La Globalización del Miedo

A partir de la década de los años setenta del pasado siglo, en muchas partes del mundo comenzó a levantarse con fuerza una gran ola de miedo frente a un “nuevo” proceso que, aunque existía hacia mucho, sólo entonces empezaba a conocerse y percibirse de una manera casi universal, como una amenaza real: Surgió así el Miedo a la Globalización y a sus diferentes manifestaciones.

Treinta años después, con el inicio del siglo XXI, no había desaparecido aquel miedo original a ese proceso. No obstante, ya se comprendía mejor, y aunque seguían latentes –y en algunos casos incrementados – muchos de sus riesgos y problemas, apareció un nuevo temor, luego de la tragedia de las Torres Gemelas en el año 2001. Emergió un fenómeno, también aparentemente nuevo, quizás consecuencia del primero: La Globalización del Miedo…

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En estas notas no abordaré las expresiones del Miedo a la Globalización. Esto ya lo hice en el capítulo 3 de mi libro Globalización, Innovación y Competitividad. Sobre verdades, mitos y falacias 1, publicado en marzo del 2016 por Amazon. Aquí sólo me referiré a su nueva contrapartida: La Globalización del Miedo.

Lo primero a destacar es que no hay nada esencialmente nuevo. Nada que no haya existido antes y durante la larga marcha de la Humanidad. Lo relativamente novedoso aquí puede ser el alcance, las implicaciones y las formas actuales del Miedo Global, así como las dificultades para enfrentarlas.

Para comprender las bases de lo que está ocurriendo es necesario recurrir a tres conceptos interrelacionados, realidades que han acompañado al surgimiento y desarrollo de la “Civilización-Incivilización” humana desde su nacimiento hasta hoy. Esos conceptos vienen a ser como escalones o niveles de un mismo problema, y estos son: el Dogmatismo, el Fundamentalismo y el Terrorismo. Conceptos sobre los cuales en estos tiempos se habla mucho, pero que en ocasiones se confunden y no se comprende sus relaciones y diferencias. Los tres constituyen las bases de “La Globalización del Miedo”.

El Dogmatismo, del griego “dogma”, es el establecimiento de un conjunto de opiniones o creencias propias de un sistema humano. Los dogmas son conceptos o principios que no pueden ser cuestionados, discutidos o negados, bajo ninguna circunstancia. ¿A qué se debe su existencia? Esta pregunta puede ser respondida de una forma o muy sencilla o muy complicada. Optemos por la primera variante. Los dogmas son una creación humana, las piezas de una construcción social. Son los “ladrillos” o elementos esenciales, sin los cuales esa construcción se vendría abajo. Son las partes que fundamentan un sistema conceptual. Ni el dogma ni el dogmatismo existen en la naturaleza. Son elaboraciones humanas, vigentes para determinados espacios y tiempos. Nacieron con el humano y sólo con él desaparecerán.

Esos constructos, que asumen la forma de dogma, reflejan una necesidad tanto de una organización o institución como de los individuos que la integran. No existe la posibilidad de comprobar empíricamente o demostrar un dogma. Es sólo una cuestión de fe, de convicción interna. Lo crees y lo aceptas, o no. Cada grupo humano establece el sistema de dogmas, el dogmatismo, que le resulta más apropiado a los iniciadores de ese conjunto. Los dogmas no evolucionan, no cambian, aunque se modifiquen las circunstancias que les dieron origen pues, como no son cuestionables, obviamente, no pueden ser perfectibles. Si se pudieran cambiar, entonces ya no serían dogmas.

Los dogmas, y su expresión sistémica, el dogmatismo, son recursos a los que se aferran grupos humanos definidos, en lugares y tiempos determinados, para sustentar posiciones o creencias, sean estas religiosas, políticas, económicas, militares o cualquier otra. Por su carácter, los dogmas no son ni buenos ni malos. Son sólo creencias y prácticas instituidas para defender necesidades espirituales y/o materiales de un conjunto de personas.

Sin embargo, el dogmatismo, cuando trasciende determinados límites, y llega a sus extremos, sube de nivel y se convierte en Fundamentalismo. Para ser más preciso, el Fundamentalismo viene a ser el desarrollo del dogmatismo en sus últimas consecuencias; cuando se transforma en un cuerpo de doctrinas o dogmas estructurados entre sí, y que responden a un acatamiento total de esos principios, de manera intransigente y absoluta. En ocasiones, la defensa de determinados dogmas por parte de grupos humanos, cuando se llega a esta escala, puede conducir, como ha ocurrido muchas veces, a posiciones extremas, sin límites, en contra de las personas que no forman parte de ese grupo o que no comparten sus creencias o intereses.

El Fundamentalismo descansa en dogmas, que no requieren demostración o convencimiento mediante la razón, y por eso es frecuente que para su implantación, aplicación y mantenimiento sea imprescindible echar mano del terror. Y cuando éste se convierte en práctica usual, en política que se establece como norma, entonces nos encontramos con el Terrorismo, como la herramienta -prácticamente única- para aplicar el Fundamentalismo. Esto es una lógica coherente y muy clara, aunque resulte perversa a los ojos de la mayoría.

Por razones que sería largo explicar aquí , el Siglo XX se caracterizó por el surgimiento de sistemas de Estado dogmáticos, fundamentalistas y terroristas. Nada que ver con religiones o grupos étnicos específicos, sino con espacios geo-políticos e intereses económicos.

En la actualidad es muy lamentable que estos tres conceptos, y todas sus implicaciones, se asocien solamente a un determinado grupo humano, practicante de una religión específica. Nada más lejano de la realidad. Este sistema descrito anteriormente ha estado presente desde tiempos inmemoriales. Hay que reconocer también que prácticamente todas las grandes religiones, cualesquiera sean sus bases, orientales u occidentales, antiguas o modernas, pre colombinas o post colombinas –para no mencionar ninguna de ellas por sus nombres- a lo largo de sus historias han pasado por etapas negras, de mayor o menor duración, intensidad y extensión, en el ejercicio de estas prácticas. Y eso fue, y sigue siendo así, en determinadas situaciones. Y esto lo saben, o deben saberlo, sus practicantes, aunque no lo reconozcan.

Está claro también que el Dogmatismo, el Fundamentalismo y el Terrorismo no son sólo resultados de experiencias religiosas o de grupos étnicos. Es igualmente, y ante todo, un tema político, militar y social. Y aquí si vale la pena mencionar, por sus nombres, situaciones específicas y no tan antiguas.

Por ejemplo, el Nazi Fascismo, en la Europa del siglo XX, y su extensión a Japón, fue una expresión extrema de esta trilogía, que cobró la vida a un total estimado en 70 millones de seres. Durante ese propio pasado siglo, el Stalinismo, régimen dogmático, fundamentalista y terrorista, también extremo, que bajo la férrea mano de Stalin en la antigua Unión Soviética condujo, cierto es que a la victoria de esa nación frente al Nazi Fascismo, pero que pretendiendo ser lo contrario a ese régimen, se convirtió en su réplica; terminando directa e indirectamente con la vida de decenas de millones de ciudadanos soviéticos – además de los muertos por la guerra- en una magnitud que todavía no ha podido ser precisada. Igualmente en China, luego de la Segunda Guerra Mundial, con la llegada al poder de Mao Tse Tung, quien estableció una nueva interpretación de la doctrina comunista, basada supuestamente en el Marxismo, pero interpretada por él al estilo asiático y de manera absolutamente dogmática, fundamentalista y terrorista, y que condujo a la muerte a millones de seres.

Esto sólo por mencionar tres de los casos más conocidos del pasado siglo. A ellos se pudieran añadir otras situaciones, en dimensiones más reducidas y locales, como el Khmer Rojo, en Camboya o “Kampuchea Democrática”, de inspiración maoísta, y que en los años setenta del siglo anterior costó la vida a no menos de la cuarta parte de los habitantes de esa pequeña nación asiática; esto es, unos dos millones de muertos; o el actual caso de Corea del Norte, donde también se estima en millones los muertos por hambre o represión. Estas, y otras manifestaciones recientes del Dogmatismo, el Fundamentalismo y el Terrorismo de Estado, demuestran que estos no son asuntos relacionados sólo con religiones o grupos étnicos específicos. En lo económico, el dogmatismo Neoliberal Occidental, casi Fundamentalista, acuñado en los tiempos de Reagan y Thatcher, también se inscribe en esta historia, aunque no se haya llegado al Terrorismo ni estén contabilizados sus daños colaterales.

Al propio tiempo, en ese mismo periodo de los años setenta del pasado siglo XX y más tarde, coincidiendo con el inicio de las manifestaciones de un mayor despliegue del proceso de Globalización, y de sus atributos (los buenos y los malos), determinados países occidentales, entre ellos los Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y otros, por diferentes razones –algunas de ellas de dudosa justificación- irrumpieron militarmente y de manera violenta en regiones y naciones orientales. Esto “movió el avispero” en un mundo que ya había cambiado. En los años setenta todo cambió en el planeta…y no nos dimos cuenta en su momento. ¡Consecuencias terribles¡

A la Guerra de Viet Nam, le siguieron las de Irak, Irán, Afganistán…. Y, a pesar de los resultados que se puedan exhibir, en la llamada Época Moderna (después de la Revolución Francesa de 1789) en el fondo nunca Occidente ha logrado ganar una guerra al Oriente. Desde Napoleón a Hitler y de ahí a la OTAN.

En verdad, las derrotas de las naciones orientales a manos de las occidentales, en el peor de los casos, han sido asimiladas por las primeras como circunstanciales; pérdidas de batallas, pero no pérdidas de las guerras. Y esta realidad parece que no ha sido suficientemente comprendida por los políticos y los militares occidentales durante mucho tiempo. Es una cuestión de diferente cultura, inclusive las distintas posiciones y valoraciones frente a cuestiones tan trascendentes como la vida y la muerte. Pero esto no es lo más grave.

¿Qué ha sido lo nuevo y qué ha cambiado y conducido a la Globalización del Miedo?

Es necesario entender que, en general, casi ha desaparecido la posibilidad de la aparición y sostenimiento, en escalas significativas, de Estados Fundamentalistas, en el sentido Nazi-Fascista, Stalinista, Maoísta, etc. Ha avanzado demasiado la Democracia y la Globalización en todo el mundo. La supuesta existencia de tales estados en territorios de uno o más países no pasa de ser una pretensión política o militar, sin ningún viso de realidad. Esta es la buena noticia. Pero eso no es lo más importante, ni para ahí.

La mala noticia es que la Globalización, con el gigantesco empoderamiento tecnológico individual que ha creado, brinda las condiciones necesarias y suficientes para que un individuo o un pequeño grupo aislado, en cualquier lugar del mundo, pueda disponer de un poder capaz de destruir algo que hace sólo cuarenta años era necesario todo un Estado y un ejército de miles o millones de hombres y de dólares para llevarlo a cabo. Y esto es lo terrible. Esta situación escapa del posible control, aun cuando se pueda y deba minimizar sus riesgos

Pensando realistamente: ¿Hubiera sido factible la destrucción del World Trade Center de Nueva York por un grupo terrorista sin existir los actuales recursos tecnológicos? Es difícil suponerlo. Los últimos atentados violentos en diferentes ciudades de Europa o de Estados Unidos indiscutiblemente han requerido de tecnologías para realizarlos.

¿Qué hacer? Enfrentarnos a las nuevas tecnología o renunciar a ellas? ¡Imposible¡ ¿Qué queda entonces? Sólo aprender a vivir en estas nuevas realidades. Es posible que los gobiernos no estén, para nada, preparados para enfrentar esta situación de la aparición de la “Globalización del Miedo”. Por ahora es un problema de cada uno. Recomendación: No esperar por los gobiernos. Buscar resguardos individuales y no por la vía de las armas.

No tiene, ni nunca tendrá sentido, los “pases de cuenta” nacionales por viejas heridas de guerra. En este caso, Viet Nam no podría haber llegado a ser el centro más importante de la producción de Nike, fuera de los Estados Unidos. Alemania no tendría el lugar que ocupa en la economía mundial. China no hubiera llegado a ser el primer exportador mundial.

Es imposible impedir que individuos aislados tomen de su mano el desagravio, el ajuste de lo realizado, con razón o sin razón, y esto no tiene justificación alguna, ni nunca la tendrá. Pero es necesario aceptar que ocurrirá, y que no es evitable. Hay que aprender a vivir con esos riesgos. ¿Qué va a reducir nuestras libertades individuales? Cierto. Es parecido a acostumbrarse a vivir con el peligro de la peste en siglos pasados. Cada época tiene sus sacrificios, y hay que asimilarlos. Estos son los efectos colaterales de la Globalización.

Por último, los Dogmatismos, Fundamentalismos y Terrorismos requieren de herejes, disidentes, enemigos, libre pensadores, etc. En estos tiempos, es difícil llevarlos a la hoguera, pero siempre es posible eliminarlos. Estos también son peligros. En esta historia cada cual ocupa el lugar que le acomoda o que le compete…..

Ver: “Globalización, Innovación y Competitividad. Sobre verdades, mitos y falacias”; Fernández Font, M.; Kindle Pub. Amazon mx; pág. 127-132; Cap. 3. Secc. Detractores y Defensores del Actual Paradigma; marzo 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La buena cara frente al mal tiempo

Todos conocemos el viejo refrán español que dice: “Al mal tiempo buena cara”, pero lo que nadie explica es: ¿Cómo poner buena cara al mal tiempo?

Hace unos días, un alumno que leyó dos de los últimos trabajos publicados en este blog, relacionado uno con el tema de la enorme concentración de las riquezas financieras y monetarias en un puñado de bancos “globales” y sus implicaciones (9 de junio) y el otro sobre el triángulo comercial México-China-EUA y sus asimetrías (4 de junio) me hacía dos preguntas, muy lógicas e importantes. Estas son: Si es cierto que una nueva crisis está por venir, “¿Qué hacer para que el golpe (que evidentemente todos sufriremos) no sea lo suficientemente fuerte como para knockearnos?” y “¿Qué medidas tomar para solucionar el endeudamiento y dependencia de México hacia China?”. Le explicaba al estudiante que, sin ánimos de adivino (que estoy muy lejos de pretenderlo) iba a intentar algo así como una aproximación a una respuesta a estas dos interrogantes que, según mi parecer, ambas tienen una determinada relación. Aquí va la tentativa.

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La proximidad de una nueva crisis monetaria y financiera internacional no es algo extraordinario y la avalan una serie de situaciones objetivas. No obstante el enorme poder de las 28 corporaciones financieras que dominan el mundo1 a los bancos les está yendo muy mal. Y eso es un problema serio, precisamente, por el poder que tienen. El índice KBW, creado en The Philadelphia Stock Exchange, y que es un indicador económico de la capitalización promedio de 24 de esas mayores instituciones bancarias del mundo, apunta en la actualidad a su peor registro desde inicios del 2011. El valor de las acciones de los grandes bancos sigue cayendo. Por otra parte, la “combinación perversa” de un dólar cada vez más fuerte frente a las demás monedas –realmente sin una justificación muy clara, entre otras razones por el nivel histórico de endeudamiento alcanzado por la economía americana- lo cual hace pensar en una posible y catastrófica “burbuja del dólar”; la caída en los precios del petróleo, y en general de las materias primas; el ajuste en los ritmos de crecimiento de importantes economías emergentes, con China a la cabeza, y la contracción de los flujos comerciales y de capital internacionales, en su conjunto conducirá, en un plazo no lejano, a una conmoción de los mercados financieros tradicionales, tanto en los de valores como en los monetarios. En otras palabras, pensando en términos inversionistas, no parece ser un buen momento para refugiarse ni en papeles ni en divisas convencionales.

Al propio tiempo, otros procesos, quizás más técnicos y menos conocidos, como las nuevas regulaciones bancarias internacionales, mucho más estrictas, que deberán entrar en funcionamiento en el 2018-2019, a partir de las normas de la llamada Basilea IV y –aunque de esto no se hable mucho – la posible relación de ese hecho con la salida del Reino Unido de la Unión Europea, tomando en cuenta el papel del Banco Central Europeo en esa futura norma bancaria y los intereses de la moneda inglesa, podría complicar aún más el escenario.

En estas circunstancias: ¿Qué hacer?….. Lo primero es tratar de alejarse lo más posible de los “focos claros de contagio”. O lo que es lo mismo, buscar alternativas de inversión, de producción y de comercialización. Y es aquí donde la pregunta anterior se imbrica con el tema de la dependencia económica de México con China, en cuanto a la acumulación de una considerable deuda comercial del país azteca con el asiático.

Comenzando con la producción. Hay que recordar que toda crisis financiera, más temprano que tarde, arrastra a la producción y al comercio, los cuales también caen en crisis. Así ha sido y seguirá siendo. La crisis comienza en las finanzas y termina en la producción, el comercio, el empleo y el consumo. Para un país como México es imprescindible que se tomen las medidas de “blindaje” financiero macroeconómico, tal como se viene realizando; elevar tasas de interés, medidas anti-inflacionarias, al tiempo que se procura aumentar el empleo y el consumo y las reservas financieras internacionales, entre otras decisiones. Pero esto no es suficiente. Hay que poner la mirada, muy rápida y especialmente, en la producción.

Este tema da para muchas consideraciones, pero no es el caso abordarlas en este momento. Baste decir que una nación como México dispone de un mercado interno lo suficientemente grande, diverso y poderoso –el onceno mercado interno mayor del mundo- como para poder basar en ese mercado cualquier proyecto de desarrollo económico y, al propio tiempo, proyectar un perfil propio, autosustentable y realista de participación en la división internacional del trabajo. No se trata de dejar a un lado las posibilidades del comercio exterior, de la cooperación y la complementación productiva internacional, que se puedan llevar a cabo mediante los múltiples tratados en que México participa. Todo lo contrario, se trata de fortalecer esas relaciones, pero reorientarlas y dirigirlas con políticas productivas y comerciales estables y coherentes, en función de los intereses de una transformación estructural, integral y a fondo, de la economía.

Expresado de manera más sencilla: Aprovechar todas las ventajas y potencialidades humanas y naturales existentes en el país, en dirección al desarrollo de sectores y actividades en las cuales México puede competir internacionalmente, con cierta independencia de las crisis financieras. Para esto se usarán dos ejemplos; el del Turismo y el Sector Agro-Alimentario.

La historia muestra que una de las actividades económicas menos susceptibles a caídas por crisis financieras es el Turismo. Según datos de la Organización Mundial del Turismo 2 entre los años 2005 y 2010, en el período de mayor intensidad en la última crisis financiera mundial y en el que cayeron casi todas las actividades económicas, las llegadas de turistas internacionales en el mundo se incrementaron de 807 millones de personas en el 2005 a 948,1 millones en el 2010. Fue una de las pocas actividades, a escala mundial, en la que no se vio caída significativa. Este indicador llegó a los 1 133 millones de turistas en el 2014 y se estima que para el 2030 habrá 1 800 millones de turistas internacionales esparcidos por el mundo.

Al igual que existe un índice de competitividad global, elaborado por el World Economic Forum, en el cual durante los años 2014-2015 México ocupa la posición 61 entre 144 naciones del mundo, ese propio Forum mundial elaboró un índice de competitividad en viajes y turismo (TTCI, por sus siglas en inglés) y en el cual México, en el año 2013, ocupó la posición 44 entre 140 países, teniendo por delante a naciones de reconocido potencial turístico, como Suiza, Alemania o EUA, entre otras; pero también a países mucho menos conocidos, y también más pequeños que México, como Singapur (lugar 10), Hungría (39), Montenegro (40), Qatar (41), Polonia (42) y Tailandia (43)….

No obstante esa posición competitiva relativamente desfavorable, la expansión de la actividad turística internacional mexicana ha mostrado avances. La nación azteca se colocó en la décima posición en cuanto a destino de turismo internacional en el año 2014. Pero, al mismo tiempo, China – que como se ha visto, es uno de los principales acreedores comerciales de México, sino el principal- también consolidó su posición como el mayor país turístico emisor del mundo, con más de ¡83 millones de viajeros¡ que salieron de esa nación asiática en el 2012 y donde además son los que más gastan en turismo internacional; con 165 mil millones de dólares en el 2014; bastante por encima de los 111 mil millones que gastaron los norteamericanos por ese mismo concepto. Otro mito que se rompe. Pero, en el 2012, los chinos ocuparon la posición 20 en el ranking de visitantes extranjeros a México. De los más de 83 millones de chinos que salieron al mundo, y no obstante los aproximadamente 40 acuerdos de todo tipo firmados entre México y China en los últimos veinte años, a México llegaron en ese año 47,8 miles de turistas chinos; es decir, sólo un 0,05% del total de los viajeros chinos.3 Esto parece una ilustración de una oportunidad nacional no bien aprovechada, hasta ahora. ¿No sería posible una política más activa, a fin de atraer más visitantes de esa nación asiática que, en otro orden, una parte importante de ellos viaja a zonas cercanas de EUA?

Es muy bueno que México impulse la producción y las exportaciones de manufacturas y determinada especialización en las mismas, como lo está haciendo pero en las relaciones comerciales con China no parece lo más acertado competir a profundidad, por ejemplo, en electrodomésticos, ropa o calzado deportivo, pero si en aquello en que México es un productor único y diferenciable: su propia imagen.

El otro ejemplo de actividades productivas nacionales que tienen una gran potencialidad, con cierta independencia de circunstancias adversas que puedan existir en los mercados financieros internacionales, es el sector agro-alimentario. La Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SAGARPA) en un informe de junio del 2016 señala que México ya exporta productos alimenticios por un valor de 84 millones de dólares cada 24 horas 4 y que de enero a abril del presente año el sector agroindustrial reportó un crecimiento en su ventas hasta 4 636 millones de dólares, con un superávit de 186 millones; el mayor nivel de un período similar en los últimos veinticuatro años.

Pero, al propio tiempo, según el Ranking Nacional de Nutrición Infantil (RANNI) la nación azteca ocupa el lugar 50 entre 101 países en cuanto al nivel de desnutrición infantil crónica, con una cifra en el orden de 1,5 millones de niños menores de cinco años en esa situación; para un 13,6 del total de esa población infantil, y donde en la región sur se llega a un 19%; esto es, índices más desfavorables que para algunos países africanos.

Entonces, la pregunta sería: ¿Se están aprovechando realmente todas las posibilidades potenciales para resolver los agudos problemas alimenticios internos que aún subsisten en el país y también tener una participación más activa en la solución de la situación alimentaria mundial? Aquí también la respuesta parece ser negativa.

En resumen, en este tipo de actividades, como las que se han ejemplificado anteriormente, las dificultades y restricciones no parecen estar condicionadas por situaciones de bonanza o de crisis financiera nacional o internacional, sino por problemas de concepción, de políticas, de programación y de desempeño económico nacional.

Hasta aquí dos ejemplos concretos de espacios estratégicos en materia de producción y de inversiones que podrían intensificarse, tratando de “saltar” posibles crisis financieras. Pero… ¿Qué otros caminos se pueden tomar, específicamente, en el ámbito monetario y financiero?

Hay algo claro. El refugio “natural” frente a las crisis monetarias ha sido, y seguirá siendo, los metales; en particular el oro y la plata. Pero…cuidado. Aunque su precio sigue subiendo, parece que el oro físico disponible para comerciar también está agotándose. Hace dos meses, la revista Forbes de México publicó un artículo 5 elaborado sobre la base de un estudio del Comité de Acción Antimonopolio del Oro (GATA por sus siglas en inglés) alertando sobre este tema, y señalando que “queda muy poco oro físico en el mercado londinense para satisfacer los compromisos de entrega que hay en el papel” y que cada día se venden ¡¡200 mil millones de dólares¡¡ en el mercado del “oro” en operaciones pagadas con “papeles” sobre una base física no garantizada. Si, en algún momento, como ya sucedió hace décadas – y es posible que vuelva a ocurrir- a los compradores se les ocurre “pedir su oro”, se producirá un default del pago en físico que, aunque se realice en alguna divisa, la ausencia del respaldo metálico que, en última instancia, es el producto que se está negociando, desataría pánico y un rechazo al papel dinero, que perdería, aún más, su credibilidad. Llegado ese momento el precio del oro subiría sin control. Por tanto, ese refugio “natural” tampoco está seguro…en divisas. Y, para mayor preocupación, en ese propio artículo, se señala que: “Hay una enorme transferencia de riqueza expresada en el oro que abandona Occidente para establecerse en el lejano Oriente, y sobre todo, en China. Jamás regresará.

¿Qué queda entonces? Por supuesto sigue siendo bastante seguro disponer de oro, plata y otros metales preciosos, pero en términos físicos, no en su expresión monetaria, en papeles, por muy confiables que estos parezcan. Al final se retorna, al menos parcialmente, a las bases de lo que fue la corriente mercantilista que prevaleció en la economía internacional desde los inicios de la conquista y colonización de América hasta el comienzo del Capitalismo, con la Primera Revolución Industrial en la Inglaterra Victoriana del Siglo XVIII; el Oro no como representación de la riqueza, sino como expresión de la riqueza en si misma.

Un nuevo espacio en el mundo monetario, una esperanza y una expectativa de sortear los riesgos de los mercados tradicionales, se abrió hace sólo seis años, a raíz de las duras experiencias de la llamada Crisis Subprime, con la aparición de las criptomonedas, primero en los Estados Unidos y mucho más recientemente en Europa, sobre lo cual se trató muy sucintamente en el artículo inmediatamente anterior en este blog 6 Sobre esto vale la pena regresar más específicamente en un próximo trabajo.

 

1 Ver, en este mismo blog, “Sobre 28 gigantes, el castillo del dinero, y el mito del crédito” publicado el pasado 9 junio

2 Ver: Organización Mundial de Turismo (UNWTO), Panorama del Turismo Internacional, edición 2015 consultado en unwto.org/pub

3 Ver: “Destinos turísticos del viajero chino…”; Michel, Angel, L. y Delgado Rios, C.A. en   www.uv.mx/chinaveracruz/files/2015/04/03_Destinos-turisticos.PDF

4    Ver: http://sukarne.com/entrada/sagarpa-destaca-potencial-exportador-de-mexico

5 Ver: http://www.forbes.com.mx/la-muerte-del-mercado-del-oro/

6 Ver en este mismo blog: “Fintech: Una nueva revolución tecnológica a las puertas…. Publicado el pasado 22 de junio