del terror. Y cuando éste se convierte en práctica usual, en política que se establece como norma, entonces nos encontramos con el Terrorismo, como la herramienta -prácticamente única- para aplicar el Fundamentalismo. Esto es una lógica coherente y muy clara, aunque resulte perversa a los ojos de la mayoría.

Por razones que sería largo explicar aquí , el Siglo XX se caracterizó por el surgimiento de sistemas de Estado dogmáticos, fundamentalistas y terroristas. Nada que ver con religiones o grupos étnicos específicos, sino con espacios geo-políticos e intereses económicos.

En la actualidad es muy lamentable que estos tres conceptos, y todas sus implicaciones, se asocien solamente a un determinado grupo humano, practicante de una religión específica. Nada más lejano de la realidad. Este sistema descrito anteriormente ha estado presente desde tiempos inmemoriales. Hay que reconocer también que prácticamente todas las grandes religiones, cualesquiera sean sus bases, orientales u occidentales, antiguas o modernas, pre colombinas o post colombinas –para no mencionar ninguna de ellas por sus nombres- a lo largo de sus historias han pasado por etapas negras, de mayor o menor duración, intensidad y extensión, en el ejercicio de estas prácticas. Y eso fue, y sigue siendo así, en determinadas situaciones. Y esto lo saben, o deben saberlo, sus practicantes, aunque no lo reconozcan.

Está claro también que el Dogmatismo, el Fundamentalismo y el Terrorismo no son sólo resultados de experiencias religiosas o de grupos étnicos. Es igualmente, y ante todo, un tema político, militar y social. Y aquí si vale la pena mencionar, por sus nombres, situaciones específicas y no tan antiguas.

Por ejemplo, el Nazi Fascismo, en la Europa del siglo XX, y su extensión a Japón, fue una expresión extrema de esta trilogía, que cobró la vida a un total estimado en 70 millones de seres. Durante ese propio pasado siglo, el Stalinismo, régimen dogmático, fundamentalista y terrorista, también extremo, que bajo la férrea mano de Stalin en la antigua Unión Soviética condujo, cierto es que a la victoria de esa nación frente al Nazi Fascismo, pero que pretendiendo ser lo contrario a ese régimen, se convirtió en su réplica; terminando directa e indirectamente con la vida de decenas de millones de ciudadanos soviéticos – además de los muertos por la guerra- en una magnitud que todavía no ha podido ser precisada. Igualmente en China, luego de la Segunda Guerra Mundial, con la llegada al poder de Mao Tse Tung, quien estableció una nueva interpretación de la doctrina comunista, basada supuestamente en el Marxismo, pero interpretada por él al estilo asiático y de manera absolutamente dogmática, fundamentalista y terrorista, y que condujo a la muerte a millones de seres.

Esto sólo por mencionar tres de los casos más conocidos del pasado siglo. A ellos se pudieran añadir otras situaciones, en dimensiones más reducidas y locales, como el Khmer Rojo, en Camboya o “Kampuchea Democrática”, de inspiración maoísta, y que en los años setenta del siglo anterior costó la vida a no menos de la cuarta parte de los habitantes de esa pequeña nación asiática; esto es, unos dos millones de muertos; o el actual caso de Corea del Norte, donde también se estima en millones los muertos por hambre o represión. Estas, y otras manifestaciones recientes del Dogmatismo, el Fundamentalismo y el Terrorismo de Estado, demuestran que estos no son asuntos relacionados sólo con religiones o grupos étnicos específicos. En lo económico, el dogmatismo Neoliberal Occidental, casi Fundamentalista, acuñado en los tiempos de Reagan y Thatcher, también se inscribe en esta historia, aunque no se haya llegado al Terrorismo ni estén contabilizados sus daños colaterales.

Al propio tiempo, en ese mismo periodo de los años setenta del pasado siglo XX y más tarde, coincidiendo con el inicio de las manifestaciones de un mayor despliegue del proceso de Globalización, y de sus atributos (los buenos y los malos), determinados países occidentales, entre ellos los Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y otros, por diferentes razones –algunas de ellas de dudosa justificación- irrumpieron militarmente y de manera violenta en regiones y naciones orientales. Esto “movió el avispero” en un mundo que ya había cambiado. En los años setenta todo cambió en el planeta…y no nos dimos cuenta en su momento. ¡Consecuencias terribles¡

A la Guerra de Viet Nam, le siguieron las de Irak, Irán, Afganistán…. Y, a pesar de los resultados que se puedan exhibir, en la llamada Época Moderna (después de la Revolución Francesa de 1789) en el fondo nunca Occidente ha logrado ganar una guerra al Oriente. Desde Napoleón a Hitler y de ahí a la OTAN.

En verdad, las derrotas de las naciones orientales a manos de las occidentales, en el peor de los casos, han sido asimiladas por las primeras como circunstanciales; pérdidas de batallas, pero no pérdidas de las guerras. Y esta realidad parece que no ha sido suficientemente comprendida por los políticos y los militares occidentales durante mucho tiempo. Es una cuestión de diferente cultura, inclusive las distintas posiciones y valoraciones frente a cuestiones tan trascendentes como la vida y la muerte. Pero esto no es lo más grave.

¿Qué ha sido lo nuevo y qué ha cambiado y conducido a la Globalización del Miedo?

Es necesario entender que, en general, casi ha desaparecido la posibilidad de la aparición y sostenimiento, en escalas significativas, de Estados Fundamentalistas, en el sentido Nazi-Fascista, Stalinista, Maoísta, etc. Ha avanzado demasiado la Democracia y la Globalización en todo el mundo. La supuesta existencia de tales estados en territorios de uno o más países no pasa de ser una pretensión política o militar, sin ningún viso de realidad. Esta es la buena noticia. Pero eso no es lo más importante, ni para ahí.

La mala noticia es que la Globalización, con el gigantesco empoderamiento tecnológico individual que ha creado, brinda las condiciones necesarias y suficientes para que un individuo o un pequeño grupo aislado, en cualquier lugar del mundo, pueda disponer de un poder capaz de destruir algo que hace sólo cuarenta años era necesario todo un Estado y un ejército de miles o millones de hombres y de dólares para llevarlo a cabo. Y esto es lo terrible. Esta situación escapa del posible control, aun cuando se pueda y deba minimizar sus riesgos

Pensando realistamente: ¿Hubiera sido factible la destrucción del World Trade Center de Nueva York por un grupo terrorista sin existir los actuales recursos tecnológicos? Es difícil suponerlo. Los últimos atentados violentos en diferentes ciudades de Europa o de Estados Unidos indiscutiblemente han requerido de tecnologías para realizarlos.

¿Qué hacer? Enfrentarnos a las nuevas tecnología o renunciar a ellas? ¡Imposible¡ ¿Qué queda entonces? Sólo aprender a vivir en estas nuevas realidades. Es posible que los gobiernos no estén, para nada, preparados para enfrentar esta situación de la aparición de la “Globalización del Miedo”. Por ahora es un problema de cada uno. Recomendación: No esperar por los gobiernos. Buscar resguardos individuales y no por la vía de las armas.

No tiene, ni nunca tendrá sentido, los “pases de cuenta” nacionales por viejas heridas de guerra. En este caso, Viet Nam no podría haber llegado a ser el centro más importante de la producción de Nike, fuera de los Estados Unidos. Alemania no tendría el lugar que ocupa en la economía mundial. China no hubiera llegado a ser el primer exportador mundial.

Es imposible impedir que individuos aislados tomen de su mano el desagravio, el ajuste de lo realizado, con razón o sin razón, y esto no tiene justificación alguna, ni nunca la tendrá. Pero es necesario aceptar que ocurrirá, y que no es evitable. Hay que aprender a vivir con esos riesgos. ¿Qué va a reducir nuestras libertades individuales? Cierto. Es parecido a acostumbrarse a vivir con el peligro de la peste en siglos pasados. Cada época tiene sus sacrificios, y hay que asimilarlos. Estos son los efectos colaterales de la Globalización.

Por último, los Dogmatismos, Fundamentalismos y Terrorismos requieren de herejes, disidentes, enemigos, libre pensadores, etc. En estos tiempos, es difícil llevarlos a la hoguera, pero siempre es posible eliminarlos. Estos también son peligros. En esta historia cada cual ocupa el lugar que le acomoda o que le compete…..

Ver: “Globalización, Innovación y Competitividad. Sobre verdades, mitos y falacias”; Fernández Font, M.; Kindle Pub. Amazon mx; pág. 127-132; Cap. 3. Secc. Detractores y Defensores del Actual Paradigma; marzo 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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